martes, 30 de diciembre de 2008

SER O NO SER

El Evangelio de la Misa tiene como protagonistas a los pastores que en la Nochebuena se encontraban cerca del Portal.

Podemos servirnos de ellos para hacer nuestra oración en este último día del año.

En aquellos tiempos, los pastores no estaban muy bien considerados. Se les tenían como gente de poca confianza.

Por ejemplo, no se les admitía para que fueran testigos ante un tribunal. Por algo sería. Pues, justo a ellos se manifestó primero el Señor.

Nosotros, viendo nuestra miseria, faltas de amor y pecados, podemos pensar, con razón, que toda la alegría del 25 de diciembre también es para nosotros.

«En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (Lc 2, 16-21: Evangelio de la Misa).

Fueron «corriendo». Uno no va corriendo hacia algo desagradable. Ellos iban con prisa, alegres porque iban al encuentro de la felicidad.

іIban a ver nada menos que al Mesías esperado durante tantos siglos!

Todo el mundo quiere ser feliz de alguna manera. De hecho muchos llevan pensando y preparando desde hace semanas la fiesta de fin de año.

En estos días ha sido habitual escuchar en la calle o en el bus comentarios tipo: ¿dónde vas a ir este año, qué te vas a poner, con quién vas?, etc.

Ahora mismo, están ya preparados para salir a fiestas y cotillones en busca de felicidad, después de comerse las uvas. Risas, rímel, música, cubatas, baile, futbolín, etc.

Eso no es que esté mal. Pero, la noche del 31 para muchos no deja de ser una noche como tantas otras. La gente hace lo mismo que un viernes o un sábado. No hay novedad.

Contaba uno que, antes, la Nochevieja tenía su cosa porque te quedabas toda la noche por ahí de fiesta. Ahora eso se hace cualquier día, incluso los jueves.

No hay que equivocarse. Ser feliz no consiste en reírse y divertirse sin más. Es algo más profundo.

La felicidad consiste en dar, en desprenderse de cosas para los demás. Esto, a simple vista no parece que sea lo mejor. De hecho, por nuestra naturaleza tendemos a lo contrario.

–Señor, queremos ser como tú, siempre dando.

Como decía San Josemaría, nos duele pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no se dan cuenta todavía de la profunda felicidad<> «Van por la tierra como ciegos persiguiendo una alegría de la que ignoran su verdadero nombre, o perdiéndose por caminos que les alejan de la auténtica felicidad» »Qué bien se entiende, sigue diciendo, lo que debió sentir el Apóstol Pablo aquella noche en la ciudad de Tróade cuando, entre sueños, tuvo una visión: un varón macedonio se le puso delante, rogándole: pasa a Macedonia y ayúdanos». (Es Cristo que Pasa, n. 163).

En estos días atrás hemos mirado mucho al Portal. Hemos visto a Jesús que nace en un lugar para animales: nace pobre ¿qué felicidad puede haber en eso?

Nació rodeado de mucha pobreza material. Pero si lo pensamos despacio, también de mucha riqueza que no ve a simple vista.

Los pastores al asomarse vieron al Niño, a María y a José. Vieron la pobreza del Pesebre, pero también había riqueza.

La riqueza eran el Niño, la Virgen y san José ¡Qué alegría cuando los vieron!

¡Qué contraste con el lujo de Herodes! Rico por fuera y nada por dentro. Fiesta exterior y miseria interior. Así es la tentación, pura apariencia.

Empezamos el año con la fiesta más grande de la Virgen: Santa María Madre de Dios.

Cuando la Virgen vivía en la tierra, sería una mujer físicamente normal. No llamaría la atención por su aspecto exterior. Su belleza era de otro tipo, sobre todo interior, que es la importante.

Cuanta gente emplea horas y horas en el espejo (sombra de ojos, cremas protectoras, etc…). Eso, que no está mal, no es lo esencial.

La bondad, la generosidad, la cercanía con Dios, esa es la belleza que atrae a las personas buenas. Porque más que en tener algo, lo que vale es ser.

María no tenía mucha riqueza material. Tampoco un aspecto físico llamativo. María no tenía, era. Era una mujer con un cariño impresionante. La cuestión en definitiva se reduce a ser o no ser.

Sigue el Evangelio contando que, la Virgen, al oír lo que los pastores contaban de su Niño, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

En la fiesta de su maternidad es bueno que nos paremos a pensar en cómo es el corazón de María.

Gracias a Ella nos vino el Amor de Dios. Es la esposa del Espíritu Santo, que es el que nos hace decir «¡Abba! Padre» (Gal 4, 4-7: Segunda lectura).

A través de María pasó el Amor de Dios. A todos trataba como si fuera un hijo suyo. Su cariño de madre lo tenía con todo el mundo.

Era delicada, alegre, estaba en los detalles. Era una mujer que vivía para los demás.

Parecía que Ella no contaba. Cuanto más daba, más se enriquecía por dentro. Porque lo que embellece es el amor que tiene una persona.

¿Fue feliz María en esta tierra? Mucho, muchísimo ¿Sufrió? Muchísimo también. Porque el amor en esta vida está unido al sufrimiento.

Darse en lo que Dios quiere cuesta. No hay amor grande sin sufrimiento grande. Es imposible querer sin poner esfuerzo.

Pero, tampoco hay que exagerar, porque cuando se ama el sufrimiento se dulcifica. Todo el mundo sabe que, cuando una persona está enamorada, no le importa pasarlo mal con tal de querer al otro.

Mucho le pidió el Señor a nuestra Madre. Fue a la que más ha pedido. Porque Dios, a los que quiere mucho, no le da mucho, sino que les pide mucho.

Dios le pidió el amor humano, el amor esponsal. Le pidió que fuera virgen. Y, cosa curiosa, es la mujer que más gente ha llamado y llamarán madre. Es la Madre de Dios. Eso es lo que hoy celebramos.

Y ¿para qué le pidió tanto? Para salvar a muchas personas. La vida de María es la vida de una madre que hace todo lo posible por sus hijos.

A través de Ella, Dios nos bendice, nos protege y nos llena de paz (cfr. Num 6, 22-27: Primera lectura y Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8: Salmo responsorial).

«Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído». Pensar en estas cosas nos llenan de optimismo para comenzar el nuevo año.

Nuestra Madre es la misma que se buscó Dios, como para no estar contentos.

Por la intercesión de santa María, nuestra Madre, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del cielo. (Oración colecta)

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