martes, 5 de diciembre de 2017

8. LA PALABRA


Agnósticos
Con frecuencia nos encontramos a gente, que se declaran «agnósticos». No son ateos, ese término es demasiado fuerte. Piensan que «quizá» Dios exista pero que es difícil saberlo, porque dicen que Él no da señales de vida.

–¿Cómo sé yo que Dios existe? Además si existe ¿por qué no se comunica con nosotros?

Quizá esas personas querrían no solo que Dios se comunicase, sino que lo hiciese de la forma que ellos quieren. Es cómo decir que a mí me gustaría entender chino pero sin estudiarlo, sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Desde ese punto vista la ignorancia  suele ser bastante cómoda, y la pereza tiene algo de agnóstica.

Podíamos decir que no hay peor ciego que al que no le interesa oír. Pero es que, además, Dios habla claro, habla en cristiano no en mandarín.

Oír la voz de Dios no es difícil ni complicado, la única condición que se requiere es tener buena disposición. Dios habla de la forma que nosotros podemos entender, «materializando» su Voz, «encarnándose». Pero la encarnación no ocurrió una vez en la historia de la humanidad, sino que la «encarnación» permanece.

Dios continúa siendo hombre, y sigue interviniendo en la pequeña historia de cada uno de nosotros.

Dios nos habla
Ahora mismo nos habla en nuestro interior, y aunque no oigamos su voz humana, en otro momento nos enviará alguna señal. Si buscamos su presencia durante el día diremos como San Juan: «¡Es el Señor!». Por eso la persona que quiere oír la Voz de Dios, no tiene que hacer cosas complicadas, sino mirar a Jesucristo.

María miraba mucho a Jesús, lo «contemplaba». Y la mirada de una madre, siempre acierta, es certera. La Virgen se daba cuenta que a través de Jesús Dios nos enviaba un mensaje de salvación. «Salvación» era la palabra exacta. Jesús es el «Salvador».

También los cristianos estamos en esta tierra para realizar esa misión: «salvar almas». Y la realicemos a través de nuestra palabra. Por eso el verdadero cristiano no puede dejar de hablar de Dios, lo mismo que el sol no pude dejar de iluminar.

Tiene mucha importancia lo que decimos con las palabras, y también lo que hacemos. Porque a veces nuestra palabra se encarna en hechos y entonces es tremendamente eficaz. «La palabra mueve pero el ejemplo arrastra».

Palabras y hechos
No solo hay palabras en la vida de los futbolistas, también hay goles. Se cuenta Wesley Sneijder, el futbolista holandés que fue el autor del gol que eliminó a Brasil del Mundial de Sudáfrica 2010, que se convirtió al catolicismo y recibió el Bautismo. En una nota de prensa titulada «Gol espiritual» se dice que, Influyó en esa decisión su novia, Yolanthe. También lo motivó su amistad con Javier Zanetti, compañero en el Inter.

Sneijder
 ha declarado que fue «a Misa una vez junto a mis compañeros y sentí una fuerza y una confianza que me turbaron» por lo que siguió las clases de catecismo para adultos con el capellán del Inter. Ya en Sudáfrica, explicó que reza todos los días y los domingos va a Misa y comulga con Yolanthe, quien le regaló un rosario que él siempre lleva en su cuello.

«Todos los días recito el Padrenuestro con ella. Busco siempre, antes de comenzar los partidos, una esquina para rezar». Y termina el comentarista deportivo diciendo: «Dios siembra su semilla en todos los campos, incluidos en los de césped»

Y decimos nosotros: cuando la semilla cae en tierra buena da fruto. Porque la Palabra de Dios siempre es eficaz.
Cuentan que hace unos años un rabino anciano le dio un consejo sorprendente un chico joven. Le dijo el rabino: —Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos. Efectivamente el Jesús de los cristianos es Dios que se ha hecho hombre.

Jesús es la Palabra que procede de Dios
Tenemos la suerte de que la Palabra divina, Jesús, ha venido a la tierra para anunciar «el Evangelio de Dios». El término «evangelio» viene de las «mensajes»  de los emperadores. Esas proclamas se llamaban así, «evangelios». No eran solamente anuncios, sino que se pensaba que al proceder del emperador eran mensajes de «salvación».

Evangelio de Dios
Los emperadores se consideraban dioses. Trataban a todo el mundo con altanería. Creían que lo que ellos proclamaban, sus «evangelios», tenían la suficiente autoridad como para ser considerados no solo como palabras sino como «hechos». Porque lo que mandaba el emperador «tenía que llevarse a la práctica». Había como un cierto aire de superioridad en lo que ellos hacían y mandaban.

En aquella época el orgullo caía bien, y la virtud de la humildad era desconocida. Los emperadores romanos pensaban que era dioses. Y es ridículo creer que un hombrecillo altanero vaya a salvar al mundo con sus palabras.

Sin embargo San Marcos dice que lo que Jesús predicaba era el «Evangelio de Dios», porque Él puede salvarnos a cada uno de nosotros (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, p.74ss).

Jesús es Dios que salva
Por lo visto hace años, un profesor de la universidad pidió voluntarios para hacer trabajos sobre diversos temas. Y como era un anticristiano combativo cuando enunció el título de «la Moral Católica»,  se produjo en la clase un silencio que se cortaba.   Pero un chico se levantó y dio su nombre para hacerlo. Y el día señalado para la exposición oral del trabajo, había cierta expectación, y todo el mundo esperaba que criticase a la Iglesia para congraciarse al profesor. 

La sorpresa fue grandísima cuando este chico hizo una exposición muy clara del catolicismo, sin que faltasen las respuestas a las críticas que el profesor había ido haciendo durante el curso. Y al terminar este alumno dijo:—No he hecho nada más que documentarme, porque yo personalmente, soy judío.

La clase terminó allí sin más comentarios. Pero por lo visto este profesor se permitía, de vez en cuando, ridiculizar, como de pasada, algunos puntos del cristianismo.

Y en una de esas ocasiones, este chico —que era uno de sus mejores alumnos— le interrumpió: —Oiga, yo vengo aquí para aprender historia, no para sufrir su falta de respeto a las creencias de algunos.

Según contaba, sus inquietudes espirituales  fueron en aumento. Casi todas sus preguntas tenían el mismo objeto: la divinidad del Señor. Por lo visto, aunque sus padres eran judíos no practicantes él, cuando tenía catorce años, había sentido un gran deseo de buscar a Dios. Y empezó a practicar el judaísmo. Entonces recibió clases de un rabino, ya anciano, que le tenía mucho cariño. Pero este chico buscaba más, y no encontraba respuesta. Se preguntaba: ¿y las promesas de Dios a Israel? ¿Y el Mesías?

Aquel rabino anciano le dio entonces un consejo sorprendente, que  no se le olvidaría. Le dijo el rabino: —Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos.

Y pasado algún tiempo, un buen día fue a ver al sacerdote católico que él conocía, y después de esa conversación le dijo a uno de sus amigos cristianos: —He decidido bautizarme: tengo la fe, creo que Jesús es Dios.

Lo que le sucedió a este chico también nos sucede a todos, pues la Palabra de Dios se ha hecho hombre y quiere una respuesta de nuestra parte. 
                       
El Reino de Dios está cerca
Jesús viene a decirnos que  Dios  se manifiesta «ahora» en la historia humana como el verdadero Señor. Por eso la traducción correcta en vez de «Reino de Dios» podría ser «reinado de Dios». Jesús habla de una cosa que ya sucede, porque Dios  en la actualidad domina todo: es el Señor de la historia humana (Ibidem).

Y la soberanía de Dios en la historia «actual» de los hombres no es nada «vistosa». En «este momento» se parece a un pequeñísimo grano de mostaza. Es como la levadura que hace fermentar la masa, una parte pequeña pero «determinante para el resultado final».

El gobierno de Dios en este mundo es también como la semilla que se echa en un campo, que «tiene distinta suerte» dependiendo de donde caiga.

Cizaña junto a la semilla
Dios siembra con su poder, y la semilla es recibida dependiendo de la tierra dónde va a parar. Las malas disposiciones del que recibe el mensaje del Evangelio hace que la «soberanía de Dios» no arraigue en el alma de esa persona. Hoy en día es difícil que la Palabra de Dios de fruto porque hay muchos obstáculos exteriores. El enemigo no quiere que se hable de Dios, y además pretende que los cristianos caigan antipáticos, sean mal vistos.

Esto siempre ha ocurrido porque el enemigo es viejo y el hombre en cada época siempre se ha considerado moderno. La actitud del enemigo y del hombre siempre han sido muy parecidas. Por eso decía el Señor que en la «actualidad» el Reino de Dios «sufre violencia» (Mt 11, 12). Sucedió  en la vida de Jesús: la Palabra de Dios, que iluminaba al mundo, fue crucificada. Tuvo que morir, como la semilla, para dar fruto. Y sigue sucediendo en la vida de los santos.

El Reino de Dios sigue padeciendo violencia, porque mientras que la semilla crece entre los hombres, el enemigo siembra «cizaña» en medio de ella. Y hasta el final de los tiempos convivirán la semilla de Dios y la cizaña del enemigo (cfr. Mt 13, 23-30). Lo bueno y lo malo está unido en el alma de cada uno. Somos pecadores. Muchas veces infieles a nuestros amigos. Nos portamos mal con Dios pero Él es paciente, porque nos ve débiles.

Cuentan de un ejecutivo destinado temporalmente a Paris,  que recibió una carta de su novia que vivía en Chile.


La carta decía lo siguiente: Querido Alejandro: Ya no puedo continuar con esta relación. La distancia que nos separa es demasiado grande. Tengo que admitir que te he sido infiel algunas veces desde que te fuiste y creo que ni tú ni yo nos merecemos esto, lo siento. Por favor devuélveme la foto que te envié. Con cariño: Marta

El hombre, muy herido, le pidió a todos sus compañeros de trabajo que le regalaran fotos de sus novias, hermanas, amigas, tías, primas, etc. Junto con la foto de Marta, incluyó todas esas otras fotos que había recolectado de sus amigos. Había 57 fotos en el sobre y una nota que decía: Marta, perdóname, pero no puedo recordar quién eres. Por favor, busca tu foto en el paquete y devuélveme el resto.

Ya se ve, que ante el mal, también a nosotros nos gustaría hacer lo mismo: tratar mal a los que se portan mal. La tentación es arrancar la cizaña por la fuerza. Y además hacerla con despecho. Pero aunque parece que esto es lo natural, sin embargo no es cristiano.
El reinado de Dios no intenta ofender a nadie, sino ahogar el mal en abundancia de bien. Jesús es un Rey que avasalla con su cariño.

Pero es Rey
El Reinado de Dios, el Evangelio, son el mismo Jesús. Dios actúa, reina, en la historia humana, a través del Hijo. Pero su reinado es especial. No es Jesús como un rey de este mundo. La salvación de este Rey, Cristo, se proclamó en las lenguas más importantes y difundidas de su tiempo. En griego, latín y hebreo aparecía que Jesús es Rey.

En lo alto de una cruz apareció el letrero con esa señal «publicitaria»: Jesús es Rey. Pero no reina, no salva, como los monarcas de este mundo. Él gobierna «convirtiendo» la maldad humana. Él nos enseña desde la cruz a «reciclar» el mal del mundo. Nosotros podemos «cambiar» el mal en bien. Jesús no solo lo dice sino que lo realiza muriendo.

La Palabra de Dios está crucificada por Amor. Esta es la fuerza que transformará el mundo, que lo salvará. Y nos pide que nosotros también colaboremos en la extensión de su reinado. Que no importa sufrir si es por Amor: así convertiremos el mal en bien.
Es bueno que pensemos que la Palabra de Dios tiene que acampar en cada uno de nosotros, lo mismo que se encarnó en la Virgen. Dile al Señor: –Hágase realidad Tu Reino en mí, gobierna mi vida, yo te dejo.

La Palabra de Dios vale más que infinitas imágenes, pero siempre habrá agnósticos que sean ciegos, nuestra misión es ayudarles.


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