jueves, 8 de marzo de 2012

3. EL NACIMIENTO

Una dura prueba para José

Cuánto sufriría José, cuanto avanzaría José en abandonó con motivo del nacimiento de Jesús, cuando todas las puertas se le cerraban y le vendrían dudas sobre su mala gestión. Porque él era el responsable humanamente de que todo estuviera en orden. Era el que hacía cabeza.
Pensaba sin duda que tendría que haber sido más previsor, no dejar las cosas para último momento. Esto es lo que iría meditando las horas anteriores a la Navidad. Los pensamientos negativos luchaban en su interior contra el abandono en Dios. Porque había que tener fe para darse cuenta de que todo esto era querido expresamente por Dios. Y a descubrir que la mano del Señor estaba detrás.
El misterio del Nacimiento de Jesús nos lleva a pensar en este hombre, que tenía una fe tan grande, al que se le sometió a una prueba durísima. Efectivamente, los misterios gozosos fueron para José, misterios dolorosos, y también gloriosos y llenos de luz. 
Pues en nuestra vida como en la vida del Santo Patriarca todo está unido: el trigo y la cizaña, años horribles, con los meses de maduración interior. Pensamos que siempre hay una de cal y otra de arena.
Pues en la vida de José hubo mucha cal y mucha arena. También nosotros hemos de darnos cuenta de esto. Desde luego hubo mucha preocupación por todo material, pero qué es eso  en comparación con que Dios se hace pequeño, humano y lo tienes en tu misma familia. 
Efectivamente hubo momentos en los que José lo pasó mal, pero comparado con lo otro: vivía en la misma casa donde vivía Dios, y además era su padre. La Virgen en el Evangelio dice así: «tu padre y yo». La Sagrada Escritura les llama «sus padres». Es que José era su padre. Porque si Jesús es de la familia de David es gracias a José que era el descendiente de David. De la Virgen no se sabe, por lo menos no se dice de Ella que lo fuera. Pero de José expresamente está indicado en las dos ejecutorias de nobleza –podríamos decir–.
Dios se hace pequeño, humano, y lo tiene tan cerca. Así era, pero también tendría preocupaciones. Ver a María de parto, sufriendo calladamente, aunque no se le notaba, se le partiría el corazón, con lo sensible que era. Y no parecía que había ninguna salida y no la  había. Porque Dios había amarrado todo para que su Hijo naciese así.
José pensaría: –¿No hay ninguna solución?
–No la hay. 
La solución que le proponen en el pueblo parece irreverente, pero era la única.
¿Cómo no va a haber otra solución para que Jesús, el Mesías, el Ungido, nazca en una gruta que hace de cuadra? ¿Cómo no va a haber otra solución?
–Me dicen que hay un sitio resguardado, a las afueras del pueblo, pero es que es un lugar para animales.
Y la Virgen preguntaría: –¿Una cuadra?
El dolor de José  sería muy agudo porque pensaría: –Esto pasa por mi culpa, pero no sé cómo remediarlo.
–Es que no lo puedes remediar.
Hay tantas cosas en las que nosotros nos vemos atados y pensamos: –No lo puedo remediar. No encuentro salida, ¿por qué Dios quiere eso?
–Por algo será.
Pero, bueno, había que ser prácticos: «esto es lo que hay». Todo su amor lo pondría en adecentar aquel muladar. Eso sí que sabía hacerlo: «por lo menos las cosas materiales se le dan bien». Sabía hacerlo como el mejor, y debía darse prisa...
María estaba cansada y él se encontraba con mucha tensión. Su esposa no paraba de rezar, y eso le aliviaba un poco. En cambio a él le costaría humanamente mucho unirse a Dios pero lo hacía. Esto era un auténtico calvario.
No veía el porqué ocurría estas cosas. Como la Virgen al pie de la Cruz: ver a su hijo sufrir  era lo último... Pero José no solo veía su Hijo, al niño que nacería, sino también veía a María: «¿Cómo le pueden hacer esto a mi Mujer?».

Dios añadirá
«Dios añadirá, Dios añadirá» diría la Virgen. Era el nombre de su marido. Eso significa «José» en hebreo.
Ya todo estaba listo. Bueno, si se puede decir «listo», porque aquello era un arreglo superficial, en un sitio inmundo. Pues bien, listo. Y nació Jesús.
Y cada minuto que pasaba José se fue serenando. A última hora lo importante había salido bien: lo tenemos aquí, ha nacido.  Y luego se oiría algo curioso, que daría un contraste a aquella noche. Una gruta en la que habitaban animales y una música propia de ángeles que cantaban.
Que contraste hay entre las cosas de Dios y las cosas que nos suceden aquí abajo.
Bueno, había que hacerse  a la idea de todo lo que ha ocurrido. Y para eso necesita rezar.
Después de tanta presión, y de tantas cosas que habían ocurrido en tan pocas horas, en tan pocos días, en tan pocos meses, José necesitaba rezar, contemplar.
Puesto es lo que venimos nosotros a hacer aquí. Después de tanta aglomeración de cosas que seguramente has tenido en los últimos meses, hay que rezar, contemplar.
María, su mujer, estaba cansada, pero «radiante», y junto a ella se sentía raro, indigno. Lo mismo que nosotros delante de Dios, que a veces podemos sentirnos raros.
Y podemos extrañamos de que en algunos momentos de nuestra vida se haga de noche: –¿Cómo es posible que yo no vea nada, que todo esté tan oscuro?
Pero fue precisamente en la noche cuando apareció aquella gran Luz. Como profetizó Isaías: «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz» (9, 2).
Siempre pasa lo mismo. Dios permite que la oscuridad se haga en nuestra alma. Pero es para darnos esa gran luz. 

Con las orejas tiesas como los burros
Según se sabe por los estudios recientes sobre el libro de San Josemaría sobre los misterios del Rosario, en un principio el personaje central que cuenta la historia, era el burro de la sagrada Familia. 
Un cardenal del Opus Dei cuenta (p.31-32) como Juan XXIII al principio de su pontificado se pasó de despacho en despacho saludando a los que trabajaban en las distintas oficinas del Vaticano.
Y al llegar el Papa a su despacho cuando era oficial de una congregación Juan XXIII se fijó «en una graciosa figurilla que tenía sobre la mesa.
–¿Y qué es esto?
–Un burrito, Santidad. Me lo ha dado el fundador del Opus Dei, monseñor Josemaría Escrivá, que le tiene gran aprecio.
Al ver su cara de sorpresa, le expliqué que el Padre recordaba siempre que, mientras los hombres se negaron a dar posada a la Sagrada Familia, un borrico dio calor al Hijo de Dios en Belén, y que otro más lo llevó en su entrada triunfal por las calles de Jerusalén.
Los borricos son animales de carga, le dije: humildes, recios, trabajadores, con las orejas tiesas hacia arriba, como antenas para captar las ondas divinas… Y concluí:
–Nuestro fundador nos anima a imitarlos para que trabajemos siempre con el alma mirando al cielo, para escuchar bien las mociones de Dios.
Juan XXIII tomó la figurilla entre las manos, la miró con cariño, tiró de de las orejas hacia arriba, y me dijo, sonriendo:
–Yo también quisiera ser un borriquito de Dios»
San Josemaría se consideraba como un burro delante de Dios. Y al dejarle el manuscrito de Santo Rosario a su confesor, donde el narrador era el borrico, a éste no le gustó lo del burro, y san Josemaría lo cambió, y el narrador pasa a ser un criadito. Pero él personalmente se veía como un borriquillo.
Modernamente en un libro apócrifo, en un cuento, se le da al burro el nombre de Canete. Porque se imagina que tenía el pelo entrecano, casi blanco.
Como dice el Salmo: «Como un borrico estoy delante de ti». También se podría traducir «como un animal de carga». De hecho el Papa Benedicto lo explica muy bien, como un animal que transporta pesos. Al Papa también le gusta considerarse así, y en su escudo pontificio aparece un oso con una montura. La imagen proviene de una leyenda, y que viene a decir lo mismo.
En nuestra oración nosotros queremos ser como un personaje más. Podríamos hacer de ese personaje. Decía San Josemaría que el Señor se fijó el en el burro –entre otras cosas– porque su paso era sencillo y porque su oído era atento.
Estas son las cualidades que nosotros tenemos que pedir: en primer lugar la sencillez, y en segundo lugar la atención, oír la voz de Dios.
Pues te leo lo que pasaría por la cabeza del burro el día de Navidad:
«Aquella noche todo parecía luminoso… A Julián –el Buey– lo conocí cuando llegamos a la cueva, para ver si reunía el mínimo de condiciones. Efectivamente se trataba de un apartamento que este señor buey estaba utilizando de forma provisional.
 Pues como iba diciendo, la partera no llegaba. Parecía como si no la hubieran avisado. Yo y D. Julián tuvimos que salir fuera de la cueva porque estábamos poniéndonos nerviosos. Él decía, que se había fijado en una estrella grande, que se parecía a la del Rey David. Él entendía de estas cosas, porque había vivido mucho tiempo en Belén, donde colocan este símbolo por todas partes.
Estando en éstas, oímos el llanto del Niño. Temblorosos nos dirigimos hacia la gruta, pero no se podía pasar todavía a las habitaciones interiores, como es lógico. Y de pronto oímos el coro que cantaba el Gloria de Haëndel. Fue la primera canción de cuna para el recién nacido. El Niño nació llorando. Los ángeles del coro lograron calmarlo.
Todos esperábamos poder entrar para ver a María. Y darle mi enhorabuena, de palabra, porque besos, soy poco de darlos. De ahí nuestra sorpresa al verla aparecer. Nos quedamos extasiados mirándola. Tan jovencilla como era, que parecía una muñequita y ya se había convertido en Madre. 
Fue María, que estaba con el pelo recogido, la que cogió al Niño para que lo contempláramos. Y lo puso entre las pajas de nuestra improvisada sala de estar-comedor. Ya lo teníamos cerca, para poder mirarle despacio. Y yo me preguntaba: ¿a quién se parece? Bueno, parecido sí le encontraba… Era como otros niños, pero más bonito.
Allí estaba yo mirando al Niño hasta que se despertó, y de vez en cuando le guiñaba un ojo. Hasta que él miró mis grandísimas orejas, y me sonrió. Fue la primera sonrisa del mejor hombre que ha existido.

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