sábado, 1 de diciembre de 2018

11. LA ERÓTICA DEL PODER


La erótica de poder
El Señor de los anillos
Las dos torres


LA ERÓTICA DEL PODER

Satanás en su intento de ser como Dios pretende dominarlo todo, pero en lugar de gobernar con la verdad, lo hace con el engaño que oculta su codicia posesiva.

Es mentiroso y promete cosas que no puede dar. Promete la felicidad, pero solo sabe imitarla con algún sucedáneo que produce placer. Y, a veces, los placeres que propone son artificiales, porque lo natural proviene de Dios.

Como vimos anteriormente, promete el amor pero lo que da es sexo egoísta. Ya dijimos que la sexualidad es un bien, pero el quiere que la separemos de la realidad del amor verdadero, que no la veamos en su conjunto. Y así actúa también en otras cuestiones, intentando engañarnos con verdades a medias.

Ya el primer Adán, engañado por el diablo, tomó la apetecible fruta. Pensó que comiendo de ella sería como Dios. Ahora Jesús, el nuevo Adán, es tentado con el poder. Se le insinúa que así sería igual a Dios, que dispone de todo, domina en todo...

Pero Satanás le quiere hacer ver que en la Tierra, quien gobierna es él; presentándose como el verdadero rey de este mundo, que dejó el Cielo para poseer la Tierra. Y si alguien quiere hacer algo que valga la pena tiene que ser práctico y ponerse a sus órdenes.

En la última tentación Satanás ya no cita la Sagrada Escritura, sino que se quita definitivamente la careta: quiere ponerse en el lugar de Dios, y que Jesús no haga la voluntad de su Padre, sino lo que él le dice. Y le hace la propuesta más ventajosa que podría satisfacer la codicia del Mesías: Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras (Mt 4, 1-11).

Como si le dijese: –Si me pones en el centro de tu vida haré que seas Rey de reyes.

Así Satanás intenta descubrirle a Jesús la erótica del poder. Pero el verdadero amor no consiste en apropiarse, codiciosamente, de los demás, sino más bien al contrario hacer partícipes a los demás de nuestros bienes.

Es difícil que una persona que mande quiera dejar el poder. Por eso en muchas constituciones nacionales hay límites de mandatos y contrapesos, como la llamada división de poderes, para evitar que una persona se apegue al cargo o que actúe dictatorialmente.

Incluso en las empresas hay personas acaparadoras que intentan controlarlo todo y, muchas veces sin proponérselo, quieren hacerse imprescindibles. Es fácil que en algunos ámbitos los que gobiernan quieran, no solo permanecer en su sillón de mando, sino tomar todas las decisiones importantes.

En una dedicatoria, el autor de un libro sobre cuestiones de gobierno, decía: Para mis colegas, que tienen el poder y lo transmiten.

Un mal gobernante cuando tiene el poder, no quiere entregarlo a nadie: pues existe una tentación permanente de tiranía en la naturaleza humana. Después de la caída original hay una ruptura entre nosotros y los demás.

El enemigo ha introducido la sospecha con respecto a los otros. Es muy de Satanás, pensar que si los demás tienen el poder, lo utilizarán en su contra. Por eso el demonio no tiene colaboradores, tiene esclavos.

La cultura del mal piensa: “lo bueno para los demás es malo para mí”. De ahí nace la envidia por el bien ajeno. Los demás son vistos como competidores.

Sin embargo la cultura del amor, la cultura de la entrega, es totalmente opuesta. Dios entrega el poder a las criaturas, no tiene ningún miedo a dar. Porque el bien de los demás es también el bien de Dios.

Por eso, en el gobierno, una característica del buen hacer es delegar. Para un cristiano, mandar no consiste en apropiarse de la voluntad de los demás. Porque el que ama no busca apropiarse sino dar. Y el gobierno tiene que ver mucho con el amor. Gobernar bien es delegar, compartir el poder.

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

Satán imita a Dios, y le ofrece a Jesús su poder para que él gobierne en los pueblos de la Tierra. Es gracioso escuchar a Satanás que va a dar algo. Se ve que es un mentiroso pues lo que persigue es poseer. Y para eso tantas veces emplea el anzuelo del poder.

Pretendía que Jesús fuera su títere, porque era un hombre importante, al que promete que ayudaría, claro, pero a cambio de que le adorase, que en la práctica le pusiera por encima de todas las cosas: ocupando así Satán el lugar de Dios.

Y Jesús no dialoga, como siempre le corta en seco, le cierra de un portazo su alma humana. O mejor dicho, se la abre un poco, lo imprescindible para espantarle, diciéndole: Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto (Mt 4, 10).

Pues Dios no busca nada a cambio, es generoso. No quiere títeres, sino hijos libres. Porque la libertad es el don más grande que ha dado a los hombres en el terreno de lo humano, y el enemigo lo sabe y la quiere arrebatar.

Satanás no tiene hijos, tiene siervos, a los que pervierte haciéndoles probar la erótica del poder y así hacerlos dependientes de esa droga, que es un sucedáneo del amor.

El amor verdadero comparte; en cambio, el poder corrupto es instrumento de posesión. Porque el Señor oscuro lo que pretende es que todo dependa de su voluntad, no comparte sino que controla.

Satán no es un altruista sino un Genio Maléfico que busca tenernos bajo su influencia.

La soberbia de la vida es querer gobernar a todo el mundo. Como aquello que decía la novela:

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”. Precisamente lo que ofrece Satán a Jesús es como ese “anillo único”, para que con él posea todos los reinos de la Tierra.

El demonio, al desconocer que Jesús era Dios, ignoraba que ya poseía ese “poder”. Y el Mesías, al ser crucificado voluntariamente en el monte Calvario, podría decirse que su “anillo” lo destruye en el “monte del Destino”, donde es conducido, siguiendo el símil de la novela de Tolkien.

Jesús, por Amor, no utiliza su poder. Y así despoja a Satanás del arma con el que tenía esclavizado a los hombres, por amor propio exorbitado, por soberbia.

San Agustín dice, en su magistral obra, que dos amores levantaron dos ciudades. Siguiendo esa comparación podríamos decir que esos mismos “poderes” levantaron dos torres.

LAS DOS TORRES

El Amor lleva a no utilizar el poder en beneficio propio. La soberbia, en cambio, lleva a servirse de los demás como si fuesen marionetas, y lleva a la búsqueda del poder a toda costa, a querer ser Dios.

El enemigo del hombre pretende hacernos creer que si le adoramos, si le obedecemos, entonces nos hará poseer los reinos de la tierra. En el siglo XX dos ideologías en clara oposición al Cristianismo quisieron colocar al hombre en el lugar de Dios.

Lo mismo que en la antigüedad los hombres quisieron hacer una torre que desafiara el cielo, haciendo ver la potencia que poseía el hombre. También en el siglo XX el marxismo quiso construir el paraíso en la tierra de espaldas a Dios. Y el reino de la mentira dominó durante décadas en los países comunistas del telón de acero, exterminando a millones de personas con sus purgas y su revolución cultural.

Casi al mismo tiempo el poder nazi quiso construir un imperio en el que la raza aria construiría al hombre nuevo, al súper hombre, pues a Dios se le daba por muerto.

En la antigüedad san Juan nos habla del Imperio Romano que era representado como el Anticristo. En el siglo pasado las dos torres del marxismo y del nazismo quisieron acabar con todo vestigio de Dios.

Especialmente los nazis quisieron exterminar al Pueblo judío, heredero de la promesa de Dios. La sola supervivencia de ese pueblo parece que es un auténtico milagro histórico. No hay otra nación como Israel. Nadie puede acabar con ella, porque el Señor la protege. Su mismo nombre significa “invencible”.

Pero Hitler, de forma sorprendente, diabólica, logró embaucar a la mayoría de la población de uno de los países más cultos de Europa.

Con un fenómeno, que podríamos designar de soberbia colectiva, Alemania se lanzó a dominar al mundo, queriendo eliminar todos los obstáculos que le surgieran al paso, aunque eso llevará al extermino de poblaciones enteras. Fiándose en el poderío de su raza quería inaugurar un tiempo en la historia donde gobernara el nuevo hombre.

El entonces cardenal Ratzinger, luego papa Benedicto XVI, que tuvo vivencias negativas del nazismo, en conversaciones con Peter Seewald, tituladas “Dios y Mundo”, señala que Hitler estaba inmerso en lo satánico y que se conocían informes fiables, de testigos oculares, que demostraban que
Hitler mantenía una especie de encuentros demoníacos que le hacían decir temblando “Él ha estado de nuevo aquí”. Se refería a Lucifer.

Por lo que se cuenta en el libro citado arriba: Hermann Rauschning, escritor y amigo cercano de Hitler, afirmó haber visto al Führer en su cuarto, jadeando, sudando copiosamente, mientras repetía palabras desconocidas y frases indescifrables. Hitler, balbuceando, decía “El hombre nuevo
está con nosotros, existe. Allí, allí en el rincón, allí está”.

Efectivamente, Satán se sirve de instrumentos para instaurar su reino. No olvidemos que imita a Dios en todo lo que hace: y sustituye la cruz por la esvástica, o por otros signos.

Su reino es temporal, su poder tiene fecha de caducidad, como el gobierno del Fürher. O como el imperio Romano, o el dominio de Napoleón. Porque solo el reino de Dios es eterno. Suyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque el Amor no pasa nunca.

Satanás, en cambio, quiere tener el poder de Dios pero sin Amor. Lo suyo es el egoísmo. Promete todo a cambio de estar él en el centro: –Si me adoras te daré el poder sobre los reinos.

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