jueves, 24 de julio de 2008

LA PASARELA

Hace unos días pude ver una tormenta de verano. Es algo a lo que uno no termina de acostumbrarse.

Rayos que parten el cielo con un resplandor. Truenos que hacen temblar la tierra. Y nubes negras que en poco tiempo descargan litros y litros de agua.

Aunque lo hayas visto muchas veces, siempre te llama la atención, sobre todo si te empapas.

Hoy es la solemnidad de Santiago Apóstol.

Jesús les puso a él y a su hermano Juan, una especie de mote. Los llamaba
Boanerges que significa Los Truenos.

Tenían los dos mucho carácter. No pasaban desapercibidos, como las tormentas.

Santiago fue el primer Apóstol que sufrió martirio. Se le notaba demasiado que seguía al Señor. No lo podía disimular y Herodes le cortó la cabeza.

Estar cerca de Dios se nota. No es algo que pase desapercibido. Es una manera de vida que te hace tomar decisiones que chocan con el ambiente.

Cuando los del Sanedrín prohibieron a Pedro y a los Apóstoles hablar más de Jesús, ellos les contestaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Los dejaron sentados con esa respuesta.

El Señor es demasiado grande como para poder ocultarlo. Si vives con Él los demás lo tienen que notar.

Es curioso, pero la gente no se acostumbra a tener un amigo que sea discípulo de Jesús. Somos un punto claro de referencia.

Me contaba un sacerdote que, yendo por la calle, le paró un chico.

Estaba triste porque se acababa de morir su madre, iba a coger el tren y necesitaba que alguien le consolara, por eso le había parado.

Una vida entregada a Dios hace que los que te rodean te busquen y encuentren al Señor y lo alaben.

Una vida así todos la ven. Es como una pasarela.

En las pasarelas la que sale es el centro de atención. Todas las luces la iluminan y el público sigue un traje andante.

No ven otra cosa. Todos opinan sobre lo que están viendo.

Nosotros estamos revestidos de Dios. Eso se tiene que notar. No es algo que dependa del carácter o una manera de ser fuerte como la de Santiago y Juan.

Podemos ser como ellos, los truenos; impetuosos y lanzados como Pedro;

o más tranquilos como otros Apóstoles, de los que el Evangelio solo dice el nombre y no cuentan nada que desentone o dé el cante, como la madre de Juan y Santiago (normal: de tal palo tal astilla).

No depende del carácter sino de estar revestido de Dios. De vivir muy cerca de Él.

Lo más importante en una pasarela no es la modelo que lleva el traje.

Esa persona puede ayudar más o menos, pero con lo que uno se queda es con el vestido: los colores, el corte, el vuelo que tiene la tela, etc.

Los cristianos debemos vivir de tal manera que los demás vean a Dios.

Es verdad que somos poca cosa, que el Amor que nos tiene el Señor nos viene grande y que, a veces, no le respondemos como Él querría.

Pero Dios se encarga de que vayamos sintiéndonos cada vez más cómodos con nuestra vida, y que los demás vean nuestra alegría.

Recuerdo una estudiante que tenía que hacer un traje como práctica de una asignatura. Le llevó todo el año.

Era una traje, zapatos incluidos, revestido como con escamas plateadas.

Mientras lo iba haciendo se lo enseñaba a la profesora que le daba indicaciones para mejorarlo.

Al final hicieron una pasarela en Motril. Allí salieron los trajes que habían hecho la alumnas de distintas universidades.

Ella lo contaba como algo increíble. La pasarela fue al aire libre y por la noche.

Cuando salió su vestido, la gente aplaudió mucho porque, con tanta luz, las escamas de plata empezaron a brillar. Centelleaban hasta los zapatos.

Dios se nota, como se nota un rayo en medio de la noche, o el ruido de un trueno o el espectáculo de un vestido bonito.

Si hacemos la voluntad de Dios seremos como el Apóstol Santiago, un astro brillante que da luz incluso después de la muerte.

Así es María. La Estrella de la mañana. Se le notaba hasta físicamente que tenía a Dios dentro.

Madre nuestra ayúdanos a llevar así al Señor, sin vergüenzas, con soltura, sin miedos.

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