domingo, 9 de noviembre de 2008

AMA

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El libro de los Proverbios alaba a una mujer que trabaja con profesionalidad, que actúa con previsión.

Una mujer así «vale mucho más que las perlas», dice el texto (Primera lectura: 31,10-13.19-20.30-31).

No hace falta trabajar en una multinacional para ser la mujer ideal. San Josemaría decía que una persona que es ama de casa sabe de muchas cosas.

Sabe de electrónica, porque tiene que entender los electrodomésticos modernos, que no son nada sencillos. Incluso, y esto no lo decía San Josemaría porque entonces no era tan necesario, saben de informática: manejar un ordenador, buscar cosas que le interesan en Internet, comprar
on line.

Sabe de psicología, porque trata al marido o a los niños dependiendo del día que tengan, porque los ve venir. Cuántas veces, con sólo mirar a la cara a un hijo le ha dicho: –a ti te pasa algo... y siempre aciertan.

Sabe también de números, porque como no puede estirar el brazo más que la manga, tiene cuidado de los gastos. Sobre todo ahora que todo se ha puesto económicamente más difícil y hay que hacer equilibrios para llegar a fin de mes.

Una mujer que lleva bien su casa vale mucho, es un tesoro. No solo lo puede ser una que tiene un trabajo de traje de chaqueta, o sea de bombo y platillo. Todos los trabajos honrados, si se hacen bien, cara a Dios, valen muchísimo. Aunque aparentemente sea un trabajo escondido, sin brillo... como los cimientos de un edificio, que lo sostienen, pero que nadie los admira.


Y es que todos los trabajos honrados, si se hacen bien, cara a Dios, valen muchísimo. Independientemente de la admiración que levanten entre los hombres. Todo depende del amor al Señor que se ponga.

Entonces da igual ser el rector de una universidad, un ministro o un premio nobel que un ama de casa, un campesino o un enfermo, que también es un trabajo.

Porque nuestra vida corriente tiene mucha trascendencia: no da igual hacer una cosa o no hacerla. No da igual una chapuza que una obra bien acabada. Todo lo que hacemos tiene consecuencias buenas o malas.

Me contaban ayer de la concejala de obras públicas de un pueblo de la vega de Granada. Lleva en el cargo más de 25 años. Ha pasado por ayuntamientos de todos los colores. Y sigue ahí, precisamente por su honradez.

Como comprenderás, no se trata sólo de no hacer cosas malas, sino de trabajar bien. Cuando uno trabaja bien, los demás lo notan y, como el bien es difusivo, eso se pega.

Es más fácil fiarse de una persona que trabaja con seriedad, cuidando las cosas, porque todo lo que diga será tenido en cuenta.

En cambio los superficiales que no son capaces de profundizar en las cosas, no tiene mucho peso entre sus compañeros, porque lo que dicen también será entendido como superficial.

Trabajar bien no sólo lo valora Dios, también lo valoran los demás.

El Señor, en el Evangelio, habla de la fidelidad en lo poco, en lo cotidiano, en lo que podemos hacer, no en lo imaginario (cfr. Mt 25,14-30).

Hay personas que están llenas de proyectos. Y tienen tantos que al final no hacen ninguno. Parece que viven de ilusiones. Teorizan mucho y hacen poco.

Les pasa como a la del cuento de la lechera. Que iba soñando con las cosas que haría y, en uno de sus alegres saltos, el cántaro se estrelló contra el suelo.

El cuento termina diciendo: no anheles impaciente el bien futuro: mira que ni el presente está seguro.
Una de las acusaciones que se ha hecho a los cristianos, y a veces con razón, es que miramos demasiado a la otra vida y demasiado poco a este. A eso se refería Marx cuando decía que la religión es el opio del pueblo.

Es bueno tener en la cabeza el premio futuro. Pero eso nos tiene que llevar a poner más cuidado en lo que hacemos.

Si somos buenos en la vida diaria, Dios nos promete el Cielo. Por eso, no hay que esperar cosas extraordinarias, que nos apartarían de lo verdaderamente importante.

–Señor que aprovechemos lo cotidiano para quererte.

Algunos cristianos de Tesalónica, pensando que el Señor iba a volver pronto, descuidaban el día a día. Y San Pablo les dice que la llegada del Señor no se sabe cuando será (1Ts 5,14-30: Segunda lectura de la Misa).

Sería como dejar de trabajar con la esperanza de que, dentro de unos meses, nos tocara el gordo de Navidad.

Cada día que pasara sería peor. Y cada gordo que perdiéramos, la ruina. Gastaríamos dinero sin estar cuidando lo importante: el trabajo.

La venida del Señor no sabemos cuando será, pero lo que sí sabemos es que hay que darle valor al presente. Porque «el ahora» es lo que nos une a la eternidad.

–Señor, por ti madrugo. Tú eres mi Dios en todos los momentos del día.

Cada cosa que hacemos tiene un valor eterno. Si se hacen por amor a Dios, el amor les da esa eternidad.

Es el mismo valor que le da una madre a la mesa preparada con cuidado por una de sus hijas. Así ve el Señor nuestro trabajo bien hecho, porque nos acerca más a Él.

Los caminos que Dios ha preparado para alcanzar la meta son: la puntualidad en el estudio, atender en clase (sobre todo en la asignatura que menos gusta), no ser desagradable con los demás, hacer favores, limpiarse los zapatos, hacerse bien la cama, etc.

–Señor, quiero agradarte con mi vida ordinaria (cfr. Salmo responsorial)

La Virgen no hizo milagros, pero le alegraba el día a Dios cuando era fiel al echarle sal al arroz y darle de comer a las gallinas.

Ella, en la vida corriente, estaba unida al Señor. Su único miedo era que algo le separara de Él: éste es el verdadero temor de Dios, de qu nos habla el salmo (127: Responsorial). María no cayó en el error de separar a Dios de la vida diaria.

Cuando estudiaba en la universidad, un profesor preguntó a las chicas que estaban en clase sobre el significado del titulo de una revista, «Ama», que por entonces leían muchas españolas:

–«Ama», ¿viene de amar o de ama de casa?

No supieron responderle... Y en el fondo daba igual. Porque la verdadera ama de casa es una persona que sabe amar... porque sabe estar en lo menudo.

Por eso la Virgen cuando estaba en los detalles era el «ama». Y no es de extrañar que cuando el Señor inspiró el libro de los Proverbios, donde se habla de la mujer 10, pensara en su Madre.

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