martes, 1 de septiembre de 2009

YESHUÁ (Domingo XXIII)


La Virgen llamaba a su Hijo Yeshuá. Era el nombre de un general victorioso israelita, que significa Dios salva.

¡Mira que se le podrían haber dado nombres al Hijo de Dios! Fue un nombre venido del Cielo: le pondrás por nombre Jesús (Yeshuá), le dijo el ángel a José.

No le llamaron así porque sonaba bonito o porque algún pariente ya lo tenía, sino porque Dios lo quiso.

DIOS CURA

Isaías, uno de los principales profetas, anunció que, cuando llegara el Mesías, abriría los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos (cfr. Is 35,4–7a: Primera lect de la Misa). En su vida Jesús hizo muchos milagros.
Hace tres años le pregunté a un niño: ¿Tú sabes quién es Jesús? Sí, me respondió, el hombre que hacía milagros. Luego me enteré de que había una película que se titulaba así.

Efectivamente, para la gente sencilla, Jesús era el que hacía milagros y por eso acudían a él, para que les curase.

Los grandes fundadores de las religiones, no han hecho ningún milagro: eran solo hombres.

En cambio Jesús es Dios, por eso resucitó a una niña de doce años, al hijo de una viuda, a un amigo suyo que llevaba varios días enterrado y descomponiéndose o les dio la vista a varios ciegos de nacimiento. Eran curaciones reales, no por sugestión.

EL LLAMADO EFECTO PLACEBO

Dicen los médicos que un alto porcentaje de los que van a la seguridad social, en realidad no están enfermos, sino que se autoconvencen de que tienen esa enfermedad. Incluso el cuerpo les llega a doler.

Son enfermedades mentales. Piensan que están cojos, les duelen las articulaciones y, por eso, cojean.

Me contaban de una persona que llevaba en cama muchos años con dolores tremendos, convencida de que estaba enferma. Y no era cierto.

En los campamentos, cuando los niños se quejan de que les duele mucho la cabeza o dicen que tienen otras enfermedades imaginarias, en algunas ocasiones el médico les pone una aspirina en la frente sujeta por un esparadrapo y cuando pasa un tiempo les pregunta: ¿estás ya mejor? Sí, la verdad es que ya estoy bien. Se sugestionan.

Es el llamado efecto placebo, da igual lo que se tomen, se autoconvencen de que ha funcionado el remedio.

Hay una película reciente sobre las apariciones de Lourdes, donde se cuenta la historia de un médico del siglo XIX que va allí y está convencido de que todas esas curaciones no eran reales y que se curaban por autosugestión, hasta que tiene que rendirse a la evidencia.

Hay gente que busca una explicación a los milagros de Jesús a través de este efecto, pensando que son por sugestión.

Incluso, algunos dicen que los ciegos que curaba era porque el barro de Palestina tenía propiedades curativas que Jesús conocía, lo mismo que hay personas que conocen las propiedades de las plantas que producen curaciones. Pero ningún hospital del mundo usa saliva humana y barro de Palestina para curar ciegos.

Tampoco es posible multiplicar los alimentos por sugestión. Quizá alguna persona se pueda hacer el muerto, pero lo que nadie ha hecho nunca es resucitar un cadáver que estaba descompuesto desde hacía días.

POR SUS MLAGROS CREÍAN EN ÉL

La gente creía en Jesucristo porque hacía milagros. Sino hubiera hecho milagros quizá no hubieran creído en él.

Los milagros están muy documentados. Y no solo los aceptaron sus discípulos, también sus enemigos. Por eso quisieron matarle, porque era capaz de resucitar un muerto y la gente le seguía, y algunos judíos no estaban dispuestos a que eso sucediera.

TAMBIÉN HOY

También hoy, miles de personas le piden cada día a Dios la curación de enfermedades: cáncer de hígados, leucemias... La gente ve al Señor como alguien que cura. Y es verdad, así es.

UN SORDOMUDO

Las curaciones son una señal de la presencia del Señor entre nosotros. Por eso, Jesús (Yeshuá) las hacía, y las sigue haciendo.

Al curar, manifiesta que Dios está como un Dios que salva. Una de las cosas más importantes del cristianismo es que es una religión de salvación.

Entre otros milagros, el Evangelio (de la Misa: cfr. Mc 7,31–37) nos habla de la curación de un sordomudo.

DIOS SALVA AL HOMBRE

La salvación que Dios viene a hacernos, no es solo del cuerpo, sino del hombre completo, con alma y con cuerpo. No viene solo a salvar sus ojos o sus oídos.

Las curaciones corporales son un signo del deseo de Dios por salvarnos enteramente.

ENFERMEDADES ESPIRITUALES

El hombre está hecho para amar y ser amado. Por eso, una de las enfermedades más graves que tiene el ser humano son las faltas de amor, de caridad.

Santiago nos habla de las discriminaciones que hacían algunos de los primeros cristianos entre ricos y pobres (cfr. St 2,1–5: Segunda lectura de la Misa).

Cada uno de nosotros tiene sus propias enfermedades espirituales y corporales para pedirle al Señor que se las cure. Jesús es médico.

CLASISTAS
En tiempos de Santiago había algunos cristianos que eran clasistas. Hoy en día también puede pasar, que haya gente que no trate a otra porque es de pueblo, no habla fino, no tiene dinero, no viste bien o no tiene un buen trabajo. Todos motivos humanos. Estos motivo entibian el amor de Dios, como nos lo hace ver Santiago.

LA ENFERMEDAD DEL ENFADO

Hay gente que se enfada muy poco porque suelen ser mansos, aunque dice el refrán: Dios nos libre de la ira de los mansos, porque todo el mundo acaba enfadándose alguna vez.

Hay quienes tienen más facilidad para enfadarse porque tiene un carácter fuerte.

Mucha gente con personalidad tiene mucho carácter, pero hay que utilizar el genio para hacer cosas grandes y no para enfadarse. La excusa para no detectar esta enfermedad es decir: si yo no soy una persona que se enfade fácilmente, solo lo hago cuando me pinchan.

Diciendo esto se justifican y se quedan tranquilos. Piensan que se ha reaccionado mal porque otro ha venido a molestarle. En realidad no ha sido por eso, sino porque el pus ya lo tenía dentro. El mal carácter lo llevamos dentro.

Precisamente el que te pincha ha hecho que salga fuera el pus. No se le puede echar la culpa al médico porque te haya descubierto la enfermedad. El bisturí no origina el pus sino que lo saca.

Los santos tenían también estas dificultades, pero acudían al Señor, a su gracia. San Josemaría, a quién Dios le concedió mucho carácter porque tenía que enfrentarse a situaciones difíciles, a veces se enfadaba.

Se cuenta, que un día riñó a unas personas del Opus Dei porque no habían hecho bien su trabajo. Se fue, y pasado un rato regresó a donde ellos estaban y les dijo:

«Hijos míos, acabo de confesarme con don Álvaro: porque lo que os he dicho antes os lo tenía que decir, pero no de ese modo. Así que he ido a que me perdone el Señor... y ahora vengo a que me perdonéis vosotros» (El hombre de Villa Tevere, p. 353).

Los santos tenían miserias. Hay un libro que se titula así, Los defectos de los santos. Pero lo que hacían para superar esas enfermedades espirituales era acudir al Señor, a su gracia, porque Jesús es médico.

El cura nuestras enfermedades si se lo pedimos. Algunos le pedían al Señor que le curase después de la comunión, cuando el Jesús está en nuestro interior.

Hay que pedir que el Señor nos cure las enfermedades.

Y la peor enfermedad es la hipocresía, el querer ocultar nuestro pecados, intentar disimularlos. Esta era la enfermedad de los fariseos, por eso Jesús pudo curar a pocos, porque ellos no se dejaban.

En un colegio de Marbella una niña de nueve años, que estaban en el equipo de baloncesto se torció el tobillo y le salió un gran hematoma. Acudió la profesora de Educación Física que lo vio y le dijo: –Aunque no es una lesión grave, tendrás que estar varios días en reposo.

Entonces la niña le dice: entonces ¿no podré jugar el partido del sábado? Era un partido importante para la clasificación.

Y la profesora le respondió: ¡Cómo no haya un milagro!

Más tarde, esta niña fue con una amiga al despacho del capellán. Tocaron la puerta, salió el sacerdote y le dijeron a bocajarro: –Don Bartolomé que venimos para que nos haga usted un milagro.

El capellán se quedó totalmente desconcertado ante esta petición. Le explicaron lo que pasaba y entonces don Bartolamé les respondió: –Mira, es verdad que yo hago milagros. Hago un milagro gordo al día, que es la Santa Misa, pero ya lo he hecho.

San Josemaría, después de la Santa Misa, en la comunión trataba al Señor como médico.

Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados.

Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: “Domine, si vis, potes me mundare, Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades”.

Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino.

3 comentarios:

Padi dijo...

!Qué alegría volver a veros! Genial meditación, y con el tema siempre necesario después de "vuestro" verano, y que viene muy bien también a los que llevamos otros calendario.

Alejandra dijo...

Que bueno, que han vuelto!!!, los buscaba cada semana. También me imaginé que el receso era por vacaciones de verano. Lo que es aquí aún en invierno. Me han servido mucho las meditaciones y homilías, adelante y ánimo!.

esmeralda dijo...

Creo firmente en los milagros del Maestro, es Él, Él mismo ayer, hoy y siempre y continua actuando constamente por nosotros en nuestras almas y en nuestros cuerpos. En csos de enfermedad de mi familia, en mi imaginación y siempre pidiendo la iluminación del Espiritu, me he imaginado a Jesús medicando y curando a los míos, que eran cubiertos como una oleada infinita de paz, de armonia y de salud, que rompia todas las barreras y difucultades y que esa ola de paz y de armoía y de salud, arrastaba con ella todo mal y toda dificultad. Puego garantizar que los resultados son maravillosos aún en los más graves, para el médico Jesús, nada es dificil, Él, sólo pide fe y lo que no puede la ciencia Él lo suple.
Esmeralda

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