miércoles, 2 de mayo de 2018

17. LA ESPERANZA


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Subió a los cielos

Éste es, quizá, el menos sorpren­dente de los puntos del Credo. Después de resucitar, Jesús ascendió al cielo: era lo lógico.

Lo que necesita explicación es que esperara cuarenta días para ascender al cielo.

En primer lugar, era importante que sus discípulos fueran testigos de la Resu­rrección, que vieran a Jesús resucitado.

Y como sabemos por experiencia, una persona que sufre una notica impactante y además inesperada, muy fácilmente se bloquea...

Los discípulos sufrieron un shock

Cuando alguien ha sufrido un shock, acto seguido no está en las mejores condiciones para describir lo que acaba de ocurrir.

Debe esperar un tiempo para hacerse a la idea, y asimilar lo que ha pasado.

Y desde luego, Nues­tro Señor no quiso que eso les sucediera a sus discípulos. Que más tarde tendría que ser testigos de lo ocurrido.

Tomás ausente el día de la Resurrección

El Señor hizo que Santo Tomás estuviera ausente en aquella primera ocasión en que se reunió con los Apóstoles.

Y sin duda lo quiso, para que Santo Tomás dijera al resto de los Apóstoles, algo así como:

En­tiendo perfectamente que estáis todos muy bloqueados, después de lo que hemos sufrido... Lo entiendo, pero para mí está claro que habéis visto un fan­tasma.

Luego, en el primer domingo después de Pascua, puso el dedo en la llaga.

Cuarenta días con Jesús

Los Apóstoles pasaron cuarenta días en Su compañía; en primer lugar, para que estuviesen  completamente seguros.

También sucedería así para que la despedida del Señor fuera gradual, no re­pentina.

Eso es seguramente la explicación acertada de una escena que nos deja un tanto desconcertados, porque las traducciones no la reflejan del todo bien.

Jesús y la Magdalena en el huerto

Cuando Jesús se apare­ció a María Magdalena en el huerto, leemos en algunas traducciones que el Señor le dijo:

«No me toques, que aún no he subido a mi Padre».

Decir esto parece bastante duro e in­cluso ininteligible. No se entiende bien. Sin duda porque está mal traducido.

No se ve claramente que por qué el hecho de no haber ascendido todavía al cielo fuera motivo para no tocarle.

San Mateo nos dice que la Magdalena cayó a  pies y se agarró a ellos.

Pero Jesús no dijo «No me toques».

Cual­quiera que sepa algo de griego podría decir­nos que lo que dijo fue: «Suéltame... no me sujetes».

La escena era como si María quisiera retenerle en la tierra, como si tuviese miedo de que le dejara:

Suéltame, no te preocupes, que aún no he su­bido a mi Padre: ya me verás más veces.

Me veréis más veces aún no he subido

Nuestro Señor siempre se comportaba con ex­quisita delicadeza hacia sus amigos.

Sabía que iban a sufrir muchísimo cuando volviese al Padre y tuvieran que vivir en un mundo sin El.

Por eso, comprendió su flaqueza y les dejó estar cuarenta días más en su compañía.

También otro motivo que ex­plica esta estancia de Nuestro Señor en la tie­rra después de la Resurrección; es que sus dis­cípulos eran bastante torpes.

La teología de los Apóstoles era rudimentaria

Hasta la Ultima Cena, siempre confundían las cosas cuando El intentaba instruirles; su teología era muy rudimentaria.

No tenían ideas claras sobre lo que el Señor quería que hi­cieran.

Durante cuarenta días, nos cuenta San Lucas, estuvo con ellos contándoles cosas pertenecientes al Reino de Dios, es decir de Su Iglesia.

Hemos de tener por seguro que, en durante esos cuarenta días, les contó cosas que no les había contado antes.

Acerca de la Confirmación, por ejemplo, nada se dice en los Evangelios.

Pero al leer los Hechos de los Apóstoles, vemos que es una ceremonia tan antigua como el Bau­tismo.

Por esas razones, se quedó Nues­tro Señor cuarenta días en la tierra

En Galilea y en Jerusalén

Imaginamos que la mayor parte de este tiempo lo pasó en Galilea.

Porque Jesús el día de la Resurrección dijo a las mujeres: «id y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán» (Mt 28,10).

Allí los Apóstoles podían reavivar recuerdos pasados, y estarían más tranquilos que en Judea.

Luego, parece, se fueron a Jerusalén y un día les llevó con Él al Monte de los Olivos, donde se elevó al cielo envuelto en una nube.

Pero el cielo no es un lugar

Os habréis fijado que cuando se utiliza la palabra «cielo» no lo pone con mayúsculas.

Cuando se dice que Nuestro Señor subió al cielo,  no signi­fica que hemos de pensar en el cielo como en un lugar allá arriba.

Cuando Nuestro Señor ascendió a los Cielos entró en una exis­tencia totalmente diferente. El cielo es un estado. Allí se recibe el premio.

El premio

El día de la Ascensión llegó Jesús a la Gloria y recibió todo el agradecimiento desbordante, que hasta entonces había estado conteniendo el cielo.

El Señor, se encarnó para poder sufrir por nosotros. Porque Dios no podía sufrir, a menos que se hiciese hombre.

Nada más hay que mirar sus manos y sus pies para que los ángeles se emocionen.

Por nuestro amor sufrió esas tremendas heridas, y muchas humillaciones.

Pues el día de la Ascensión fue el día de los aplausos.

Aplausos

En las Jornadas Mundiales de la Juventud impresiona ver miles y miles de jóvenes, y no tan jóvenes, aclamando al Papa cuando pasa. Gente corriendo intentando seguir el coche blanco…

Podemos imaginarnos así la entrada de Jesús en el Cielo.

Dice la Escritura que ese día los Apóstoles se volvieron llenos de alegría.

La gran alegría de que Jesús volviera al Padre pudo más que la tristeza de no volver a oírle y verle como antes en la tierra.

Porque fue un día de fiesta, no de ayuno y luto.

La primera Navidad fue un día bonito para los hombres, pero Jesús tuvo que pasar frío. Y así el resto de sus misterios.

Pero en la Ascensión el Señor también disfruta del momento. Es su día. El día de su Gloria.

Me recuerda la escena de la película «El Señor de los anillos» cuando Frodo y sus compañeros reciben el homenaje de miles de personas.

Dios Padre, que se deshace en cariño y ternura, por la obediencia y la humildad de su Hijo hecho hombre.

Y los Ángeles, que se maravillan, por servir a un Dios tan bueno.

Y los Santos que estaban allí con una emoción impresionante: sobrecogidos por un Amor tan fuerte.

El mejor trabajo

Un Amor más grande que el dolor y la muerte. El Señor ha  transformado esos dos productos del infierno.
Dios, como hace siempre, del mal saca bien, y de un río de maldad saca un océano de cariño.

¡Qué alegría más grande tener un Dios tan bueno!

Dice el salmo que el Señor «asciende entre aclamaciones».

Dan ganas de estar allí para aplaudir con fuerza, en agradecimiento por todo lo que ha hecho Jesús por cada uno.

Pero aquí estamos nosotros en la tierra, a la espera de nuestro día.

A la espera de nuestro día

Nosotros también somos hombres.

Dentro de unos años llegará el momento de recibir el resultado del jurado por nuestra actuación en este escenario de la tierra.
Lo que más se valorará entonces será si hemos sido capaces de trasformar el mal en bien. Esta es la verdadera ciencia del artista.

Podríamos decir que el Señor recibió el día de la Ascensión «el Óscar al mejor hombre que ha existido».

Allí está desde entonces a la derecha de Dios Padre (cfr. Ef 1, 17-23).

Y nos ha dejado aquí para continuar con su misión (cfr. Mt 28, 16-20).

Ahora, precisamente ahora, se está rodando nuestra película.

Nuestra misión es que mucha gente gane su «estatuilla». Éste será nuestro mejor premio: el que ganen los demás.

Cuando entremos en el Cielo –que es Hollywood– mucha gente elegante nos aplaudirá a rabiar, trofeo en mano.
Pues nosotros les ayudamos a ellos a ganarlo.

Estaremos igual que los que suben a recoger el Óscar, como en una nube, flotando, pero no durante unos días, sino por toda la eternidad.

La que más se alegró de la Ascensión fue María.

Por fin Jesús gozaba de toda su Gloria.

Ella disfrutaría de un recibimiento parecido el día que subió al Cielo. Es la mejor entre todas las mujeres.

Supo cumplir su misión. No era para menos, «la Astilla proviene de tal Palo».

–Y a nosotros concédenos no perder la esperanza de llegar al cielo.

Si los santos lo han conseguido, también nosotros, con tu gracia.

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