lunes, 11 de noviembre de 2019

LAS PATADAS





El buen Samaritano

Es una injuria que algunos digan que Dios les parece egoísta. Es absolutamente lo contrario: Dios es Amor, un Amor Misericordioso. La Imagen perfecta de Dios es Jesús, quien le ve a Él ve al Padre.

Y Jesús es el Buen samaritano, porque, por orgullo, nos enemistamos con Él. Y, precisamente es Él, el único que de verdad nos ayuda.

Se da la circunstancia que, a veces, los que más obligación tendrían de ayudarnos, pasan de nosotros. En cambio, Dios, que tendría que sentirse ofendido, es capaz de morir por cada uno.

Jesús, al decir «bienaventurados los misericordiosos», nos está diciendo lo que Él ha hecho. Y quiere que nosotros hagamos lo mismo con los demás, porque somos sus discípulos.

Las patadas

Un día le preguntaron al cura de Ars si todas las manifestaciones de veneración hacia él no le inspiraban cierta vanidad. Y él respondió: «Mi buen amigo, además del incienso también me llevo las patadas».


Será el Reverendo Raymond, el primer auxiliar del Santo Cura, uno de los que se encargue de darle esas patadas. Uno de sus biógrafos piensa que fue elegido por Dios para poner a prueba la virtud del Reverendo Vianney.

El padre Raymond era joven y se propone él mismo para hacerse cargo de la parroquia de Ars. Piensa de él que está desbordado y que es incapaz de resolver sus asuntos.

Nos cuenta el biógrafo: «Hace falta un hombre con mano firme, un administrador hábil, un organizador enérgico capaz de dominar a la muchedumbre y poner algo de orden en Ars. Mas, ¿quién posee, según el padre Raymond, todas estas cualidades? Él mismo.

En el obispado no faltan personas influyentes que compartan su opinión. Piensan que el padre Vianney, por muy santo que sea, lleva demasiada carga y es una persona que con su ignorancia poética en materia de gestión económica, manipula sumas considerables.

Por tanto era imprescindible la ayuda de un auxiliar. Y el padre Raymond se consideró como tutor del Santo, y le juzgaba como demasiado débil, demasiado bueno.

Y dice el biógrafo: lleno de actividad y presunción, con su carácter autoritario, quiere solucionar los asuntos, quiere gobernarlo todo. Y por una razón u otra, siempre termina reprendiendo al cura, cuyo espiritualismo le desespera.

Un testigo presencial, el hermano Atanasio, dice: «Tras escuchar una escena penosa, expresé mi gran dolor al reverendo cura de Ars, a lo que este me respondió: “Ah, lo habéis escuchado. ¡Qué se le va a hacer! No hay mal alguno cuando nadie se da cuenta. Estoy acostumbrado, no pasa nada”».

Y, añade el testigo, el padre Vianney excusó de inmediato el comportamiento de su vicario.

Así estuvo ocho años. Cuando fue nombrado un nuevo obispo, este le pregunta al Santo Cura cómo le ha tratado su auxiliar; responderá: «No me ha pegado nunca».

Lo curioso es que se han encontrado cartas  escritas por el Cura de Ars, en las que llena de elogios a su auxiliar: Nunca los niños de la primera Comunión han continuado viniendo más que desde que él se encuentra en Ars El padre Raymond […] es mil veces mejor de lo que la gente cree.

La paciencia de los santos

El Cura de Ars no era tonto, es evidente de que se da cuenta de la realidad, y la realidad es que lo estaba haciendo santo en esa situación. Y terminamos con lo que dice el biógrafo: «Será Dios en la grandeza de su misericordia, quien lleve a cabo el mayor acto de caridad: el padre Vianney no tendrá que soportar más a su vicario».

Así de pacientes han sido los santos. Por eso resulta tan heroica la figura de la Virgen, porque tuvo que soportar con misericordia los defectos de tantas personas. Su corazón era muy parecido al de Jesús; fue la que mejor siguió sus enseñanzas. Quería a Jesús más que a Ella misma. Hubiera preferido llevar la cruz y morir: la Pasión de María fue que, en lugar de a Ella, mataron a su Hijo. La Virgen refleja cómo es el corazón de Dios.

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