martes, 8 de mayo de 2018

19. LA ASUNCIÓN


La escalera

 «Tú eres la escalera [tendida por Dios,] por la que el Verbo descendió al mundo»

Así dice un poema escrito en latín por San Pedro Damián que le Iglesia incluye en la Liturgia de las Horas de la Fiesta de la Asunción de nuestra Señora.

–«Tú eres la escalera por la que el Verbo de Dios  descendió al mundo –le decimos ahora a la Virgen–.

Ayúdanos a escalar hasta la cumbre del cielo».

También podemos repetir con San Josemaría: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!


Corazón dulcísimo de María prepáranos un camino lo más seguro que tu cariño de Madre pueda hacerlo.

Prepáranos el Camino

Cuando San Josemaría quería conseguir algo acudía a la Madre de Dios.

Como en aquella ocasión importante de 1951, cuando fue a Loreto, a la Casa de la Virgen, donde el Verbo de Dios se hizo carne, en el cuerpo de María.

Allí San Josemaría pidió con mucha fe la protección de la Madre de Dios. Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Porque María es la Escalera por la que Dios descendió al mundo.

Y también es la escalera por la que nosotros continuamente podemos subir al cielo.

Ahora le decimos, lo que tantas veces le hemos repetido:

–Tú que has llegado a la presencia del Señor, da buenos informes de nosotros, habla bien de tus hijos delante de Dios.

En la presencia de Dios, también con su cuerpo

Me acuerdo que en un colegio de San Sebastián donde di clases de religión, en el examen final, le pregunté a un alumno si pensaba que la Virgen estaba con su cuerpo en el cielo.

Pues yo creo que no, me dijo el chico.

Pues sí que está en el cielo, y nada menos que es un Dogma de nuestra Fe.

Siguiendo la Bula Munificentissimus Deus  de Pío XII el Concilio Vaticano II afirmó que la Virgen «terminado el curso de la vida terrena, en alma y en cuerpo fue asunta a la gloria» Lumen Gentium, 59.

Esto lo dijo el Concilio, porque ya  el 1 de noviembre de 1950, el Papa lo quiso definir
«que el cuerpo de la Virgen ha sido glorificado»

La glorificación del cuerpo de María

Mientras para la gran mayoría de hombres la resurrección de sus cuerpos, la glorificación,  tendría lugar cuando acabase el mundo, para María la glorificación de su cuerpo fue adelantada.

Podíamos decir que esto es así por un capricho del Señor: quería tenerla no sólo en espíritu sino también con su cuerpo de Madre.

Y ese vacío que nosotros queremos llenar, Jesús, que es hombre –como nosotros– y también Dios, ese vacío lo llenó saltándose una ley general.

El cuerpo de María que había pasado tantas noches sin dormir, que había sufrido tanta mortificación en las comidas.

Ella que se había cansado tanto con el trabajo de la casa, recibió en premio en su cuerpo.

Una persona normal

Si hubiéramos preguntado en Nazaret a las personas que la trataron habitualmente.

Quizá nos hablarían de una persona buena, e inteligente. Pero seguramente muchas de que vivieron cerca de Ella se quedarán extrañados al verla donde ahora está.

¿Cuál es el secreto de que haya llegado tan arriba? ¿Cuál fue su trampolín que la lanzó tan alto?

En el Evangelio se nos da la explicación (Lc 1,39-56). En esta tierra Ella  llegó muy bajo. Fue la Madre de un condenado a muerte por blasfemia. Vio a su Hijo en el patíbulo más humillante: la cruz.

Además  en la vida corriente, ni Dios, ni Ella quisieron que tuviese ningún tipo de reconocimiento. Su misión en esta tierra fue servir en cosas materiales.

Con su inteligencia, y el resto de sus cualidades podría haber querido sobresalir. Y sin embargo sólo buscó que se luciera Dios. Gracias a su humildad a llegado tan alto.

Una ama de Casa

Ella que tenía las manos picadas  porque entonces no había guantes. Como ha cantado un poeta actual al hablar de su mujer:

«Y ahora hablaré de la maravillosa aspereza
de tus manos
cuando llegan a mi alma, directas, desde
el Vin-clorex,
hablaré de tus te quiero con estornudos, o con
prisa o qué  sueño...

Y así también habrá cantado el Señor al hablar de su Madre.

No sólo somos espíritu

No sólo somos espíritu, también somos materia.

Todos los días tenemos que levantarnos para servir. Decirle a Dios cada mañana:
 ¡Te serviré!

Servir a Dios, y servir a los hombres. Este fue el objetivo de la vida de María.

Satanás se separó de Dios con su grito de rebeldía: –No te serviré.

Era un ángel ensimismado en su propia excelencia epiritual. No permitía que por encima de él hubiese nadie.

Un personaje que no al no querer amar, no quiere dar, sino solo poseer. Todo lo ve en función de su interés. Y al no estar dispuesto a amar es un personaje infeliz y serio. Con la seriedad que da el orgullo.

Por eso dice Chesterton que Satanás cayó del cielo por el peso de su propia gravedad.

Y podíamos decir de la Virgen, que subió al cielo porque su alma era tan liviana debido a su humildad.

Y por eso ahora recibe el premio del cielo. Porque por su humildad se gozaba sirviendo: servir a Dios y a los hombres todos los días

«Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es ésta»
Efectivamente era una perfecta desconocida para los hombres, que sabía poner sus cualidades al servicio de Dios, y no de su gloria personal.

La vanidad mueve montañas

En en nuestras vidas hemos de reconocer que lo que no consigue el amor, en algunas ocasiones, lo consigue la vanidad.

Madre mía, haz que yo baje también; y por este valle de la humildad llegue al cielo.

San Josemaría, comentando este misterio glorioso, dice que nosotros estamos al lado de la Virgen, estamos a su lado[1].

Siempre junto a María.

Ahora mismo y hacemos el propósito de estar cerca de la Virgen durante toda nuestra vida.

Me acuerdo que hace tiempo estuve en la Iglesia de Santo Domingo, en Granada, donde hay una imagen de la dormición de Virgen, y  ella está rodeada de los Apóstoles.

Y la cama donde se encuentra dormida la Virgen se encuentra un poco levantada. Y tiene otras cosas curiosas, por ejemplo el techo de la habitación es el mismo cielo. 

Nuestra Madre en el cielo

La Iglesia canta con un clamor de regocijo[2], porque es una de las fiestas grandes de nuestra Madre, es la fiesta de su glorificación.

En un día como el de la Asunción hasta en el infierno se goza de mejor temperatura, como curiosamente relata San Alfonso María.

La necesitamos

Jesús en la cruz nos regaló todo, nos dio a su Madre.

Almeditar estas consideraciones, san Josemaría nos dice: la necesitamos.

«Cuando un niño pequeño tiene miedo, grita:¡Mamá!

Un niño que tiene miedo a la soledad, al pasillo oscuro de su casa, un pasillo que le parece enorme, enorme, enorme…

Y él, que está en el comedor y quiere ir a la cocina, al frigorífico, por un dulce, o por un helado, tiene que pasar por ese trance de la oscuridad del pasillo.

Va, y cuando está allí, ¡qué miedo volver! Y grita ¡¡mamá!!

«Así tengo yo que clamar muchas veces con el corazón: ¡Madre!, ¡mamá!, no me dejes!»

Un día

Un día, el 23 de enero de 1840, estaba confesando, como de costumbre.

Había bastante cola. Dos personas que organizaban la cosa para conseguir un cierto orden contaron lo que ocurrió.

Llegó una señora de pueblo, con su pañuelo negro. Ni siquiera hablaba francés, sino en dialecto, patuás.

Se arrodilla en el confesionario y se queda callada. El cura de Ars, ante el silencio, le anima a que empiece.

Y de buenas a primeras, se oye una voz ronca y profunda, que dice en alto: «¡Absuélveme no tengo pecados!».

No te puedes ni imaginar cómo se quedaron las que estaban esperando en la cola.
¡Cómo puede decir una persona que no tiene pecados!

El cura de Ars, intuitivo como era, se dio cuenta de que esa mujer estaba poseída de Satanás.

Una persona que diga que no tiene pecados o que no necesita confesarse, y que grita… Algo le pasa.

Los santos se han confesado hasta dos o tres veces por semanas.

Entonces, empieza una conversación muy curiosa entre el cura de Ars y el demonio.

El cura, para cerciorarse de si era Satanás o no, empieza a hablarle en latín.
El demonio sabe idiomas; aquella señora de pueblo no, ni siquiera sabía francés, no te digo ya latín.
Le pregunta: –Tu quis es?
Y el demonio: –Magister caput! (yo soy un jefe, no un demonio cualquiera).

Y siguió el cura de Ars: –¿Qué me dices de tal sacerdote? (era un sacerdote de una virtud probada).

Y la posesa le respondió: –No me gusta.

Esto lo dijo con una rabia reconcentrada y acompañada por terrible rechinamiento de dientes.

El cura le volvió a preguntar: –Y ¿de tal? (era otro sacerdote).

–¡Vaya, ese nos deja hacer lo que queremos! Tú lo habrías metido en cintura.
¡Pero no ha durado mucho!

Y tú, dime, ¿por qué no haces como los otros?
Y el Cura le responde: –¿Qué hacen los otros?
Y la posesa le dice: –Disfrutan de grandes comilonas.

–Yo no tengo tiempo, le responde el santo.

Y la poseída le dice: –Los otros se lo toman bien. Hay sapos negros que no me hacen sufrir tanto como tú. Asisto a sus misas. Las celebran para mí.

Y el Cura: –¿Asistes a las mías?

–Tú me haces enfurecer, le respondió la posesa.

El diablo asiste a nuestras Misas y a nuestros banquetes cuando no buscamos verdaderamente a Dios.

 De todas formas el demonio le dijo: –¡ya te cogeré, ya te cogeré!

Imaginaros la cara de la gente al oír todo esto. Lo contaron los que estaban allí, el cura no dijo nunca nada.

Hay sapo negro ¡cuanto me haces sufrir! (lo de sapo era un insulto, lo de negro era evidente).

Hay otros sapos negros, pero tú me haces mucho sufrir (se pasaba tantas horas confesando y haciendo tanto bien y la gente salía tan contenta, que el demonio estaba que trinaba…..)

Siguió el diablo hablando, y al final de la conversación, que es lo que nos interesa, le dice: –Sin Esa, sin Esa… (puntos suspensivos)

Catalina Lasagne es la que escribió esto, pone puntos suspensivos porque el demonio se refiere a la Virgen de forma injuriosa…

Sin Esa ya te habríamos cogido, más  Ella te protege.

Ella siempre nos protege porque es nuestra Madre. Deja tus propósitos en manos de la Virgen. Tú no conseguirás nada, Ella sí.

Ya verás cómo te recuerda las cosas, de forma discreta. Tú acude a Ella.

Madre mamá no me dejes.

 [1] SAN JOSEMARÍA, Santo Rosario.
[2] Ibid.

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