martes, 1 de enero de 2019

15. EL RAYO ROJO DE LA SANGRE


El gran poder
Eucaristía y amor
La gran obra de Dios

EL GRAN PODER

Sucedió en Lagos, Nigeria, que un chico musulmán acudía a un centro católico y decidió bautizarse. Como es costumbre en estos casos, se le pidió que trajera a sus padres. Pero por las condiciones de esa familia, no vivía con ellos.

– ¿Y con quién vives?
–Con mi abuela.
–Pues dile que venga.
–Es que no es cristiana y no sabe hablar inglés, solo yoruba y pidgin english...
–Debe ser musulmana como tú.
–No -dijo el chico-: es animista. Una “Prophetess” y jefa de sacerdotisas; hacen sacrificios a Oshún y a Ogún; también sacrificios pacificadores de Satán.
–Bueno, no importa, dile que venga...

Al día siguiente llegó vestida de Profetisa, con una túnica de color púrpura, collares de conchas; un aspecto imponente y un aire nervioso, escudriñándolo todo.

El que me lo contaba sigue el relato diciendo:
Cuando le empezamos a enseñar el centro ella iba buscando algo, miraba, rehuía: las clases, el laboratorio, la sala de conferencias... al final le mostramos el oratorio.
Ella, aunque nunca había visitado una capilla católica aparecía visiblemente ansiosa y excitada: sin mediar palabra y como quien encuentra lo que estaba buscando señaló el tabernáculo diciendo segura y lentamente: ahí está el poder. Tenía fe en la Eucaristía, aún sin conocerla...

Decía Benedicto XVI que el Evangelio no es original porque transmita ideas nuevas. Lo importante del Evangelio no es el ideario.

Y es que el santo no es el que “sabe” los criterios evangélicos, ni siquiera el que lleva a la práctica una serie de esas enseñanzas. Eso es ya mucho, pero lo esencial de la santidad no es eso.

El Señor no quiere hacernos unos teóricos, ni tampoco quiere hacernos unos prácticos. Lo que pretende es que descubramos la figura del Salvador, y tengamos amistad con Él. Este es el verdadero santo, el amigo de Dios.

Benedicto XVI observa, que la novedad del Antiguo Testamento no consiste en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios.

Efectivamente Dios que actúa en la historia de la humanidad de forma desconcertante.

Lo que pretende es salvar al hombre y lo hace según su lógica original.

La lógica de Dios es el don, el regalo, la gracia, el amor: se puede decir de muchas formas pero la realidad es una.

El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Y nosotros estamos en una sociedad comercial, donde se puede meter el interés hasta para hacer el bien. Por el contrario, Dios no quiere a los hombres porque nos necesite para hacer cosas buenas. Tampoco nos quiere porque nos portemos
bien. Dios nos quiere porque Él es bueno.

Y ese Amor que tiene, en su forma más radical, lo realiza como Hombre muriendo en una cruz. Su Gran Poder, su omnipotencia, lo demuestra Jesús al humillarse de esa forma. En el Madero es donde se puede ver de verdad que Dios es amor (1 Jn 4, 8).

Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía.

Esto es la Misa: el amor de Dios que llega al extremo de aniquilarse por nosotros: la kénosis que llaman los teólogos.

Qué importante es la Misa para la labor apostólica con la gente joven. Es el momento más importante de formación. Lo sabemos por experiencia: cuando una persona asiste un día y otro día, un mes y después otro mes, se da el cambio.

De forma silenciosa el Señor va transformando el alma de las personas que se le acercan tan de cerca. Eso es lo que nos ocurrió a muchos de nosotros. Cuando pasaron los meses y miramos para atrás nos dimos cuenta del cambio tan grande.

Los sacerdotes hemos visto conversiones en gente que ha empezado a asistir regularmente a la Santa Misa. Participando, de forma activa en el Sacrificio del Altar, se da el cambiazo, por eso es el momento más importante de la formación cristiana.

EUCARISTÍA Y AMOR

Solo a partir de la Eucaristía se entiende el mandamiento que Jesús hace de que nos amemos. Precisamente al instituir ese Sacramento formula su mandato.

El Señor nos manda que amemos, y esto parece una cosa extraña: ¿se puede mandar eso?

Benedicto XVI aclara que Dios puede mandarnos que nos queramos porque antes nos ha dado ese Amor.

Por eso, en la Última Cena, en el momento en el que Jesús anticipa su entrega, es también cuando se nos manda el amor.

Y luego envía a sus discípulos a que vayan y den fruto de Amor de Dios y al próximo.

Precisamente se llama Santa Misa dice el Catecismo “porque la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana” (n. 1332).

Los Santos —por ejemplo Teresa de Calcuta— han adquirido su capacidad de amar al prójimo gracias a su encuentro con el Señor en la Eucaristía.

Cómo contrasta todo esto con la imagen que dan –no los santos– sino algunos buenos cristianos:

La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto” (San Josemaría, Camino, n. 529).

La Misa, como todas las cosas en la que participamos los hombres, podemos convertirla en una rutina: puede formar parte de nuestra rutina diaria.

Y aunque haya rutinas buenas, también es verdad que no es solo una cosa que hacemos nosotros.

Así como para una persona joven la Misa es una fuente de conversión rápida, para la gente mayor existe un problema: somos humanos y el ser humano se acostumbra a todo.

El ser humano se acostumbra a vivir con poquísima comida en un campo de concentración. Y se acostumbra no solo a lo malo. También a lo bueno: puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo.

Uno puede vivir cerca de una estación o cerca de un aeropuerto, y se acostumbra, y no le impide dormir el ruido que hacen los trenes o los aviones. Porque el ser humano tiene esa capacidad acomodaticia.

Por eso podemos acostumbrarnos a lo más importante de nuestra vida y de nuestro día. Y ponernos de mal humor si un sacerdote se retrasa dos o tres minutos.

Todos podíamos hablar de cosas maravillosas sobre la Santa Misa, porque en verdad la Santa Misa es lo más grande que nosotros podemos hacer en esta vida.

Tiene más valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. Quizá hemos asistido hoy a este prodigio y sin embargo, aquí estamos.

El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse a todo. Hacer costumbre: eso es una cosa positiva si se trata de construir hábitos buenos.

Pero también la costumbre puede quitarle importancia a las cosas, simplemente porque las repetimos. La costumbre nos acostumbra.

Le decimos ahora al Señor:
–Que no me acostumbre jamás a tratarte.

La Misa es un rito, pero es mucho más. El Papa Benedicto nos habla de la “mística” de la Eucaristía: la base de este sacramento es el abajarse de Dios hacia nosotros.

La filiación divina, la fraternidad y la unidad de la Iglesia tienen fundamento en la acción más importante que puede hacer un hombre: asistir o celebrar el Sacrificio del Altar. Porque en este Sacramento se compendia toda nuestra fe.

Es lo que nos convierte en el mismo Cristo, lo que nos hace ser uno, por la común-unión.

LA GRAN OBRA DE DIOS

Como decía el santo Cura de Ars: “todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios” (cfr. Bernat Nodet, El cura de Ars, Pensamientos, Bilbao 2000, p.107).

Si en nuestra vida queremos luchar contra las tentaciones hemos de contar con este medio que Dios nos ha dado.

Nuestra batalla sin la Eucaristía está condenada al fracaso. Por el contrario el “príncipe de este mundo” que odia la santidad, nos tienta mediante la riqueza, el poder y el orgullo para convencernos de que confiemos en nuestros propios medios, y no en los de Dios (cfr. Auten Ivereigh. El gran reformador, Barcelona 2015).

Precisamente la santa Misa es obra de Dios, así lo entendió san Josemaría, pues para él, celebrarla, le suponía, en ocasiones, un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes” (Forja, n. 436).

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El santo Cura de Ars, experimentado en la atención espiritualidad a sacerdotes (cfr. Francis Trochu, El Cura de Ars, Madrid 1991), aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se daba por no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa (VV. AA. Los sacerdotes, Madrid 1971, pp. 50 ss).

Las distracciones, no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz, porque somos niños débiles delante de Dios. 
San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios.

Ahora le decimos una oración que se aconsejaba a los sacerdotes, para que la rezasen antes de la Misa, como preparación. Y el motivo es evidente, como se verá al final. Está escrita en latín y me permito traducirla a mi manera. Dice más o menos así:

– ¡Qué hombre tan afortunado!

Porque tuviste la suerte de ver y escuchar a Dios en tu misma casa.

Aquel a quien gente importante ha querido ver pero no ha podido; ni tampoco han conocido su timbre de voz.

Y Tú, José, también lo has llevado en brazos, le has dado infinidad de besos. Le enseñaste a trabajar. Incluso le has oído muchísimas veces llamarte papá.

Y terminamos diciéndole: José, ayúdanos para que también nosotros tratemos con mucho cariño a Jesús.

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