domingo, 14 de diciembre de 2008

NAVIDAD

Isaías explica cómo Dios se encuentra muy a gusto cuando está con sus criaturas. Le gusta tenernos cerca y estar con nosotros.

El profeta lo expresa muy bien cuando escribe: «como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo». Es muy gráfica la imagen. El esposo que busca a la esposa y se alegra cuando está con ella. Con el Señor al lado, el mundo ya no está solo ni abandonado (cfr. Is 62, 1-5: Primera lectura).

Si lo pensamos despacio, es difícil quedarse indiferente sabiendo que alguien como Él, tan grande y poderoso, tenga ese interés. Y ya, el que se haga un Niño, eso es demasiado. Es como un sueño: Dios hecho un Niño.

El otro día iba en el autobús. Era un viaje de unas 4 horas. De vez en cuando la monotonía de los ruidos propios de un viaje: el autobús, alguna voz que se oía…, era interrumpido por el llanto de un niño. Era algo fuerte, corto e intenso. Se oía perfectamente.

Hoy, en esta Nochebuena nos callamos para oír lo mismo. Porque a los niños, sobre todo, se les oye.

Vino a la tierra para padecer por nosotros, y lo primero que hace es llorar.

La Palabra de Dios llora en un establo dulce música.

La Palabra de Dios llora en un establo. El Señor que llega para hablar y no dice nada. Llora.

Y pasará mucho tiempo sin decir nada. Porque nos habla con los hechos. Por eso, podemos decir que este Niño llorando y callando, habla.

Y nos habla del Amor que nos tiene. No con palabras bonitas y poéticas, sino con renuncia. Porque nadie gana al Señor en entrega. Para sufrir no manda emisarios, viene Él mismo.
Dios que llora. Y, para más desconcierto, viene a empezar su misión dentro de una cuadra: no era ni el mejor sitio, ni la mejor actitud que reflejaba su poderío.

En cierto sentido se entiende su manera de actuar. Se humilla y se excede en su Amor hasta hacer fuerza a sus atributos divinos.

Pero ¿puede Dios sufrir? ¿Nos querrá tanto como para pasarlo mal por nosotros?

Su respuesta es el llanto de Nochebuena. Es la mejor de las melodías, una dulce música, mejor que la de los Ángeles. Un cántico humano hecho por el mismo Dios.

Esta noche es como un sueño. La verdad es que es una noticia increíble, como para contarla a todo el mundo (cfr. Sal 88: Responsorial).

«Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor».

Esta noche sabrán que el Señor vendrá a salvarnos y por la mañana contemplarán su gloria (Antífona de Entrada).

La Navidad es algo tan fuerte, que si realmente somos conscientes de lo que sucede, necesariamente te cambia la visión de la vida. El nacimiento de Jesús es algo muy grande. Vino para salvarnos venciendo el pecado.

Mucha gente piensa que realmente es difícil quitar el mal de la tierra. Si alguna vez eso fuera posible solo lo podría hacer Dios.

Por eso, en el Aleluya de la Misa hemos dicho: «Mañana será destruida la maldad en la tierra, y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo».

En esta noche se cumple lo que dijo el profeta Isaías siete siglos antes: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros». Él es nuestra esperanza.

Parece un sueño ¿verdad? Dios con nosotros. A veces tenemos sueños maravillosos pero cuando despertamos nos ponemos un poco tristes porque vemos que no existen en la realidad.

A San José no le ocurrió eso. Tuvo un sueño: que el Mesías iba a nacer de María. Y lo mejor fue que, cuando despertó, todo era verdad. Por eso, dice el Evangelio, que la acogió en su casa (cfr. Mt 1, 18-25: Evangelio de la Misa).

San Pablo nos hace un resumen perfecto del camino que siguió Dios para aparecer entre los hombres.

Cuenta como el Señor primero cuidó de su pueblo cuando malvivían en Egipto. Después los sacó de allí con todo poder.

Les dio por rey a David. Y, de su linaje, conforme a la promesa, nació Jesús (cfr. Hch. 13, 16-17.22-25: Segunda lectura).

San Pablo explicó a los judíos, en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, que Dios había enviado a Aquel en quien se cumplían todas las promesas: Jesús.

Una semana después volvió a la sinagoga y estaba a rebosar. Muchos de los que fueron a escuchar a Pablo eran gentiles.

Al oír los judíos que Jesús, el Mesías, vino para todo el mundo y no solo para ellos, se enfadaron muchísimo y ya no le dejaron ir más a la sinagoga.

Al ver esta reacción tan violenta, el Apóstol tomó la decisión de dirigirse a partir de ese momento solo a los gentiles.

Pero, San Pablo tenía razón: Dios vino para salvar a todos los hombres.

Y como el Señor se da del todo a todos los hombres, mientras más nos acerquemos a Él, más tendremos que darle. Porque el amor consiste en eso, en dar.

Dicen que el mayor honor que hace Dios a un alma no es darle mucho, sino pedirle mucho.

Ésta es la lógica del Espíritu Santo, del Amor de la Trinidad: nos pide porque quiere escucharnos el corazón.
Darle lo que nos vaya pidiendo, lo que en cada momento nos cueste. Quizá lo que con ojos humanos hace que nos rebelemos porque es poco práctico. Eso es lo que el Señor a menudo nos pide...

Nos pide, porque no nos obliga: lo que busca es nuestro amor.

Como en esta noche todos nos ponemos un poco poetas, vamos a terminar leyendo un poema. Se titula Humildad y Gloria. Dice así:

La Palabra de Dios llora en un establo dulce música mejor que la de ángeles: callando habla y enmudece a los sabios. Y en el Cielo resuena el Gloria, canción de cuna para un Dios loco que se ha hecho Niño por amor a los hombres. ¡Dios te salve!, María que conviertes la noche en Nochebuena; tu belleza tan llena de serena alegría nos hace ya gozar del nuevo día.

(Autor: Bartolomé Menchén)

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