jueves, 24 de octubre de 2019

HAMBRIENTO






Hambre de Dios


Todas las Bienaventuranzas son un camino para llegar al Señor partiendo de la humildad. Al hacernos humildes llegamos hasta Jesús, porque nos hacemos como Él, que se humilló. Esa es la enseñanza. La mirada de Jesús se dirige a nosotros, sus discípulos, que tenemos que buscar la justicia, la santidad.


El Señor se dirige a los que no quieren ser mediocres, a los que no quieren que se apaguen las inquietudes de su corazón. El Señor habla a los que no quieren llevar una vida cómoda y perezosa. El Evangelio nos cuenta la historia de unos Magos de Oriente. Como tenían «sangre limpia» sintieron una luz interior que les llevó a emprender un camino que terminó en Jesús. Y la estrella que Dios les envió, les mostró ese camino. Porque Dios a los que tienen interés les envía señales.


Hemos visto salir su estrella, decían los Magos. También algunos podemos decir lo mismo: hemos visto cómo la estrella de Dios nacía en nuestro corazón. 
Y nos acordamos ahora de esos momentos en los que vimos brillar la llamada. 
Nos dimos cuenta de que no eran casualidades lo que nos estaba sucediendo; 
Y como siempre, el Señor nos exigió fe para lanzarnos y ponernos en camino.

Notamos aquella llamada de Jesús –«venid»– y dejamos todas las cosas para seguirle: como hicieron los Magos. Como han hecho todos los santos: para seguir al Señor hay que tener cintura, cambiar los esquemas, no aferrarse a lo que ya hacemos.



Como en el caso de los Magos, el Señor nos pide cosas curiosas. Cada etapa de nuestra vida tiene su cierta originalidad: Lo de seguir una estrella tiene mucho de poético pero, en realidad, no deja de ser pintoresco. Hemos de dejar a Dios que juegue con nosotros, que nos haga descubrir su Voluntad de la forma que Él quiere: en este caso fue poco racional, si lo miramos humanamente hablando; si quería que unos reyes le adoraran, podía haberlos avisado a través de un ángel, y la cosa hubiera sido menos problemática.



«Dichosos los que tienen hambre y sed de santidad porque ellos serán saciados» En nuestro caso se trata de ser personas con sensibilidad interior para ver las luces que Dios nos envía.


«¿Estarías dispuesto a seguir el camino que el Señor te indicase? Si Dios te pidiera dejar tu vida cómoda y lanzarte a una vida más sacrificada buscándole a Él ¿lo harías? ¿No…? Entonces nunca podrás ver, porque no hay peor ciego que el que no quiere oír». 

Santos ha habido muchos en la historia de la humanidad. Pero la receta de la santidad es siempre la misma: un santo es uno que tiene hambre de Dios. Esa hambre es dichosa, es buena, porque lleva a Dios, a la felicidad. De esas personas habla esta Bienaventuranza. 

El hambre de un santo

Estamos en el año sacerdotal, y el patrono de los curas de todo el mundo es el Cura de Ars. Se pasaba bastantes horas en el confesionario: 12, 13, hasta 17 horas. Es conocido que comía muy poco, pero sin embargo era un hombre hambriento. Puede ser que fuera justamente por eso, porque comía poco. Tenía una obsesión: su propia santidad y la salvación de los demás.


Un día, el 23 de enero de 1840, estaba confesando, como de costumbre. Había bastante cola. Dos personas organizaban la cosa para conseguir un cierto orden. Estas dos personas fueron las que contaron lo que ocurrió. Llegó una señora de pueblo, con su pañuelo negro. Ni siquiera hablaba francés, sino en dialecto, patuás. Se arrodilla en el confesionario y se queda callada. El cura de Ars, ante el silencio, le anima a que empiece… Y de buenas a primeras, se oye una voz ronca y profunda, que dice en alto: «¡absuélveme no tengo pecados!».


No te puedes ni imaginar cómo se quedaron las que estaban esperando en la cola. ¡Cómo puede decir una persona que no tiene pecados! El cura de Ars, con lo intuitivo que era, se dio cuenta de que esa mujer estaba poseída de Satanás. Una persona que diga que no tiene pecados o que no necesita confesarse, y gritando, algo le pasa... Los santos se han confesado hasta dos o tres veces por semanas. Entonces, empieza una conversación muy curiosa entre el cura de Ars y el Demonio. El cura, para cerciorarse de si era Satanás o no, empieza a hablarle en latín. El Demonio sabe idiomas, una señora de pueblo no, ni siquiera sabía francés, no te digo ya latín.


Le pregunta: «Tu quis es?».

Y el Demonio: «Magister caput!» (yo soy un jefe, no un demonio cualquiera). 
Y siguió el cura de Ars: «¿Qué me dices de tal sacerdote?» (era un sacerdote de una virtud probada). 
Y la posesa le respondió: «No me gusta». Esto lo dijo con una rabia reconcentrada y acompañada por terrible rechinamiento de dientes. 
El cura le volvió a preguntar: «Y ¿de tal?» (era otro sacerdote). 
«¡Vaya, ése nos deja hacer lo que queremos! Tú lo habías metido en cintura. ¡Pero no ha durado mucho! Y tú dime ¿por qué no haces como los otros?». 
Y el Cura le responde: «¿Qué hacen los otros?». 
Y la posesa les dice: «Disfrutan de grandes comilonas». 
«Yo no tengo tiempo», le responde el santo. 
Y la poseída le dice: «Los otros se lo toman bien. Hay sapos negros que no me hacen sufrir tanto como tú. Asisto a sus misas. Las celebran para mí». 
Y el Cura: «¿Asistes a las mías?». 
«Tú me haces enfurecer», le respondió la posesa. 


El Diablo asiste a nuestras Misas y a nuestros banquetes cuando no buscamos verdaderamente a Dios. Bienaventurados los que tienen hambre de Él.



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