viernes, 2 de marzo de 2012

2. LA VISITA

Hubo un hombre bueno que no se fió de Dios
Ante la llamada de Dios, la llamada que Dios nos hace en los diversos momentos de nuestra vida, hay personas buenas que no reaccionan como la Virgen. El mismo Arcángel que se apareció a la Virgen se apareció a Zacarías. No podemos decir que fuera otro que no se explicó bien: era el mismo Ángel, pero lo que no eran  los mismos destinatarios… Se apareció a Zacarías el Arcángel Gabriel, y casi todo fueron pegas…Porque en definitiva ese hombre bueno no consideraba las cosas con fe, sino con un exceso de egoísmo. También el egoísmo tiene su parte de racionalidad, pero la racionalidad del egoísta es parcial, cateta. Así que esta es la disyuntiva de nuestra vida: fiarnos de nosotros mimos o fiarnos de Dios. Esto que se nos presenta en cosas grandes a lo largo de nuestra vida en contadas ocasiones, también se nos presenta en cosas pequeñas. Y se nos presenta no cuando nosotros queremos sino de forma imprevista.

Fiarse de uno mismo o fiarse de Dios
Para tener fe hay que fiarse del Otro con mayúscula. No querer tener todo controlado por nosotros mismos. Hay cosas que queremos tener «amarradas» pero que no sea por falta de fe. Hay gente que quiere tener todo «controlado» debido a una enfermedad. En ese caso que le vamos a hacer, pero hay también personas que amarran todo por falta de visión sobrenatural, porque no acaban de fiarse de nuestro Señor.  Dile: –Me fio de ti.  Zacarías se quedó mudo, por no haber querido escuchar. Es curioso como el oído y la lengua están conectados. Parece que no tiene mucho que ver el oído con la lengua… Pero en la vida espiritual están conectados. En realidad todos los sentidos están conectados porque sabemos que en la vida espiritual «no hay peor sordo que el que no quiere ver». No quieren ver con los ojos de Dios. Y entonces se deja de escuchar. –Es que Dios no me habla, se quejan algunos. No noto yo que exista una comunicación fluida.
–Es que si te falta visión sobrenatural, entonces no puedes escuchar la voz de Dios. Si te pusieras las gafas de Dios, entonces te hablaría. Y el que no quiere ver se acaba quedando mudo, como en el caso de Zacarías. Si no se escucha a Dios uno se queda mudo. –No hace oración. -Y ¿por qué no hace oración?
 En ocasiones cuando uno no habla con Dios es porque antes no ha querido oírle. Deja la oración, deja de hablar, se queda mudo para esa conversación con Dios, porque no quiso escucharle. Hace ya muchos años, un conocido literato español dejó escrito algo asombroso. Siendo adolescente se le ocurrió un día, al volver de comulgar abrir el evangelio al azar y poner el dedo sobre un pasaje. ¿Sabes cuál le salió? Te lo leo: «Id y predicad el Evangelio por todas partes». Le produjo una profunda impresión, entendió que era como un mandato de que se entregara totalmente a Dios. Pero pensó algo así como: «si sólo tengo 15 años y, además, tengo novia. Demasiada casualidad, se dijo, ha sido todo muy rápido…»
 Y decidió probar otra vez. Abrió la Escritura y leyó: «Ya os lo he dicho y no habéis atendido ¿por qué lo queréis oir otra vez?». (Cf. Carta de Miguel de Unamuno el 25 de marzo de 1898 a su amigo Jiménez Ilundain en Literatura del siglo XX y cristianismo. Charles Moëller, p. 71 y 72).
 El pasaje que leyó Miguel de Unamuno era el del ciego de nacimiento al que curó el Señor. Y los fariseos se negaban a creer que había habido un milagro.
 Con este escritor dejó de creer, se declaraba agnóstico. Poco a poco fue perdiendo ese diálogo con el Señor. Y cuando uno va por el mundo sin Dios, va a ciegas. Sin embargo el ciego de nacimiento como se fió de Dios escuchó la voz de Jesús. Y empezó a ver. Pues a este literato le ocurrió lo contrario: se quedó ciego con el pasaje que leyó.
 Así poco a poco no solo se va perdiendo la vista sino también el gusto por las cosas de Dios, y va faltando el tacto para tratar a los demás. Una persona que funciona así, funciona por el contacto, acaba impactándose con algo o con alguien. Sin visión sobrenatural, sin querer escuchar a Dios acaba uno desconcertado. Al principio quizás no, pero sucede cuando en la vida llegan acontecimientos duros queno  no espera.
 Sin visión sobrenatural la Iglesia parecería una asociación clerical a la que por desgracia tendríamos que estar unidos.  Sin fe no se entiende nada. La vocación no tiene ningún sentido si no se ve a Dios detrás. Y como la finalidad de nuestra entrega es salvar almas, con la falta de fe viene también unido el desinterés por hablar de Dios. Si eso no satisface nuestro «ego» perdería interés para nosotros. La preocupación por los demás es una clarísima manifestación de que el Señor crece en nosotros. Que está ahí creciendo en nuestro interior. Por eso no resulta sorprendente que la Virgen nada más enterarse de la situación de su pariente Isabel fuera con prisa a visitarla. Era lo más natural, le salió de forma espontánea.
 Ella fue el primer sagrario de la historia. En su interior estaba a Dios, fue a llevárselo a Isabel. Así el cuerpo de María aparece como un joyero, que contiene un corazón que late pegado a ella. En italiano al lugar de la reserva se le llama tabernáculo, que designa a la tienda donde acampaban los pueblos nómadas.

El Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros
Y es verdad: el Verbo de Dios se hizo carne y habitó, puso su tienda, entre nosotros. En este caso la tienda de Dios era María, el receptáculo donde el Señor se protegía. María lleva a Dios mismo. No como el pueblo hebreo en el desierto, que en el Arca llevaban algunos objetos que tenían relación con Yahvé: las tablas de la Ley, la vara de Aarón que floreció, y el Maná. Pero en el cuerpo de María, nueva Arca de la Alianza, iba nada menos que el Autor de la Ley, el verdadero retoño de Jesé, el Pan bajado del cielo.
 Y María en ese viaje es lógico que fuese acompañada de José, que no querría dejarla viajar sola.
 Lo que llama la atención es que la Virgen no recibiera ninguna indicación expresa, para que fuese a echarle una mano a su parienta. Que se sepa, el Ángel no le dijo que fuese a visitarla, simplemente le expuso lo que pasaba. Pues también sucede algo similar en nuestra vida: mandatos explícitos de Dios, para ayudar a otras personas, vamos a recibir pocos. Por eso hay que saber descubrirlos.

De forma espontánea
 Al estar cerca de Dios sin darnos cuenta nos entran ganas de hacer favores a los demás. Es una cosa «espontánea». La gente que vive muy bien la caridad hace las cosas de forma natural. Y cuando falla la espontaneidad para servir, es que quizá no tenemos cariño por esa persona.
 Quizá nos falta el cariño suficiente como para vencer la fuerza de gravitación de nuestro yo. El yo tira mucho… Pero en la atmósfera del yo no respiramos bien, porque hay mucho mono-óxido. Nosotros estamos pensados para relacionarnos, para el estéreo, no para el mono. Nuestra cultura, la del ser humano es la del regalo. Esto  lo saben bien los centros comerciales. Amar es regalar. Nos gusta dar sin recibir nada a cambio. Lo otro sería compraventa. Pero con el pecado vino el «interés». Por interés te quiero Andrés… dice el refrán.
 –«Voy a visitar a mi prima porque su marido está muy bien relacionado en Jerusalén, y seguro que nos podemos quedar en el apartamento suyo durante la fiesta de la Pascua».
 Desde luego esto no es lo que pensó la Virgen al ir a ver a su pariente Isabel. Aquél viaje le salió de forma natural.
  
Necesitaba compartir su intimidad
Llevaba a Dios dentro y tenía que comunicar aquello. Como escribió el poeta sevillano:
«Poned atención: / un corazón solitario / no es un corazón».
 Un corazón solitario no es un corazón. Incluso Dios que es uno, también es trino. Dios no es un ser solitario, es una familia.Y nosotros tampoco estamos pensados para vivir solos. Si alguna vez pensásemos que estamos solos, no sería verdad: tenemos al Señor. Estamos pensados para compartir nuestra intimidad. Incluso las personas tímidas, que tienen dificultades para abrirse.
 Puede ser que los tímidos muestran mucha reserva, porque son sensibles en exceso. Y quizá susceptibles, y si no se corrigen pueden caer fácilmente en el rencor.
Pero incluso las personas tímidas necesitan hablar. Nadie habla más que una tímida, son cotorras auténticas, si tienen confianza.
Y si no encuentran a nadie con quien abrir su corazón, tiene un diario para vaciar su alma, y sentirse escuchadas.
María necesitaba desahogarse con su prima, su corazón se expansiona. Comunica su vida interior a quien tenía que hacerlo. —«Mi alma glorifica al Señor». Mi alma se engrandece ante Dios.
Esta experiencia también la hemos tenido nosotros cuando el Señor nos ha concedido algo importante. Parece que se dilata nuestra alma. Cuando notamos lo que Dios ha hecho en nosotros. Así es la oración que conservamos de la Virgen, una oración exultante. Y eso que solo conservamos la letra. «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador».  Santa Isabel le da su orientación. Le dice: «Bienaventurada tú que has creído». Como si le dijera: Tu felicidad te llega por la fe. Cuantas veces nos han dado este consejo en la dirección espiritual: –Con la fe seguirás estando contento. Confía en el Señor, El nunca te defraudará.

Dios gobierna tu vida
Una chica del siglo veinte oyó como el Señor le decía que estuviese tranquila porque: ¡tu mejor Amigo dirige tu vida!  Esta es nuestra seguridad, la fuente de nuestra alegría: es el Señor el que gobierna cada momento de nuestra historia. Nada se le escapa. Y para remachar la idea el Señor añadió a aquella chica: –¿Entiendes que Yo intervengo en todo cuanto te pasa?  También a nosotros, cuando lleguemos al cielo, Santa Isabel nos dirá: –¡Cuánto te pareces a tu Madre! Bienaventurado tú que has creído.
 Y en días de retiro nuestra oración también tiene que ser exultante. Porque así le gusta a María: «Glorifica mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la inutilidad de su esclava.
 «Por eso me llamarán dichosa todas las generaciones. Porque Dios, que todo lo puede, ha hecho en mí cosas grandes, su nombre es santo» (Lc 1, 46-49).
 Dios se ha fijado en nuestra «inutilidad», no en nuestra perfección. Por eso la gente pensará al verte: –Ahí va esa inútil, que tiene tanta suerte.

1 comentario:

Angel Gtez dijo...

Interesante sitio, espero poder consultar mas meditaciones. Muchas Gracias

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