miércoles, 21 de febrero de 2018

15. LA CRUZ



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El libro del Génesis que cuenta que el Paraíso era regado por cuatro ríos, y en un árbol fue el hombre vencido por el diablo.  

Miraran al que traspasaron
«Miraran al que traspasaron». Son palabras del Evangelio de  San Juan (19, 37), que hacen referencia al profeta Zacarías.

Esas palabras del profeta las emplea el mismo San Juan cuando nos cuenta la crucifixión: en el momento en el que uno de los soldados con la lanza le traspasa el costado.

San Juan que estaba allí con la Virgen, cuenta que así se cumplió la profecía.

Para convertirnos el Papa nos propone mirar a Jesús traspasado en la Cruz: mirar al que traspasaron,  como hizo María.

Y esto es lo que vamos a hacer en esta meditación: mirar al Señor que ha sufrido una muerte con unos sufrimientos atroces para que nosotros veamos cómo nos quiere Él.

Forzados por su amor
En la caída del Imperio Azteca, en el Apocalipto, los indígenas hacían sacrificios humanos, y ofrecían los corazones aún latientes a las divinidades, y rociaban todo con la sangre.

Y cuando llegaron los misioneros quitaban los ídolos, y en su lugar levantaban un altar y un crucifijo: se les explicaba que el Dios verdadero se hizo hombre, y murió para salvarnos, y no exige nuestra muerte, sino que muere por nosotros...

Entonces los indios se quedaban atónitos y caían de rodillas y pedían el bautismo, «forzados» por la Cruz de Cristo, por el Amor del Dios de los cristianos,

Convertirnos al Amor de Dios
Nosotros también necesitamos convertinos al Amor de Dios. Quiere decir esto que hemos de descubrir que el Señor nos quiere hasta la locura. Quizá no nos hemos enterado.

Que vino para morir. Pero no sólo para sacrificarse, sino para morir por Amor.
A un gran predicador le hoy en una ocasión decir:

Más
que una inteligencia prodigiosa.
Más
que una voluntad de hierro puro.
Más.

Lo que puede en este mundo
más:
Es un corazón enamorado.

El Amor es unión de voluntades:

–Yo lo que tu quieras, Señor.

y el dolor y el sacrificio no podrá aflojar esa unión sino que la hace más fuerte todavía.

Por eso el proceso de los mártires es tan rápido, porque llegan a entregar lo máximo por Dios.

Mártires
Escribió san Josemaría:
¿cuál de las formas de dar la vida es mayor: el que sufre la muerte por el Señor en un momento,

o el del que gasta sus años trabajando sin otra mira que servir a la Iglesia y a las almas, y envejece sonriendo, y pasa inadvertido...

Para mí, el martirio sin espectáculo es más heroico... Ese es el camino tuyo.

El martirio sin espectáculo es el minuto heroico de cada día. Hacer las normas aunque no tengamos ganas. Vencer el miedo para hablar de Dios.

Dar la vida
«Dar la vida por los demás así se vive la vida de Cristo». Mi vida no es para mí: el sentido de mi vida es la donación, preocuparme de todo el mundo.

Si la gente supiera que es amar de verdad, no le importaría el sacrificio.

Amarían el sacrificio: que es la mejor forma de decir te  quiero hasta la locura.

Stabat  Mater. Estaba su Madre junto a la Cruz...

A Ella, verdadera madre nuestra, que nos engendró en la Cruz le pedimos:

–Haz que yo tenga Tú mismo espíritu de sacrificio.

Vamos nosotros a acompañarle. Mirando como sufre el Señor por los demás.

La Cruz
Por fin llega Jesús donde lo van a crucificar. Está agotado.

Después de un verdadero «Via crucis» llegan al Calvario.

Casi no le queda sangre que derramar, pero toda la quiere derramar por nuestro amor. Así nos quiere hasta la última gota.

¡Ay, qué cutres somos nosotros cuando tenemos que hacer un sacrificio por él!
Según Caterina Emmerich –de la que vamos a seguir su relato– serían las doce menos cuarto cuando los verdugos insultando a Jesús, le decían:

«Rey de los judíos, vamos a componer tu trono».

Pero Él mismo se acostó sobre la cruz y lo extendieron para tomar su medida.

María y las santas mujeres están allí
La Madre de Jesús, su sobrina María,  Salomé y Juan, se acercaron.
Otras como Marta, María de Helí, Juana de Cusa, y Susana se detuvieron a cierta distancia, junto con Magdalena, que estaba como fuera de sí.

Más lejos estaban otras siete, y algunas personas compasivas que establecían las comunicaciones de un grupo al otro.

¡Qué espectáculo para María el ver el sitio del suplicio, los clavos, los martillos, las cuerdas, la terrible cruz, los verdugos, empeñados en hacer los preparativos para la crucifixión!

Los preparativos
Los verdugos ofrecieron al Señor una mezcla de vino y mirra. Jesús mojó sus labios, pero no bebió.

En seguida los verdugos quitaron a Nuestro Señor la capa.

Y como no podían sacarle la túnica sin costuras que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas, entonces se la arrancaron con violencia de la cabeza, abriendo todas sus heridas.

No le quedaba más que un paño alrededor de los riñones.

El Hijo del hombre estaba temblando, cubierto de heridas.

Habiéndole hecho sentar sobre una piedra le pusieron la corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; pero Jesús volvió la cabeza sin decir palabra.

Después que los verdugos extendieron al Señor sobre la cruz, y habiendo estirado su brazo derecho sobre el de la cruz, lo ataron fuertemente;

Comienza la crucifixión
 Uno de los soldados puso la rodilla sobre su pecho.

Otro le abrió la mano. Y el tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo.

Y lo clavó con un martillo de hierro.

Un gemido dulce y claro salió del pecho de Jesús y su sangre saltó sobre los brazos de sus verdugos.

Los clavos era muy largos, la cabeza chata y la punta salía detrás de la cruz.

Habiendo clavado la mano derecha los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero que habían abierto.

Entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y tiraron de él con toda su fuerza, hasta que la mano llegó al agujero.

Esta dislocación violenta de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba y sus rodillas se tensionaban.

Se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo, le ataron el brazo para hundir el segundo clavo en la mano izquierda.

Otra vez se oían los quejidos del Señor en medio de los martillazos.

Los brazos de Jesús quedaban extendidos horizontalmente,

La Virgen Santísima sentía la espada de siete filos
La Virgen Santísima sentía todos los dolores de su Hijo: Estaba cubierta de una palidez mortal y exhalaba gemidos de su pecho.

Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas.

La espada de dolor de siete afilos atravesaba su corazón

Y a nosotros ¿nos afecta esto tanto como a Ella?

María no había tenido ningún pecado. No había sido la causante de estos dolores, y sin embargo «sufría porque amaba».

No se trata de que echemos una lágrima sentimental, sino que, con la fe, nos arrepintamos.

Todavía más sufrimientos
Habían clavado a la cruz un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús, a fin de que todo el peso del cuerpo no pendiera de las manos,

y para que los huesos de los pies no se rompieran cuando los clavaran.

Ya se había hecho el clavo que debía traspasar los pies.

El cuerpo de Jesús se hallaba contraído a causa de la violenta extensión de los brazos.

Los verdugos extendieron también sus rodillas atándolas con cuerdas;

pero como los pies no llegaban al pedazo de madera, puesto para sostenerlos, unos querían taladrar nuevos agujeros para los clavos de las manos;

otros lanzando improperios contra el Hijo de Dios, decían: «No quiere estirarse, pero vamos a ayudarle».

 En seguida ataron cuerdas a su pierna derecha, y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llegó al pedazo de madera.

Fue una dislocación tan horrible, que se oyó crujir el pecho de Jesús.

Que sumergido en un mar de dolores, exclamó: «¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío!».

Después ataron el pie izquierdo sobre el derecho, y tomaron un clavo de mayor dimensión para atravesar sus sagrados pies.

Esta operación fue la más dolorosa de todas. Emplearía unos treinta martillazos.

Los gemidos de Jesús
Los gemidos de Jesús eran una continua oración, que contenía pasajes de los salmos, que se estaban cumpliendo en aquellos momentos.

Durante toda su larga Pasión el Señor no había dejado de orar.

Eran sobre las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, en el templo resonaba el ruido de las trompetas, que celebraban la inmolación del cordero pascual.

Exaltación de la Cruz
Los verdugos, habiendo crucificado a Nuestro Señor, alzaron la cruz dejándola caer con todo su peso en el hueco de la roca con un estremecimiento espantoso.

Jesús dio un grito de dolor, porque sus heridas se abrieron, y sangre corrió abundantemente.

Los verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron nuevamente, clavando cuñas a su alrededor.

Un espectáculo horrible
Fue un espectáculo horrible y dolorosísimo ver, en medio de los gritos e insultos de los verdugos, la cruz vacilar sobre su base y hundirse temblando en la tierra;

Pero también había voces piadosas y compasivas.

Eran voces más santas del mundo, las de las santas mujeres y de todos los que tenían el corazón puro, que veían a este hombre santo elevado sobre la cruz.

Querían socorrerle. Pero no podían.

Y cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con un gran estruendo, hubo un momento de silencio.

La sagrada cruz se elevaba por primera vez en medio de la tierra, como otro árbol de vida.

Y de las llagas de Jesús salían cuatro arroyos sagrados para fertilizar la tierra, y hacer de ella el nuevo Paraíso.



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