miércoles, 14 de noviembre de 2007

La Presentación de la Virgen

«Bienaventurada eres Virgen María que llevaste al Hijo del eterno Padre». Esto es lo que vamos a repetir en el salmo responsorial de la Misa de la fiesta de hoy, la Presentación de la Virgen. Celebramos su completa dedicación a Dios desde que era una niña.

El Señor tuvo que elegir muy bien a la que iba a llevar al Hijo del eterno Padre. La eligió antes de que el mundo comenzara; lo hizo antes de crear nada.

María sabía que desde siempre pertenecía a Dios en cuerpo y alma, y era consciente de que el Señor la quería especialmente.

Nuestro Señor quiere a todos: a la Magdalena, a San Pablo, a San Agustín… Dios ve al santo en el pecador y quiere a sus criaturas por lo que son, y por lo que pueden llegar a ser con la ayuda de su gracia.


Con la Virgen es distinto, desde que era pequeña Dios vio el resultado de su gracia, estaba llena desde que fue concebida. En Ella, el Señor vio siempre algo maravilloso. Algo que empezó bien y acabó mejor.

A la vez, la Virgen se sentía atraída por Dios con la fuerza con que atrae un imán. Quiere al Señor con todo su corazón, no hay que convencerla de que le ame.

A nosotros, en cambio, Dios nos ha tenido que decir de manera imperativa que le queramos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón
[1].

Madre enséñanos a querer con todo el corazón.


-Cuando todavía eras una niña, al llegar al uso de razón, en cuanto pudiste decidir, tu corazón se abrió totalmente al Amor infinito. Por eso te decimos que eres la llena de gracia, y así te saludó el Arcángel: «¡Ave María, gratia plena!…» la llena de amor de Dios.

–Madre nuestra ayúdanos a llenarnos de gracia.

Desde joven la Virgen dejó que Dios se metiera del todo en su alma. Se cumplieron en Ella las palabras del profeta Zacarías: «Alégrate hija de Sión porque llegaré y habitaré en medio de ti»
[3].

Dios inspira, autoriza y pide nuestro amor. María se lo dio desde jovencita. A nosotros nos pide lo mismo. Y… ¿qué tipo de amor pide Dios? Pide un amor que no tiene nada que ver con el sentimentalismo. Pide un amor que no se mide por la intensidad de lo que sentimos por el Señor. Pide que nos identifiquemos con su Voluntad.

Eso fue lo que hizo la Virgen desde niña. Eso mismo hizo Jesús. Ese es el amor del Hijo por el Padre, el amor de la Esposa, de la Hija y de la Madre de Dios.

Jesús nos lo dijo cuando le avisaron que su madre y sus hermanos le estaban esperándole:…todo el que cumple la voluntad de mi Padre ese es mi hermano, mi hermana y mi madre
[4].

Los que no hacen esa voluntad no le quieren. Al Señor esto le entristece, por eso se echó a llorar contemplando la Ciudad Santa mientras decía: Jerusalén, Jerusalén si en este día hubieras conocido tú también la visita de la paz
[5].

Muchos de sus compatriotas no vieron los signos mesiánicos que estaban ocurriendo, no le reconocieron y no le hicieron caso. No veían el amor que Dios tiene por los hombres.

–Señor, que no endurezcamos nuestro corazón.

La Virgen lo vio desde siempre. Toda su vida estuvo dedicada única y exclusivamente a agradar a Dios. Ella si le hizo caso en todo.

Me vienen a la cabeza lo que decía Don Álvaro sobre San Josemaría cuando manifestaba que nunca había dicho que no a sabiendas a Dios. Todos los santos han querido hacer la voluntad de Dios, y para eso le pedían ayuda.


San Josemaría repetía muchas veces: –Señor dame el amor con el que quieres que te ame. Que es lo mismo que decir: que haga siempre tu voluntad, que no me deje llevar por los desánimos, por los fracasos, por el cansancio, que te quiera aunque no te sienta…

En las circunstancias difíciles, Dios también nos da el amor con el que quiere que le amemos. Por eso le queremos cuando rezamos el rosario costándonos mucho y cada Avemaría es como arrastrar un tronco cuesta arriba. Le queremos cuando hacemos lo que tenemos que hacer en los días en los que todo sale mal. Cuando tenemos el cuerpo roto y el ánimo por el suelo.

Esto es amar a Dios, este es el amor que Dios nos tiene. Así estaba Jesús en la Cruz, clavado como un asesino, humillado, lleno de dolores, con fiebre, muerto de sed, con un fuerte sufrimiento psíquico… Este es el amor que Dios nos tiene.


Este es el amor que puso en el corazón de María.

Ella le quiso en medio de las incomodidades y malos olores de un establo; en el Templo cuando Simeón le dijo que iba a sufrir mucho. Le quiso mientras buscada a Jesús angustiada junto con José; también, y sobre todo, en el Calvario. Allí estaba de pie, con una espada que le traspasaba el alma. Allí estaba, sin decir nada, amando con obras como siempre había hecho, desde que era una niña.

–Madre nuestra, que nos dejemos llenar de Dios, de su amor. Que le queramos, queriendo hacer su voluntad.


Ignacio Fornés


[1] Deuteronomio 6, 5.
[2] 1 Jn 4, 10
[3] Za 2, 14.
[4] Mt 12, 50
[5] Lc 19, 41.

sábado, 10 de noviembre de 2007

PLAN DE VIDA: NORMAS Y COSTUMBRES

Nadie que quiera conseguir el éxito en una empresa actúa a lo loco.

También nosotros que no somos unos inconscientes tenemos que seguir un plan para alcanzar las santidad. Pero no es un plan teórico, sino un «plan de vida».

Tenemos los medios para ser santos. «Para llegar al cielo se necesita una poca de gracia y otra cosita».

La gracia nos viene del Señor: poco a poco nos la envía, la que vamos necesitando, porque Él no quiere que tengamos despensa.

Y a veces la gracia nos llega en el último momento: no hay que inquietarse, pues no tenemos gracia de Dios para el día 8, sino para ahora mismo...

«Para llegar al cielo se necesita una poca de gracia y otra cosita».

«La cosita», que es «una escalera larga»: con un peldaño y otro peldaño.

Estos peldaños son las normas de piedad. Llegamos a Dios a través de ellas: son el «conducto».

En las batallas decían los generales experimentados del siglo XIX, que no hay que dar muchas ordenes. Hay que dar una orden..., e irla repitiendo con distintos tonos.

Nosotros tenemos una batalla, o una guerra interior que ganar, y San Josemaría nos sigue dando una «orden»: «Las normas son lo primero».

Esta «orden» se puede expresar de distintas formas: primero Dios, el remedio de los remedios es la piedad, si no somos contemplativos no perseveraremos...


Pero en definitiva el amor de Dios depende de estas normas. Aunque también nuestro cariño al Señor se puede expresar también mediante la unidad de vida en otros aspectos.

La batalla de la santidad la ganaremos hoy a la hora de acostarnos, si rezamos bien las tres avemarías. O a la hora del Ángelus. No digamos ya a la hora de la santa Misa.

–Señor, ilumina mi entendimiento para que me de cuenta, de la importancia de la norma que estoy realizando en este momento, que es la «oración mental».

Aunque te duermas, y quizá la hagas sin ganas, es lo mismo «procura» hacerla lo mejor posible, y lo más importante es «querer agradar al Señor».

Hemos hablado de la vida de fe, necesaria para que el Señor haga maravillas: ¿dónde la vamos a conseguir, dónde se vende eso, sino es cuando leemos el Evangelio...? Si ganamos esa batalla el Señor nos impulsará a otra batalla, y después a otra...

Así la fe va creciendo, y el amor va madurando, aunque a veces sea menos sentimental:


«Padre, no sé qué pasa, me encuentro cansado y frio; mi piedad, antes tan segura y llana, me parece una comedia»

Eso es lo que le dijeron en una ocasión a San Josemaría. Y a los que atravesaban esta situación de aridez los animaba.

Esta situación es una buena cosa cara a Dios: porque no podemos buscarnos a nosotros mismos. Vamos sólo a agradar a Dios.

No vamos a la oración porque nos divierta, ni hacemos la lectura por interés cultural. Lo hacemos por amor, y en este caso un amor desinteresado, que no busca nada a cambio, un amor limpio que no quiere hacer trapicheos con de Dios.

Pero eso hay que demostrarlo, y lo demostramos «cuando parece que el Señor no da nada a cambio» porque no «sentimos» nada.

–Señor yo aquí no estoy por mi gusto, sino por agradarte.

El enemigo sabe bien lo que pierde cuando rezamos un avemaría, no digo yo cincuenta.

Pero si rezamos con «calidad», habrá cantidad... El que reza bien, reza más. Por eso no vayamos a rezar bien el rosario, vamos a proponernos rezar bien un avemaría. Pequeñas metas que son asequibles.

Terminamos hablando de la Virgen. Para Ella se inventaron muchas normas de piedad. Un ángel fue el que pronunció el Avemaría por primera vez, pero nosotros lo hemos hecho más que san Gabriel. Y la escalera larga que es la devoción a la Virgen nos llevará al cielo





VIDA DE FE

-Señor mío y Dios mío. Vamos empezar nuestra meditación haciendo el mismo acto de fe que hizo famoso aun especialista en la incredulidad.

Le pedimos ahora al Apóstol incrédulo Tomás que nos ayude, porque no hay cosa más valiosa como un acto de fe: vale más un solo acto de fe que toda la riqueza del mundo.

Nuestro enemigo se resiente cada vez que hacemos un acto de fe, porque lo que él busca es que se debilite. Va en busca de ese trofeo.

Pare eso ataca la pureza, o la fidelidad a nuestra vocación, pero lo que en verdad le interesa es nuestra fe. Porque las heridas contra la fe son mortales. Sin la fe somos como superman rodeado de criptonita.

O por decirlo positivamente con ella estamos revestidos de una armadura que no hace indestructibles.

–Fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: Espíritu Santo, fortalece mi corazón contra la falta de fe.

Es bueno que meditemos que Dios se ha querido hacerse hombre. A veces contemplarlo llorando. Pero no sólo con lágrimas de niño.

Jesús hombre que llora según nos cuenta San Lucas. Son lágrimas de impotencia. Porque un hombre aunque sea Dios no puede actuar cuando falta fe, su poder se detiene.

El Señor para hacer milagros no busca gente con buen pico, con labia, que tenga palabrería, sino corazones, quizá pequeños e inútiles pero que se fían de Dios.

Un día vino a Jesús un leproso, que rogándole de rodillas le decía: –Si quieres, puedes limpiarme.

Y Jesús, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: –Quiero, queda limpio (Mc 1, 10-41).

Los grandes milagros se llevan a cabo por fe. Por eso vamos a pedirle ahora a Jesús, que nos la aumente: –¡Señor, auméntame la fe!

Viene a Jesús una persona como tú y como yo y le ruega: –si quieres, puedes cambiarme.

Ojalá oigamos también aquellas palabras de nuestro Señor: –quiero. Un Dios poderoso, omnipotente que dice «quiero» porque encuentra que aquel leproso se fiaba sin ver.

Porque no olvidemos que la fe se aumenta y se ejercita. Sobre todo cuando no se ve nada, y los obstáculos se ponen a decirnos: si no vemos no creemos.

San Josemaría y todo los grandes santos han sido personas que han vivido sin ver, y han esperado muchas veces contra toda esperanza.

Necesitamos una fe como la de Abrahán, que con una edad respetable no tuvo inconveniente en cambiarse de región, porque el Señor se lo pidió.

Y cuando tenía 70 años todavía se creía que iba a tener un hijo de su mujer, que también era bastante mayor... su mujer se reía.

Y luego cuando por fin tiene el hijo, nuestro Señor manda que lo sacrifique...

–Señor, ilumina mi entendimiento para que de cuenta de que no estoy solo ante las dificultades.

Por eso no podemos dejarnos dominar por el peso de los problemas.

Pensamos ahora en Jesús y en María, para acabar la meditación. Primero en el santo Patriarca: nuestro Padre y Señor. Cuánta oscuridad a veces. Pero él es humilde: no olvidemos que la fe esa la humildad de la inteligencia que se somete a Dios.

Aprovecha mucho considerar que la Sagrada Familia vivía una vida del todo ordinaria. La Virgen Santísima y San José sabían perfectamente que Jesús era Dios, pero a pesar de todo se les ocultaban grandes maravillas, y vivirían como nosotros: vida de fe.

San Lucas nos dice (XI, 5) que los padres de Jesús no comprendieron el sentido de la respuesta de su Hijo. Y también (XI, 3): su padre y su madre escuchaban con admiración las cosas que de Él decían.

Sólo en la tierra podemos tener vida de fe: feliz seremos cuando nos fiemos de Dios como María.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Comunión de los Santos

La carta de este mes del Prelado del Opus Dei, además de repasar algunas fiestas litúrgicas, trata sobre la Comunión de los Santos.

Una de las cosas que se dice en el Credo de los Apóstoles es lo siguiente: Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica, la comunión de los santos… Llama la atención que sea uno de los dogmas de nuestra fe. Se ve que es más importante de lo que parece.

-Señor, creo en la Comunión de los Santos.

Me contaban de un niño pequeño que se creía que la Comunión de los Santos era una Misa que había en el cielo y que todos los santos iban a comulgar. No es eso exactamente, aunque tampoco está del todo descaminado, porque este dogma lo que hace es unirnos a todos los cristianos: los del cielo, los de la tierra y los del purgatorio.

Noviembre es un buen mes para hablar de esto porque los que estamos en la tierra celebramos a los del cielo, el día de Todos los Santo, y nos acordamos de los del purgatorio, el día de los difuntos.

Aprovechando esto el Prelado nos habla de la ayuda que nos prestamos unos a otros, vivos y difuntos.

San Josemaría explicaba muy bien en cómo se realiza esa ayuda: Comunión de los santos. -¿Cómo te lo diría?-¿Ves lo que son las transfusiones de sangre para el cuerpo? Pues así viene a ser la Comunión de los santos para el alma .

Ningún cristiano, escribe el Prelado, debería sentirse solo porque en cualquier momento (…), se halla unidísimo a Jesucristo y a su Madre, a los ángeles y a los bienaventurados que gozan de Dios en el Cielo; a las benditas almas que se purifican en el Purgatorio; y a todos los que combatimos en esta tierra.

–Señor, danos tu gracia para vivir así, para vivir esta comunión.

Cuando murió el primer sacerdotes de la Obra –don Josemaría Somoano–, San Josemaría le comentó a un hijo suyo: «Si a ti o a mí nos llamara Dios ¿qué íbamos a hacer desde el cielo o desde el purgatorio, sino clamar una y otra vez, y muchas veces y siempre: “¡Dios mío!... ¡ellos!... que están luchando en la tierra,… que cumplan Tu voluntad… ¡allana el camino, acelera la hora, quita los obstáculos… Santifícalos!?».

-San Josemaría ayúdanos ahora desde el cielo.


Todos los santos pasan el Cielo haciendo el bien sobre la tierra. Nos ayudan y, también es una realidad que nos ayudamos entre nosotros y que podemos sacar a las almas del purgatorio rezando por ellas. Por eso el Prelado nos pregunta: «¿Qué conciencia tienes de que las personas necesitan tu fidelidad, tu fraternidad?»

Y nos específica más todavía: «cuando vayáis a rezar, a trabajar, a descansar, en los diferentes instantes de la jornada, procurad rezar, trabajar y descansar junto al Señor, acompañando a vuestros hermanos del mundo entero, especialmente a quienes viven y trabajan en lugares donde la labor de la Iglesia es más difícil».

Siempre me impactará leer un episodio de la vida de San Josemaría donde se ve está realidad de la Comunión de los Santos.

Cuando iba por las mañanas a celebrar Misa al Patronato de Santa Isabel, por los años treinta, se encontraba con frecuencia con una mendiga que estaba en la calle. Eran los primeros años del Opus Dei, cuando las circunstancias eran difíciles.

Un día se acercó y le dio la bendición porque no tenía nada más que darle. Después le dijo que encomendara una intención suya que iba a ser para mucha gloria de Dios y el bien de las almas: «¡Dale al Señor todo lo que puedas!», le dijo.

A los pocos días dejó de verla. Como iba con frecuencia a los hospitales, un día la encontró allí.

–Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa? Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma.

San Josemaría le dijo que al día siguiente celebraría la Misa para que se curara.

–Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

–Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo.

Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa .

Es una realidad el hecho de que nos ayudamos unos a otros. Cuando hacemos el bien los demás lo notan y cuando no luchamos o cometemos un pecado también.

-Inclina Señor tus oídos y escucha mi petición por los demás.

El Prelado hace referencia a un reciente viaje que ha hecho a Kazajstán donde se desarrolla la labor apostólica desde hace unos años, y nos dice: Gracias a Dios, apoyados en vuestras oraciones, están trabajando con alegría y rebosantes de esperanza.

Hace un mes pude hablar con un sacerdote que está en Kazajstán. Contaba, como si fuera la cosa más normal del mundo, las dificultades que tienen, las horas que le dedica a estudiar el idioma, la dureza del clima en algunas épocas del año…

Después uno lee las palabras del Prelado y se anima a rezar y a hacer lo que debemos en cada momento. Es fácil seguir su consejo de que les acompañemos con nuestra oración y nuestras pequeñas mortificaciones, que –por la Comunión de los Santos– resultarán eficacísimas.

La labor de la Iglesia se está extendiendo por todo el mundo, se cumple aquel mandato del Señor: Id al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda criatura .

Por eso debemos hacernos la pregunta que nos dirige el Prelado en su carta: «¿Procuras afrontar todos los días, desde la mañana a la noche con la conciencia clara de que la evangelización y la expansión apostólica es tarea de todos, cada uno en su sitio?».

Aprovechando las fiestas de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán el 9 de noviembre y el 18 la de San Pedro y San Pablo, también nos anima a rezar por la Persona y las intenciones del Papa, y por los que le ayudan en el gobierno de la Iglesia. Eso es vivir la Comunión de los Santos.

-Señor, te pedimos por el Papa, por su persona e intenciones.

Otro ejemplo lo encontramos al final de este mes. El 28 de noviembre se cumplen 25 años de la elección del Opus Dei en Prelatura Personal. Fue algo que salió después de mucha oración y de mucha mortificación. Muchos ofrecieron su vida. Personas del mundo entero ofreciendo cosas por una sola intención. Eso es la Comunión de los Santos. Una persona que vivió esos años me decía que no había rezado tanto en su vida.

Las madres son las que unen a las familias. La Virgen es nuestro punto de unión con los del Cielo y los del Purgatorio. Le pedimos a Ella que nos acordemos de todos cuando nos cuesten las cosas, cuando recemos, cuando trabajemos y cuando descansemos: ¡Madre mía ayúdanos!


Ignacio Fornés y Eduardo Martínez

Visitas a los pobres

En el Vaticano hay una capilla muy grande que se llama la Capilla Sixtina. Es muy alta y tiene en una de sus paredes pintado el Juicio Final.

El Señor nos habló de ese momento. Aparece Jesús acompañado de la Virgen y de los ángeles y alrededor hay una muchedumbre de personas, los millones de hombres y mujeres que han poblado la tierra.


Ese día, el Señor separará a las ovejas de los cabritos siguiendo unos criterios muy prácticos, las Obras de misericordia, y dirá: Venid benditos de mi Padre (…) porque (…) estuve enfermo y me visitasteis (…). Entonces los justos le dirán: ¿Cuándo te vimos enfermo (…) y te visitamos? (…) En verdad os digo que cuanto hicisteis con uno de estos hermanos míos (…) a mí me lo hicisteis» .

Desde pequeños hemos aprendido en el Catecismo cuáles son las Obras de misericordia, y sabemos que una de ellas es visitar y cuidar a los enfermos (no como decía un amigo mío: visitar al desnudo…) y otra consolar al triste .

Dios, que es infinitamente misericordioso, cuando hacemos una de estas obras se alegra tanto como si se la hubiéramos hecho a Él mismo.

La meditación de hoy va sobre las visitas a los pobres. Consisten en hacer un rato de compañía a una persona enferma o que se encuentra sola por los motivos que sean.

Hace años el presidente de la ONG Mensajeros de la Paz, el Padre Ángel, entregó al Papa Juan Pablo II el Teléfono Dorado. El Papa le preguntó que para qué servía. Este sacerdote le contestó que las personas mayores llamaban al Teléfono Dorado cuando sentían la soledad.

Entonces Juan Pablo II le explicó que los Papas a veces se encuentran muy solos. El sacerdote terminó diciendo: -pues, Santo Padre, llámeme cuando lo necesite.

Cuando hacemos una visita de estas tenemos la certeza de que estamos consolando a alguien, sobre todo consolamos a Dios.

San Josemaría lo tenía bien experimentado, por eso dejó escrito: Mi Jesús no quiere que le deje, y me recordó que Él está clavado en una cama del hospital. Y esta otra frase que nos ayuda ahora: —Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él.

-Señor, cuando visitemos a los pobres y a los enfermos, recibenos Tú

Al leer el Evangelio, nos damos cuenta de que Jesús dedicó mucho tiempo a los pobres y los enfermos. Su vida consistió justamente en eso, en dar consuelo a quienes lo necesitaban. A unos los curó de una enfermedad, a otros les dio de comer, a los ciegos les devolvía la vista, incluso resucitó al hijo único de una mujer viuda. Está dispuesto a hacer lo que sea, incluso milagros, para devolver la alegría y la esperanza a sus criaturas, porque Señor tu eres bueno.


-Danos un corazón como el tuyo.

Pensémoslo ahora delante de Dios: Nosotros ¿de qué somos capaces? ¿Estamos dispuestos a perder una tarde para escuchar a un viejicillo la historia de su vida o el llanto de una señora que nadie va a ver…? ¿De qué somos capaces?

Te cuento lo que le ocurrió a Don Álvaro del Portillo, el primer sucesor de San Josemaría. Iban con frecuencia a un barrio de Madrid peligroso, tanto con Almanjayar. Iban allí para dar catequesis y para ayudar a la gente.

Un día, cuando volvían se encontraron con un grupo de chicos jóvenes que se acercaron para pegarles. Salieron corriendo pero a Don Álvaro le dieron un golpe en la cabeza con una llave inglesa y llegó a su casa con una brecha en la cabeza.

Nos es que nos vaya a ocurrir a nosotros lo mismo, te lo cuento para hacerte ver que hay gente que es capaz de mucho para ayudar a los demás.

Jesús está con los que sufren, con los que no tienen nada, y hay gente que lo que les falta es compañía aunque tengan de todo. En eso consisten estas visitas.

-Señor que te queramos en los pobres y en los enfermos.

El año pasado me ocurrió una cosa que todavía la recuerdo porque me impresionó mucho. Estaba en el ante-oratorio del colegio y salió una niña de Primaria que me preguntó:

-¿A qué no sabes lo que le he dicho a Jesús?... Pues la verdad es que ahora no se me ocurre, le contesté.

-Le he dicho que ahora ya se lo que significaba estar solo como Él en el Sagrario, porque me he pasado tres días en cama y me he aburrido mucho…

El Señor está solo en el Sagrario y en muchas casas de Granada y hospitales. Le podemos visitar a Él y además nos espera. Jesús nos dijo que a los pobres siempre los tendremos. Quizá lo dijo para que supiéramos que siempre nos necesitan, que cuenta con nosotros para darles consuelo.

-Señor que el día del Juicio Final podamos oír de tus labios: Venid benditos de mi Padre porque estuve enfermo y me visitasteis.

La Virgen María es Madre de todos los hombres, especialmente de los más necesitados. Cuando el Arcángel San Gabriel le insinúa que su prima Isabel necesita ayuda porque ya era un poco anciana, Ella se va enseguida para ayudarla en las cosas de la casa y para hacerle compañía…

-Madre nuestra ayúdanos a hacer nosotros lo mismo.



Yago Martínez y Estanis Mazzuchelli

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías