lunes, 23 de septiembre de 2019

AGOBIADO




Bienaventurados los tristes

Es un poco desconcertante decir que se puede ser feliz por el hecho de estar afligido, triste. Es preferible no agobiarse por nada, no tener que llorar. Es preferible que nadie te tenga que consolar.

Hay dos tipos de aflicción, de tristeza. Una, la de Judas. En algún momento de su vida tuvo fe, y se agobió después de traicionar al Señor, al darse cuenta de lo que había hecho. Se agobió después. Pero, como era un egoísta y no creía en el amor, la salida fue el suicidio: se ahorcó. 

La tristeza de Judas es la de la persona que descubre la verdad pero no es generosa. Eso lleva a agobiarse. Por ese motivo, hay algunas personas que dejan de hacer la oración mental. Porque si la hacen, descubren lo que tienen que hacer. A esta tristeza, fruto de la desesperanza, del egoísmo, y que no tiene consuelo, no se refiere el Señor cuando dice: «Dichosos los que están tristes porque ellos serán consolados» (Mt 5,4).

Pedro

San Pedro, después de traicionar al Señor, se encontró con la verdad y también se agobió. Pero como no era un egoísta y tenía un gran corazón, lloró, pero no de rabia, sino de dolor de amor. La tristeza de Pedro es la que puede llevar a la conversión, a cambiar la vida. Es una tristeza que anima, no es desesperanzada como la de Judas. Pedro, conmovido ante la mirada del Señor, se echó a llorar porque amaba al Maestro. Y luego, fue consolado: fue el primero de los Apóstoles que entró en el sepulcro y experimentó la resurrección del Señor.

Ante lo que nos pide Dios, cuando en la oración nos enfrentamos con su mirada, nos puede venir la tristeza por tener que cambiar, por tener que dejar cosas. Para seguir al Señor, como hicieron los Apóstoles, hay que dejar cosas. También nosotros las dejamos. Pero con el paso del tiempo nos sucede que tenemos la tentación de querer recuperar lo que hace años entregamos a Dios. Tenemos miedo a que nos falte lo necesario. Queremos tener todo controlado para no llevarnos sobresaltos de última hora. 

Lo que trae la alegría

En una novela sobre la Segunda Guerra Mundial se describe el heroísmo de unos soldados polacos. En el regimiento tenían como lema: «Los conducidos por el miedo no saben amar». No dice «los que tienen miedo», sino «los que se dejan llevar por el miedo». Los miedosos no saben querer, porque no tienen el amor suficiente para vencerlo.

Esto ocurría en Polonia, y en el siglo pasado. Por defender a su patria se jugaron la vida. Hoy en día, en occidente, por desgracia, poca gente da la vida por alguien, como han hecho los santos. Por eso, ante una sociedad tan egoísta, Dios necesita más de nosotros, aunque hacer su voluntad nos pueda costar o nos dé un poco de miedo.

Ante la cruz Jesús tuvo miedo. También en el huerto se agobió, le vino la tentación de dejarse llevar por el miedo, pero lo venció con oración. Se agobió y lloró, porque le costaba cumplir la voluntad de su Padre. Jesús desvela su vida interior cuando nos dice: «Dichosos los afligidos porque ellos serán consolados». Parece que se dice a sí mismo: «¡Ánimo, que después de la Cruz, vendrá la Resurrección!».

Y esto es también nos lo dice a nosotros, que somos sus discípulos: «Tranquilo. Si haces la voluntad de Dios, aunque te cuesten lágrimas, y estés un poco agobiado, ya verás la alegría enorme que tendrás». Pero hace falta fe, porque en esta tierra estamos en un valle de lágrimas.

En una película, que se llama precisamente «Tierra de penumbras», se cuenta la historia de un famoso escritor inglés que se enamora de una chica norteamericana. Se casan, y después se descubre que ella tiene un cáncer. Estando los dos en el hospital, él, viendo ya próxima la muerte de su mujer, dice a ella: «Mientras más sufras ahora, más alegría vendrá después». Este hombre decía eso porque tenía fe.

Pero no todo el mundo confía en Dios. Aunque hay muchos católicos, somos pocos los que seguimos al Señor. Nosotros ahora queremos estar junto a María. Ella estuvo sufriendo al pie de la cruz por hacer la voluntad de Dios, junto con sus amigas.

En aquel ambiente lleno de crueldad, de cinismo, de hipocresía y miedo al qué dirán, un chico y unas cuantas mujeres se mantienen fieles junto a la Virgen. También nosotros. Está claro que ellos, de golpe, no pueden cambiar la sociedad, pero se ponen de parte de Dios, sufren con Él, aunque les cuesta muchísimo. Unos días después, esos mismos, por haber sido generosos, experimentarán la grandísima alegría de la Resurrección.

Cuando el Rvdo. Vianney firmó su nombramiento como encargado de Ars (al principio ni siquiera era párroco), el vicario general le dijo al Rvdo. Vianney que en aquel pueblo no había mucho amor de Dios, y añadió: «Usted lo pondrá».

Cuando el Santo Cura llegó a esta aldea de 230 habitantes, comenzó su misión diciéndole al Señor: «Acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida», con tal de conseguir la conversión de su parroquia. No se vino abajo ante un nombramiento tan pobre y un sitio tan malo, sino que pidió al Señor sufrir para salvar. Y en esto encontraría la felicidad en esta tierra.

Dice el Papa Benedicto que en Francia la pastoral no era más fácil que en nuestros días «pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa».

Jesús trajo la alegría al mundo, porque trajo el cielo a la tierra. Y nuestro Señor trajo alegría a través de la entrega y la renuncia. La renuncia trae la alegría: esto es lo que nos enseña Jesús con su vida. Cuanto más crezcamos en vida interior, más alegría tendremos, más cerca estaremos de Dios.

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