lunes, 26 de agosto de 2019

EL PAN





Danos el pan de cada día

Jesús nos enseña a pedirle hasta las cosas más materiales. Por eso en una de las peticiones del Padrenuestro pedimos el pan. Pero detrás del pan está Dios. Al Señor le interesan nuestras matemáticas y lo que hemos comido hoy de primer plato… Todas esas cosas que interesan a nuestros padres.

«Danos hoy nuestro pan de cada día». Esta es la petición de una persona que está necesitada. Nos recuerda el hambre que pasaba el pueblo de Israel cuando iba por el desierto. Y entonces le pidieron a Dios, y Él les envió pan del cielo. Era el famoso maná con el que los israelitas se alimentaban cada día.

Maná

Pero el verdadero maná es Jesús. Él mismo es el pan del cielo, que ha bajado para alimentarnos. La Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor, es el mismo banquete celestial que comemos también hoy.

Jesús ha querido que el tema del pan ocupara un lugar importante en su predicación. Desde las tentaciones que tuvo en el desierto, pasando por la multiplicación de los panes, hasta la última cena. Toda la vida del Señor está marcada por el pan. Jesús recordó lo que ya estaba escrito: «No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3). Y la Palabra que procede de Dios es el mismo Jesús. Esto no son teorías. El Señor dice que Él es el Pan de Vida. Antes no les despidió sin darles de comer. Pero luego, en la sinagoga de Cafarnaún pronuncia el gran discurso del Pan de Vida, porque no quería que la gente pensara que la necesidad del hombre se reduce al pan material.

«Porque no solo del pan vive el hombre sino de la Palabra que procede de la boca de Dios». Jesús es el verdadero alimento, es la Palabra eterna de Dios. Y esa Palabra eterna se ha hecho carne. No es solo una idea, se ha materializado, se ha hecho hombre y nos habla con palabras humanas. Pero no solo se hace hombre, sino que también se hace pan material. Esta es la gran novedad: la Segunda Persona se hace Hombre, y nos alimenta primero con su Palabra y luego con su Cuerpo. Ese es el motivo por el que, en el Sacrificio de la Misa hay dos mesas: la mesa de la Palabra y la mesa de Eucaristía.

Jesús no habla con un lenguaje figurado, dice que hemos de comerlo. Y muchos dejan de seguirle porque no tienen fe en lo que está diciendo; les parecía una cosa dura. No solo de pan vive el hombre, sino de la Palabra que sale de Dios. La Palabra eterna se convierte realmente en maná, es el pan del cielo, el pan futuro, el que recibiremos en la eternidad, es Dios mismo.

Un día una universitaria, le preguntó a la directora de su residencia:
–Oye, tú, teniendo cinco hijos y trabajando aquí de directora, ¿como es que aguantas? No entiendo. Te veo que vas sobrada.
Rosa, sonriendo, dijo: –Hombre, mujer, no ha sido así siempre. ¿Sabes cuándo cambié?
No.
–Bueno, la verdad es que yo tampoco. Fue una cosa gradual. Pero yo pienso que cambié cuando decidí comulgar todos los días.
–A mí –dijo Beatriz– me han dicho muchas veces que eso es muy bueno, pero nunca lo he hecho.
–Los primeros días no noté nada. Pero luego, cuando llevaba unos meses comulgando me fije: ¡Hay que ver! ¡Si me ha cambiado hasta el carácter!.

Palabra que se hizo pan

Dios que es un ser espiritual, cuando quiere conectar con los hombres se hace muy material. Nosotros, para ser muy sobrenaturales, hemos de ser muy humanos, materializar todo. Esto es lo que el Señor nos muestra en la Eucaristía. «Danos tu pan», le decimos.

¿Y por qué comulgamos con poco fruto? Quizá es que nos falta fe. No acabamos de creernos que el Señor baja cada día para nosotros. ¿Por qué, cuando comulgas, te distraes, o ni siquiera te quedas diez minutos para dar gracias? No es la materialidad de comulgar sino de que la aprovechemos y nos sirva. Si queremos, Dios nos cambia. Una cosa es comer y otra alimentarse. Hay personas a las que la comunión diaria les sirve de poco, porque no la aprovechan. Le tenemos que demostrar nuestra fe y nuestro amor al Señor.

Si le pedimos todos los días a Dios en la acción de gracias, después de la Misa, una cosa, nos la concederá en pocos meses. El Señor nos obedece. Eso es lo que pensaban los santos. «Danos hoy nuestro pan de cada día». Es como si Él nos dijera: «Pedid el pan porque Yo soy el Pan. Os ayudo en lo que vosotros necesitéis».

Si pensamos que somos capaces de hacer algo sin necesidad de ayuda, somos unos orgullosos. El orgullo nos hace violentos y fríos. Dios no quiere que seamos así. Recibir a Dios todo los días nos hace ser como Él. Nos quita el orgullo y nos hace amables.
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lunes, 19 de agosto de 2019

MISTERIOSA CRUZ



Para aprender a querer
Intereses
Perdona nuestras ofensas...

PARA APRENDER A QUERER

Nosotros no somos capaces de vencer el mal que hay en nuestro corazón: nos encontramos con algo que nos supera. No conseguimos dominar el poder del mal con nuestras propias fuerzas. En esta tierra, el mal vive de mil formas. Podemos decir que está arriba y también en el último puesto. Ocupa la cúspide del poder, y también está en lo más bajo. Esto es así. Pero también está el Amor con mayúscula. Y para el hombre, para el hombre este Amor solo tiene una forma: Jesús en la cruz. Solo con el amor uno es capaz de perdonar porque se ve a la persona en su conjunto, como los padres a sus hijos.

Para aprender a querer hemos de meditar en nuestra oración los padecimientos del Señor, porque el Amor de Dios no nos salva desde el exterior. Alguien que ama tanto, no quiere solucionarlo todo diciendo: «Estáis todos perdonados». Podría haberlo hecho así, pero prefirió otra forma para manifestarnos su amor fuerte.

A Dios, perdonarnos, le ha costado un alto precio: la muerte de su Hijo. Por eso dijo uno de los grandes escritores ingleses: «Dios pudo crear de la nada el mundo, pero para superar la culpa y el sufrimiento de los hombres por el daño cometido tuvo que intervenir sufriendo él mismo en su hijo». Jesús ha llevado esa carga y la ha superado mediante la entrega de sí mismo.

Este es el misterio de la cruz, algo muy extraño para nosotros. ¡Que el perdón de nuestras ofensas le haya costado a Dios tanto! Parece raro tanto sufrimiento. Dice el profeta: «Soportó nuestros sufrimientos [...]. Sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-5). Si ya que muera por nosotros es extraño, esto se entiende menos. ¡Que su flagelación nos cure! Al hombre de hoy, la cruz no le cabe en la cabeza. 

Tampoco entendemos la cruz porque estamos inmersos en una cultura individualista. El hombre actual suele ir a lo suyo. Es raro encontrar a alguien capaz de entender que ha de sufrir por los demás. «Que alguien muera por mí, no tengo ningún inconveniente. Que la gente haga lo que quiera con su vida. Ahora… yo no estoy dispuesto a morir por otro. Estaría bueno»

INTERESES

Hoy en día la gente se suele mover por el propio interés, también a la hora de perdonar. Ocurre que, en la vida diaria, cada uno va a lo suyo, y al no pensar, por llevar tanto acelere, se apuñalan unos a otros. Hay que ser muy santo para no dejarse llevar por el individualismo. El individualista, si hace favores, los hace, pero con el dinero de otro. Así es fácil ser muy generoso. Pero si te tocan tu bolsillo, eso es otra cosa. Es lo que nos cuenta el Señor del sacerdote y el levita que «pasan de largo» para ir a lo suyo, dejando a un herido medio muerto. Ahora ocurre lo mismo. También se actúa por interés, incluso teniendo buena voluntad. El levita y el sacerdote fueron a lo suyo, a sus rezos y a sus cosas. No serían malas personas, pero los dos iban con prisa.

Hoy casi no hay tiempo para pensar, reflexionar, escuchar; hay mucha prisa y estrés; y así es muy difícil hacer las cosas desinteresadamente, aunque se tenga buena voluntad. Y encubierto en la buena voluntad se hacen cosas por propio interés. La sociedad actual es la sociedad del ruido. No hay silencio. Mucha música y mucha tele… Parece que solo hay silencio cuando se muere alguien. Ahí se piensan cosas: «Tendríamos que habernos portado mejor con él». Pero son silencios traumáticos, que duran hasta que se pone otra vez la radio. El hombre vive encerrado en sí mismo, por la calle, en su casa… 

Sin pararse a reflexionar es muy difícil perdonar, porque las cosas de los demás no me interesan de manera espontánea; hay que pararse y pensar en ellas. Ya no vemos la profunda relación que hay entre todas nuestras vidas: «Tú a lo tuyo, yo a lo mío»«¿por qué no vamos todos a lo mismo?» «Porque entonces me quitas tiempo para mis cosas».

Por eso se piensa que es muy raro que alguien haga algo por ti sin ningún interés. «Por algo lo habrá hecho». Cada uno va tan a lo suyo… La relación con Dios suele verse como algo bueno, pero no estrictamente necesaria, «a no ser que yo la necesite para resolver un problema»

«Dios me hace falta si me ayuda a lo mío, sino no». Se piensa en Él para ver si me sirve. Y Dios no sirve para nada, porque no es un instrumento para mi utilidad«Pues entonces lo dejo de utilizar, porque en este momento no necesito la oración o la acción de gracias o el rosario. Gracias a Dios, ahora que me va todo bien no necesito rezar».

El individualismo es el pecado: querer ser dios sin Dios. Decía un sacerdote africano que pasaba unos meses en Europa: «Yo intuía que aquí la gente reflexionaba poco porque se vivía muy bien; no se sufre tanto. En África se sufre más, y por eso se piensa más. Además, aquí la gente va muy aprisa, y eso no ayuda a pensar».

PERDONA NUESTRAS OFENSAS...

La oración del Padrenuestro no es solo nuestra oración, sino que, en cierta forma, es la oración de Jesús, Dios hecho hombre. Como cabeza del género humano Él podría rezar en nombre nuestro. Pero no solo eran palabras, Éno solo diría al Padre «perdona las ofensas que te hacen los hombres como yo pero a los que me ofenden», sino que lo realizó muriendo en la Cruz y perdonando a los que le crucificaban, para que Dios nos perdonara a nosotros. 

«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Esta petición nos recuerda que Jesús no es individualista. Sin embargo nosotros somos capaces de rezarla solo por propio interés. Por eso muchos rezan: «Para que Tú me perdones a mí, yo pero a los demás». En cambio, parece que Jesús se dirige al Padre, diciéndole: «Yo sufriré las ofensas por ellos para que Tú les perdones».

Repitamos, entonces con Jesús: «Perdona las ofensas que te hacemos los hombres, como también yo pero  a los que me ofenden». Nos recuerda esta petición el precio que Él pagó para que nosotros  fuéramos perdonados. Y es como si el Señor nos suplicara: «Haz como yo». Decía un sacerdote mientras predicaba: «Una cosa es ver a Jesús crucificado, y otra decirle: Baja Tú, que subo yo”».

Jesús nos pide a los cristianos que no solo perdonemos, sino que vayamos más lejos, que le miremos a Él, y hagamos lo mismo. Por eso dijo a dos Apóstoles suyos: «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?» (Mt 20,22). Nosotros también somos sus discípulos y hemos de bebernos el mal. Consumirlo, asumirlo, tragarlo.

Es lo que hizo la Virgen. Estar a la derecha del Señor le fue reservado a Ella porque estuvo junto a la cruz, diciendo: «Padre, perdona las ofensas que te hacemos los hombres, como Jesús y yo perdonamos a los que nos ofenden».

Para oírla en audio:

https://www.jovenescatolicos.es/2019/08/19/misteriosa-cruz-orar-con-gps/

viernes, 24 de mayo de 2019

EL RETORNO DEL REY



La semilla de Dios
La yerba de Satán
El retorno del Rey

LA SEMILLA DE DIOS

Satanás es un pobrecito que no sabe amar. Pero el caso es que el amor es una semilla de Dios y al ser el diablo una criatura, en su interior también tiene el amor, no puede ser de otra forma, él tiene amor pero amor propio. El amor se lo refiere a sí mismo. 

Si nos dijeran cuál es la esencia del amor, en qué consiste, seguramente los filósofos dirían que el amor es esencialmente un regalo. Amar es regalar, como decía la publicidad de unos grandes almacenes. El que ama regala porque el amor consiste en eso.

En principio no hay interés en los regalos que hacemos. No se regala para que nos regalen a nosotros, eso sería comercio. Yo te doy para que tú me des.

Como saben los teólogos, Dios es Amor: un Padre que da todo a su Hijo. Todo, absolutamente todo, y se queda sin nada. Evidentemente, menos su Personalidad de Padre, eso no se lo puede entregar. Pero todo su Ser de Dios lo entrega a su Hijo.

Y el Hijo recibe todo ese regalo, y se lo devuelve dándolo absolutamente todo, y solo se queda con su Persona de Hijo. Y esa entrega de ambos es tan grande que es Dios mismo, que no es Padre ni Hijo, sino el Amor de ambos y como tiene Personalidad distinta le llamamos Espíritu Santo.

El hombre, hecho a semejanza de Dios, está creado para amar y, sin embargo, por el pecado introducido por Satanás, nace con esa inclinación a amarse a sí mismo antes que a los demás. Incluso se nota en los niños que les sale espontáneamente el egoísmo: quieren todo para ellos, y no les sale, de forma natural, decir gracias.

Por esa razón el ser humano tiene que ser educado en la generosidad, porque por el pecado original, lo natural en él es el egoísmo, el amor propio.

LA YERBA DE SATÁN

Desde muy pequeños nos viene ya la tentación de mandar. Nos convertimos en mandones desde la infancia.

Queremos que se haga nuestra voluntad en los juegos, que nos compren lo que nos apetece y en el momento. E incluso cuando rezamos se nos viene la tentación de pedir: Señor, que se haga nuestra voluntad y no la tuya.

Nuestra codicia nos lleva a desear contentarnos en primer lugar a nosotros, sin importarnos desobedecer, para hacer nuestro gusto.

Todo lo que intenta el Demonio es que desobedezcamos a Dios, porque por su voluntad nos llega todo lo bueno.

La misión que tenemos que realizar aquí en la tierra la realizamos siguiendo los consejos de nuestro Padre Dios, que quiere nuestra felicidad. Que seamos dichosos como Él es.

Satanás consiguió que Adán desobedeciera porque, al ser el primero de la estirpe de los hombres, todos los demás seres humanos procederían de un padre desobediente y heredarían
su misma condición; Dios había concedido al hombre el poder de dar la vida a sus semejantes, que nacerían a su imagen.

Pero, al mismo tiempo que el primer hombre desobedeció, Dios le prometió un Redentor que lo liberaría de la esclavitud a la que se vio sometido por Satanás (cfr. Gn, 3, 15). Y el egoísmo fue una de las secuelas de ese primer pecado. Así es el reino del Demonio, es un reino donde el Amor de Dios da paso a la esclavitud que produce el amor propio desorbitado.

Precisamente la misión de Jesús era devolver al hombre a su estado original. Y por supuesto, Satán, como es tan egoísta, no esperaba que la solución de Dios pasará por Su entrega total, porque el enemigo tiene mucha experiencia, pero no posee el verdadero Amor.

Como dicen algunos Padres, Satán no tenía la certeza de que Jesús fuese Dios; por eso –pensando que solo era Hombre– intentó por todos los medios desviarlo de su misión, y cuando no pudo, intrigó para eliminarlo. Sin sospechar que, precisamente, la aceptación de la muerte por parte de Jesús iba a
ser el acto de obediencia que reconciliaría al hombre con su Creador.

El Mesías era el heredero del Rey David, por eso algunos evangelistas incorporan las genealogías en su escritos, para demostrar que Jesús, provenía de la familia real, por línea
directa (cfr. Mt 1, 17; Lc 3, 23-38).

Todos esperaban que su mandato fuese tan próspero como el de su antepasado e incluso más (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, p. 37 ss).

Pero en tiempos de Jesús el reino de Israel había caído en manos extranjeras, Herodes no era judío sino idumeo. (cfr. Ibidem, p. 38) y como sabemos buscó al Niño para matarlo, al enterarse de que había nacido en Belén (Mt 2, 13).

Y Jesús aparecerá en su vida pública, dispuesto a cumplir las promesas que Dios había hecho a su Pueblo.

EL RETORNO DEL REY

Satanás quería desviar al Mesías de su misión. Que pusiese su interés particular por delante de Dios. Como también sucede en la política: hay personas que, por encima de los intereses generales, ponen su realización personal.

Para algunos lo fundamental es llegar al poder. Pretenden, sin duda, servir a los demás, pero su objetivo es mandar. Y para llegar a esa meta vale todo, porque lo importante es llegar al gobierno. Y una vez instalados allí –piensan– podrán hacer el bien. Satanás se dio cuenta de que Jesús es el Mesías, el heredero de David, llamado para reinar.

Sabía el demonio que Jesús es una persona inteligente, que no solo conocía las Escrituras sino que además las practicaba, porque vivía virtuosamente.

Para Satanás ha llegado ya el momento de quitarse la careta, y lo hace en la tercera tentación. Le va a insinuar que con el poder llegará muy lejos: y le muestra lo majestuoso que es.

Ya el diablo tentó al primer Adán con la codicia, que es la raíz de todos los males (1 Tm 6, 10)... Y el deseo de poder es lo peor de la codicia. Ahora, ante Jesús, su tentación se presenta como nueva pero suena a vieja.

Es como si Satanás le dijera a Jesús: –Toma de la fruta del poder, es apetitosa, se puede hacer mucho bien con ella. No solo conocerás a los hombres, sino que llevarás a cabo grandes empresas. Tú estás llamado a gobernar, dominarás la tierra. Pero para eso tienes que postrarte ante mí. Yo soy aquí
el que mando. Tienes que dejarte llevar por mí.

El diablo no solo le promete su ayuda para gobernar Israel, sino todos los reinos de la tierra.

El monte es un lugar de oración y Satán lleva allí a Jesús para hacerle su propuesta. El demonio pretende ponerse en lugar de Dios y lo imita hasta en esas cosas externas: lo traslada al lugar donde tradicionalmente en Israel se solía hablar con Yahveh.

Jesús es el heredero del Rey auténtico de Israel. Y la virtud peculiar de un gobernante es la prudencia que lleva al hombre a actuar de forma justa, como afirman los clásicos; lo mismo que decir, de forma “adecuada a la realidad”.

El que manda ha de tener en cuenta la verdad. Pero lo que de verdad ha de presidir las decisiones de un gobernante es el bien. Por eso el amor es la finalidad de todas las decisiones de un hombre prudente.

Todo se ha de hacer por amor. Pero también con amor, porque las formas son muy importantes. No solo el fin ha de ser bueno también los medios que se emplean.

En la liturgia de la Misa hay una oración en la que se dice que los cristianos debemos hacer las cosas por Cristo, y con Él. Que es como decir que hemos de hacer las cosas por Amor y con Amor. Porque Jesús es Dios y lo que caracteriza a Dios, su esencia, es ser Amor. Por eso es lógico que se nos recuerde que hagamos las cosas con Amor... Con Él, y no solo por Él.

Pero en esa oración se dice que también debemos hacer las cosas en Cristo. Porque el cristiano tiene que ser el mismo Cristo: hacer las cosas en Él, porque no somos hijos de Dios por nuestra cuenta, sino en cuanto conectados a Él, que es el Hijo con mayúsculas.

Todo ha de realizarse por Él, con Él y en Él. Todo se ha de realizar en Verdad, pero también por Amor, con Amor, y uniéndonos al Amor de Dios.

Por eso el gobierno en la Iglesia no se ha de ver en clave de poder. Indudablemente la virtud del gobernante es la prudencia, que no es solo una cuestión teórica, sino muy práctica.
P
La verdad no está solo para ser conocida, sino para ser llevada a la práctica. No conviene que seamos unos intelectuales que solo se quedan prendados por la belleza de la sabiduría. El esplendor de la verdad no debe paralizarnos, sino que nos debe llevar a actuar. Nos gusta conocer las cosas de Dios. Pero lo importante es llevarlas a la práctica.

Cuando vivía en Roma, me encontré escritas, en una vidriera, unas palabras que san Pablo escribe a los efesios (4, 15). La frase, centrada en un ventanal, decía: Veritatem facientes in Caritate. Que podríamos traducir como: llevando a la práctica la Verdad por medio del Amor. Y al pasar los años, he pensado que la cita de esa carta del Apóstol podría resumir la forma de gobernar en la Iglesia.

sábado, 18 de mayo de 2019

9. EL SALTO


¿Fracasos?
¿Por qué no actúa Dios?
Abandono audaz

¿FRACASOS?

Como es lógico, en nuestra propia vida espiritual deseamos que los resultados sean positivos, que todo salga lo mejor posible, que haya fruto. Pero los resultados no pueden hacernos olvidar que en primer lugar está la búsqueda de Dios, no nuestra realización personal.

Si el éxito en la vida interior se viese como parte de la realización de nuestro “ego”, el batacazo sería grande. Ninguna parcela de nuestra vida debe de estar por encima de Dios y menos el terreno espiritual.

Porque el triunfo interior –por alcanzar cualquier virtud– debe ser una fuente para acercarnos más a Dios. Sin Él no podemos nada, y menos en las batallas espirituales. Y para descubrir quién ocupa el centro en nuestra vida, si es Dios o nuestro yo, basta con experimentar un fracaso en la lucha por mejorar. Los bajones ante nuestros fracasos suelen indicar que hemos contado mucho con nuestras fuerzas y poco con la gracia de Dios, y por eso se nos hace difícil asimilar la propia humillación.

Si ya es penoso que las cosas buenas de la vida nos oculten a Dios, todavía es más absurdo, que lo que nos separe de él sea la religiosidad. Incluso la teología podría separarnos de Dios si esa ciencia la tomásemos como un trampolín para nuestro éxito personal.

Es conocida la historia, que relata un autor irlandés, de un diablo inexperto que se inicia en su trabajo tentando a un ser humano. Pero el diablo novato fracasa en su intento; tanto es así, que aquel hombre tiene una conversión espiritual; entonces el diablo inexperto escribe una carta lacrimógena a su infernal tío, contándole el caso.

Y el diablo mayor le contesta, animándole: –No te preocupes, tiene arreglo. Ahora que cree en Dios, intenta que se haga una idea falsa de Dios.

Podríamos decir que lo que busca el demonio, es que ya que el hombre tiene la Palabra de Dios, que la lea de tal forma que su lectura le impida ver a Dios. Por eso, no es extraño que el mismo diablo cite la Sagrada Escritura para hacer caer al mismo Jesús en la trampa. En este caso es el Salmo 91, que habla de la protección que Dios ofrece al hombre fiel. Satanás, utiliza la Biblia porque a las personas espirituales las tienta a través de las cosas espirituales.

El diablo muestra ser un gran conocedor de las Escrituras. Y es así. Satanás tiene una inteligencia privilegiada y una gran fe en Dios, pero desconoce la humildad y el amor.

Precisamente, la segunda tentación aparece como un debate entre dos expertos, porque los dos lo eran. Esto es un aviso para nosotros: lo importante no es tener un conocimiento profundo de los libros sagrados, sino que nos sirvan para nuestra salvación y la de los demás. Que el Señor no tenga que reprocharnos que sabemos mucho y no actuamos según nuestras creencias, como dijo a los que escuchaban a los doctores de la ley: haced lo que dicen, pero no lo que hacen (cfr. Mt 23, 3).

¿POR QUÉ NO ACTÚA DIOS?

La soberbia, el orgullo, hace que desconozcamos lo importante. Podríamos tener un conocimiento profundo de cosas accidentales, pero ignorar lo que más nos interesa. La verdad siempre nos lleva a la humildad: nuestro lugar en el mundo no está por delante de Dios.

Conviene repetir que la soberbia, planta que cultiva Satanás en nuestro corazón, nos hace pensar que Dios no quiere actuar en nuestras vidas, o es indiferente a nuestros problemas, o es que quizá no existe.

Ya lo hemos dicho, para algunos la mejor posición con respecto a la existencia de Dios, no es negarla –pues declararse ateo puede resultar demasiado fuerte– pero tampoco aseguran lo contrario, sino que se quedan en un punto medio, son agnósticos. No tienen certeza pero tampoco lo niegan.

En ese caso, los hechos que aparecen en la Biblia en los que Dios interviene no serían reales, sino fabricados por el deseo que tiene el hombre de que Dios exista, para que le garantice que todo va a salir bien. En ese caso el deseo de Dios se convierte en el deseo de éxito. Por eso, si la comunicación con Dios no fuese posible, tendríamos que confiar solo en nosotros y en lo que se puede alcanzar con el dinero.

En la discusión teológica de la segunda tentación, Satanás insinúa que en el caso de que Jesús sea el Hijo de Dios, le corresponde el éxito humano. Así que lo mejor sería, hacer una demostración arrojándose al vacío desde lo alto del lugar sagrado, porque sin duda Dios lo librará, ya que está llamado a triunfar.

Satanás pretende insuflarnos optimismo, para que si las cosas no salen según las hemos pensado, nos venga el bajón, y desconfiemos de que quiere nuestro bien. Pero el cristiano no tiene por qué ser un pesimista, ni tampoco un sembrador de “buenismo” bobalicón.

Las palabras ‘optimismo’ y ‘pesimismo’ que usamos ahora —decimos que una persona es optimista para decir que está de buen humor o que tiende a ver el lado bueno de las cosas— fueron inventadas en broma para herir de un lado la doctrina de Leibniz, optimista, y las ideas...de Voltaire, pesimistas”.
(Martín Hadis, Borges, profesor, Barcelona 2002).

Por eso el primer argentino ha dicho: “es útil no confundir optimismo con esperanza. El optimismo es una actitud psicológica frente a la vida. La esperanza va más allá. Es el ancla que uno lanza al futuro y que le permite tirar de la soga para llegar a lo que anhela... Además, la esperanza es teologal: está Dios de por medio” (Sergio Rubin/Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco, Barcelona 2013, cap.15).

Y en el escudo del primer Papa Santo del siglo XX se puede ver un ancla. Él explicaba el motivo por el que la había puesto: “recuerda la Esperanza ‘que tenemos como ancla segura y firme para el alma’ (Hb 6, 19). La esperanza, no en los hombres, que solo es ocasión de calamidad y desengaños; la esperanza en Cristo”. (Monseñor Sarto, 15 de marzo de 1885, cit. en José María Javierre: Pio X, Barcelona 1952, p. 114).

Así se entiende que en la tumba de los primeros cristianos aparece en muchas ocasiones la imagen del ancla, que se consideraba un símbolo de firmeza.

En medio de la movilidad del mar, ella es la que asegura. En el cristianismo primitivo el ancla se convirtió en símbolo de Cristo, en quien ponemos nuestra esperanza.

Por todo esto en la segunda tentación el diablo quiere que Jesús ponga a prueba a su Padre Dios exigiéndole un triunfo innecesario, que haría que todo los presentes en el templo de Jerusalén queden admirados ante un hombre que baja espectacularmente desde el pináculo del templo (cfr. Mt 4, 5-6).

La respuesta de Jesús de nuevo está tomada del Deuteronomio (6, 16): ¡No tentaréis al Señor, vuestro Dios! Estas palabras de Jesús se refieren a la rebelión de los israelitas contra Moisés en el desierto cuando corrían peligro de morir de sed.

En realidad no solo era una rebelión contra el Jefe del Pueblo, sino que una rebelión contra el mismo Dios, que lo había nombrado. Exigían a Yahveh que demostrara que era Dios y por eso en la Biblia se describe el suceso con estas palabras: Tentaron al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio
de nosotros? (Ex 17, 7).

Aquellos, al dudar de Dios, pretenden someterle a una una prueba. Como diciendo: si no vemos no creemos. También a nosotros podría pasarnos si solo reconoceríamos como real lo que pudiéramos experimentar. Entonces si no sintiéramos la presencia del Señor sería como si Él no existiese. Y así, desconfiando, no podríamos conocerle ni quererle.

Quien pensase de este modo, se convertiría a sí mismo en Dios.

En esta vida caben dos opciones: o nos fiamos del amor que Dios nos tiene o nos fiamos de nuestro amor propio, de nuestro propio criterio. Más tarde o más temprano tendremos que decidir de quién fiarnos.

ABANDONO AUDAZ

La escena de la segunda tentación tuvo como escenario el lugar más elevado del templo, y eso nos lleva a pensar en la cruz, cuando Jesús fue elevado sobre la tierra (Jn 12, 32).

En la segunda tentación, Cristo no se arroja desde lo más alto del templo, como quería el diablo. No salta al abismo desde allí.

Pero desde la cruz, sí que lo hace. Desde el madero, Jesús desciende al abismo de la muerte. Siente en lo humano el desamparo propio de los indefensos, y se atreve a dar ese salto como prueba de la confianza que tiene en su Padre. Y así, demuestra también el amor que tiene por los hombres.

Jesús sabía que en la cruz, dando el salto del abandono, solo podía caer en las manos bondadosas del Padre. Este es el verdadero sentido del Salmo 91, que Satán citó torcidamente.

La verdad es que quien sigue la voluntad de Dios, a pesar de todos los horrores que le ocurran, nunca perderá una última protección.

El fundamento del mundo es el amor, y el cristiano sabe que cuando ningún hombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en Aquel que le ama.

Quizá, una de las cosas más difíciles de la vida espiritual, es el abandono, una confianza absoluta en Dios, aunque uno vea lo contrario a lo que nos pide. Fiarse, aunque no se entienda.

Cuentan que un alpinista ilusionado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero quería la gloria para él solo, por lo tanto subió sin compañeros.

Su afán por subir, lo llevó a continuar cuando ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.

Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y cayó por el aire en medio de la oscuridad... Pasaron por su cabeza todos los momentos buenos y malos de su vida. De repente, sintió el tirón de la cuerda en su cintura que le sujetaba. En ese momento, suspendido en el aire, gritó:
–¡Ayúdame Dios Mío!
Y una voz le contestó desde el cielo: –¿Qué quieres hijo mío?
–Sálvame.
–¿Realmente crees que yo te pueda ayudar?
–Por supuesto, Señor.
–Entonces, corta la cuerda que te sostiene.

Aquel alpinista, aterrorizado, se agarró todavía más fuertemente a la cuerda. Al día siguiente, el equipo de rescate encontró al alpinista muerto, agarrado fuertemente con las manos a la soga... ¡a tan solo dos metros del suelo...!

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías