domingo, 14 de diciembre de 2008

VISION LAB - SAN JUAN EVANGELISTA

Ya sabes que el menor de los Apóstoles se llamaba Juan, y que cuando tenía unos noventa años puso por escrito los recuerdos que tenía del Señor, y escribió el cuarto Evangelio.

Al comienzo de su Evangelio, nos dice unas palabras que nos pueden servir para empezar nuestro rato de oración.

Dice: «el mundo fue hecho por Él, y el mundo no lo conoció. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron».

Hay gente que no reconoce a Dios. No lo ven incluso siendo de los suyos. Muchas veces lo descubren más sus enemigos para atacarlo que sus amigos para quererlo.

Vamos a hacer nuestra oración considerando la vida del menor de los Apóstoles.

Algunas de las que estáis aquí os habéis entregado a Dios en la juventud, le habéis reconocido pronto. El resto le podéis decir al Señor ahora que estáis cerca, en este rato de oración:

Jesús, yo no quiero esperar a ser vieja para quererte, no quiero esperar a ser hueso y pellejo; ahora que soy joven me voy a tomar mi vida cristiana en serio.

De Juan sabemos que era muy apasionado. Por eso, a él y a su hermano, Jesús los llamaba hijos del trueno.

En una ocasión, estando de viaje en cierta aldea, la gente no hacía mucho caso a la predicación del Señor (como ahora sucede aquí en nuestra tierra).

Y Juan al ver que no hacían caso, se pilló tal rebote que quería que Jesús fulminara a esas personas.

«No sabéis a qué espíritu pertenecéis» les dijo. Todavía no estaban bien formados para entender que el Señor buscaba salvar, no condenar. No veían del todo lo que Dios quería.

Pero, el hecho de estar con Jesús durante tres años le vino muy bien para madurar.

Juan se volvió comprensivo y cariñoso, aunque nunca perdiera el carácter fuerte. Incluso su manera de ser apasionada le sirvió para dar un giro muy rápido en su vida.

Era una persona como tú y como yo: normal. De una familia tipo medio.

Cuando se encontró con el Señor era joven. Seguro que ya habría decido casarse y formar un hogar. Seguro que le gustaba alguna chica. Pero su vida cambio inesperadamente.

Cuando vivía en un Colegio Mayor, hace años, conocí a un chico que estaba locamente enamorado. Tanto es así que le decía que su historia se hubiera titulado: cuando un hombre ama a una mujer.

Y evidentemente la quería muchísimo: es difícil encontrar una mujer más guapa, más lista, más sensible que aquella, etc. Miss mundo comparada con ella se quedaba a la altura del tacón. Era la típica que llegaba a un sitio y todas las miradas se dirigían a ella.

La verdad es que, como era muy amigo del novio, me leía las cartas que le escribía a ella, y le pedí permiso para copiar alguna, porque me podían servir para dar meditaciones. Conservo el texto de una que titulé: postal de un chico enamorado.

El título quizá os pueda parecer un poco cursi y también lo demás, pero es que a las cosas del amor si se las saca de contexto... Podéis reíros si queréis. Empieza así:

Pulgarcita. Para mi chiquitilla pulgarcitilla. (Sigue, entre admiraciones) ¡Eres lo que más quiero en el mundo!
Para que veas que cada día te quiero más, te regalo esta preciosa postalilla por estos (ponía dos) meses.

(Y seguía:) Mi linda, mi curruquilla, mi mimosilla, mi preciosa, mi fresquilla, mi geniecillo, mi corazoncito, mi pavilla, mi mami, mi sueño, mi vidita, mi corazoncito, mi plastilla, mi piquis, mi cafelito, mi adoración, mi AMOR.
(Y acababa diciendo:) TE QUIERO.

Al final firmaba, y precisamente se llamaba Juan. La verdad es que estaba enamorado. Después de pasar un calvario, cortaron al cabo de 7 años. Luego ha tenido 2 novias más.

No cortaron porque ella no le quisiera, sino que él la dejó, tenía que dejarla, y haciendo una violencia tremenda la dejó.

Y ahora confiesa que fue una liberación. En realidad, ella se quería a sí misma más que a ninguna otra persona, incluso se quería más que a Dios.

Que le vamos a hacer, el amor es humano es así. Aunque quiera no pude llenarnos completamente. Sólo Dios puede llenar enteramente nuestro corazón.

Estamos hechos para el Amor con mayúsculas que es Dios, el amor humano es un reflejo de Dios.

¿Qué vio San Juan para darle su vida a Dios? Se dio cuenta de que estamos hechos para el Señor. Y esto lo vio desde muy joven. Y cuando tenía 90 años todavía era joven.

–Señor que vea, le decimos ahora en nuestra oración.

Lo que vivió San Juan siguiendo a Jesús debió ser tan bueno que él mismo siente la necesidad de compartirlo. Por eso, en una de sus cartas escribe: «lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos (...). Os escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa» (1 Jn 1, 1-4: Primera lectura).

Señor, concédenos llegar a comprender y amar de corazón lo que tu joven apóstol vio (cfr. Oración colecta)

Podríamos decir que Juan no tuvo ningún secreto. El Señor le eligió, y como a todas las personas predilectas el Señor no les da más, sino que les pide más.

Nuestro Señor le pidió mucho: por eso es Juan tan importante, porque fue valiente y dio todo, absolutamente todo: para seguir a Jesús se desprendió de lo que poseía.

No es que tuviese mucho dinero, pero como era joven tenía la vida por delante: la capacidad de formar una familia con la persona que a él le gustase, tenía también la personalidad... todo su futuro lo puso en manos del Señor.

Ahora podemos decirle a Jesús: —También yo quiero ser para ti, y para siempre. Para ti: porque hoy en día necesitas gente joven capaz de enamorarse a lo grande. Vamos a pedirle a Dios que le reconozcamos. Que le veamos.

Como sabes al Evangelio de San Juan se le representa con un águila.

¿Por qué un águila? Porque el águila es sublime en su vuelo, elegante y majestuosa. San Juan es igual con su Evangelio.

También podemos aprovechar para pensar que el águila tiene una vista capaz de ver cosas increíbles a mucha distancia. Desde grandes alturas puede distinguir un ratón.

Pues con el Evangelio de San Juan descubres muchas cosas que el ojo humano no es capaz de ver. Nos explica sobrenaturalmente las cosas que pasan.

Hoy nos cuenta que cuando llegó él al sepulcro con Pedro, después de resucitado Jesús, «Vio y creyó» (Jn 20, 2-8: Evangelio de la Misa).

«Vio y creyó». Cuando vas al oculista te hacen un montón de pruebas. Te colocan unas gafas un poco raras y les van cambiando los cristales hasta que dan con el tuyo. Entonces ves lo que antes no veías o veías borroso.

Lo que parecía un bulto, no es un bulto sino un contenedor. Y dejas de saludar a gente que no conoces por la calle creyendo que es uno de tus mejores amigos. La verdad es que viendo las cosas como son se vive mejor.

A veces la voluntad de Dios se ve como rodeada de nubes y bruma (cfr. Salmo). Necesitamos que alguien nos ayude a ver más allá de lo que se nos presenta o intuimos.

Se vive mejor haciendo la voluntad de Dios que la propia. Con el Señor todos los obstáculos se derriten y las personas descubren toda su grandeza (cfr. Salmo responsorial).

San Josemaría escribe: «El descubrimiento de la vocación personal es el momento más importante de toda existencia.

»Hace que todo cambie sin cambiar nada, de modo semejante a como un paisaje, siendo el mismo, es distinto después de salir el sol que antes, cuando lo bañaba la luna con su luz o le envolvían las tinieblas de la noche».

La vocación no cambia nada aparentemente. Lo mismo que al salir del oculista la realidad sigue siendo la misma. Lo que pasa es que el que ha cambiado es uno mismo, porque lo ve todo distinto. Lo ves mejor. Incluso descubres cosas que son nuevas para ti.

San Juan descubrió que el amor no consistía en recibir cosas, sino en darse él mismo. El Amor no hay que buscarlo por las satisfacciones que da.

–Señor, que nosotros también descubramos esto.

Dios es un ser que está siempre dando, por eso es tan feliz, porque hace feliz.

No hay en la vida de los santos, en la vida de los que se parecen al Señor: no hay nada de egoísmo:

—Quiero ser para ti y no para mí: el sentido de mi vida no soy yo, sino tú, Señor.

—Quiero ser para ti, y para siempre: quiero serte fiel, como fue Juan que, de los apóstoles, aún siendo el más joven, fue el único que en momento malo, allí estaba.

Vamos a pedirle a la Virgen que nos ayude a ver con claridad lo que el señor quiere de nosotros.

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