sábado, 19 de enero de 2019

EL HORMIGÓN ARMADO



 LA UNIDAD PROCEDE DE DIOS 

Zancadillas, puñaladas por las espalda, palos en las rueda, críticas, comentarios con segundas intenciones, desaires, malas caras...

Alguno habrá pensado que estoy hablando de su departamento en la Universidad, de la oficina en la que trabaja, o de su partido político.

No sé que veracidad histórica tendrá la anécdota atribuida a Winston Churchill, cuando enseñaba el parlamento a uno de sus hijos. Le mostró la bancada del gobierno y el chico dijo que entonces “en frente” se sentaban sus “enemigos”, y con sorna británica le contestó el primer ministro que no “exactamente”. Los de enfrente eran los de la oposición, sus enemigos se sentaban detrás de él, eran los de su propio partido.

Así es la vida. Estamos viendo continuas disensiones, rupturas matrimoniales, terapias de pareja, faltas de entendimiento entre marido y mujer, o entre los cuñados y la familia política, quebraderos de cabeza por las herencias, en fin, un largo etc.

Jesús no querría que en su Iglesia sucediera algo así. Y esa unión entre sus discípulos sería visto como un milagro, una señal. Como decían de los primeros: –Mirad como se aman.

Por eso en su oración de la Última Cena pide por la unidad de los cristianos.

La mirada de Jesús no solo se dirige a los que estaban allí, sino a a todos los que crean en mí (Jn 17, 20), según mencionó expresamente.

En la larga oración de la Última Cena pediría por la unidad en cuatro ocasiones, en una de ellas dice: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros (Jn 17, 11).

Según los filósofos la unidad –en cierta forma– es algo que no se puede “definir”, por tratarse de una “idea primaria”. Se podría “describir”, abordar desde diversos ángulos, pero no otra cosa.

Hace unos meses que oficié la boda de un amigo ingeniero de caminos. Y al empezar la homilía pedí perdón a los asistentes, pues lo más poético que se me ocurría era comparar al matrimonio con el hormigón armado.

Como sabéis por Wikipedia el hormigón es un elemento estructural que resiste mal la tracción. 

El hormigón resiste mal la tensión. Cuando se le estirara se vuelve muy vulnerable. Y esto es lo que nos sucede a los varones, que parecemos fuertes pero con frecuencia nos venimos abajo. Por eso necesita a “la Acero”.

San Pablo si hubiera escrito su famosa carta a un ingeniero diría que el hormigón “enamorado” no acaba nunca (cfr. Ef  2a. 25-32).

Pues la unidad de los cristianos nos la concede el Amor de Dios, nada menos que el Espíritu Santo. Y Jesús nos conseguiría ese Regalo con su sacrificio en la Cruz.

Recuerdo que cuando mi madre se iba de casa por las tardes, estábamos esperándola, para acusar al hermano que se había peleado con nosotros.

Unas veces era porque “la mayor es la peor”, otras veces porque utilizábamos algo que “papá ha dicho que es de todos”, y alguno se lo quería apropiar como suyo.

Ahora, en estos tiempos, los hermanos además de por el sitio, se suelen pelear por el mando; me refiero al del televisor, o porque “ya va siendo hora de que me dejes la play”.

Así que lo primero que mi madre se decía nada más volver: –Mira, que no me puedo ir de casa...

Pero Jesús siempre estará con nosotros en la Eucaristía, que es el memorial de su muerte y su resurrección. Por eso la Comunión entre los cristianos de todos los tiempos está asegurada.

PEDIR LA UNIDAD 

Aunque más que teorizar sobre la unidad, lo que nos interesa a los cristianos es pedirla y esto es lo que hacemos ahora, como nuestro Señor entonces: Que sean uno, como nosotros somos uno; para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado (Jn 17, 21).

Por eso resultaría contradictorio con la Caridad, que los cristianos promoviéramos discordias. Y más si esas disensiones se dieran entre los mismos seguidores del Señor.

Y el colmo del absurdo sería que la desunión se diera entre nosotros “por motivos religiosos”.

Lo penoso es que esto ha sucedido en la historia. Los cristianos nos hemos enfrentado, y estuvimos enredados en discusiones bizantinas, y disputas teológicas que se hubieran evitado, con una buena dosis de tacto y menos orgullo.

Es cierto podrían haber hecho las cosas mejor, pero no obstante  tiene arreglo...

Lo que sucede es que la división “visible” de la Iglesia daña seriamente a la credibilidad del mensaje.

Por eso es triste, también, que personas entregadas a Dios no se hablen, ni  se saludan, solo se “aguanten”.

Qué poca autenticidad demostraríamos si nos portásemos así con los que tenemos cerca. Es que habríamos perdido la cabeza o la visión sobrenatural...

La pregunta sería: ¿Cómo pueden hablar del amor de Dios, gente que no se quieren? Comportándose así ellos mismos se desautorizan.

Es cierto que, en el caso de los apóstoles, tenían una especial responsabilidad de conservar la unidad de espíritu, transmitirla, y defenderla.

En la carta a los Filipenses (2, 1-4) san Pablo escribe: Si queréis darme el consuelo de Cristo... dadme esta gran alegría: manteneos unidos y concordes.

Seguro que san Pablo rezaría para que todos los cristianos se llevasen bien, porque  en sus cartas manifestaba fortaleza y cariño. Lo que nos hace pensar que los primeros seguidores de Jesús tenían las mismas dificultades que nosotros...

O incluso mayores, porque no he leído ninguna carta pastoral de un obispo reciente que escriba con tanta claridad y dureza como lo hacía san Pablo.

Seguramente hoy no hace falta porque es más difícil desviarse de la doctrina de Jesucristo, que en los primeros tiempos. Aunque la santidad siempre será tan difícil y tan asequible como entonces.

ESFUERZOS POR LA UNIDAD VISIBLE

Pero además de rezar, los últimos romanos pontífices van poniendo medios que facilitan la unidad visible.

Efectivamente, la Iglesia es el mismo Cuerpo de Cristo, Él es nuestra Cabeza, no es ninguna metáfora, o somos de Jesús o estamos contra Jesús.

Es cierto que hay mucha gente buena que “de hecho” pertenece al número de los que se salvan. Pero no es menos importante que también lo tendría que ser  “de derecho”.

Es una pena que los hermanos estén desunidos, y más penoso que estén separados los que viven con nosotros.

Si nos preocupamos de los cercanos, de los que vemos todos los días en el desayuno, en el trabajo, o en el gimnasio, estamos haciendo una buena labor de “ecumenismo”.

Tendrían que decir como de los primeros cristianos, que eran considerados como una “secta”, pero que no podían disimular su unidad visible: mirad como se aman.

El cariño que vemos en las instituciones de la Iglesia, en las parroquias, en las Curias tendría que ser una cosa tangible.

No tendría sentido que se predicara la unidad y nos enteráramos de que los sacerdotes nos criticamos entre nosotros.

O que los obispos luchasen por el poder dentro de las conferencias episcopales, como nos cuenta el evangelio que de alguna manera similar hacían los apóstoles antes de su conversión.

Cuando un compañero habla bien de un compañero, cuando un eclesiástico habla bien de otro eclesiástico, cuando los laicos hablan bien de sus hermanos sacerdotes, estamos realmente haciendo visible la unidad.

Ahora en la política se habla de “coser  partidos”, de integrar, porque en las sociedades humanas no siempre se vive la unidad.

Los cristianos creemos en la “comunión de los santos”, la unión de todos los miembros de la Iglesia. Estamos comunicados gracias a la común-unión con el Señor. Por eso al recibir a Jesús en la Eucaristía estamos fomentando la unión con todos, y se nota.

Cuando Jesús pidió en su oración la unidad de los cristianos, parece que lo hace para que al ver ese “espectáculo” el mundo crea.

Es como si explicase que la unidad fuera un “asunto milagroso”. Nada más que hay que observar a nuestro alrededor: vemos continuos roces, peleas, discusiones, malestar.

Ocurre en el trabajo, en la vida pública,  desgraciadamente también en el día a día de las familias.

La petición que hace Jesús es para por el para que el mundo crea, para que se reconozca que Él ha sido enviado por el Padre.

San Pablo escribe a los de Éfeso (4, 6) que el cariño fraterno no es solo una cosa humana. Como hemos repetido, la Eucaristía contribuye a esa fraternidad especial.

Si somos almas eucarísticas viviremos la unidad entre los distintos miembros de la Iglesia, porque ese Pan del cielo fortalece a todo  Cuerpo, lo mismo que el alimento da la fuerza corporal.

Precisamente en el Capítulo 10 de la Carta a los Corintios se habla de un solo Pan, de un solo Cuerpo del que nosotros somos sus distintos miembros, por eso una característica de la unidad es la pluralidad, no la uniformidad, porque en la Iglesia de Cristo  hay diversidad de funciones.

Jesús habla de la unidad como una condición de eficacia: para que el mundo crea. Y esto no representa un aspecto pragmático, sino sobrenatural.

Este tipo unidad en la diversidad ha de aparecer como algo que no existe en ninguna otra parte en el mundo; como “algo inexplicable” y que, por eso, deja ver la acción de una “fuerza” que nos es humana.

Jesús pidió por una unión que sólo es posible contando con nuestro Creador y que por ser especial, muestra  la presencia del mismo Dios.

Por eso,  el esfuerzo por una unidad visible de los cristianos siguen siendo una tarea urgente para todos los tiempo y todos los lugares. No basta la unidad invisible.

La unidad de la Iglesia se basa, precisamente, en la fe de Pedro, la que profesó en nombre de los Doce en la sinagoga de Cafarnaún.

Fue el momento en el que muchos discípulos abandonaron al Señor porque Jesús explicó, de forma inequívoca, que se nos entregaría como alimento, y a la mayoría les pareció muy duro este misterio.

Por eso no olvidemos que no es una casualidad que la fe de Pedro tuvo que ver con la Eucaristía.

Fue entonces cuando Simón dijo claramente: Nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios (Jn 6, 69).

Ya se ve que el Papa –desde el primero hasta el último– es garantía de esta unidad sobrenatural. Es la suerte que tenemos los Católicos Romanos, contar con sus enseñanzas y su gobierno. 


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