miércoles, 21 de febrero de 2018

14. EL CAMINO


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Leo
Un párrafo del libro que ha servido de guión para la película «The Passion» dice así:

Origen del Via Crucis

Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús. Así volvieron a Getsemaní, al huerto de los Olivos, y en todos los sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él.

La Virgen se arrodilló más de una vez, y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el principio del Vía Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se terminara todo.

La meditación de la Iglesia sobre los dolores de su Redentor comenzó en la mujer más santa de la humanidad, en la Madre del Hijo del hombre.

La Virgen hizo el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los méritos de Jesucristo; para recogerlos y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe.

María y Magdalena se acercaron al sitio en donde Jesús había sido azotado.

Escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al suelo cerca de la columna, y limpiaron por todas partes la sangre sagrada de Jesús con un paño. Eran las nueve de la mañana cuando acabó la flagelación.

Por el camino del dolor
Le decía san Josemaría al Señor en el libro del «Vía crucis»:
«nos disponemos a acompañarte por el camino de del dolor».

Es una realidad que esta vida es un camino de dolor. Todo el mundo sufre: y a veces los que menos sufren son los alejados de Dios…

Porque el Señor es tan bueno que quiere pagarles en esta vida lo que haya hecho de bien.

Ya que en la otra no va a poderles dar esa pequeña recompensa humana.

Pero un cristiano no debe asustarse que llegue la cruz, porque es lo que hace que nos identifiquemos con el Señor.

Ser Cristo
Hemos de repetir cada uno la vida de nuestro Señor.

Cuando san Josemaría era muy joven descubrió que los sufrimientos le ayudaban muchísimo en su vida interior.

Porque  decía que Dios le trataba «como a su divino Hijo».

Y también nosotros lo experimentamos, cuando nos topamos con las dificultades, con el cansancio con las cosas que no nos gustan.

Parece como si el Señor nos dijera: –Tu eres mi hijo, tu eres Cristo.

Como fueron los santos
Cuentan los biógrafos de San Juan de la Cruz que estando en Segovia, el Señor le habló desde un cuadro en el que se ve a Jesús llevando el madero.

Todavía se conserva esa pintura: he tenido la oportunidad de verla.

Y que el Señor le preguntó: –¿Qué quieres que te conceda?

San Juan de la Cruz le contestó: –Padecer y ser despreciado por vuestra causa.

Porque para nosotros los sufrimientos padecidos por el Señor aceleran la santidad.

Traje de amadores
Para nosotros la Cruz no es una cosa molesta, que miramos con escalofrío, por si nos cae.

La medida del Amor es el sufrimiento, el Amor en esta tierra se mide por lo que hayamos sufrido por el Señor.

Y Jesús a San Juan de la cruz le concedió lo que le había pedido. Está detallado que después de un auténtico calvario llegó el santo a un pueblo de Jaén, Beas de Segura.
Estaba el pobre muy demacrado, y delgadísimo después de todo lo que había pasado en la prisión.

Y allí en el convento de Beas, una monja que tenía muy buena voz le cantó una coplilla, que le conmovió muchísimo al santo, con lo débil que estaba. Decía así:

Quien no sabe de penas
en este valle de dolores,
no sabe cosas buenas
ni ha gustado de amores.
Pues penas es el traje de amadores.

Y al San Juan de la Cruz, con lo recio que era le cayeron dos lagrimones, grandes, porque la santidad se puede medir.

La santidad se puede medir
Algunos miran y toman por santos a los que tienen visiones, revelaciones...

 Pero nada de eso es necesario para llegar a una gran santidad, la santidad está en la mortificación:

Se alcanza por la mortificación y se perfecciona por la mortificación: Tanto tendré de santidad, cuanto tenga de mortificación por Amor, escribió nuestro San Josemaría, el santo de lo ordinario.

Su vida es un ejemplo de lo que acabamos de decir: fue dura pero no fue una vida infeliz, sino una vida lograda.

Cuando entendió el por qué de la Cruz descubrió que en ella estaba el secreto, la raíz de la felicidad.

La razón de todo esto es porque en la Cruz está la raíz del Amor, y esto es precisamente lo que nos hace dichosos.

El espíritu de sacrificio es útil para todo lo que hacemos cada día. El espíritu de mortificación nos ayuda a rezar, a trabajar, a ser más amables con los demás.

Con ese ejercicio diario nos vamos identificando con nuestro Señor.

Llevar la cruz de cada día
Lo ordinario es lo nuestro. Las pequeñas cosas que hacemos por los demás cada día fastidiándonos nosotros para hacerle la vida agradable.

Porque el sentido de nuestra vida es la donación, preocupándonos de todo el mundo.

Una novela que tiene como argumento el viaje que hacen unos hombres en autobús desde el infierno al cielo.

Es un sueño, en el que los que están en el infierno van llegando al cielo, y no se encuentran a gusto.

Uno de los condenados es un teólogo protestante, que se aburre en el cielo,

y quiere volver al infierno a seguir discutiendo de teología con unos amigos, que están también condenados.

En un momento de la narración cuando van conociendo a gente les llega una señora muy simpática, que está rodeada de ángeles, y alguien pregunta:

–¿Y está quien es?

–Esta es una de las grandes... En la tierra era una mujer sin importancia, una perfecta desconocida.

Pero toda persona que veía era un hijo o una hija para ella.

Los detalles nos hacen grande
Pues todo el mundo al tratarnos tiene que llevarse algo: una sonrisa, un detalle de cariño o de servicio.

Esto es lo que hemos visto hacer a los santos.

Nuestra renuncia personal no es una renuncia estoica bautizada, es un amor de padre que encuentra su felicidad en dar, porque ahí está la felicidad.

 Jesús con la Cruz a cuestas
Volvamos al Señor, que va a ser cargado con su cruz.

Nos cuenta Caterina Emmerich que los soldados lo llevaron al medio de una plaza, donde unos esclavos echaron la cruz a sus pies.

Jesús se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de  gracias por la redención del género humano.

Y tuvo que cargar con mucha esfuerzo con esta carga tan pesada sobre su hombro derecho.

Y entonces comenzó la marcha triunfal del Rey de los reyes, tan vergonzosa sobre la tierra y tan gloriosa en el cielo.

Jesús, bajo su peso, recordaba a Isaac, llevando a la montaña la leña para su sacrificio.

Venía nuestro Señor con los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo el peso de la cruz, temblando. Debilitado por la pérdida de la sangre y devorado por la fiebre y la sed.

Con la mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho. Y su mano izquierda, muy cansada, hacía esfuerzos para levantarse el largo vestido, con que tropezaban sus pies heridos.

Cuatro soldados llevaban cordeles atados a la cintura de Jesús. Dos de delante le tiraban, y dos que seguían le empujaban. Y de esa manera  el Señor no podía asegurar su paso.

A su rededor no había más que risas y crueldad. Dice el salmo: me acorrala una jauría de perros salvajes (21).

Como el peor de los esclavos
El profeta Isaías describe como iba a ser tratado el Mesías: sería un esclavo, un siervo, llevado a una muerte muy cruel (cfr. Is 50,4-7).

Cuando un animal es conducido al lugar donde lo van a degollar, de alguna manera se da cuenta, lo sabe, y se resiste todo lo que puede. 

Pero Jesús –que fue como un cordero llevado al matadero– no se resistió en absoluto, y sabia que lo iban a torturar hasta dejarle prácticamente sin sangre.

El Señor va hacia la muerte rodeado de gritos en su contra. Como un animal acorralado, en medio de ladridos, y sin escapatoria.

San Pablo nos habla de la humillación de Jesús, que siendo Dios fue despojado de toda dignidad, para acabar clavado en un madero (cf. Fl 2,6-11).
               
La humillación de Dios
Pero su boca rezaba y sus ojos perdonaban. Detrás de Jesús iban los dos ladrones, llevados también por cuerdas.

La calle por donde pasaba Jesús era muy estrecha y muy sucia; tuvo mucho que sufrir.

Lo injuriaba desde las ventanas, y gente baja le tiraban lodo, y hasta los niños traían piedras para echarlas delante de los pies del Salvador.

Pero la madre estaba allí
Sigue contando Caterina Emmerich, con imaginación de película, lo siguiente. Leo:

La Madre de Jesús no pudo resistir al deseo de ver a su Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde Jesús debía pasar.

Se fueron a un palacio, cuya puerta daba a la calle Juan obtuvo de un criado el permiso. La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos llenos de lágrimas y cubierta con una capa.

Se oía ya el ruido que se acercaba, el sonido de la trompeta, y la voz del pregonero, publicando la sentencia en las esquinas.
Un criado abrió la puerta, el ruido era cada vez más fuerte. María oró, y dijo a Juan: -«¿Debo ver este espectáculo? ¿Debo huir? ¿Podré yo soportarlo?».

Al fin salieron a la puerta. María se paró, y miró. La escolta estaba a ochenta pasos; no había gente delante, sino por los lados y atrás.

En ese momento los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron con aire insolente, y la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó:

"¿Quién es esa mujer que se lamenta?"; y otro respondió: "Es la Madre del Galileo".

Esos miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa madre, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los presentó a la Virgen en tono de burla.

María miró a Jesús y se agarró a la puerta para no caerse. Los fariseos pasaron a caballo. Después el niño que llevaba la inscripción, y detrás Jesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la cruz.

Lanzó sobre su Madre una mirada de compasión, y habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus manos.

María, en medio de la violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos; no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se abrazó a Él.

Yo oí estas palabras: "¡Hijo mío!" – "¡Madre mía!". Pero no sé si realmente fueron pronunciadas, o sólo en el pensamiento.

Hubo un momento de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar a María. Los alguaciles la injuriaban.

Uno de ellos le dijo: "Mujer, ¿qué vienes a hacer aquí? Si lo hubieras educado mejor, no estaría en nuestras manos".

Algunos soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres la condujeron atrás a la misma puerta, donde la vi caer sobre sus rodillas.

La Magdalena y Juan
El dolor había puesto a Magdalena como fuera de sí.

Su arrepentimiento y su gratitud no tenían límites, y cuando quería elevar hacia Él su amor, veía a Jesús maltratado, conducido a la muerte, a causa de las culpas, que el Señor había tomado como si fueran suyas.

Entonces sus pecados le penetraban de horror, su alma se le partía, y todos esos sentimientos se expresaban en su conducta, en sus palabras y en sus movimientos.

Juan amaba y sufría. Conducía por la primera vez a la Madre de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla. Donde nosotros debemos seguir a María.


13. LA CORONA

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Un purgatorio en vida
El pecado es desobediencia y orgullo. Y el pecado causó un daño tremendo, y había que repararlo.

No había otra opción que desandar lo andado. Había que hacer algo. Lo tendría que hacer el hombre, sino en esta vida, en la otra.

Y Dios se  hizo hombre para cargar con la culpa: para humillarse en nuestro lugar.

Tanto nos ama Dios que admitió el canje de su Hijo Único para que se humillase al máximo.

El rey Davíd había profetizado los sufrimientos que padecería otro Rey. Y es que la pasión del Señor no fue ningún accidente.

El Señor sufrió porque quiso. En el doble sentido que tiene este verbo en español: de querer y de amar.

El Señor sufrió libremente, podría haberlo haber evitado. Y sufrió porque nos amó hasta el extremo.

La corona de espinas
La coronación de espinas se hizo en el patio del cuerpo de guardia.

Jesús, rodeado de una cohorte, mil soldados romanos, que con sus risotadas y burlas excitaban a los verdugos, como los aplausos del público excitan a los cómicos.

En medio del patio pusieron un banquillo muy bajo.

Arrastraron al Señor a este asiento, y le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza.

Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para adentro.

Habiéndosela atado, le pusieron una caña en la mano; todo esto lo hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey.

Le quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta fuerza en la corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre.

Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole:

«¡Salve, Rey de los judíos!»
 El Salvador sufría una sed horrible, su sangre, que corría de su cabeza, refrescaba su boca ardiente y entreabierta. Este era su alivio.

Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio, como si contemplaran un espectáculo de circo.

Pero el payaso era el mismo Dios. Y sin embargo parecía un hombre, ensangrentado y machado.

¡Ecce Homo!
¡He aquí al hombre!  El hombre de todos los tiempos, que ha sido maltratado. Y Jesús con su humillación iba a reparar todas esas humillaciones, que han recibido los hombres.

Jesús, cubierto con la capa roja, la corona de espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en las manos atadas, fue conducido al palacio de Pilatos.

Cuando llegó delante del gobernador no pudo menos que sentir horror y compasión, mientras el pueblo y los sacerdotes le insultaban y le hacían burla.

Jesús subió los escalones. Tocaron la trompeta para anunciar que el gobernador quería hablar.

Pilatos se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a todos los que estaban allí, y les dijo:

–«Os lo presento otra vez para que sepáis que no hallo en Él ningún crimen».

Jesús fue conducido cerca de Pilatos, así que todo el pueblo podía verlo bien, porque estaban en un lugar elevado.

Era un espectáculo lastimoso. La aparición del Hijo de Dios ensangrentado.

Con la corona de espinas, bajando sus ojos sobre el pueblo.

Y  mientras Pilato, señalándole, gritaba a los judíos:

«¡Ecce Homo!».

Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de furia, gritaban:

–«¡Que muera! ¡Que sea crucificado!».

–«¿No basta ya?», dijo Pilato. «Ha sido tratado de manera que no le quedará gana de ser Rey».

Pero gritaron cada vez más: «¡Que muera! ¡Que sea crucificado!».

Pilatos mandó tocar la trompeta, y dijo: «Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues no hallo en Él ningún crimen».

Algunos de los sacerdotes gritaron: «¡Tenemos una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo de Dios!».

Hijo de Dios
Estas palabras, se ha llamado Hijo de Dios, despertaron los temores supersticiosos de Pilatos; hizo conducir a Jesús aparte, y le preguntó de dónde era.

Jesús no respondió, y Pilatos le dijo: «¿No me respondes? ¿No sabes que puedo crucificarte o ponerte en libertad?».

Y Jesús respondió: «No tendrías tú ese poder sobre mí, si no lo hubieses recibido de arriba; por eso el que me ha entregado en tus manos ha cometido un gran pecado".

Pilatos, en medio de su incertidumbre, quiso obtener del Salvador una respuesta que lo sacara de este estado: volvió al Pretorio, y  estuvo a solas con Él.

«¿Será posible que sea un Dios? se decía a sí mismo, mirando a Jesús ensangrentado y desfigurado.

Después le pidió que le dijera si era Dios, si era el Rey prometido a los judíos.

Jesús le habló con gravedad. Y Pilato, medio atemorizado y medio irritado de las palabras de Jesús, volvió al balcón, y dijo otra vez que quería liberarlo.

Entonces gritaron: «¡Si lo liberas, no eres amigo del César!».

Por todas partes se oía gritar: «¡Que sea crucificado!»

Pilato vio que sus esfuerzos eran inútiles
El tumulto, los gritos, y la agitación era tan grande que podía temerse una insurrección.

Pilato mandó que le trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos, y  el Gobernador gritó:

«Yo soy inocente de la sangre de este Justo; vosotros responderéis por ella».

Entonces se levantó un grito unánime de todo el pueblo, que se componía de gentes de toda la Palestina: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!».

Jesús condenado a muerte
Cuando los judíos pronunciaron la maldición sobre ellos y sobre sus hijos.

Y desearon que la sangre redentora de Jesús, que pide misericordia para nosotros, pidiera venganza contra ellos,

entonces  Pilato mandó traer sus vestidos de ceremonia.

Y rodeado de soldados, precedido de oficiales del tribunal y llevando delante un hombre que tocaba la trompeta.

Así fue desde su palacio hasta la plaza, donde había un sitio elevado para pronunciar los juicios.

Este tribunal se llamaba Gabbata: era una elevación redonda, donde se subía por escalones.

Los dos ladrones también fueron conducidos al tribunal, y el Salvador, con su capa roja y su corona de espinas, fue colocado en medio de ellos.

 Cuando Pilatos se sentó, dijo a los judíos: «Ved aquí a vuestro Rey!».

Y ellos respondieron: «¡Crucificadlo!».

–«¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?», volvió a decir Pilatos.

«¡No tenemos más Rey que César!» gritaron los príncipes de los sacerdotes.

Pilatos no dijo nada más, y comenzó a pronunciar el juicio.

La sentencia
Los príncipes de los sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos ladrones, ya anteriormente condenados.

Porque querían hacer una afrenta más a Jesús, asociándolo en su suplicio a dos malhechores de la última clase.

Pilatos comenzó con un largo preámbulo, en el que daba los títulos más elevados al emperador Tiberio.

Después expuso la acusación intentada contra Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían condenado a muerte, por haber agitado la paz pública y violado su ley, haciéndose llamar Hijo de dios y Rey de los judíos, habiendo el pueblo pedido su muerte por voz unánime.

Una sentencia conforme a la justicia
El miserable añadió que encontraba esa sentencia conforme a la justicia, él, que no había cesado de proclamar la inocencia de Jesús, y al acabar dijo:

«Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los judíos, a ser crucificado»; y mandó traer la cruz.

Los dos ladrones estaban a derecha y a izquierda de Jesús: tenían las manos atadas y una cadena al cuello.

Uno de los dos, muy grosero, se unió a los alguaciles para maldecir e insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros con cariño, y ofrecía sus tormentos por la salvación de ellos.

Los alguaciles juntaban los instrumentos del suplicio, y lo preparaban todo para esta terrible y dolorosa marcha.

Anás y Caifás que habían acabado sus discusiones con Pilatos. Llevaban la copia de la sentencia, y se dirigían con precipitación al templo temiendo llegar tarde.

Nuestra sentencia
A todo hombre le llegará la sentencia por los hechos de su vida. Todo será juzgado según justicia. Y llegará la sentencia.

Hay personas que se plantean que para qué está el Purgatorio.

Y olvidan que muchas veces han condenado a muerte a la Verdad, y más tarde se han arrepentido con sus obras.

Otros, en esta vida, se arrepienten solo de palabra.

Y la misericordia de Dios no quiere condenar a los que tanto ama, si existe alguna posibilidad de que quieran cambiar.
Si queda un resquicio Jesús los absolverá con tal de que sea posible su rectificación total en la otra vida. Y para eso está el Purgatorio.

lunes, 29 de enero de 2018

11. EL HUERTO





























El nuevo Adán
En el jardín del Edén, un hombre quiso ser como Dios, pero sin contar con Dios. Adán no quiso hablar con su Padre de esas tentaciones que tenía, sino con una serpiente. En otro jardín, en el huerto de los Olivos, otro Hombre, en nuevo Adán, sintió la humillación.

Dios Hijo que se humilla, y con eso pisa la cabeza de la serpiente antigua porque confiaba en su Padre. Es que el nuevo Adán que tenía que arreglar con su obediencia lo que estropeó el otro.

Jesús lucha por hacer la voluntad de Dios, sudó sangre. Ser santo siempre ha costado mucho trabajo.

El Señor nos deja mirar en su alma humana. Su oración le ayuda a soportar la pasión. Estuvo tres horas en orando para identificarse con lo que Dios Padre le pedía.

Los Apóstoles, que se durmieron en lugar de rezar, no fueron capaces de adaptarse alquerer de Dios. Como no rezaban no estuvieron a la altura de las circunstancias. Porque en la oración es donde Dios nos une a Él, a su voluntad.

Oración
Si no, se hace oración es imposible hacer lo que Dios nos pide. Si Adán hubiera consultado con su Padre, le hubiera dado luz, fuerza. Pero conversó con el enemigo, con la bicha.

Por el pecado, nuestra voluntad nos arrastra a otro sitio. Por eso hay que rezar: «hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo».

O tenemos conversación con Dios o la tenemos con el enemigo, que nos tienta desde fuera. Hacer la oración, como Jesús en el huerto, para que podamos hacer la voluntad de nuestro Padre Dios.

No es verdad que Dios abandone a las personas, como muchos se creen. Jesús hace la oración de un  hombre que pide ayuda al verse acorralado por sus enemigos (cf. Mt 26,14-27,66). Y Dios Padre parece que no le escucha...

Pero la pasión no es la última palabra
A veces nosotros podemos tener la misma sensación de abandono cuando pedimos en la oración, y da la impresión que Dios no oye. Y por eso decimos: –No me hace caso.

También en nuestra vida habrá sufrimiento. Pero al final –si sabemos confiar en Dios nuestro Padre, como Jesús– los látigos se convertirán en ramos de triunfo.

El Señor de un veneno hace una medicina. Lo malo se lo transforma en bueno. El veneno del sufrimiento, de la muerte, solo perjudicó a quien lo utilizó, al diablo.

Ahora ya sabemos el porqué de las palmas que aclaman a Jesús como Rey. El Señor triunfaría convirtiendo el mal en bien. Los ramos eran señales que anticipaban su triunfo. Pero no sólo profetizaban el triunfo de Jesús, también el nuestro. Si sabemos sufrir con el Señor también resucitaremos con Él.

Cuanto más sufrimiento ahora más gozo después. Todos los santos vienen a decir lo mismo. Cuando hacemos cosas que nos cuestan por dar gusto al Señor, al principio el alma siente el rechazo.

Jesús era también hombre pasible como nosotros, y rogó para verse libre de su pasión, y tuvo que sufrirla. «Padre: si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Los torrentes de emoción que se vuelcan sobre su naturaleza humana no pueden ahogar su resolución por hacer la voluntad de su Padre.

Todas las emociones que se agolpan en su alma son como las tremendas olas  de un mar embravecido, que golpea una roca en la superficie de la playa. Y los sudores de su agonía son como las salpicaduras de esos embates del sentimiento.

Porque el objetivo del ascetismo cristiano no es privarnos de nuestros sentimientos, de nuestras preferencias ni de nuestros deseos.

Porque el fin de nuestra lucha de cristianos es someter nuestros sentimientos a la voluntad de Dios, a través de una continua y serena aspiración a Él, a la que llamamos oración.

La oración perfecta es la que pide que se haga la voluntad altísima, santísima y adorabilísima de Dios en nosotros y en todo. Debemos pedir que se haga la  voluntad de Dios en lo que amamos, en los que nos ofenden y en los que nosotros hemos ofendido.

En los que están encomendados a nuestro cuidado y en los que nos han pedido que roguemos por ellos… Y en todos los diferentes acontecimientos que perturban nuestra vida y los de la historia humana…

En definitiva la oración perfecta es que pide que la voluntad de Dios se haga en todo. Porque la voluntad humana de Jesús no se hizo en todo. Ahí está la historia de Judas para testificarlo.

Judas
El Señor lo llamó personalmente, vivió tres años con él, era de sus íntimos, y sin embargo le hizo traición. Lo entregó por el precio que se pagaba por un esclavo. Por unas cuantas monedas, unas 30. Otros son capaces de ofender a Dios por menos. ¿Qué le sucedió a Judas?

Un privilegiado
Fue elegido personalmente por Jesús: tenía vocación de apóstol. El Señor le quería como solo Dios sabe hacerlo. El único que nos conoce a la perfección, mejor que nosotros mismos, mejor que nuestra madre es el Señor, y por eso es el único que puede querernos de verdad.

Y nos quiere, a pesar de conocer nuestros defectos y todos nuestros pecados. Así quería a Judas, unos de los hombres más privilegiados de la historia.

¿Qué le sucedió?
Al principio ¿quería al Señor? ¡Pues claro que le quería!, como los otros once. Tendría defectos como el resto de los apóstoles. Eso no es de extrañar.

Pero el amor que tenía a Jesús no fue creciendo. El amor a nuestro Señor tiene que ir aumentando poco a poco. Judas se fue acostumbrando a tratar a Jesús.

El Señor cada vez le iba resultando más antipático, más distante. Fue perdiendo poco a poco la sintonía con él. Sus sermones le parecerían un rollo, incluso exagerados.

Con el paso del tiempo pensaría que el Señor era un idealista, y él quería estar con los pies en la tierra, había que pensar en el futuro. Veía como los demás, incluso las autoridades, hablaban mal de él, y algunos de sus discípulos le habían abandonado.

Lo peor no fue que su amor fuese a menos, que se hubiera acostumbrado a Jesús, que le resultase incómodo lo que decía. Lo peor fue que se fue callando, que no dijese nada, que no hablara personalmente con el Señor.
Sin duda el problema de Judas también fue de sinceridad. Todos los Apóstoles eran tremendamente sencillos, transparentes, por eso perseveraron.

Escondía la miseria
Al principio él no era así. Pero, al no querer entregarse, tuvo que ocultar donde tenía su corazón, porque su corazón estaba centrado en las cosas de la tierra. Por eso llegó a pensar que, sin dinero, no podía hacer cumplir sus sueños. Toda su vida estaba centrada en él mismo. Se hizo un egoísta.

Sabemos que a veces, decía las cosas con segunda intención para justificarse, para ocultar sus verdaderos intereses.

Pero Jesús no se desanimó
A nosotros Judas nos cae mal, pero a Jesús no, y le estuvo dando oportunidades hasta el último momento. El Evangelio nos relata todos los detalles que tuvo el Señor para ver si se arrepentía. Pero no podía obligarle porque le había regalado la libertad. El Señor ante nuestra libertad se detiene

Pero hubo otro Apóstol
 Es justo hablar de otro apóstol que fue fiel hasta la muerte. Juan era un pescador. Si hubiera seguido en el oficio hubiera montado una cooperativa en Betsaida. Se habría casado igual que Pedro y habría tenido varios hijos. Pero el Señor le llamó en plena juventud.

En su corazón solo había un Amor de mujer, era la Virgen. Su corazón se mantuvo también siempre fiel a Jesús.

Se consideraba el enchufado. Cuando tenía noventa años escribió que era el discípulo amado. No porque Jesús le hubiera llamado así, sino porque era lo que pensaba. Todo el mundo que se encuentra con Jesús se considera privilegiado.

Cuando era tan mayor hablaba del Amor como si fuera un adolescente. En el fondo era muy parecido, salvando las distancias, a la Virgen. Ella nunca envejece, ni siquiera en la eternidad. Es la Mujer nueva.

Eva
Y después de que Dios es humillado por nuestro amor, vendrá lo que nadie esperaba: la Resurrección. Sin embargo la Virgen se fió siempre de Dios. La primera Eva ante un árbol desconfió de Dios. María ante el madero de la cruz, aceptó ser humillada.
                     
El primer pecado fue iniciado por el orgullo y la desobediencia de una mujer. La salvación nos vino también por la humildad y la aceptación de una Mujer: por su hágase.

viernes, 26 de enero de 2018

12. EL GUSANO


Los santos lloraban
Los santos lloraban meditando la Pasión del Señor. ¡Qué cosa más curiosa! Y casi con toda certeza no era fruto del sentimentalismo.

¿Qué es lo que les pasaba? ¿Por qué estallaban en lágrimas?

Ellos no solo lo pensaban, como si aquello le sucedió a un personaje histórico.

Es que  querían mucho a Jesús.

No es lo mismo que se muera la madre de una amigo a que se te muera tu madre.

Y no es lo mismo que muera sufriendo una barbaridad a que tenga una muerte dulce.

Está claro que los santos querían mucho al Señor. Y, cuando uno ve el sufrimiento de los demás hace que te impacte más todavía: «ojos que no ven corazón que no sienten».

–¿Porqué sufrió el Señor tanto?

–Sufrió tanto por un solo pecado mortal.

Por un solo pecado mortal
 –Y ¿por qué la gente que comete pecados mortales, le da como igual?

Es duro, pero hay personas que conviven habitualmente con pecados mortales. Parece que les da igual. Incluso compaginan el pecado mortal con una cierta vida cristiana.

Hay personas que ven una película de la Pasión y se enternecen. Pero eso es un sentimiento pasajero, que no deja nada, que según viene se va.

Lo hacen compatible con faltar un domingo a Misa porque no tenían ganas.

–¿Qué sucede? ¿Por qué nos pasa eso? ¿por qué no lloramos como lloraron los santos?

Porque no estamos allí, en el Calvario.

Vamos a pedirle al Señor la gracia de estar, allí durante esta meditación.

Vamos a pedirle también que le abandonemos –como los Apóstoles– cuando el Señor más los necesita.

Sabemos que después de haber pasado Jesús la noche sin dormir, lo presentaron a Pilatos, y éste lo mandó azotar. Aquello fue tremendo.

La columna y los verdugos
Había una columna destinada a que los condenados sufriesen esta pena. Los verdugos pusieron sus instrumentos, látigos, varas y cuerdas, al pie de la columna.

Esos hombres habían azotado hasta la muerte a otros condenados, «parecían salvajes y estaban medio borrachos», nos cuenta  Ana Caterina Emmerich.

Dieron puñetazos al Señor cuando llegó, y le arrastraron, a pesar de que él se dejaba llevar sin ninguna resistencia.

Entonces, le ataron brutalmente.

Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún edificio.

No era muy elevada. Un hombre alto, extendiendo los brazos hubiera podido alcanzar la parte superior.

Jesús temblaba y se estremecía al ver lo que se le venía encima.

Se quitó él mismo sus vestidos con las manos hinchadas y ensangrentadas de los malos tratos de la noche anterior.

Los verdugos le ataron las manos, levantadas en alto, a un anillo de hierro que estaba en la parte superior de la columna.

Y estiraron tanto sus brazos que, sus pies, atados fuertemente a la parte baja de la columna, tan sólo tocaban un poco el suelo.

Y empezaron a golpear, no solo por la espalda como se ve en la película The Passion, sino por todo el cuerpo, también por las piernas y la cabeza:

Arrancándole la piel a cada golpe.

No sé si has visto un flagelo romano. Sesenta de esos golpes eran suficientes para matar a un hombre.

Tres cuartos de hora
El Santo de los santos fue extendido sobre la columna de los malhechores y empezaron a golpearle.

Aquello duraría unos 45 minutos. Los látigos estaban teñidos de rojo. Y como sabemos el rojo, en aquella época, era el símbolo de la realeza. Así iban vestidos los reyes.

Jesús era Rey. Su cuerpo se vestiría del rojo de la sangre. Él que era el Hijo de Dios temblaba y ser retorcía como un gusano.

Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración en medio de los latigazos, de los gritos de los verdugos y de los insultos de la gente.

De cuando en cuando había algún silencio, como el que ahora hacemos nosotros...

Y, a lo lejos, se escuchaba el balido de los corderos pascuales que iban a ser sacrificados en el templo.

Porque Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo.

El Señor solloza y gime de puro dolor. Él es el verdadero Cordero de Dios.

Cada golpe es tremendo. La crueldad y el ruido de los azotes, hace que el público haga gestos de dolor cada vez que le pegan un latigazo.

Otros verdugos van preparando varas de espino para pegarle.

Cuando la primera pareja de soldados ya están agotados y sudados por el esfuerzo, viene la segunda pareja de verdugos, que llegan con ganas de ser más crueles que los anteriores.

Estaban medio borrachos, como dice Caterina Ememrich y no saben lo que hacían…

Como una persona que no va a misa los domingos porque tiene sueño después de la movida.

También había varas con puntas de hierros. Las cogieron y se lanzaron como si fueran perros rabiosos.

Como tú y como yo cuando nos da un ataque de ira, y no nos damos cuenta que al que estamos pegando es al Señor.

Por todo el cuerpo
Los golpes rasgaron todo su Cuerpo. Los flagelos romanos eran látigos que tenían en los extremos garfios de hierro que arrancaban la carne a cada golpe.

Y por eso saltaban a lo lejos como tiras de carne, del cuerpo del Señor.

El cuerpo de Jesús se cubrió de manchas de distintas tonalidades: azules, rojas, y otras casi negras...

La sangre saltaba lejos y los verdugos tenían los brazos llenos de sangre como los carniceros.

–¿Porqué tanto dolor?

–Así nos damos cuenta de lo que supone un pecado mortal, que es matar a Jesús.

Y también nos damos cuenta de lo que es un pecado venial, porque le arrancamos al Señor la piel a latigazos.

–¿Quién puede tener la desfachatez de llamar a una mentira con el título de «piadosa», cuando causan esta carnicería?

Nos daremos cuenta de esto en el purgatorio. Ojalá no vayamos.

El Señor reza, llora y gime
La segunda pareja de soldados ya cansada da paso a otros dos verdugos.

Al no tener sitio donde golpear, dan la vuelta a Jesús. Lo desatan de la argolla, y le ponen  su espalda pegada a la colunma.

Ahora está de cara a los verdugos. Jesús los mira con los ojos llenos de sangre, como pidiendo misericordia.

Entonces cayeron sobre él.

Al ver zonas blancas, sin golpear, se ensañan.

En poco tiempo lo convirtieron todo en color rojo, azul o negro.

¿Qué podemos hacer nosotros sabiendo esto?

Pedirle perdón al Señor por las veces que le hemos flagelado, y nosotros sin saberlo. ¡Pero ahora lo sabemos!

El gusano
Jesús se estremecía, oraba y gemía cada vez con menos fuerza.

Tiene su Cuerpo en carne viva. Está tan destrozado que la imagen bíblica que más lo define es la del «gusano».

Lo desatan de la columna y cae en el charco de su propia sangre, sin conocimiento.

Durante las tres sesiones hay ángeles llorando en torno a Jesús. Sus lágrimas llevan al Padre sus gemidos.

El Rey está  «estrenando un vestido nuevo», un nuevo manto púrpura natural.

Y la Reina sufría junto a su hijo
María acompañaba a Jesús. Sentía cada uno de esos golpes como si se lo pegaran a Ella. Estaba pálida como un cadáver.

Y a nosotros ¿nos afecta esto tanto como a la Virgen?

María no había tenido ningún pecado. No había sido la causante de estos dolores, y sin embargo «sufría porque amaba».

No se trata de que echemos una lágrima sentimental, sino que, con la fe, nos arrepintamos.   


El primer pecado fue iniciado por el orgullo y la desobediencia de una mujer. La salvación nos vino también por la humildad y la aceptación de una Mujer: por su hágase. 

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías