lunes, 29 de enero de 2018

11. EL HUERTO





























El nuevo Adán
En el jardín del Edén, un hombre quiso ser como Dios, pero sin contar con Dios. Adán no quiso hablar con su Padre de esas tentaciones que tenía, sino con una serpiente. En otro jardín, en el huerto de los Olivos, otro Hombre, en nuevo Adán, sintió la humillación.

Dios Hijo que se humilla, y con eso pisa la cabeza de la serpiente antigua porque confiaba en su Padre. Es que el nuevo Adán que tenía que arreglar con su obediencia lo que estropeó el otro.

Jesús lucha por hacer la voluntad de Dios, sudó sangre. Ser santo siempre ha costado mucho trabajo.

El Señor nos deja mirar en su alma humana. Su oración le ayuda a soportar la pasión. Estuvo tres horas en orando para identificarse con lo que Dios Padre le pedía.

Los Apóstoles, que se durmieron en lugar de rezar, no fueron capaces de adaptarse alquerer de Dios. Como no rezaban no estuvieron a la altura de las circunstancias. Porque en la oración es donde Dios nos une a Él, a su voluntad.

Oración
Si no, se hace oración es imposible hacer lo que Dios nos pide. Si Adán hubiera consultado con su Padre, le hubiera dado luz, fuerza. Pero conversó con el enemigo, con la bicha.

Por el pecado, nuestra voluntad nos arrastra a otro sitio. Por eso hay que rezar: «hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo».

O tenemos conversación con Dios o la tenemos con el enemigo, que nos tienta desde fuera. Hacer la oración, como Jesús en el huerto, para que podamos hacer la voluntad de nuestro Padre Dios.

No es verdad que Dios abandone a las personas, como muchos se creen. Jesús hace la oración de un  hombre que pide ayuda al verse acorralado por sus enemigos (cf. Mt 26,14-27,66). Y Dios Padre parece que no le escucha...

Pero la pasión no es la última palabra
A veces nosotros podemos tener la misma sensación de abandono cuando pedimos en la oración, y da la impresión que Dios no oye. Y por eso decimos: –No me hace caso.

También en nuestra vida habrá sufrimiento. Pero al final –si sabemos confiar en Dios nuestro Padre, como Jesús– los látigos se convertirán en ramos de triunfo.

El Señor de un veneno hace una medicina. Lo malo se lo transforma en bueno. El veneno del sufrimiento, de la muerte, solo perjudicó a quien lo utilizó, al diablo.

Ahora ya sabemos el porqué de las palmas que aclaman a Jesús como Rey. El Señor triunfaría convirtiendo el mal en bien. Los ramos eran señales que anticipaban su triunfo. Pero no sólo profetizaban el triunfo de Jesús, también el nuestro. Si sabemos sufrir con el Señor también resucitaremos con Él.

Cuanto más sufrimiento ahora más gozo después. Todos los santos vienen a decir lo mismo. Cuando hacemos cosas que nos cuestan por dar gusto al Señor, al principio el alma siente el rechazo.

Jesús era también hombre pasible como nosotros, y rogó para verse libre de su pasión, y tuvo que sufrirla. «Padre: si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Los torrentes de emoción que se vuelcan sobre su naturaleza humana no pueden ahogar su resolución por hacer la voluntad de su Padre.

Todas las emociones que se agolpan en su alma son como las tremendas olas  de un mar embravecido, que golpea una roca en la superficie de la playa. Y los sudores de su agonía son como las salpicaduras de esos embates del sentimiento.

Porque el objetivo del ascetismo cristiano no es privarnos de nuestros sentimientos, de nuestras preferencias ni de nuestros deseos.

Porque el fin de nuestra lucha de cristianos es someter nuestros sentimientos a la voluntad de Dios, a través de una continua y serena aspiración a Él, a la que llamamos oración.

La oración perfecta es la que pide que se haga la voluntad altísima, santísima y adorabilísima de Dios en nosotros y en todo. Debemos pedir que se haga la  voluntad de Dios en lo que amamos, en los que nos ofenden y en los que nosotros hemos ofendido.

En los que están encomendados a nuestro cuidado y en los que nos han pedido que roguemos por ellos… Y en todos los diferentes acontecimientos que perturban nuestra vida y los de la historia humana…

En definitiva la oración perfecta es que pide que la voluntad de Dios se haga en todo. Porque la voluntad humana de Jesús no se hizo en todo. Ahí está la historia de Judas para testificarlo.

Judas
El Señor lo llamó personalmente, vivió tres años con él, era de sus íntimos, y sin embargo le hizo traición. Lo entregó por el precio que se pagaba por un esclavo. Por unas cuantas monedas, unas 30. Otros son capaces de ofender a Dios por menos. ¿Qué le sucedió a Judas?

Un privilegiado
Fue elegido personalmente por Jesús: tenía vocación de apóstol. El Señor le quería como solo Dios sabe hacerlo. El único que nos conoce a la perfección, mejor que nosotros mismos, mejor que nuestra madre es el Señor, y por eso es el único que puede querernos de verdad.

Y nos quiere, a pesar de conocer nuestros defectos y todos nuestros pecados. Así quería a Judas, unos de los hombres más privilegiados de la historia.

¿Qué le sucedió?
Al principio ¿quería al Señor? ¡Pues claro que le quería!, como los otros once. Tendría defectos como el resto de los apóstoles. Eso no es de extrañar.

Pero el amor que tenía a Jesús no fue creciendo. El amor a nuestro Señor tiene que ir aumentando poco a poco. Judas se fue acostumbrando a tratar a Jesús.

El Señor cada vez le iba resultando más antipático, más distante. Fue perdiendo poco a poco la sintonía con él. Sus sermones le parecerían un rollo, incluso exagerados.

Con el paso del tiempo pensaría que el Señor era un idealista, y él quería estar con los pies en la tierra, había que pensar en el futuro. Veía como los demás, incluso las autoridades, hablaban mal de él, y algunos de sus discípulos le habían abandonado.

Lo peor no fue que su amor fuese a menos, que se hubiera acostumbrado a Jesús, que le resultase incómodo lo que decía. Lo peor fue que se fue callando, que no dijese nada, que no hablara personalmente con el Señor.
Sin duda el problema de Judas también fue de sinceridad. Todos los Apóstoles eran tremendamente sencillos, transparentes, por eso perseveraron.

Escondía la miseria
Al principio él no era así. Pero, al no querer entregarse, tuvo que ocultar donde tenía su corazón, porque su corazón estaba centrado en las cosas de la tierra. Por eso llegó a pensar que, sin dinero, no podía hacer cumplir sus sueños. Toda su vida estaba centrada en él mismo. Se hizo un egoísta.

Sabemos que a veces, decía las cosas con segunda intención para justificarse, para ocultar sus verdaderos intereses.

Pero Jesús no se desanimó
A nosotros Judas nos cae mal, pero a Jesús no, y le estuvo dando oportunidades hasta el último momento. El Evangelio nos relata todos los detalles que tuvo el Señor para ver si se arrepentía. Pero no podía obligarle porque le había regalado la libertad. El Señor ante nuestra libertad se detiene

Pero hubo otro Apóstol
 Es justo hablar de otro apóstol que fue fiel hasta la muerte. Juan era un pescador. Si hubiera seguido en el oficio hubiera montado una cooperativa en Betsaida. Se habría casado igual que Pedro y habría tenido varios hijos. Pero el Señor le llamó en plena juventud.

En su corazón solo había un Amor de mujer, era la Virgen. Su corazón se mantuvo también siempre fiel a Jesús.

Se consideraba el enchufado. Cuando tenía noventa años escribió que era el discípulo amado. No porque Jesús le hubiera llamado así, sino porque era lo que pensaba. Todo el mundo que se encuentra con Jesús se considera privilegiado.

Cuando era tan mayor hablaba del Amor como si fuera un adolescente. En el fondo era muy parecido, salvando las distancias, a la Virgen. Ella nunca envejece, ni siquiera en la eternidad. Es la Mujer nueva.

Eva
Y después de que Dios es humillado por nuestro amor, vendrá lo que nadie esperaba: la Resurrección. Sin embargo la Virgen se fió siempre de Dios. La primera Eva ante un árbol desconfió de Dios. María ante el madero de la cruz, aceptó ser humillada.
                     
El primer pecado fue iniciado por el orgullo y la desobediencia de una mujer. La salvación nos vino también por la humildad y la aceptación de una Mujer: por su hágase.

viernes, 26 de enero de 2018

12. EL GUSANO


Los santos lloraban
Los santos lloraban meditando la Pasión del Señor. ¡Qué cosa más curiosa! Y casi con toda certeza no era fruto del sentimentalismo.

¿Qué es lo que les pasaba? ¿Por qué estallaban en lágrimas?

Ellos no solo lo pensaban, como si aquello le sucedió a un personaje histórico.

Es que  querían mucho a Jesús.

No es lo mismo que se muera la madre de una amigo a que se te muera tu madre.

Y no es lo mismo que muera sufriendo una barbaridad a que tenga una muerte dulce.

Está claro que los santos querían mucho al Señor. Y, cuando uno ve el sufrimiento de los demás hace que te impacte más todavía: «ojos que no ven corazón que no sienten».

–¿Porqué sufrió el Señor tanto?

–Sufrió tanto por un solo pecado mortal.

Por un solo pecado mortal
 –Y ¿por qué la gente que comete pecados mortales, le da como igual?

Es duro, pero hay personas que conviven habitualmente con pecados mortales. Parece que les da igual. Incluso compaginan el pecado mortal con una cierta vida cristiana.

Hay personas que ven una película de la Pasión y se enternecen. Pero eso es un sentimiento pasajero, que no deja nada, que según viene se va.

Lo hacen compatible con faltar un domingo a Misa porque no tenían ganas.

–¿Qué sucede? ¿Por qué nos pasa eso? ¿por qué no lloramos como lloraron los santos?

Porque no estamos allí, en el Calvario.

Vamos a pedirle al Señor la gracia de estar, allí durante esta meditación.

Vamos a pedirle también que le abandonemos –como los Apóstoles– cuando el Señor más los necesita.

Sabemos que después de haber pasado Jesús la noche sin dormir, lo presentaron a Pilatos, y éste lo mandó azotar. Aquello fue tremendo.

La columna y los verdugos
Había una columna destinada a que los condenados sufriesen esta pena. Los verdugos pusieron sus instrumentos, látigos, varas y cuerdas, al pie de la columna.

Esos hombres habían azotado hasta la muerte a otros condenados, «parecían salvajes y estaban medio borrachos», nos cuenta  Ana Caterina Emmerich.

Dieron puñetazos al Señor cuando llegó, y le arrastraron, a pesar de que él se dejaba llevar sin ninguna resistencia.

Entonces, le ataron brutalmente.

Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún edificio.

No era muy elevada. Un hombre alto, extendiendo los brazos hubiera podido alcanzar la parte superior.

Jesús temblaba y se estremecía al ver lo que se le venía encima.

Se quitó él mismo sus vestidos con las manos hinchadas y ensangrentadas de los malos tratos de la noche anterior.

Los verdugos le ataron las manos, levantadas en alto, a un anillo de hierro que estaba en la parte superior de la columna.

Y estiraron tanto sus brazos que, sus pies, atados fuertemente a la parte baja de la columna, tan sólo tocaban un poco el suelo.

Y empezaron a golpear, no solo por la espalda como se ve en la película The Passion, sino por todo el cuerpo, también por las piernas y la cabeza:

Arrancándole la piel a cada golpe.

No sé si has visto un flagelo romano. Sesenta de esos golpes eran suficientes para matar a un hombre.

Tres cuartos de hora
El Santo de los santos fue extendido sobre la columna de los malhechores y empezaron a golpearle.

Aquello duraría unos 45 minutos. Los látigos estaban teñidos de rojo. Y como sabemos el rojo, en aquella época, era el símbolo de la realeza. Así iban vestidos los reyes.

Jesús era Rey. Su cuerpo se vestiría del rojo de la sangre. Él que era el Hijo de Dios temblaba y ser retorcía como un gusano.

Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración en medio de los latigazos, de los gritos de los verdugos y de los insultos de la gente.

De cuando en cuando había algún silencio, como el que ahora hacemos nosotros...

Y, a lo lejos, se escuchaba el balido de los corderos pascuales que iban a ser sacrificados en el templo.

Porque Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo.

El Señor solloza y gime de puro dolor. Él es el verdadero Cordero de Dios.

Cada golpe es tremendo. La crueldad y el ruido de los azotes, hace que el público haga gestos de dolor cada vez que le pegan un latigazo.

Otros verdugos van preparando varas de espino para pegarle.

Cuando la primera pareja de soldados ya están agotados y sudados por el esfuerzo, viene la segunda pareja de verdugos, que llegan con ganas de ser más crueles que los anteriores.

Estaban medio borrachos, como dice Caterina Ememrich y no saben lo que hacían…

Como una persona que no va a misa los domingos porque tiene sueño después de la movida.

También había varas con puntas de hierros. Las cogieron y se lanzaron como si fueran perros rabiosos.

Como tú y como yo cuando nos da un ataque de ira, y no nos damos cuenta que al que estamos pegando es al Señor.

Por todo el cuerpo
Los golpes rasgaron todo su Cuerpo. Los flagelos romanos eran látigos que tenían en los extremos garfios de hierro que arrancaban la carne a cada golpe.

Y por eso saltaban a lo lejos como tiras de carne, del cuerpo del Señor.

El cuerpo de Jesús se cubrió de manchas de distintas tonalidades: azules, rojas, y otras casi negras...

La sangre saltaba lejos y los verdugos tenían los brazos llenos de sangre como los carniceros.

–¿Porqué tanto dolor?

–Así nos damos cuenta de lo que supone un pecado mortal, que es matar a Jesús.

Y también nos damos cuenta de lo que es un pecado venial, porque le arrancamos al Señor la piel a latigazos.

–¿Quién puede tener la desfachatez de llamar a una mentira con el título de «piadosa», cuando causan esta carnicería?

Nos daremos cuenta de esto en el purgatorio. Ojalá no vayamos.

El Señor reza, llora y gime
La segunda pareja de soldados ya cansada da paso a otros dos verdugos.

Al no tener sitio donde golpear, dan la vuelta a Jesús. Lo desatan de la argolla, y le ponen  su espalda pegada a la colunma.

Ahora está de cara a los verdugos. Jesús los mira con los ojos llenos de sangre, como pidiendo misericordia.

Entonces cayeron sobre él.

Al ver zonas blancas, sin golpear, se ensañan.

En poco tiempo lo convirtieron todo en color rojo, azul o negro.

¿Qué podemos hacer nosotros sabiendo esto?

Pedirle perdón al Señor por las veces que le hemos flagelado, y nosotros sin saberlo. ¡Pero ahora lo sabemos!

El gusano
Jesús se estremecía, oraba y gemía cada vez con menos fuerza.

Tiene su Cuerpo en carne viva. Está tan destrozado que la imagen bíblica que más lo define es la del «gusano».

Lo desatan de la columna y cae en el charco de su propia sangre, sin conocimiento.

Durante las tres sesiones hay ángeles llorando en torno a Jesús. Sus lágrimas llevan al Padre sus gemidos.

El Rey está  «estrenando un vestido nuevo», un nuevo manto púrpura natural.

Y la Reina sufría junto a su hijo
María acompañaba a Jesús. Sentía cada uno de esos golpes como si se lo pegaran a Ella. Estaba pálida como un cadáver.

Y a nosotros ¿nos afecta esto tanto como a la Virgen?

María no había tenido ningún pecado. No había sido la causante de estos dolores, y sin embargo «sufría porque amaba».

No se trata de que echemos una lágrima sentimental, sino que, con la fe, nos arrepintamos.   


El primer pecado fue iniciado por el orgullo y la desobediencia de una mujer. La salvación nos vino también por la humildad y la aceptación de una Mujer: por su hágase. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

10.EL PAN


El grano de trigo
«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto»  (Jn 12, 24). Con estas palabras el Señor interpreta su vida en la tierra, como el grano de trigo, que solamente mediante la muerte llega a producir fruto. Jesús  explica su vida terrena, su muerte y resurrección, en la perspectiva de la Eucaristía, así sintetiza todo su misterio.

Y María junto al Pan
María puede guiarnos hasta este Pan del cielo. En el relato de la institución de la Eucaristía, la tarde del Jueves Santo no se menciona a la Virgen. Pero sin duda estaría, pues acompañaba a los Apóstoles en oración, como se dice en otros momentos (cf. Hch 1, 14). María ayudó a traer al mundo al Señor: el Cuerpo y la Sangre de Jesús se formó en Ella.

Sin duda  colaboraría en la Última cena, como lo hacían otras mujeres. Desde la cocina, pasando oculta, serviría los alimentos que iban a transformarse en Dios.

Jesús es Pan
Jesús es pan al hacerse Hombre, es pan al morir por nosotros y  sobre todo es pan en la Eucaristía. Por eso la Iglesia vive de la Eucaristía. El Señor en la Eucaristía es el motor del mundo: es como esas centrales nucleares que tienen un potencial de energía enorme. Y a veces, si hay un escape, pueden organizar lluvias radioactivas, y contaminar, produciendo enfermedades, que se notan a la vuelta de los años.

El Señor en la Eucaristía es así, pero al revés: en vez de daños produce bienes, en vez de contaminar, purifica el ambiente con esa lluvia radioactiva de la gracia.
Cuando nosotros tocamos al Señor, algo se nos pega. Aunque sea por poco tiempo.
Y en vez de alteraciones en el organismo se producen, sí, alteraciones, pero para mejor.

–¡Qué bueno eres, Señor! Que te has rebajado tanto por nuestro amor: más no te puedes entregar: te das a Ti mismo.

El abajamiento de Dios
Jesús que es tres veces pan, se abaja cada vez más. Es el Pan que ha bajado del cielo, porque al hacerse hombre es la Palabra  de Dios que se hace carne (cf. Jn 6, 33). Y así es Dios que desciende «hacia nosotros»

Pero da un paso más, Dios se abaja  «por nosotros» en la cruz. En la entrega que hace Jesús de sí mismo en el calvario su carne se hace alimento «para» el mundo (cf. Jn 6, 51) porque da la vida por nosotros.

Y otro descenso más se da en la Eucaristía, hasta hacerse «verdadero» pan. Por eso la Misa es el centro de la vida cristiana, porque allí comemos «verdaderamente» a Dios que se  encarnó y ha dado su vida por nosotros.

Misterio de Fe y de Amor
Una persona que, ante la Eucaristía no reaccione con hechos, es que espiritualmente está muy baja: habría que medirle la radioactividad. Y observaríamos que tiene pocas partículas de fe en su organismo. O puede pasar que no tenga amor: que su amor esté en los mínimos. El termómetro es la asistencia a Misa.

–Señor, Tú no quieres coaccionar de ninguna forma. Tampoco nosotros. Tan sólo queremos que te prefieran a ti antes que a sus cosas. Si Te quisieran, irían...

Tenemos experiencia
Todos tenemos experiencia de cómo la gente cambia radicalmente, se convierte, cuando empieza a asistir a Misa todos los días.

Un amigo nació en un pueblo precioso del norte de África (Nador). Cuando él vivía en ese lugar era territorio español. Me contaba que allí convivían chicos cristianos y musulmanes: tenían la misma nacionalidad,  la misma lengua y aficiones parecidas. Todos disfrutaban entonces con los éxitos de Real Madrid.

Estudiaban en la misma aula, y sólo se dividían para las clases de religión. Pero los chicos musulmanes y católicos no hablaban de ese tema, parecía que la religión era un tema tabú, que no era tocado por ellos. Por eso la extrañeza de mi amigo fue mayúscula cuando un adolescente musulmán de su misma clase empezó una conversación sobre el cristianismo.

El chico se llamaba Aberkade. Le dijo: –Nosotros también creemos en Jesucristo. Para nosotros es un profeta.

Entonces Luis, que así se llama mi amigo se vio en la obligación de responderle:
–... Es mucho más  que un profeta: es Dios que se ha hecho hombre.
–¿Como puede ser hombre? Le respondió Aberkade. Dios es Dios.
–Es que se ha hecho hombre para salvarnos, le dijo Luis, y nos ha enseñado.
–Y vosotros ¿cómo dais culto a Dios? Preguntó el chico musulmán.
–El acto más importante es la Misa.
–Explícame, dijo Aberkade.
–Es que es algo muy misterioso, le dijo el chico cristiano.
–No importa, algo entenderé.
Entonces Luis empezó la explicación:
–El sacerdote toma un pan... (me contaba que prescindió del vino para simplificar)... El sacerdote toma un pan; dice unas palabras... y en el pan se pone Jesucristo.
El chico musulmán no entendía mucho:
–¿Qué está Jesucristo? ¿El pan es realmente Jesucristo?
–No, le respondió Luís, se pone en el pan. Está dentro.
 La verdad es que no eran unas explicaciones muy teológicas.
–¿Y esto cada cuanto ocurre? ¿Cada cincuenta años?

–Todos los días.
– ¿Cómo eso puede  ocurrir todos los días? ¿Nada más irán las personas muy santas?
–No, dijo Luis, puede asistir el que quiera.
– ¿Cómo puede asistir todo el mundo?
–Pues así es nuestra fe.
–¿Tú crees eso? Le dijo el chico musulmán.
–Sí, claro.
–Entonces tú debes ser el hombre más feliz del mundo... ¿tú vas todos los días?
–No, sólo es obligatorio los domingos.
–Tú no eres suficientemente bueno, no vas todos los días.
–Pero no te estoy diciendo que sólo es obligatorio los domingos.
Y entonces con aire de desprecio Aberkade le dijo al chico católico:
–¡Vete mentiroso!... O eso no es verdad, o tú no crees nada...
Y continuó diciendo Aberkade:
–Si eso fuera cierto, yo estaría todo los días desde las cinco de la mañana, esperando, para ver a Dios con mis ojos.
Mi amigo Luis de allí se fue muy nervioso, casi llorando... y empezó a ir a recibir al Señor casi todos los días. Y hoy es sacerdote.

Y es que aunque en el Pan eucarístico esté el mismo Dios con toda su majestad se ha quedado para que le comamos.

Se ha quedado para nosotros
¡Jesús se ha quedado aquí en el sagrario! para aumentar nuestro amor. Jesús se ha quedado en la Eucaristía para darnos la fuerza necesaria. Porque la Eucaristía es el  Sacramento de la Común unión, de la Comunión. La Eucaristía realiza la unión con Dios y también entre nosotros.

Esta es la experiencia de los santos. Contaba la Madre Teresa de Calcuta que cuando en su congregación decidieron tener adoración al Santísimo todos los días. En agosto de 1985 hubo en Nairobi el Congreso Eucarístico internacional, y allí estaba la Madre Teresa de Calcuta, que intervino en una de las reuniones. Contó la siguiente anécdota:

«hasta el año 1973 teníamos Adoración al Santísimo después del retiro, una vez a la semana. Ese año hubo una petición unánime de las monjas: ¡queremos tener adoración todos los días!
Yo hice el papel del diablo y les dije: ¿cómo vamos a tener Adoración diaria con tanto trabajo como tenemos?
Pero insistieron, y a mí me agradó mucho que lo hicieran. Así fue como comenzamos a tener adoración diaria, y os puedo asegurar con sinceridad que desde entonces he comprobado cómo en nuestra comunidad hay un amor más íntimo hacia Jesús, más comprensión entre todas, un amor con más compasión hacia los pobres....y hemos duplicado el número de vocaciones».

Esta es la realidad: tendremos más vocaciones cuando estemos más pegados a Jesús en la Eucaristía.

–«El que está unido a mí, ése dará mucho fruto».
–Señor, nosotros, no es por el fruto, es que te queremos, y buscamos estar junto a ti,

Después de la Comunión
Siempre se le pueden pedir cosas al Señor pero especialmente cuando estamos junto a Él en la Eucaristía. El Señor, cuando comulgamos y le pedimos cosas, nos las concede: esos diez minutos, decía Teresa de Jesús, son tiempos para negociar, hacer negocios con el Señor. Esto es la Comunión.

Ahora le decimos a la Virgen: –Madre de Dios y Madre nuestra: agranda mi corazón.
Porque yo no sólo veo a Dios, lo llevo en mi interior como Tú.

María al hacer su Primera Comunión estaba, como una niña, colorada por la emoción. Más guapa que nunca. La Virgen Cuando recibía la Eucaristía era como si el Sol se le hubiera metido dentro.


martes, 5 de diciembre de 2017

8. LA PALABRA


Agnósticos
Con frecuencia nos encontramos a gente, que se declaran «agnósticos». No son ateos, ese término es demasiado fuerte. Piensan que «quizá» Dios exista pero que es difícil saberlo, porque dicen que Él no da señales de vida.

–¿Cómo sé yo que Dios existe? Además si existe ¿por qué no se comunica con nosotros?

Quizá esas personas querrían no solo que Dios se comunicase, sino que lo hiciese de la forma que ellos quieren. Es cómo decir que a mí me gustaría entender chino pero sin estudiarlo, sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Desde ese punto vista la ignorancia  suele ser bastante cómoda, y la pereza tiene algo de agnóstica.

Podíamos decir que no hay peor ciego que al que no le interesa oír. Pero es que, además, Dios habla claro, habla en cristiano no en mandarín.

Oír la voz de Dios no es difícil ni complicado, la única condición que se requiere es tener buena disposición. Dios habla de la forma que nosotros podemos entender, «materializando» su Voz, «encarnándose». Pero la encarnación no ocurrió una vez en la historia de la humanidad, sino que la «encarnación» permanece.

Dios continúa siendo hombre, y sigue interviniendo en la pequeña historia de cada uno de nosotros.

Dios nos habla
Ahora mismo nos habla en nuestro interior, y aunque no oigamos su voz humana, en otro momento nos enviará alguna señal. Si buscamos su presencia durante el día diremos como San Juan: «¡Es el Señor!». Por eso la persona que quiere oír la Voz de Dios, no tiene que hacer cosas complicadas, sino mirar a Jesucristo.

María miraba mucho a Jesús, lo «contemplaba». Y la mirada de una madre, siempre acierta, es certera. La Virgen se daba cuenta que a través de Jesús Dios nos enviaba un mensaje de salvación. «Salvación» era la palabra exacta. Jesús es el «Salvador».

También los cristianos estamos en esta tierra para realizar esa misión: «salvar almas». Y la realicemos a través de nuestra palabra. Por eso el verdadero cristiano no puede dejar de hablar de Dios, lo mismo que el sol no pude dejar de iluminar.

Tiene mucha importancia lo que decimos con las palabras, y también lo que hacemos. Porque a veces nuestra palabra se encarna en hechos y entonces es tremendamente eficaz. «La palabra mueve pero el ejemplo arrastra».

Palabras y hechos
No solo hay palabras en la vida de los futbolistas, también hay goles. Se cuenta Wesley Sneijder, el futbolista holandés que fue el autor del gol que eliminó a Brasil del Mundial de Sudáfrica 2010, que se convirtió al catolicismo y recibió el Bautismo. En una nota de prensa titulada «Gol espiritual» se dice que, Influyó en esa decisión su novia, Yolanthe. También lo motivó su amistad con Javier Zanetti, compañero en el Inter.

Sneijder
 ha declarado que fue «a Misa una vez junto a mis compañeros y sentí una fuerza y una confianza que me turbaron» por lo que siguió las clases de catecismo para adultos con el capellán del Inter. Ya en Sudáfrica, explicó que reza todos los días y los domingos va a Misa y comulga con Yolanthe, quien le regaló un rosario que él siempre lleva en su cuello.

«Todos los días recito el Padrenuestro con ella. Busco siempre, antes de comenzar los partidos, una esquina para rezar». Y termina el comentarista deportivo diciendo: «Dios siembra su semilla en todos los campos, incluidos en los de césped»

Y decimos nosotros: cuando la semilla cae en tierra buena da fruto. Porque la Palabra de Dios siempre es eficaz.
Cuentan que hace unos años un rabino anciano le dio un consejo sorprendente un chico joven. Le dijo el rabino: —Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos. Efectivamente el Jesús de los cristianos es Dios que se ha hecho hombre.

Jesús es la Palabra que procede de Dios
Tenemos la suerte de que la Palabra divina, Jesús, ha venido a la tierra para anunciar «el Evangelio de Dios». El término «evangelio» viene de las «mensajes»  de los emperadores. Esas proclamas se llamaban así, «evangelios». No eran solamente anuncios, sino que se pensaba que al proceder del emperador eran mensajes de «salvación».

Evangelio de Dios
Los emperadores se consideraban dioses. Trataban a todo el mundo con altanería. Creían que lo que ellos proclamaban, sus «evangelios», tenían la suficiente autoridad como para ser considerados no solo como palabras sino como «hechos». Porque lo que mandaba el emperador «tenía que llevarse a la práctica». Había como un cierto aire de superioridad en lo que ellos hacían y mandaban.

En aquella época el orgullo caía bien, y la virtud de la humildad era desconocida. Los emperadores romanos pensaban que era dioses. Y es ridículo creer que un hombrecillo altanero vaya a salvar al mundo con sus palabras.

Sin embargo San Marcos dice que lo que Jesús predicaba era el «Evangelio de Dios», porque Él puede salvarnos a cada uno de nosotros (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, p.74ss).

Jesús es Dios que salva
Por lo visto hace años, un profesor de la universidad pidió voluntarios para hacer trabajos sobre diversos temas. Y como era un anticristiano combativo cuando enunció el título de «la Moral Católica»,  se produjo en la clase un silencio que se cortaba.   Pero un chico se levantó y dio su nombre para hacerlo. Y el día señalado para la exposición oral del trabajo, había cierta expectación, y todo el mundo esperaba que criticase a la Iglesia para congraciarse al profesor. 

La sorpresa fue grandísima cuando este chico hizo una exposición muy clara del catolicismo, sin que faltasen las respuestas a las críticas que el profesor había ido haciendo durante el curso. Y al terminar este alumno dijo:—No he hecho nada más que documentarme, porque yo personalmente, soy judío.

La clase terminó allí sin más comentarios. Pero por lo visto este profesor se permitía, de vez en cuando, ridiculizar, como de pasada, algunos puntos del cristianismo.

Y en una de esas ocasiones, este chico —que era uno de sus mejores alumnos— le interrumpió: —Oiga, yo vengo aquí para aprender historia, no para sufrir su falta de respeto a las creencias de algunos.

Según contaba, sus inquietudes espirituales  fueron en aumento. Casi todas sus preguntas tenían el mismo objeto: la divinidad del Señor. Por lo visto, aunque sus padres eran judíos no practicantes él, cuando tenía catorce años, había sentido un gran deseo de buscar a Dios. Y empezó a practicar el judaísmo. Entonces recibió clases de un rabino, ya anciano, que le tenía mucho cariño. Pero este chico buscaba más, y no encontraba respuesta. Se preguntaba: ¿y las promesas de Dios a Israel? ¿Y el Mesías?

Aquel rabino anciano le dio entonces un consejo sorprendente, que  no se le olvidaría. Le dijo el rabino: —Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos.

Y pasado algún tiempo, un buen día fue a ver al sacerdote católico que él conocía, y después de esa conversación le dijo a uno de sus amigos cristianos: —He decidido bautizarme: tengo la fe, creo que Jesús es Dios.

Lo que le sucedió a este chico también nos sucede a todos, pues la Palabra de Dios se ha hecho hombre y quiere una respuesta de nuestra parte. 
                       
El Reino de Dios está cerca
Jesús viene a decirnos que  Dios  se manifiesta «ahora» en la historia humana como el verdadero Señor. Por eso la traducción correcta en vez de «Reino de Dios» podría ser «reinado de Dios». Jesús habla de una cosa que ya sucede, porque Dios  en la actualidad domina todo: es el Señor de la historia humana (Ibidem).

Y la soberanía de Dios en la historia «actual» de los hombres no es nada «vistosa». En «este momento» se parece a un pequeñísimo grano de mostaza. Es como la levadura que hace fermentar la masa, una parte pequeña pero «determinante para el resultado final».

El gobierno de Dios en este mundo es también como la semilla que se echa en un campo, que «tiene distinta suerte» dependiendo de donde caiga.

Cizaña junto a la semilla
Dios siembra con su poder, y la semilla es recibida dependiendo de la tierra dónde va a parar. Las malas disposiciones del que recibe el mensaje del Evangelio hace que la «soberanía de Dios» no arraigue en el alma de esa persona. Hoy en día es difícil que la Palabra de Dios de fruto porque hay muchos obstáculos exteriores. El enemigo no quiere que se hable de Dios, y además pretende que los cristianos caigan antipáticos, sean mal vistos.

Esto siempre ha ocurrido porque el enemigo es viejo y el hombre en cada época siempre se ha considerado moderno. La actitud del enemigo y del hombre siempre han sido muy parecidas. Por eso decía el Señor que en la «actualidad» el Reino de Dios «sufre violencia» (Mt 11, 12). Sucedió  en la vida de Jesús: la Palabra de Dios, que iluminaba al mundo, fue crucificada. Tuvo que morir, como la semilla, para dar fruto. Y sigue sucediendo en la vida de los santos.

El Reino de Dios sigue padeciendo violencia, porque mientras que la semilla crece entre los hombres, el enemigo siembra «cizaña» en medio de ella. Y hasta el final de los tiempos convivirán la semilla de Dios y la cizaña del enemigo (cfr. Mt 13, 23-30). Lo bueno y lo malo está unido en el alma de cada uno. Somos pecadores. Muchas veces infieles a nuestros amigos. Nos portamos mal con Dios pero Él es paciente, porque nos ve débiles.

Cuentan de un ejecutivo destinado temporalmente a Paris,  que recibió una carta de su novia que vivía en Chile.


La carta decía lo siguiente: Querido Alejandro: Ya no puedo continuar con esta relación. La distancia que nos separa es demasiado grande. Tengo que admitir que te he sido infiel algunas veces desde que te fuiste y creo que ni tú ni yo nos merecemos esto, lo siento. Por favor devuélveme la foto que te envié. Con cariño: Marta

El hombre, muy herido, le pidió a todos sus compañeros de trabajo que le regalaran fotos de sus novias, hermanas, amigas, tías, primas, etc. Junto con la foto de Marta, incluyó todas esas otras fotos que había recolectado de sus amigos. Había 57 fotos en el sobre y una nota que decía: Marta, perdóname, pero no puedo recordar quién eres. Por favor, busca tu foto en el paquete y devuélveme el resto.

Ya se ve, que ante el mal, también a nosotros nos gustaría hacer lo mismo: tratar mal a los que se portan mal. La tentación es arrancar la cizaña por la fuerza. Y además hacerla con despecho. Pero aunque parece que esto es lo natural, sin embargo no es cristiano.
El reinado de Dios no intenta ofender a nadie, sino ahogar el mal en abundancia de bien. Jesús es un Rey que avasalla con su cariño.

Pero es Rey
El Reinado de Dios, el Evangelio, son el mismo Jesús. Dios actúa, reina, en la historia humana, a través del Hijo. Pero su reinado es especial. No es Jesús como un rey de este mundo. La salvación de este Rey, Cristo, se proclamó en las lenguas más importantes y difundidas de su tiempo. En griego, latín y hebreo aparecía que Jesús es Rey.

En lo alto de una cruz apareció el letrero con esa señal «publicitaria»: Jesús es Rey. Pero no reina, no salva, como los monarcas de este mundo. Él gobierna «convirtiendo» la maldad humana. Él nos enseña desde la cruz a «reciclar» el mal del mundo. Nosotros podemos «cambiar» el mal en bien. Jesús no solo lo dice sino que lo realiza muriendo.

La Palabra de Dios está crucificada por Amor. Esta es la fuerza que transformará el mundo, que lo salvará. Y nos pide que nosotros también colaboremos en la extensión de su reinado. Que no importa sufrir si es por Amor: así convertiremos el mal en bien.
Es bueno que pensemos que la Palabra de Dios tiene que acampar en cada uno de nosotros, lo mismo que se encarnó en la Virgen. Dile al Señor: –Hágase realidad Tu Reino en mí, gobierna mi vida, yo te dejo.

La Palabra de Dios vale más que infinitas imágenes, pero siempre habrá agnósticos que sean ciegos, nuestra misión es ayudarles.


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