jueves, 9 de mayo de 2019

8. EL ÉXITO

      
Ocupar el sitio de Dios 
Someter a Dios a un examen
Confiar en Dios o en nosotros mismos



OCUPAR EL SITIO DE DIOS


El corazón humano en esta tierra tiene unas ganas enormes de triunfar. San Juan llama a este deseo concupiscencia de los ojos, como si el hombre quisiera deslumbrarse por los focos del éxito.

Si le preguntas a las niñas, muchas te dirán que quieren ser famosas, y los niños, jugadores de un gran equipo de fútbol, que la camiseta con su nombre y número la lleve mucha gente en todo el planeta.

Las chicas quisieran tener una estrella en una avenida de Hollywood como las grandes actrices, y ellos desearían triunfar en una sola operación de bolsa, forrarse, y tener de novia a una supermodelo.

Los adultos, dependiendo, desean que les toque la lotería, o ganar unas oposiciones, disfrutar de una buena jubilación, tener una buena calidad de vida. Podíamos decir que es la aspiración del éxito a la medida de un pequeño burgués.

El diablo sabe de esa ansia que tiene el hombre por triunfar y lo quiere utilizar para conseguir su objetivo. Lo que busca con las tentaciones es que nosotros queramos ocupar el sitio de Dios. Eso es lo que el enemigo quiso: hacerse el amo.

Nos tienta para que nosotros nos parezcamos a él, seamos de su bando. Ocupar la silla de Dios. En la segunda tentación de Satanás a Jesús, se observa que lo que pretende el enemigo es, que el Mesías desee ocupar el sitio de Dios. Porque bien sabe el demonio que el hombre tiene muy arraigado el deseo de triunfar. Por eso el profesor John Dewey, uno de los más afamados filósofos que ha tenido los Estados Unidos, decía que el impulso más profundo de la naturaleza humana es “el deseo de ser importante” (cit. en la famosa obra de Dale Car- negie, Cómo ganar amigos e influir en las personas, edición de 1981, cap. 2).

Y ya que el ser humano tiene muy arraigado ese deseo de triunfar, lo que busca el demonio es que en vez de servir a Dios, nos “sirvamos de Dios” para conseguir todo. Como si Dios fuese un anillo de poder. Quiere el enemigo de nuestra alma que tomemos a Dios como un instrumento al servicio de nuestros fines. Así rebajamos a nuestro creador, tratándolo como un sirviente: algunas veces Dios sería tratado como un Servidor importante, pero no dejaría de ser un Criado al que utilizamos para nuestros fines.

En la segunda tentación, el diablo, que es bastante listo, no va de frente. Y viendo que Jesús es una persona virtuosa, utiliza la misma palabra de Dios, pero desvirtuándola.

Lo que busca es que el hombre desconfíe de Dios. Y para que el hombre pierda la esperanza en Dios tiene que empezar con una premisa. Lo que busca es que pongamos a prueba a Dios. ¿Dios te quiere o no te quiere? ¿Dios falla o no falla? ¿Dios está contigo o no está contigo? Venga, comprueba si Dios es fiable.

Pero Satanás no es tan burdo, lo que nos insinuará es:
–Seguro que Dios te hará triunfar. Humanamente, seguro que si estás con Dios te irá siempre bien. Incluso si te arrojaras desde un quinto piso Dios es tan bueno contigo que te salvaría.

Pero el demonio no es tonto y sabe que Dios respeta la ley de la gravedad, y si uno se tira de un quinto piso, el tortazo sería morrocotudo. Así, uno no se fía, ni de su padre. Para ser ángel tiene muy mala idea.

Algunos cristianos se sienten sin esperanza, porque después de años no consiguen tener éxito en los planes que se habían hecho.

Otros dejan de confiar en Dios porque en su familia ha sucedido una desgracia. Y puede que desde el fallecimiento de uno de sus parientes dejen de tener relación con Dios, porque no le perdonan que se los haya llevado de su lado.


Otros no entienden cómo les puede ir mal la situación profesional, con lo eficaz que podría ser su vida si tuviera un trabajo mejor.


Todas estas personas tienen en común una cosa: piensan que Dios les ha defraudado. Y algunos más descreídos pueden llegar a plantearse la existencia de un Dios que no debe ser ni tan bueno ni tan poderoso cuando no hace nada por ayudarles.


Uno puede preguntarse por qué ocurre eso. Por qué hay gente que con el tiempo ha perdido la esperanza. Ya no confía en Dios como al principio. Las cosas no salen como había previsto en su juventud. Sin duda, han caído en las redes de Satanás.

El éxito humano, el dinero y nuestro ego son cosas buenas. Lo que hace el diablo, es intentar anteponerlas a Dios. Primero soy yo que Dios, primero mi “realización personal” que Dios, primero el dinero y después Dios.

SOMETER A DIOS A UN EXAMEN

En la segunda tentación que nos narra el Evangelio, el demonio lleva a Jesús a un lugar sagrado, nada menos que al templo. Y desde allí le dice que se tire porque es bueno confiar en Dios, que sin duda le librará de una muerte segura.

La tentación de Satanás es bastante inteligente. Jesús, era un hombre que confiaba en su Padre Dios, luego la tentación tiene que ir por ahí. El anzuelo tiene siempre que llevar una cosa buena para ser picado. A algunas personas el demonio les tienta con el dinero, a otros con el éxito humano, y a otros con el éxito espiritual. Cosas todas buenas.


La idea siempre es la misma, que el hombre se estrelle por haber confiado en Dios. A ver si Dios falla al hombre. Y si vemos que nos falla desconfiaremos de Él. Para que no te fíes ni de tu padre...

Para que se estrelle y desconfíe de Dios, el hombre tiene que empezar sometiendo a Dios a una prueba. El comienzo de la falta de fe es que yo me coloco por encima de Dios para hacerle un examen. Me pongo en el lugar de Dios y le digo que Él tiene que hacer algo.

Pero Jesús no dialoga con la tentación, ni se traga el anzuelo. En cambio, mucha gente buena se viene abajo cuando la vida profesional no marcha, cuando tiene un problema familiar.

Satanás quiere que el hombre someta a Dios a una prueba, porque eso ya es empezar a desconfiar, y si las cosas no salen al gusto del hombre, entonces se confirmará la sospecha que el demonio introdujo. Y al ver que Dios le falla, el hombre pondrá todas sus esperanzas en las cosas de la tierra.

Tírate, que Dios te librará. El hecho de tirarse es ya una locura, un suicidio. Y eso, fue precisamente lo que el demonio insinuó a Jesús. Y era esa una prueba límite porque veía que el Señor era una persona importante. Quería que pusiera a prueba a Dios en una cosa grande.

Con nosotros las pruebas son a otro nivel. Nos podría decir:
–Confía en que Dios te aprobará sin estudiar. Confía que siempre tendrás éxito en la vida. Si Dios te quiere, todo tiene que irte bien.

Lo hace para que piquemos el anzuelo. Y cuando la cosa salga mal nos insinuaría: –Pierde la esperanza en Dios: cuando las cosas te salen mal, eso es porque Dios no te quiere.


A otros menos espirituales dice: Ves que rezando no salen las cosas, es porque quizá Dios no exista. Y si Dios quizá no existe entonces tú en la práctica vete a por las cosas materiales.


CONFIAR EN DIOS O EN NOSOTROS MISMOS

Está claro, en nuestra vida hay dos caminos: confiar en Dios, que puede considerarse un riesgo porque no se le ve, o buscar la seguridad en las cosas humanas, que siempre se pueden tocar. En este caso el dinero es la representación de lo tangible. Como Dios no es visible, existe la tentación de buscar apasionadamente lo que reluce. Esa actitud que –hemos repetido– san Juan llama concupiscencia de los ojos.

Pues, algunas de esas personas que buscan el éxito en primer lugar, teóricamente no se declaran ateos, sino agnósticos, como diciendo que a lo mejor Dios existe, pero no se puede demostrar experimentalmente, por eso piensan que más realista es poner la esperanza en el dinero.



John Henry Newman, de familia de banqueros, conversaba en una ocasión con un importante hombre de negocios de la City de Londres, que ya había tomado su opción en la vida de amar al dinero sobre todas las cosas, por eso era un hombre que presumía de sus riquezas y se mostraba partidario del agnosticismo. Si uno no está seguro de la existencia de Dios hay que agarrarse a las riquezas materiales.


En un momento de la conversación Newman escribió en un papel la palabra Dios y sacó de su bolsillo una moneda. La puso sobre la palabra, tapándola, y preguntó:

–¿Ve lo que he escrito?
–No. Solo veo una moneda
–Efectivamente, porque el dinero le ciega, e impide que vea a Dios.

Según nos cuenta Newman, el banquero había tomado la decisión de buscar en primer lugar las cosas tangibles y eso le impedía ver lo importante. Lo mismo que aquel chico ingenuo –del que nos habla el Evangelio– que pidió a su padre el dinero de la herencia. Efectivamente, Jesús contaba la historia de un hijo pródigo que abandona la casa de su padre para gastar su fortuna divirtiéndose con extranjeras, viviendo lujuriosamente en un país lejano (cfr. Lc 15, 11-32).


La tentación de Satanás se repite desde el inicio diciendo algo así: Tu padre no quiere tu felicidad, búscala por tu cuenta.


Es como si nos dijera: –Sal a ver mundo... y llénate los ojos de las cosas bellas que hay. Porque Satanás nos sugiere que nos estamos perdiendo cosas que nuestro Padre no quiere enseñarnos.


Esta tentación se repite una y otra vez de distinta forma. El enemigo quiere que desconfiemos de Dios. Es como si di- jera: –Tu Padre no es posible que se haga cargo de lo que tú sientes. Él vive en su mundo, tú en el tuyo, móntatelo por tu cuenta.


Se vuelve a repetir la insinuación de la Serpiente antigua, que quiere que sospechemos de Dios y que deseemos ser dioses sin contar con Él. Como ocurrió en la primera tentación de la historia de los hombres (cfr. Gn 3, 1-20)


En un primer término, haciéndonos creer que la comunicación con Dios no es posible, como paso previo para que perdamos la confianza en Él. Y efectivamente es difícil encontrarnos con Dios si lo tapamos con nuestras ambiciones, a las que hemos convertido en ídolos.

En realidad, muchas veces hemos ocultado a Dios con nuestra preocupación por el dinero o por el éxito. Pero Él emplea siempre medios para que le podamos reconocer. Él nos habla si nosotros queremos escucharle. No es una casualidad que la Biblia sea el libro más editado de la historia universal. Dios se empeña en ser reconocido por los hombres que tienen buena voluntad.

El diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo.

Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles, para que  te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra (Mt 4, 5-6).

Y la respuesta de Jesús es tajante. No dialogó. Es un dardo al centro de la tentación. El Señor dice algo así como:
–No quiero colocarme en el lugar que corresponde a mi Padre; no quiero ponerle en un compromiso; no quiero someterle a una prueba. Está escrito: no tentarás al Señor tu Dios.

Aunque lo que te ocurra parezca una cosa trágica: Dios, de los males saca bienes. Confía en él como un hijo pequeño confía en su padre.

El enemigo intenta que los amigos de Dios fracasen en sus buenos proyectos. El Señor permite nuestros fracasos, para dar luego un giro inesperado: del mal saca bien.

El fracaso humano más estrepitoso de Jesús, su muerte en una cruz, ha sido lo que le ha llevado a su gloria más grande. Nadie como él ha influido tanto en la historia de la humanidad. También nuestros fracasos pueden significar avances enormes. Los grandes personajes de la historia fracasaron muchas veces, y a algunos el triunfo les vino después de muertos: eso le sucedió a Isabel I de Castilla o al mismísimo Ximénez de Cisneros, que aunque murieron con la sensación de que su obra había fracasado, no fue así, sino muy al contrario. Porque la estela de esos dos buenos gobernantes trascendió  a su tiempo y dio fruto más tarde. Dios no pierde batallas, si esperamos en Él.


jueves, 2 de mayo de 2019

7. EL ESCUDO ESTELAR


Guardar el corazón
No entrar en la atmósfera 
Caridad, castidad, humildad

GUARDAR EL CORAZÓN

Precisamente la virtud de la castidad es la que nos lleva a custodiar nuestro corazón. No es solo cuestión de fuerza de voluntad, o de contenerse de realizar algo malo. Es cuestión de Amor (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2331).

La castidad sin Amor de Dios se convertiría en decencia, sim-ple continencia o abstención. Así es que no se la puede definir “en negativo”, pues es una virtud que lleva a integrar, porque “la sexualidad abraza todos los aspectos de la persona hu mana” (Ibidem, n. 2332).

Y por eso, los problemas de lujuria, contrarios a esta virtud, no solo atañen a una parte de nuestro ser, sino que son signos de un desequilibrio interior.

La persona lujuriosa suele polarizarse en un aspecto, suele estar obsesionada y por el contrario la persona casta tiene la sexualidad integrada, dándole prioridad a lo más importante: el amor.

Y esta es una tarea que no puede darse por terminada. No es sensato pensar –de forma más o menos consciente– yo ya tengo esa virtud. Siempre es posible crecer en el Amor de Dios. No somos ángeles que tomamos una opción y ya está.

Somos hombres, seres con una inteligencia limitada, y nuestras acciones se desarrollan en el tiempo, donde hay posibilidad de dar marcha atrás, o de reafirmarse en el amor. Aumentar o estancarse, que es lo mismo que ir enfriándose poco a poco.

Por eso hay que custodiar el corazón, purificarlo constantemente. Y la custodia del corazón, se concreta en infinidad de detalles cada día.

La prudencia evita que surjan unos lazos de afectos que nosotros no podemos controlar. Porque aparecen de forma espontánea y son ciegos, en cierta forma.

Es conveniente, en ciertos casos, evitar que se dé un ámbito de confianza, incompatible con nuestra entrega a Dios, o a otra persona.

Por eso, en ocasiones, la prudencia nos llevará a evitar estar a solas, en lugares privados, con personas de otro sexo, en oficinas, coche, etc.

No es que seamos raros, porque no queramos relacionarnos con ciertas personas que nos atraen; es que por Dios o por un hombre hay que tener la valentía de “ser cobardes”: huir de la tentación. Y eso es ya vencerla...

El creerse fuertes –más tarde o más temprano– lleva a ser derrotados. Aunque, en un primer momento o los primeros días no ocurra nada. Pero ya sería, en cierta forma, un riesgo malicioso.

NO ENTRAR EN LA ATMÓSFERA

Porque los que estamos “comprometidos”, a través del matrimonio o con Dios, podemos tener amistades con personas de otro sexo, pero no pasar a una “esfera” impropia de nuestro estado.

Uno no debe entrar en esa “atmósfera”, que solo debe traspasar la persona con la que nos hemos comprometido, pero no otras. Evidentemente debemos relacionarnos con los del otro sexo, pero sin dejarnos atrapar por una intimidad inapropiada.

En muchos casos la guarda del corazón consiste en no pasar a la órbita de ciertos afectos.

La prudencia consiste en gravitar en una prudente amistad. Y por el contrario, si la distancia se acortara, y se entrase en la atmósfera “física íntima” de otra persona, sería peligroso, porque “allí” hay una “fuerza de atracción”, que es muy difícil de parar, y cada vez se hace mayor...

Los físicos me entenderán, porque ya lo dice la primera ley de Newton, la atracción es inversamente proporcional al cuadrado de las distancias.

Y todos hemos experimentado que la atracción que se siente con una persona de otro sexo, es en parte espiritual, pero también es pasional. ¿Y qué significa que es pasional? Que en cierta forma es ciega.

Por supuesto que debemos de ser educados y amables, pero con prudencia. Porque todos tendemos a la vanidad, a llamar la atención, a que se fijen en nosotros. Por ejemplo, mirar a los ojos (puertas del alma) y sostener la mirada: crea un nexo muy fuerte.

Y todo lo que nos lleva a entregar nuestra intimidad a quien no debemos, hace daño. Precisamente por eso, no se puede dar pie en que se fijen de forma especial en nosotros, si estamos ya comprometidos con una mujer, con un hombre, o con Dios...

Por eso es conveniente vigilar, fácilmente se puede dar lugar a un intercambio de afectos, que están destinados a otra persona.

Pero si sucede, no debemos plantearnos resistir solos. Lo prudente es abrir nuestro corazón a la persona que pueda ayudarnos. A un amigo experimentado con criterio cristiano, al sacerdote con el que habitualmente hablamos, podemos decirle con franqueza: –Me pasa esto... Y contar todo con pelos y señales.

Podemos hacer nuestra la oración de san Josemaría: ApartaSeñorde  lo que me aparte de ti.

Y luego tomar una serie de medidas... Pero podría ocurrir que con esas medidas no se venza el asunto. Entonces hay que pasar a la segunda fase: más distancia.

Si se ve que aquella atracción ha ido tomando cuerpo, hemos de estar decididos a poner tierra por medio, “en favor del amor” con el que nos comprometimos para siempre.

Además en el caso de que haya una afinidad de espíritu con otra persona el atractivo se ve aumentado.

Lo claro es que nosotros  estamos hechos a imagen De Diosy Él es una relación de AmorPor eso también nosotroshechos a su imagentenemos la posibilidad de crear  vínculos de amor con la gente que nos rodea. A esto se une que Dios nos ha hecho varón y mujer, como dice la Sagrada Escritura (cfr. Gn 51-2).

La sexualidad hace referencia a la afectividad, a esa capacidad que Dios nos ha dado de amar y procrear.

Es bueno que siempre hablemos de la castidad sea de forma positiva, pues ordena nuestro interior y nos a lleva a la paz.

Entre otras cosas es una virtud que conduce, que educa las pasiones, para que cumplamos con nuestro fin.

Y por eso el que no fuese capaz de controlarse a sí mismo, es difícil que sea capaz de liderar la vida de los demás, como han dicho los filósofos clásicos.

CARIDADCASTIDADHUMILDAD

Para el cristiano la castidad es una escuela de donación: dominio de sí para darse a Dios y a los demás. La castidad está enfocada como protección de la Caridad, pues nos ayuda a amar bien.

Y también nos ayuda a amar más porque hace que nuestro horizonte se dilate.

No puede sofocar nuestra afectividad porque nos haría envarados, gente rara, poco humanos. Y Dios no quiere estatuas de piedra.

Como le fue dicho a Ezequiel: Arrancaré de su cuerpo un corazón de piedra y le daré un corazón de carne (1119). Pues, podemos decir en nuestra oración: –Quítame mi corazón de piedra y dame un corazón de carne.

Desde luego, el Señor quiere que la lucha nos haga crecer en humildad y dependencia de Él, aún con riesgo de ofenderle.

Al entrar en la atmósfera de los afectos, hay como una concatenación que se sucede: de pensamientos, emociones, deseos, actos.

A los pensamientos es fácil llegar por las imágenes; y a las imágenes por los sentidos externos, sobre todo por la vista. Y cuando uno “olfatea”, como un sabueso, todo lo que le rodea, dejando que los ojos anden sueltos, no es extraño que los sentidos estén muy despiertos, pero el alma dormida. Y eso dificulta la intimidad con Dios.

A lo mejor no se trata de ofensas graves, pero dificultan la intimidad.

Hemos dicho que a los pensamientos suceden las emociones. Rechazarlos antes de darnos cuenta y no dejar que surja la pasión: pues con la pasión es difícil controlar la voluntad.

Con la pasión llega una cierta ceguera. Hay como una incapacidad de razonar: ya no oímos a la inteligencia que dice: esto no está bien.

Sin embargo lo más peligroso es un clima interior de sensualidad. Que se crea con pinceladas, pequeñas concesiones, e incluso pecados veniales, que dan como un sabor sensual a nuestra vida y, que sabemos, nos llevan a la tibieza de la caridad.

San Josemaría, al referirse a los enemigos del hombre, dice que son unos aventureros que intentan robarnos lo más grande. Le roban a Dios el Amor que Dios ha depositado en nosotros, lo roban para vendérselo a una criatura. Con tal de que no sea de Dios, todo vale (cfr. Camino, 708).

San Mateo, al hablar de estos tiempos, cita unas palabras de nuestro Señor: al desbordarse la iniquidad, se enfriará el amor de muchos.

Pero también es cierto que en tiempos difíciles siempre han sido unos pocos los que han dado la luz al mundo. Y para eso nos ha elegido el Señor, somos portadores de un fuego sagrado. O si se quiere, somos portadores de un anillo que el Señor de las Tinieblas desea poseer.

No es un problema solo de la actualidad, el diablo sabe que somos criaturas espirituales pero unidos a la materia, y nos tienta por el instinto básico, porque es quizá la pasión más fuerte, como lo testimonia la experiencia y los ataques del enemigo.

Para vencer en nuestra lucha. Se me ocurre que como la castidad es un regalo de Dios, convendría que se la pidiésemos a Él. He conocido a un santo que lo hacía después de la consagración de la Misa (cfr Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría, Madrid 2002, p. 229).

Nuestro Señor busca humildad, porque es la tierra donde crece el amor. Y por eso suele castigar la oculta soberbia, el orgullo escondido, con lujuria manifiesta, con faltas de “castidad” que son patentes.

Acudamos a san José y a la Santísima Virgen para que nos concedan “esa” humildad de la carne.

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Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías