jueves, 3 de enero de 2019

DIRIGIRSE AL PESEBRE




Con paz
Con prisa
Con María


CON PAZ

A veces necesitamos resolver asuntos que deberían estar hechos para ayer. No es extraño que a causa del estrés, al que nos vemos sometidos por las prisas, puede hacer que perdamos la paz interior.

Con frecuencia es nuestro ángel custodio quién nos hace recapacitar enviándonos una señal, que sin milagrerías nos hace entender: son luces que quizá solo apreciamos nosotros.

Y es gracias a esas iluminaciones cómo sabemos colocar las cosas en su sitio porque la paz es consecuencia del orden.

En el evangelio de san Lucas aparece la paz como el centro del mensaje del Nacimiento: paz que el mundo no puede dar porque solo la trae Jesús (cf. Jn 14,27).

Recientemente ha escrito Mons. Ocáriz: El mundo está muy necesitado de paz. Cada uno de nosotros... necesitamos de ese Niño al que los ángeles anunciaron como el Salvador (cf. Lc 2,12).

Parece como si el evangelista tratara de decirles a los hombres de aquella época que la paz que el emperador Augusto buscaba realizar se cumpliría en ese Niño pero de una forma más elevada.

En nuestro caso significa que el trabajo de la política es necesario, a veces urgente, y para muchos cristianos es su campo. Sin embargo es necesario aspirar a más, no solo a una buena gestión que garantice el bienestar.

El reino de Jesús, y por tanto su paz, son  diferentes: el reino de Dios no se ejerce solo en una zona de la tierra, y tampoco se refiere únicamente época; sino que está abierto al hombre de todos los tiempos.

Es evidente que Cesar Augusto pertenece ya al pasado, y Jesus en cambio es el presente y  el futuro (cf. Hb 13,8).

En el tiempo del Nacimiento de Jesús no es que la pax Christi se opusiera a la llamada pax Augusti, sino que la de Cristo superaría a la de Augusto, como el cielo está por encima  de la tierra.

Es cierto, como nos enseña la historia, que ese Emperador estableció años de paz, de seguridad jurídica y de bienestar.

Es cristiano darle a la política su propio espacio y su propia responsabilidad. Pero cuando un gobernante intenta atribuirse cualidades divinas, entonces la política sobrepasa sus límites y promete lo que no puede cumplir.

Por eso ni siquiera en lo humano, en el período más glorioso del Imperio Romano la seguridad jurídica, y la paz  estuvieron libres de peligro, ni se lograron plenamente.

Basta una mirada a  la Tierra Santa de entonces para darse cuenta de los límites de la pax romana.
           
En realidad, lo que el emperador Augusto buscó al tratar de endiosarse, se cumpliría en Jesús, que sin ningún poder aparece como un Niño en la gruta de Belén.

Y tuvo por huéspedes a unos pobres pastores, que no fueron ellos para disfrutar de una cena de Navidad, sino para llevarles alimentos a un Dios Indigente, que necesitaba hasta alimentos, y entonces no había bancos. Pero aquel Niño a cambio de esos regalos los lleno de admiración y de paz. Porque aquellos pastores se sintieron amados por Dios.

Por eso, un propósito para estas fiestas: acércate al Portal, no lo dejes solo para las muñecas de Famosa... Recibe bien dispuesto a Jesús en la Eucaristía: se ha quedado en ese pesebre de metal que es el Sagrario para darnos la verdadera paz, que nadie nos podrá quitar.

CON PRISA

Todas las prisas no son tóxicas, hay momentos en los que la rapidez es fruto de la alegría.

Nos dice el evangelio sobre los pastores:      Cuando los ángeles los dejaron... se decían unos a otros: “Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor.” Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre (Lc 2,15s).

Los pastores se apresuraron, escribe san Lucas, lo mismo que dijo de María  cuando fue de prisa a la ciudad donde vivía su pariente Isabel (cf. Lc 1,39).

Los pastores fueron corriendo, seguramente motivados por la curiosidad: para ver aquello tan grande que se les había anunciado. Es una reacción muy humana y el Señor cuenta con ella.

Hay muchas cosas que se hacen en la vida por ese motivo, y no necesariamente son cosas torcidas, porque sin la curiosidad no habría ciencia. Es como un remusguillo que nos pica en el alma para que busquemos la verdad. Una inquietud, un barrunto, un cierto regomello... que tenemos los hombres por la novedad, que nos hace querer conocer... a los famosos.

Muchas veces hemos de fomentar el interés de las cosas de Dios, proponiéndolas de forma atractiva. Presentarlas como Él lo hace, sin volverlas rancias, previsibles, evidentes... para que nos pique la curiosidad.

Esto hace el Creador con nosotros: sorprendernos, asombrarnos. En muchas ocasiones Dios, como todos los enamorados, se hace el interesante. Hasta que consigue engancharnos,  y entonces nos llenamos de ilusión y nos vienen las prisas por verle más de cerca, como las adolescentes en su afán por tocar a su ídolo.

Estaba claro que los pastores estaban emocionados, llenos de ilusión, porque les había dado la gran noticia, esperada por los hebreos desde hacía siglos. Precisamente ellos estaban en el lugar oportuno y en el momento oportuno, y salieron corriendo...

Es esta otra reacción muy humana de esos hombre sencillos: porque sin ilusión hasta las cosas más sobrenaturales resultan sosas

Y a la vez la ilusión humana al llenarse de contenido divino se convierte en duradera. No es una percepción engañosa como dice el diccionario en primer lugar, sino que hace que lo normal sea atractivo.

El caso es que aquellos hombres ante el anuncio de la Navidad fueron de prisa a ver al Salvador, para ser los primeros en poder verlo. Objetivamente fueron unas personas afortunados, pero también ellos se consideraban así.

En contraposición el papa Ratzinger se preguntaba algo así como: ¿Qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios?

Si eso sucede tendremos que hacer autocrítica porque los que vemos a Dios no estamos siendo capaces de transmitir la alegría del cristianismo. Quizá  es porque trasmitimos la letra, las leyes, pero no la música, el espíritu

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CON MARÍA
             
El ángel había anunciado una señal a los pastores: encontrarían a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Era una señal corriente que se podía ver a simple vista.

No era una señal milagrosa en el sentido de que Dios se manifestaba de tal forma que se pudiera decir: Éste es el verdadero Señor del mundo. Nada de eso.

En este sentido, dice Benedicto XVI, que el signo es al mismo tiempo también un no signo.

Lo que estaba claro es que ese Niño estaba enviando una señal para todo el que lo quiera ver. Como cuando el Papa Francisco sale con su Opel, Jesús recién nacido está transmitiendo que el verdadero signo es la pobreza de Dios.

Cosa admirable: pues el Niño, que era la Palabra de Dios, no dijo nada, sino que estaba allí desprotegido, como cualquier bebé.

Los pastores lo que habían visto fue el resplandor de Dios sobre el campo, su lugar de trabajo. Y esta les convenció porque tenían buenas disposiciones. A otro también se le apareció un ángel y no creyó. 

Estos hombres sencillos en medio de su ocupaciones son capaces de ver las señales extraordinarias de fuera, porque tenían también una luz dentro.

En nuestro caso, por el hecho de ser cristianos, el Señor nos ha elegido para comunicar a otras personas que su vida tiene remedio porque les ha nacido un Salvador.

Nosotros no somos el Salvador, pero podemos comunicar la noticia porque sabemos donde se encuentra, en la Eucaristía, envuelto en el pan en medio de un cajón de metal o de madera. Más pobre que en Belén y más indefenso está en el Sagrario.

No olvidemos que para los pastores actuales la señal de la presencia verdadera de Dios es la Eucaristía. Y eso solo se entiende si nosotros iluminamos a los demás con nuestra fe en este Sacramento, y los que nos escuchan van contentos a darle al Señor de su tiempo diario.

Hace poco me decía un universitario de los primeros cursos de carrera que comulgando a diario y haciendo la oración se ve todo con muchísima claridad.

Él está feliz. Y lo mismo que el viene feliz cuando vuelve de Misa, también decía san Lucas de los pastores, que habían descubierto que lo el ángel ha dicho es verdad (cf. Lc 2,20).

A este chico un día le pregunté que así como los pastores daban gloria y alaban a Dios por lo que había visto y oido, que si el me tenía que decir algo:

Sí claro que tengo que decir cosa, y tecleando en mi Logitech: Me parece que debemos localizar las señales que Dios nos puede estar enviando, como por ejemplo cualquier pequeño sacrificio que nos venga a la mente, como no comerte el ultimo croissant.

Pues a mí ya me queda claro que es lo que le llevarían los pastores si vivieran en nuestro siglo XXI.

Lo que está claro es que si no te comes el croissant para poder hacer el ayuno eucarístico, y vas rápido a Misa, te encontrarás: a María y a José y al niño acostado en el pesebre.

Los pastores vieron al Niño en pobreza material, pero lo que no sabían es que era rico... nada más que hay que mirar a derecha y a izquierda, menudos Padres tuvo: autenticas joyas que también son nuestras.

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