Jesús nos habla de la importancia de ser prudentes, estar siempre en vela. Porque en esta tierra comienza ya la vida perdurable y nos preparamos para nuestra situación definitiva en la eternidad.
VELAD
En una de sus parábolas, cuenta la historia de diez chicas jóvenes invitadas a una boda. Como era costumbre esperaban al novio con lámparas encendidas, para entrar junto con él en la celebración.
Cinco de las jóvenes iban con aceite de repuesto en sus vasijas. A esas se les llama prudentes, porque estaban preparadas, por si surgía algún imprevisto.
Las otras cinco chicas se presentaron sin aceite de repuesto, por eso se les llama imprudentes. Como el novio se retrasaba, las diez se quedaron dormidas. Finalmente, a la medianoche oyeron que avisan sobre su llegada.
Las vírgenes necias representan a las personas que han escuchado el evangelio, simpatizan con sus enseñanzas, pero no ponen los medios para llevar a la práctica la verdad que han conocido. Por eso son imprudentes.
Quizá la emotividad domina su vida y se dejan llevar por los estados de ánimo. En su horizonte vital no está, habitualmente, la preocupación por los asuntos de los otros, y acaban siendo esclavas de su yo. Viven en un despiste existencial.
Las prudentes por su parte han interiorizado el mensaje y tienen paz en su conciencia. No carecen de fallos y pecados, pero poseen la virtud que hace que todo su potencial interior esté dirigido a lo importante.
Algunas que además poseen la base humana, llegan a la cima de la madurez espiritual porque intentan llevar a la práctica la verdad «con caridad». En resumen están preparadas para la eternidad.
El novio representa a Jesús que, al hacerse hombre, ha realizado la unión entre Dios y la humanidad. Es el misterio que se desveló en la boda de Caná. Allí convirtió el agua, que se empleaba para la purificación, en vino, alegría de las fiestas, en especial de las bodas.
Los cristianos somos la luz del mundo. Jesús nos pide poner nuestra lámpara en un lugar visible para que alumbre a todos los de nuestro entorno.
El aceite es el amor que poseemos. Además, la prudencia nos lleva a conseguir un repuesto extra, que pedimos al Espíritu Santo, autentico proveedor del Amor.
El resto de la parábola nos es muy conocido. Todas se levantaron y prepararon sus lámparas para salir al encuentro del novio. Y sucedió que las lámparas de las imprudentes se apagaban porque ya no les quedaba suficiente aceite. Ellas intentaron convencer a las otras cinco para que compartieran con ellas el aceite extra que tenían. Las cinco prudentes les dijeron que era mejor que fueran a comprar, porque corrían el riesgo de quedarse todas sin aceite. Y así lo hicieron.
Pero mientras compraban, llegó el novio. Las cinco vírgenes previsoras entraron con él a la celebración de la boda, y luego se cerró la puerta. Cuando regresaron las otras cinco, se encontraron con la puerta cerrada.
Intentaron convencer al novio para que abriera la puerta, pero él no lo hizo y ellas se quedaron fuera.
Al terminar de contar la parábola, Jesús dio la siguiente advertencia a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».
LLEVAR A LA PRÁCTICA LA VERDAD
A aquellas cinco les impide entrar el atolondramiento, la superficialidad, en definitiva, la falta de la prudencia.
Esta virtud es fundamento de las restantes virtudes humanas. Consiste en la potencia de espíritu que nos facilita conocer el bien y los medios para alcanzarlo.
Las virtudes son una manifestación de la santidad —que el santo posee, y por eso se estudian en los procesos, porque son cuestiones cuantificables y en cierta medida se pueden comprobar y probar—, pero la raíz de la santidad no está en las virtudes.
La virtudes son manifestaciones de que hay santidad, pero no se puede cifrar en ellas la santidad misma, pues la salvación no nos llega por Aristóteles, ni tan siquiera por la ciencia teológica en cuanto tal, sino por la persona de Jesucristo.
La prudencia es la virtud soberana, la virtud reina de la conducta. Rige y gobierna los actos de los hombres. Una acción es buena cuando es prudente, cuando está conducida por la verdad. Por el contrario, para el voluntarismo la base donde se apoya el bien es el deber. Pero el bien no está enraizado en el deber sino en la realidad, en la verdad.
No deberíamos hacer las cosas porque estén «mandadas». Deberíamos realizarlas porque «objetivamente» sean buenas. Hacer el bien es una cosa distinta de cumplir un mandato. El bien no se identifica siempre con el cumplimiento de un mandato.
CON AMOR
Es necesario velar, estar despierto, no olvidar nunca lo importante, pues nuestra vida es una larga espera en la que hemos de mirar los sucesos desde Dios. Su fin principal sería atesorar amor, ese aceite que procede del Espíritu divino. El hombre prudente, el justo, en una palabra, el bueno, es el que atesora en su interior esa caridad.
El aceite de repuesto, que poseen las vírgenes de la parábola, haría referencia a un grado superior de amor. Ese grado de aceite «extra virgen», hace que el que lo posea tenga un «complemento» a la simple naturaleza. De ahí que la visión de las personas verdaderamente prudentes se vuelve «sobre» natural.
Tienen la facultad de mirar las cosas desde Dios, y así relativizan los acontecimientos de este mundo.
Al crecer en ellos la caridad, poseen una perspectiva, que no es fruto de un desengaño y despego por lo humano, sino de un amor sobrenatural que pone lo humano en su sitio.
Esa prudencia de carácter superior, que pone en su lugar —relativizando— las cosas del mundo también cuenta con la prudencia ordinaria, como no podía ser de otro modo, pues la santidad está siempre unida a verdad.
Quizá un resumen de la prudencia perfecta la da la carta a los Efesios (4, 15) cuando afirma que conviene llevar a la practica la verdad con caridad.
«Haciendo la verdad», porque la verdad no es solo para decirla, sino para hacerla realidad con amor: la prudencia del hombre perfecto consiste en transformar la verdad en acción, teniendo el punto de mira dirigido a Dios.
Y si mirábamos a la Virgen prudentísima, que realizaba la voluntad de Dios con alegría, podemos pedirle: –Madre nuestra, que las necias sean prudentes, y las prudentes, simpáticas.
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MATEO 25
1Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. 3Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; 4en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. 5El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. 6A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. 7Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. 8Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. 9Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. 10Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. 11Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. 12Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. 13Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
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