jueves, 17 de octubre de 2019

EL GRAN PODER


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El Gran Poder

Su Gran Poder, su omnipotencia, lo demuestra Jesús al humillarse de esa forma. En el Madero es donde se puede ver de verdad que Dios es amor (1 Jn 4, 8).

Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía.

Su Gran Poder, su omnipotencia, lo demuestra Jesús al humillarse de esa forma. En el Madero es donde se puede ver de verdad Dios es amor (1 Jn 4, 8).

Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía.

Esto es la Misa: el amor de Dios que llega extremo de aniquilarse por nosotros: la kénosis que llaman los teólogos.

Qué importante es la Misa para nuestra vida corriente. Es el momento más importante de nuestro día. Lo sabemos por experiencia: cuando una persona asiste un día y otro día, un mes y después otro mes, se da el cambio.

De forma silenciosa el Señor va transformando el alma de las personas que se le acercan tan de cerca.

Eso es lo que nos ocurrió a muchos de nosotros. Cuando pasaron los meses y miramos para atrás nos dimos cuenta del cambio tan grande.

Los sacerdotes hemos visto conversiones en gente que ha empezado a asistir regularmente. Se da el cambiazo, por eso es el momento más importante de la formación.

Eucaristía y Amor

Solo a partir de la Eucaristía se entiende el mandamiento que Jesús hace de que nos amemos. Precisamente al instituir ese Sacramento formula su mandato.

El Señor nos manda que amemos, y esto parece una cosa extraña: ¿se puede mandar eso?

Benedicto XVI aclara que Dios puede mandarnos que nos queramos porque antes nos ha dado ese Amor. 

Por eso, en la Última Cena, en el momento en el que Jesús anticipa su entrega, es también cuando se nos manda el amor.

Y luego envía a sus discípulos a que vayan y den fruto de Amor de Dios y al próximo.

Precisamente se llama Santa Misa dice el Catecismo "porque la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana" (n.1332).

Los Santos —por ejemplo Teresa de Calcuta— han adquirido su capacidad de amar al prójimo gracias a su encuentro con el Señor en la Eucaristía.

Como contrasta todo esto con la imagen que dan –no los santos– sino algunos buenos cristianos:

La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto (Camino, n. 529).

La Misa, como todas las cosas en la que participamos los hombres, podemos convertirla en una rutina: puede formar parte de nuestra rutina diaria.

Y aunque haya rutinas buenas, también es verdad que no es sólo una cosa que hacemos nosotros.

Así como para una persona joven la Misa es una fuente de conversión rápida, para la gente mayor existe un problema: somos humanos y el ser humano se acostumbra a todo.

El ser humano se acostumbra a vivir con poquísima comida en un campo de concentración. Y se acostumbra no sólo a lo malo. También a lo bueno: puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo.

Uno puede vivir cerca de una estación o cerca de un aeropuerto, y se acostumbra, y no impedirle dormir el ruido que hacen los trenes o los aviones. Porque el ser humano tiene esa capacidad acomodaticia.

Por eso podemos acostumbrarnos a lo más importante de nuestra vida y de nuestro día.

Podíamos hablar de cosas maravillosas sobre la Santa Misa… Porque en verdad la Santa Misa es lo más grande que nosotros podemos hacer en este vida.

Tiene más valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. Quizá hemos asistido hoy a este prodigio y sin embargo, aquí estamos.

El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse a todo. Hacer costumbre: eso es una cosa positiva si se trata de construir hábitos buenos.

Pero también la costumbre puede quitarle importancia a las cosas, simplemente porque las repetimos. La costumbre nos acostumbra.

Le decimos ahora al Señor: –Que no me acostumbre jamás a tratarte

La Misa es un rito, pero es mucho más. El Papa nos habla de la “mística” de la Eucaristía: la base de este sacramento es el abajarse de Dios hacia nosotros.

Es lo que nos convierte en el mismo Cristo, lo que nos hace ser uno, por la común-unión.

La gran Obra de Dios

Como decía el Sto. Cura de Ars: "todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios"

 (cfr. Bernat Nodet, El cura de Ars, Pensamientos, Bilbao: Ed. Desclée de Brouwer, 2000, p.107).

Si en nuestra vida queremos luchar contra las tentaciones hemos de contar con este medio que Dios nos ha dado. Nuestra batalla sin la Eucaristía está condenada al fracaso.

Por el contrario el "príncipe de este mundo" que odia la santidad, nos tienta mediante la riqueza, el poder y el orgullo.

Y lo hace para convencernos de que confiemos en nuestros propios medios, y no en los de Dios.

(cfr IVEREIGH, Austen. El gran reformador, Barcelona: Ediciones B, 2015).

Precisamente la santa Misa es obra de Dios, así lo entendió San Josemaría, que celebrar la Misa era un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.

San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios.

Ahora le decimos una oración que se aconsejaba que los sacerdotes, para que la hiciesen antes de la Misa, como preparación. Y el motivo es evidente, como se verá al final. Dice más o menos así, me he permitido traducirla a mi manera:


–¡Qué hombre tan afortunado!
Porque tuviste la suerte de ver y escuchar a Dios en tu misma casa.  

Aquel a quien gente importante ha querido ver pero no ha podido; ni tampoco han conocido su timbre de voz.

Y Tú, José, también lo has llevado en brazos, le has dado infinidad de besos. Le enseñaste a trabajar. Incluso le has oido muchísimas veces llamarte papá.

Y terminamos diciéndole: José, ayúdanos para que también nosotros tratemos con mucho cariño a Jesús.

Hay gente que piensa en la Comunión como si fuese un premio que se da a los buenos. Y por eso si ven que uno comulga y tiene debilidades se extrañan.

Pero la Comunión no es un premio sino una ayuda de Dios. Por eso si nos portamos mal tenemos que ir a que el Señor nos cambie.

Sabemos que con pecados mortales no debemos recibir al Señor, porque sería una barbaridad

Pero  con faltas y pecados veniales sí podemos recibir la Comunión, porque el Señor se ha quedado para ayudarnos.

La Virgen se daba cuenta perfectamente de lo que era la Eucaristía: que Jesús se había quedado. Por eso cada vez que comulgase estaría coloradita, guapísima.

Radiante, como si el Sol se le hubiera metido dentro.

Pincha aquí para oírla en audio

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