viernes, 16 de marzo de 2012

4. El TEMPLO

Un templo construido para Jesús
  Para escuchar


A las puertas del Templo, José compró dos tórtolas para la ofrenda, porque no disponía de recursos para comprar un cordero. Pero algo anecdótico sucedió. Un anciano, inspirado por el Amor de Dios, se destacó entre la multitud allí reunida. Cuando descubrió a Jesús en brazos de su madre, el Espíritu Santo le advirtió en secreto que ese niño era el Esperado desde hacía siglos, el prometido de Dios. Acercándose con respeto pidió que le permitieran tomarle en brazos, y luego alzándolo, bendijo a Dios y temblando de emoción entonó un himno. El templo de Jerusalén había sido construido para albergar la gloria de Dios. Y ahora cumplía su verdadera finalidad. Allí aparecía por primera vez el Señor del Templo, de aquel lugar que había hecho Salomón sin saber que era para su descendiente. «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» dice Malaquías. Por eso uno de los salmos vaticinando este acontecimiento canta: «que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria» (23).
Después de la muerte de Jesús el Templo de Jerusalén sería destruido, y no quedaría nada más que un muro para lamentarse los que no creyeron en el Señor de la gloria. Ya no tendría sentido el templo, porque otro templo lo había sustituido: es donde nosotros adoramos a Dios en espíritu, no con la materialidad de los sacrificios antiguos.


El nuevo Templo
Ese templo era el cuerpo de nuestro Señor donde habitaba Dios como en su santuario. Los Judíos destruirían ese templo, y en tres días Jesús lo edificaría de nuevo. La presentación de Jesús nos habla de la presencia del Señor entre nosotros. No es ya la materialidad de un lugar de piedra. Fuera de Jerusalén, el templo de Dios fue destruido en la cima del monte Calvario: pero se alzaría de nuevo. Allí, en el Calvario, verdaderamente, tuvo lugar el sacrificio más importante de la historia de la humanidad. Sobre el ara de la Cruz, fue inmolado el verdadero Cordero pascual. Allí probaron las lechugas amargas del dolor. Y de pie, como el que va de viaje, las personas fieles a Dios asistieron a la Pascua, al Paso del Señor. Y con su sangre fuimos señalados para que el Ángel exterminador no acabara con lo elegidos. Cuando Simeón tiene en sus brazos a Jesús, profetiza que será una bandera discutida, signo de contradicción. La Cruz de Jesús es ya señalada desde el principio a sus padres. Allí estaba Simeón para anunciar que una espada de dolor atravesaría su corazón de Madre. «Signo de contradicción»: Título de los ejercicios espirituales que Juan Pablo II dirigió a la Curia Romana cuando era Arzobispo de Cracovia.

Signo de contradicción
También en nuestra vida detrás de todo está la cruz. —Josemaría, no tienes un día sano, le decía a san Josemaría su madre. No debemos extrañarnos al encontrar alfilerazos, porque esa es la señal de que nuestra vida se parece a la de los santos, se parece a la de nuestro Señor.
Es curioso como Simeón excluye a san José de su predicción. Parece como si su instinto profético le excluyera del doloroso destino del Gólgota. Cada uno tiene su camino y quizá José, humanamente hablando, no hubiera aguantado aquella situación. Y además su cáliz ya estaría lleno por el dolor de otros sucesos. Pero el cáliz hay que llenarlo.
Antes de la predicción del anciano que se dirige a María para decirle: —Tu hijo ha venido al mundo para ruina y resurrección de muchos. Antes de esas palabras Simeón bendijo a los dos. Y dice san Lucas que «el padre y la madre de Jesús estaban maravillados de las cosas que se decían de él». Llama la atención que María y José no son personas insensibles, sino dotados de una especial delicadeza para captar las cosas que le iban sucediendo en su vida.
Ese milagro vamos a pedirle a Juan Pablo II. Él, que tenía capacidad de escuchar, de interiorizar. Nadie es grande para su mayordomo, dice el proverbio. Por eso tiene mucho valor todo lo que cuenta sobre este Papa santo el que fuera su secretario personal durante treinta y nueve años. En la vigilia de beatificación, decía Don Estanislao Dziwisz: «La mayor parte del tiempo que estábamos juntos lo pasaba en silencio porque era lo que él prefería. Estar con Juan Pablo II significaba amar el silencio». Así habla el Señor con su silencio. Parece que no dice nada, pero habla bajito. Pero hay que tener los oídos sin cera.
También decía Navarro-Vals que Juan Pablo II «se confesaba todas las semanas. A veces, cuando trabajábamos después de cenar, llegaba tarde a la cena porque estaba confesándose».
El misterio de la Presentación de Jesús en el Templo es el misterio de la Purificación de María, aunque ella no necesitaba. Nosotros sí necesitamos limpiarnos.

Purificar nuestro corazón
Como David tenemos la ilusión de construir un templo para Dios, porque el Rey de Israel vivía en un palacio, mientras que el Arca de Dios  estaba en un lugar de medio pelo, como dice la Vulgata «in médio péllium» (2 S 7, 2). La Gloria de Dios estaba en un lugar de medio pelo.
También queremos que nuestro interior que es templo del Espíritu Santo, esté lo mejor posible. Y para eso necesitamos purificar nuestro corazón.
 Como ha escrito Benedicto XVI: «Para poder comparecer ante Dios, entrar en comunión con Dios, el hombre ha de ser “puro”. Por eso las religiones han creado sistemas de “purificación” con el fin de dar al hombre la posibilidad de acceder a Dios. En el judaísmo observante de los tiempos de Jesús, el sistema de las purificaciones cultuales dominaba toda la vida. El cambio radical que Jesús ha dado al concepto de pureza ante Dios: no son las prácticas rituales lo que purifica» (Jesús de Nazaret 2, 74ss).
No consiste la cercanía con Dios en hacer un conjunto de prácticas religiosas, sino que la cercanía con respecto a Dios se da en el corazón.

La verdadera pureza
«La pureza y la impureza tienen lugar en el corazón del hombre y dependen de la condición de su corazón (cf. Mc 7,14-23)».
El Papa Benedicto se queja de que «La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual»
Efectivamente cuando se habla de pureza hay muchas personas que entienden que se está hablando de castidad.
«La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual, contaminándolo también nuevamente con la desconfianza respecto a la esfera material y al cuerpo».
Como si el cuerpo fuera malo, y el ser humano se tuviera que despojar de él. Según las filosofías platónicas la purificación del hombre se alcanza mediante ritos. Y sobre todo la purificación del hombre se alcanza por un proceso en el que el hombre va perdiendo la materia para irse espiritualizando cada vez más y así llegando hasta las alturas de Dios. «De este modo, el hombre se purifica de lo material, se convierte en espíritu y, por tanto, en puro».
Pero el cristianismo es al revés. Un Dios espiritual que se encarna, y así nos salva. La materia y el cuerpo han sido elevados. Sabemos lo que dice la Escritura que nuestros cuerpos son templos, porque en ellos habita la divinidad.
Pero cuando el Señor hablaba de purificación del templo. Cuando hablaba de pureza de corazón, entonces, a qué se refería.
Y el Papa se pregunta: «¿Cómo se hace puro el corazón? ¿Quiénes son los hombres de corazón puro, los que pueden ver a Dios (cf. Mt 5,8)?».

La Verdad es lo que nos purifica
«El hombre debe estar inmerso en la verdad para que sea liberado de la suciedad que lo separa de Dios. A este respecto no podemos olvidar que Juan no toma en consideración un concepto abstracto de verdad; él sabe que Jesús es la verdad en persona».
La Verdad no es un concepto abstracto es una Persona, que nos purifica con su Amor. «El lavatorio que nos purifica es el amor de Jesús, el amor que llega hasta la muerte».

Somos purificados por el Amor de Dios
«En el fondo es absolutamente lo mismo que Pablo expresa de un modo más difícil de entender para nosotros, cuando dice que somos «justificados por su sangre» (Rm 5,9; cf. Rm 3,25; Ef 1,7; etc.)».
Por eso no hemos de extrañarnos que el Espíritu Santo, el Amor de Dios inspire a un hombre como Simeón. El anciano, en el Templo le comunica a los padres de Jesús el signo de contradicción que acompañará la vida de ese Niño.

El templo, la purificación y la cruz
El templo, la purificación y la cruz están conectados porque el Niño nos va a purificar  mediante su sacrificio. No es casualidad que la primera vez que Jesús llega al templo, en su presentación, se hable de la cruz y la pasión.
María meditaba todo esto. Que sin duda ocurría en la vida de Jesús, pero también en la suya.

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