domingo, 9 de diciembre de 2018

12. DESEO DE SER GRANDE


Esencia de hombre
Deseo de ser grande
Hacerse pequeño

ESENCIA DE HOMBRE

En una ocasión una niña me dejó un cuento que ella misma había escrito. Relataba la historia de una hechicera, llamada Micaela, que buscaba una perla muy costosa para poder venderla y conseguir con ese dinero una varita mágica –nada menos que la número 4000– con la que podría dominar el mundo.

Y es que la magia se ha puesto de moda, con los libros de Harry Potter. Quizá lo que atrae a la imaginación de los niños es tener poderes. Eso que con ingenuidad desean los pequeños, de alguna manera, le propone Satanás al Mesías: tener el Poder con mayúsculas. Porque teniéndolo le llegaría todo lo demás.

Como ángel que es, Satanás, conoce la naturaleza humana, y promete al Mesías que le ayudaría a dominar a todos los pueblos del mundo, con la condición de que le adore.

La negativa de Jesús es fuerte y el demonio se va (cfr. Lc 4,13). Esto es lo que sucede también con nuestras tentaciones: si le plantamos cara, el demonio huye. No quiere decir que no vaya a volver, pero en ese momento se va con el rabo entre las patas.

Ante el corte que le dio Jesús, se desconoce si Satanás comentó algo. Desde luego la Sagrada Escritura no lo ha recogido. Aunque, por lo que hizo más tarde, podríamos concluir que pensaría: –Ya te arrepentirás, ya te arrepentirás...

Lo mismo podría pasar cuando se nos presenta una tentación y la cortamos diciendo: –No me quiero enfadar... No quiero mirar... No quiero pasar por tu aro. Entonces el Maligno nos insinúa: –Ya te arrepentirás... Has perdido una ocasión única.

En el caso de Jesús, Satanás pensaría:
Por no hacerme caso voy a conseguir que te destruyan... Conozco perfectamente vuestros puntos débiles... Conozco la esencia del hombre, y así que te aniquilaré.

DESEO DE SER GRANDE

Precisamente Sigmund Freud, el famoso psiquiatra del siglo XX, decía que uno de los dos motivos por el que el ser humano actúa es por el deseo de ser importante (cit. por Carnegie, Ibidem).

Pero, quizá en nuestro caso, no es un deseo de ser grande ante el mundo sino ante nosotros mismos.

También el ser estimados y valorados por la gente de nuestro entorno, del trabajo, nos llena de satisfacción. Lo mismo que cuando pasamos a ocupar un cargo de cierta responsabilidad y cuentan con nuestra opinión. Y al contrario sucede cuando ya no nos estiman y pasan de nosotros.

Pues miremos a Jesús y observemos lo que dice: la estima de los demás es una cosa buena, tener influencia y buscar el liderazgo es muy humano, pero... perseguirlo a toda costa no.

Seguramente en nuestra vida nos hemos encontrado con personas que pretenden caerle bien a todo el mundo. Tienen temor a desagradar y por eso te dicen lo que quieres oír. Utilizan su empatía para causar siempre buena impresión en los otros.

Desde luego a nadie le amarga un dulce. Preferible es un halago que una contestación fría y distante. Lo peligroso es que por no desagradar a alguien se acabe faltando a la verdad, que por buscar el aprecio de los demás, pactemos con la mentira. Que intentemos a toda costa salir siempre a flote de todas las situaciones, aunque sea a costa de Dios.

Quizá se podría decir que –al estar hechos a imagen y semejanza del Creador– en nuestro corazón hay una semilla divina que nos lleva a aspirar a cosas grandes.

Pero en el soberbio esa semilla se malicia, se estropea. El orgullo, introducido por Satanás, hace que se corrompa ese germen de Dios.

HACERSE PEQUEÑO

Contra esa aspiración de ser importante, que se vuelve enfermiza, hay un antídoto: el Amor con mayúsculas.

Esta es la medicina para curar la herida del orgullo: hacerse como un niño que se deja llevar por su Padre.

San Josemaría en el prólogo de uno de sus libros, en el que nos habla de los misterios de la vida de Jesús, nos da la pista para seguir al Maestro:
si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.
Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños” (Santo Rosario).

Amar, abandonarse, rezar como un niño. Y el Amor de Jesús, su abandono, el amor y su oración en un momento en que las sombras del maligno están presentes. En el huerto de los olivos Jesús en su oración no deja de repetir una y otra vez: Abba, Papaito... (Mc 26, 39).

Jesús como buen hijo, quería cumplir la costosa voluntad de su Padre. Porque la obediencia es la virtud de un buen hijo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2226).

Por eso, el Hijo de Dios vivo asumió la muerte “en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre” (Ibidem, n. 1009).

Y la soberbia, en cambio, lleva a querer hacer nuestra voluntad, por encima de la de Dios.

Lo contrario del Amor es el egoísmo, que nos coloca en el centro y pretende que Dios y los demás seres giren en nuestro entorno, como si todos ellos fuesen una especie de planetas que deben ser iluminados por nosotros.

Así, todos serían considerados como servidores nuestros. Y como venimos repitiendo, Dios sería el más importante. Por eso hay quienes se enfadan cuando rezan y no salen las cosas: piensan que su Padre del cielo no les ha hecho caso. Es el orgullo el que lleva a querer ser grande de una forma desmedida.

Y el pecado como escribió san Agustín es precisamente “amor de sí hasta desprecio de Dios”. Y concreta el catecismo: “es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850).

Por eso en nuestra oración podemos decirle al Señor: –Si tú lo quieres, yo también lo quiero.

El respeto filial se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas” (cfr. Ibidem, n. 2216). Solo así se explica que el cumplimiento tan costoso de la voluntad de su Padre fue su máxima expresión de amor por Él.

En el huerto, vemos a Jesús, llorando como un niño, desprendido de su poder humano, pero orando...

Sus horas de oración, antes de padecer, le sirvieron para adaptarse al querer de su Padre, que humanamente tanto le costaba, cuando el poder de las tinieblas se hace muy patente en su alma humana.

La grandeza humana, que le correspondía como Mesías, iba a ser pisoteada hasta extremos nunca vistos. Para eso hacía oración.

Para eso hacemos oración los cristianos cuando nos cuesta cumplir lo que Dios nos pide. Le decimos igual que Jesús:

Si fuese posible, aparta de mí este cáliz de dolor, pero de todas formas hágase Tu voluntad.

Jesús asumió la humillación que tendríamos que haber recibido nosotros y obedeció al querer de su Padre; nos muestra así el amor que Dios nos tiene, que no solo se compadece, sino que va más allá: su amor se hace misericordia, y por eso es capaz de llevar nuestra miseria. Dios, que se hace Hombre,
para padecer en nuestro lugar.

Aunque ver a Jesús, enclavado en un madero, sea lo más opuesto a un triunfo humano, sin embargo es allí donde recibió su glorificación.

Porque Jesús reinó en la cruz con la mayor muestra del Amor, gracias a la obediencia a la voluntad de su Padre.

Es la obediencia al Amor de Dios la que hace de medicina que sana nuestro orgullo. Y obediencia viene de audiencia. Escuchar. Ponerse en el lugar del otro. Jesús, al morir en la cruz, no solo escuchó a su Padre, sino que refleja su amor. Por eso cuando a nosotros nos cuesta cumplir la voluntad de Dios hemos de mirar al crucifijo.

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