martes, 1 de diciembre de 2009

NOVENA INMACULADA 3: BIENAVENTURADOS LOS MANSOS PORQUE ELLOS POSEERÁN LA TIERRA


Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

Esta bienaventuranza, como todas, describe la vida interior de Jesús. Y el Señor era humilde de corazón.

Por eso se podría decir también: Bienaventurados los humildes.

Él es humilde, y, lo que es curioso es que también es Rey.

Esta bienaventuranza se refiere también a la Virgen.

Y Ella es Reina, precisamente porque es humilde. Y la paradoja es que es Señora, porque es esclava.

LA PARADOJA DE LAS BIENAVENTURANZAS

Esto es lo que le ha pasado a los santos. Con su humildad conquistaron al Reino de Dios.

Hace unos meses, estando en la explanada de esta parroquia, una señora del barrio me preguntó:

–¿Usted es un sacerdote del Opus Dei?

Y le dije que sí. Y entonces continúo la señora:

–Me estoy leyendo una biografía de san Josemaría. ¡Qué humilde era! ¡Mira que creerse que era un burro…!

Efectivamente, san Josemaría, en su humildad se consideraba un burrito.

Y le decía al Señor: –Como un borriquillo estoy delante de Ti.

Y, cuando alguien le pedía una foto suya, le regalaba un burrito pequeño.

Si os fijáis, en esta parroquia hay una capilla dedicada a san Josemaría, entrando a la derecha.

Pues en la urna cristal donde se conserva una reliquia suya, encima se ha puesto precisamente un burrito.

Y es que todos los santos se han considerado pequeños ante Dios. Han tenido que pasar por la puerta estrecha y baja de la humildad.

Y nosotros tenemos que ser como Jesús, humildes, porque su corazón es así.

Por eso a los santos, les emocionaba la figura del burro, ese animal humilde.

Por eso, nos dice el Señor: –Cargad con mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).

El yugo se ponía encima de un animal para que pudiera transportar una carga.

En nuestro idioma se utiliza la palabra subyugar, que es igual que humillar.

De eso se trata, de ser humildes, porque sólo los que cogen el yugo de la humildad son capaces de llevar a Jesús.

Los humildes son los libres. Los egoístas son los esclavos.

Hay una novela, de una de las mejores escritoras inglesas, que se titula Orgullo y prejuicio.

ORGULLO Y PREJUICIO

Los dos protagonistas de esta historia, aunque se atraían mucho, no acaban de salir. Ella por prejuicio… y él por orgullo.

Efectivamente, el orgullo es lo que nos impide querer a Dios. Somos tan egoístas que nos creemos el centro del universo.

Y tenemos el prejuicio de pensar, que Dios no quiere que poseamos la felicidad en esta tierra.

EL SEÑOR DARCY Y ELIZABETH.

En la novela, Darcy aparece como una persona distante, altiva, llena de frialdad. Se creía superior a los demás.

Elizabeth, Lizy, además de guapa, aunque no tanto como una de sus hermanas, era una mujer lista y sensible.

Pero con su ironía interior, juzga siempre a los demás, que a veces no son como ella piensa. Se equivocaba.

Un diálogo entre los dos podría haber sido el siguiente.

Darcy le dice a Lizy: –Usted, señorita Benet, no deja pensar en las intenciones de los demás. Y, a veces, acierta.

Y Lizy le responde: –Pues usted, señor Darcy, con su frialdad, es incapaz de bailar con chicas que no sean de su posición.

La manera de ser de los dos, impide el compromiso.

Hasta que ella descubre, cuando va a la casa de Darcy y habla con su ama de llaves, el corazón tan grande que tenía él.

Él había dado ya, hacía tiempo, el primer paso. Pero Elizabeth, en su prejuicio, no lo veía.

Así nos pasa con Dios. Él ha dado el primer paso.

Y en la actualidad, hay personas que no se quieren comprometer con el Señor Dios, porque tiene el prejuicio del egoísmo.

Piensan que van a ser felices si dedican su vida a ellos.

Pero Jesús dijo lo contrario: Bienaventurados los humildes.

El Señor, con esta bienaventuranza no habla del orgullo y del prejuicio, sino de lo contrario, de la humildad y la libertad.

FELICES LOS HUMILDES PORQUE ELLOS POSEERÁN LA TIERRA

Jesús con estas palabras nos dice que la felicidad la obtendremos por la humildad.

Porque sólo los humildes crean un clima grato a su alrededor, donde la gente se siente a sus anchas, como en su casa.

Lo que enseña la novela de Jane (yein) Austin es que, cuando desaparece la barrera del egoísmo, en sus diferentes versiones, entonces se actúa con libertad.

NUESTRO SEÑOR ES UN REY HUMILDE

Estaba profetizado que el Señor vendría como Rey a poseer la tierra.

Y esto se cumplió cuando Jesús, montado en un burro, entró en Jerusalén.

El profeta Zacarías nos dice: «…mira a tu rey que viene a ti (…) modesto y cabalgando en un asno, en un burro…» (9, 9s).

Los reyes van sentados en su trono. A algunos le hubiera parecido más lógico que Jesús hubiera utilizado un caballo, como hacían los emperadores.

Pero el Señor quiso servirse de un animal humilde para entrar a tomar posesión de la capital de su Reino, que era Jerusalén.

Nosotros también tenemos que cargar con Jesús. Llevarlo, portarlo. Esa es la manera de alcanzar la libertad en esta tierra.

Y es verdad, las personas más libres son las que más sirven al Señor.

Al decir esta bienaventuranza, Jesús se estaba fijando en la Virgen.

Como sabemos, el Evangelio nos cuenta la oración de María: porque has mirado la humildad de tu esclava, por eso me llamarán Bienaventurada.

La Virgen, con su vida, escribió una novela que se podría titular, no Orgullo y prejuicio, sino Humildad y libertad.

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