viernes, 10 de febrero de 2012

FRONTERA COMANCHE. La línea divisoria entre el bien y el mal

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La guerra en nuestro territorio
Dice el Apocalipsis que una batalla se libra en el cielo (cf. Cap 12 y  13). Pero, esa batalla ha bajado a la tierra al crear Dios al hombre. La batalla entre el bien y el mal en la actualidad se pelea aquí abajo. Ahora mismo estamos librando una batalla a escala mundial. Es una guerra fría en la que todos peleamos.


Es una batalla que se libra fundamentalmente en corazón de cada uno, y que terminará con nuestra vida.

No es que en esta tierra haya buenos y malos: y precisamente nosotros seamos los buenos.

Porque la línea divisoria entre el bien y el mal está dentro de nosotros. A veces somos buenos, y a veces nos dejamos vencer por el mal. La línea divisoria entre el bien y el mal está en nuestro corazón.

La frontera comanche
Todos somos pecadores, el mal está junto al bien, el trigo junto a la cizaña. Pero hay personas que piensan que los pecadores son los otros. Por eso hay que preguntarse: ¿en qué territorio me encuentro yo?

Podríamos decir que la humanidad se divide en dos. Entre pecadores que saben que son pecadores, y pecadores que piensan que son santos.

El mal es la bestia
En la vida de los hombres, el mal siempre ha existido y existirá. Parece como si uno no pudiera hacer nada contra el mal porque siempre está ahí. Es como la bestia del Apocalipsis. Le cortas una cabeza y todavía le quedan otras.

Ante las amenazas externas que han existido en la historia de la humanidad, los cristianos de todos los tiempos le han pedido al Señor: –líbranos del mal.

Para los primeros cristianos, el mal estaba representado por el Imperio Romano. Roma tenía un poder enorme que  amenazaba con eliminar al cristianismo.

Por eso San Juan habla en el Apocalipsis de una Bestia que vio salir del abismo. Y esta bestia infernal representaba al poder de Roma.

En el siglo XX fueron –entre otros– el marxismo o el poder nazi. Ahora las amenazas externas pueden tener otro signo.

Dice Benedicto XVI, que aunque ya no existe el Imperio Romano sin embargo hay otras amenazas.

Pero esas amenazas actuales no son de signo político, ni están representadas por una persona. No hay que confundirse.

La verdadera amenaza, como dice el Papa es otra, nos envuelve: El ambiente nos dice una y otra vez: ¡no pienses en Dios!

Esta es la verdadera tentación.

La bestia moderna
En la actualidad, la Bestia del Apocalipsis quiere aparentar que es moderna. Podíamos decir que bestia se viste de Zara. Pero es la vieja ramera de la que nos habla San Juan.

Por el placer de un rato quiere que le entreguemos nuestro cuerpo y nuestra alma.

Quiere seducirnos, que nos olvidemos de nuestro Padre Dios, que es el que nos quiere que de verdad.

Por eso hemos de rezar: –Señor, líbranos del mal.

Porque si perdemos a Dios, perdemos lo mejor de nuestra vida.

La batalla por la fe
Cuenta una persona muy santa, que precisamente a los 18 años, el demonio quiso arrancarle la fe.

Explica en un libro que escribió «la gran batalla que Satanás prepara para el alma», cuando ve que busca a Dios.

Para eso lleva a todo su ejército infernal. Su única intención es arrancarnos la fe. Porque si lo consigue, también destroza la esperanza y el amor.

Eso es lo que les acaba pasando a las personas que han perdido la fe. Porque Satanás va a por la fe. Porque la fe es como la raíz del árbol, si la arranca, el árbol caerá. Es cuestión de tiempo.

Aunque esas personas ahora tengan fruto, más tarde o más temprano perderán la esperanza y se quedaran solas, como los egoístas. A no ser que cambiemos.

Es importantísimo que seamos liberados del pecado porque es el verdadero mal.

Y en la actualidad nuestro peligro es que acabemos siendo un espía doble. Que a veces trabajamos para el bien y otras veces para el bando del mal.

Esto es lo peligroso. Que en ocasiones llevemos la marca del Enemigo, el número de la tibieza: el 666.

La tibieza
No llegar al 7, que es el número de la plenitud, sino quedarnos en la tibieza, en el 6.

Y así algunas cosas que hacemos pueden estar marcadas por el 666.

Precisamente antes de contar lo del número de la Bestia, en el Apocalipsis se habla de los cristianos tibios.

El Señor dice: «Ojala fueras, frio o caliente, pero como eres tibio estoy a punto de vomitarte de mi boca».

El Señor prefiere que seamos fríos, porque las personas que tienen grandes pecados se convierten con más facilidad que los tibios.

Síntomas de tibieza
En el punto 331 de Camino se describen los síntomas de esta enfermedad.

No es que no vayamos  a Misa un día, es que no quedarse a la acción de gracias por el amor a un bocadillo.

No es que no se haga la oración, es que la hacemos como si le hicieras un favor a Dios.

«Eres tibio […] si no piensas más que en ti y en tu comodidad»

Mira a ver si tienes esa enfermedad porque es contagiosa.

Lee despacio el capítulo de tibieza de Camino:

«Eres tibio […] si tus conversaciones son ociosas y vanas»

¿De qué hablas? Porque dice el Señor que de lo que se tiene en el corazón habla la boca.

No es que no se pueda hablar de música, de ropa… Pero…

«Eres tibio […] si no aborreces el pecado venial»

Es verdad que con el pecado venial no matas al Señor, pero le flagelas hasta arrancarle la carne…

«Eres tibio […] si obras por motivos humanos».

–Líbranos del mal, Señor, líbranos de la tibieza.

Esto es lo más peligroso: la tibieza. El tibio juega a dos bandas: con Dios y con el Enemigo. Pretende servir a los dos.

El espía doble
De alguna forma es como en el espionaje. El tibio es un espía doble: intenta beneficiarse de los dos ejércitos.

La tibieza muchas veces es una cosa oculta. Pero con esa actitud, con su doble juego, hace que muchas personas pierdan la fe, porque le facilita las cosas a nuestro Enemigo.

El tibio, para tener contento a Dios, compagina las normas de piedad, con una imaginación suelta y frívola, haciéndole el juego al Diablo.

Lo mismo que un santo transforma las vidas de los que están alrededor, justamente por su santidad, el tibio, aunque tenga fe, facilita que Satanás acabe con la fe de los demás.

El santo con su santidad convierte. El tibio con su tibieza hace que los que están flojos mueran.

Lo mismo que un párroco santo convierte, uno fervoroso hace que los demás practiquen, uno cumplidor consigue que algunos practiquen y otros no.

Y un párroco tibio destroza la fe de sus fieles.

Una persona que no va camino de santidad baja el nivel a su alrededor.

Por eso dice san Juan en el Apocalipsis: porque no eres ni frío ni caliente, porque eres tibio estoy a punto de vomitarte de mi boca.

María pisó la cabeza a la Serpiente, pidámosle a ella, que nos ayude a vencer el mal en nuestro corazón, porque en nuestro interior está el territorio comanche.

Que reconozcamos nuestros pecados porque de lo contrario no podríamos ser curados por Dios.

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