lunes, 18 de noviembre de 2019

LA GRAN OBRA DE DIOS







Como decía el Sto. Cura de Ars: "todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios" (cfr. Bernat Nodet, El cura de Ars, Pensamientos, Bilbao: Ed. Desclée de Brouwer, 2000, p.107).

Si en nuestra vida queremos luchar contra las tentaciones hemos de contar con este medio que Dios nos ha dado. Nuestra batalla sin la Eucaristía está condenada al fracaso.

Por el contrario el "príncipe de este mundo" que odia la santidad, nos tienta mediante la riqueza, el poder y el orgullo.

Y lo hace para convencernos de que confiemos en nuestros propios medios, y no en los de Dios.

(cfr IVEREIGH, Austen. El gran reformador, Barcelona: Ediciones B, 2015).

Precisamente la santa Misa es obra de Dios, así lo entendió San Josemaría, que celebrar la Misa era un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.

San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios.

Ahora le decimos una oración que se aconsejaba que los sacerdotes, para que la hiciesen antes de la Misa, como preparación. Y el motivo es evidente, como se verá al final. Dice más o menos así, me he permitido traducirla a mi manera:

–¡Qué hombre tan afortunado!
Porque tuviste la suerte de ver y escuchar a Dios en tu misma casa.  

Aquel a quien gente importante ha querido ver pero no ha podido; ni tampoco han conocido su timbre de voz.

Y Tú, José, también lo has llevado en brazos, le has dado infinidad de besos. Le enseñaste a trabajar. Incluso le has oido muchísimas veces llamarte papá.

Y terminamos diciéndole: José, ayúdanos para que también nosotros tratemos con mucho cariño a Jesús.

Hay gente que piensa en la Comunión como si fuese un premio que se da a los buenos. Y por eso si ven que uno comulga y tiene debilidades se extrañan.

Pero la Comunión no es un premio sino una ayuda de Dios. Por eso si nos portamos mal tenemos que ir a que el Señor nos cambie.

Sabemos que con pecados mortales no debemos recibir al Señor, porque sería una barbaridad

Pero  con faltas y pecados veniales sí podemos recibir la Comunión, porque el Señor se ha quedado para ayudarnos.

La Virgen se daba cuenta perfectamente de lo que era la Eucaristía: que Jesús se había quedado. Por eso cada vez que comulgase estaría coloradita, guapísima.

Radiante, como si el Sol se le hubiera metido dentro.

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