domingo, 22 de junio de 2008

APOSTOLADO: DIOS ES ALEGRE

Hacer apostolado, hablar de Dios, no es soltar un rollo que te deja medio preocupado durante unas horas.

No es hablar despacio, como si estuvieramos leyendo la Biblia entre bostezo y bostezo.

El Señor siempre transmite alegría y optimismo. Hablar de Él es incompatible con la tristeza, el aburrimiento o el desánimo (cfr. Sal 104, 43: Antífona de entrada).

Dios es alegre. Y la alegría es algo que se contagia. Tratar a una persona alegre es agradable.

Además, alguien así transmite ganas de hacer cosas.

Por eso, las personas optimistas están rodeadas de amigos.

Jesús vivió así, mucha gente le quería. Estaban a gusto con Él. Se sentían atraídos por su doctrina y por sus obras.

Los santos también son de esta manera. Su amabilidad y su fuerza les viene de dentro.

Tienen una alegría que no pueden contener. Por eso no se desaniman ante las dificultades.

En 1972, al terminar una tertulia en Valencia con San Josemaría, donde había hablado, como siempre, de Dios, al ver su alegría, uno de los asistentes comentó:

–Aquí he aprendido la música. La letra, más o menos, ya me la voy aprendiendo en los medios de formación de la Obra.

El cristiano no es un tipo que se sabe cosas doctrinales y las transmite como si fuera una enciclopedia.

Es como un pintor que deja siempre algo suyo en cada cuadro, la alegría de tener a Dios. Le sale de manera natural.

Cuenta la Escritura que después de que los Apóstoles hicieran un milagro evidente –curaron a un enfermo–, los jefes del pueblo les prohibieron hablar de Jesús por miedo a que se difundiera mucho su mensaje.

Pero San Pedro y San Juan les respondieron: «No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 13–21).

Esto no lo dirían enfados o con desprecio, sino llenos de gozo.

No eran capaces de callarse todas las cosas que habían visto en Jesús. Como tampoco eran capaces de hacer desaparecer al hombre que acababan de curar de forma milagrosa.

Les salía solo hablar con ilusión del Señor y contar lo que hizo. Era lo que tenían dentro, lo que habían visto y oído. Jesús era su fuerza y su energía (cfr. Sal 117: salmo responsorial).

Vamos a pedírselo ahora también nosotros al Señor:

–queremos que seas nuestra fuerza y nuestra energía.

El Señor, que es alegre, actúa a través de nosotros. Por eso, no podemos dejarnos llevar por el desánimo.

Nuestra seguridad y nuestro optimismo vienen de Él (cfr. Sal 117, 24: Aleluya de la Misa).

¡Cómo contrasta la actitud de María Magdalena después de haberse encontrado con Jesús, y la de los Apóstoles que estaban tristes «y llorando»!

O la de aquellos dos que volvieron de Emaús corriendo, porque el cuerpo les pedía llegar cuanto antes a Jerusalén y contar que el Señor había resucitado (cfr. Mc 16, 9–15: Evangelio de la Misa).

El mundo se nos tiene que quedar pequeño para hablar de Dios (cfr. Mc 16, 15).

–Señor, queremos que seas nuestro motor.

No se trata de la capacidad que uno tenga para hablar bien. Es verdad que hay personas que tiene mucho rollo.

La gente, a veces, no se puede aguantar y necesita contar sus cosas.

Hay quienes se tiran una hora o dos hablando por teléfono sin parar… Y sin escuchar.

Se aburren a sí mismos de lo que cuentan, porque su fuerza y su energía no salen del Señor sino de ellos mismos.

Un día escuché en el pasillo del colegio a una niña que le decía a otra:

—A veces me duele la cabeza de lo que hablo.

Hablar de Dios no es decirle a tus amigos que se vengan a rezar a un cuarto cerrado y oscuro, para después sacar el propósito de comer mal durante toda su vida.

No. Si piensas eso estás muy equivocada porque el Señor no es así.

Hacer apostolado es explicar que la vida cristiana es como si el Señor te dijera:

—Toma este dinero y diviértete. Vive, viaja, esquía, juega al paddel, bébete una coca-cola fría, comprarte unos zapatos bonitos, ríete… Pero haz todo eso conmigo al lado…

El apostolado es explicar a tus amigos que se están perdiendo la posibilidad de vivir con Alguien que las entiende, que comprende sus dificultades.

Alguien con quien se está muy a gusto.

Hablar de Dios es lo mismo que contar un buen plan que uno ha hecho.

Efectivamente no tendrá nada que ver con emborracharse ni estar fumao. Vivir en cristiano es disfrutar de la vida pero con Dios al lado.

Le decía una niña de quinto de Primaria a otra: —
¡Merche, macho, no seas mongo...!

Hacer apostolado es algo por el estilo, abrirle los ojos a la gente y decirles: disfruta de Dios.

Acudimos a la Virgen para que nos trasmita su alegría de llevar al Señor a los demás.

1 comentario:

Josep dijo...

Me gustaría saber de qué Misa están tomados los textos de esta meditación. No logro descubrirlo. Muchas gracias.

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