sábado, 19 de enero de 2008

EL CORDERO DE DIOS **

Juan el Bautista, estando en la orilla del Jordán, vio a Jesús y dijo de él: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1). Ésta es la tarjeta de presentación del Señor.
Aunque a nosotros nos resulta familiar esta expresión, porque la utilizamos en Misa, quizá te puede parecer extraño que San Juan Bautista llame a Jesús Cordero. Pero en cambio los judíos entendían perfectamente a qué se refería y, estas palabras del Bautista impactaron mucho en los que estaban allí.

En tiempo de Pascua sacrificaban cada año un cordero, en recuerdo de que con la sangre de este animal fueron librados de la muerte y de la esclavitud en Egipto.

El Señor murió precisamente en la Pascua, y con su muerte nos amó hasta el fin. Con su sangre, nos libró de la esclavitud del pecado.

Si te paras a pensarlo, el pecado es la única cosa que hemos inventado los hombres. Cuentan que una niña pequeña que tenía muy mal genio, cogió una rabieta monumental: le tiró del pelo a su hermana y le escupió en la cara.

Su mamá, que lo disculpaba todo, dijo que era el demonio quien había hecho todo eso. Pero la niña más sensata dijo:
–Puede ser que me sugiriera tirarle del pelo, pero lo de escupirle fue idea mía.

Nosotros podemos decir lo mismo: el diablo nos enseñó a pecar, pero luego hemos aprendido nosotros solos y muy bien por cierto. De hecho cometemos pecados todos los días.

Claro que necesitamos al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Jesús es el Cordero que vino a perdonar. Es el Redentor, el Reconciliador. Pero el Señor se ha quedado con nosotros para seguir perdonando. Justamente en su misericordia conocemos el amor que Dios nos tiene.

Y los pecadores están a gusto con Él, por eso cambian y le siguen con valentía, como la Magdalena o el mismo San Pedro después de negarle tres veces.

El Señor se ha quedado con nosotros para perdonarnos. Y, justamente en su misericordia, conocemos el amor que Dios nos tiene y eso nos acercar más a Él.

Los santos han sido personas que han tenido esto muy claro. San Josemaría, por ejemplo, se confesaba dos o tres veces por semana durante algunas temporadas, porque así experimentaba el amor de Dios y eso le impulsaba a ser mejor.

Te cuento un sucedido pequeño de su vida que nos puede ayudar. Un día, entró en una oficina donde estaban trabajando algunos hijos suyos. Entró y les corrigió, con cierta dureza, por unos errores que habían cometido en la tarea que tenían entre manos. Después, salió de la habitación.

Pasado un rato volvió, y, con una expresión serena en la cara, les dijo:
Hijos míos, acabo de confesarme con don Álvaro: porque lo que os he dicho antes os lo tenía que decir, pero no de ese modo. Así que he ido a que me perdone el Señor... y ahora vengo a que me perdonéis vosotros.

La confesión es el mejor remedio para alejar la tibieza, el desamor. Es bueno que acudamos a este sacramento aunque sea por cosas pequeñas, porque eso nos ayuda a querer más al Señor.

María Magdalena y San Pedro llegaron a ser santos por las veces que le pidieron perdón a Jesús. Se equivocarían mucho y otras tantas Dios les perdonó.

–Señor, yo también me equivoco mucho. ¡Enséñame a arrepentirme! ¡Que mis flaquezas me lleven a amarte más y más!

En nuestra vida hacemos cosas malas y buenas. Hay cosas que hacemos y dejan huella, y otras que no. Si uno tira una piedra a una piscina, se forman unas ondas que al poco tiempo desaparecen y todo queda como antes, parece que no ha ocurrido nada.

Si, en cambio, tiramos un aceite sobre una alfombra, no pasa lo mismo; el aceite deja una mancha que habrá que lavar, y vete tú a saber si eso se quita.

Un pecado no es como tirar una piedra a una piscina, sino como la mancha aceite, eso deja huella. El pecado deja una mancha en nuestras almas que deja de ser la misma de antes. Y, cuando Dios nos perdona, esa mancha desaparece.

El fruto de la confesión es saber la verdad de nosotros mismos, vemos las cosas como son en realidad, no deformadas, ni manchadas. Todo se hace más real y auténtico.

Además, la confesión es el mejor remedio para alejar la pereza, el egoísmo, la envidia, la sensualidad. Pensemos ahora si acudimos a este sacramento siempre que nos haga falta como un medio eficaz para vencer nuestros defectos.

Cada vez que nos confesamos le pedimos al Señor: ¡dame fuerzas para luchar! Y Él nos las da porque quiere ayudarnos.

Por eso, la persona que se confiesa con frecuencia, aunque siempre tenga los mismos pecados, los controla de alguna manera, no deja que crezcan. La que no se confiesa, acaba siendo esclava de sus pecados, ellos la controlan.

Oiga, preguntaba una adolescente a un sacerdote mayor,
¿porqué siempre me dice que no tarde mucho en volver?

Y el cura, entrado en años y en experiencia, le responde: –Muy fácil, si un reloj no tiene pila se para, y no sirve para dar la hora. Así le ocurre al cristiano, sin la ayuda de Dios no es feliz, ni ayuda a los demás. Sin los sacramentos nos ponemos mustios.

La chica responde:
–No, si tiene razón, pero a veces pienso que para qué molestarle por tonterías. Cuando tenga un buen saco de pecados entonces vengo.

-Entonces, siguió diciendo el cura, dile a tu madre que solo te de de comer cuando tengas mucha hambre… una vez al mes, si aguantas claro.

La confesión frecuente nos hace mucho bien, aunque pensemos que no tenemos suficientes pecados, que son siempre los mismos o que son una tontería.

Precisamente queremos pedir perdón al Señor porque nos duelen. Y no queremos que se repitan más. Porque, cuando hay amor, las pequeñas ofensas hacen daño.

A veces pasa que las madres, por curiosidad le preguntan a sus hijos de qué se han confesado. Y lo hijos normalmente no le responden. Pero hubo un chaval que si le respondió y le dijo:
–Yo siempre me confieso de lo mismo, de que tiro barro a los autobuses y de que no creo en el Espíritu Santo.

Pues a este niño, aunque diga siempre lo mismo, Dios le ayuda más, le da su gracia más veces que a otros que confiesan menos.

–Señor que venzamos la vergüenza de pedirte perdón las veces que haga falta. Agranda nuestro corazón para pedirte perdón.

Hablábamos al principio de San Pedro. No era un hombre perfecto. Fíjate, Jesús, en una ocasión le llamó Satanás (apártate de mí Satanás). Traicionó al Señor tres veces en público, discutió con los demás Apóstoles para ver quién iba a ser el mayor en el Reino.

Cometió pecados, grandes y pequeños, pero como estaba acostumbrado a pedir perdón al Señor, no es extraño que después de negarle tres veces saliera fuera y llorara desconsolado por lo que había hecho. La gracia de Dios le llegaba con frecuencia por eso cambió y fue santo.

San Juan y Santiago también recibieron muchas veces la gracia del perdón, y eso les cambió el carácter. Al principio de estar con Jesús se enfadaban y pedían que cayera azufre sobre los pueblos que no querían acogerlos y el Señor les tenía que corregir.

Santiago murió mártir, por amor a Dios, y San Juan, con el pasar de los años y la acción de la gracia, llegó a escribir cosas maravillosas sobre el amor a los demás. Te leo una: queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios (…)
Quien no ama no ha conocido a Dios.

Y qué me dices de San Pablo. Dice la Escritura que mientras mataban a san Esteban a pedradas, que fue el primer mártir, san Pablo estaba allí de pie viendo todo y aprobando lo que estaban haciendo. Pero la gracia de Dios fue más fuerte que sus pecados y por eso es santo.

Con Dios, todos pudieron.
–Señor, Tú has llevado el peso de la cruz, el peso de nuestros pecados. Levántanos porque solos no podemos.

Por algo dijo el Señor que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 santos. Menos mal, porque nosotros estamos muy lejos de la santidad. Y tenemos la capacidad de alegrar a Dios, cada vez que nos convertimos.

Jesús sufrió mucho con Judas. Estuvo el mismo tiempo con el Señor que los demás, y sin embargo terminó mal. Robaba de la bolsa pero no pedía perdón. Se fue haciendo duro. Jesús lo intentó hasta el último momento, pero él no quiso.

La Virgen es el Refugio de los pecadores. Acudimos a Ella para que nos lleve a confesar nuestros pecados cada dos por tres.

Ignacio Fornés y Estanis Mazzuchelli

martes, 15 de enero de 2008

Unidad de los cristianos

Que todos seamos uno. Empezamos nuestra oración con aquella petición de Jesús a Dios Padre: ut omnes unum sint!

Comenzamos el Octavario por la unidad de los cristianos. Además este año celebramos el centenario de esta iniciativa.

Hemos de dar gracias a Dios porque en estos cien años se han dado pasos importantes para restablecer la unidad visible de la Iglesia.

Sabemos que uno de los temas que más le interesa al Papa Benedicto XVI es el ecumenismo.

En octubre pasado, la Comisión mixta de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa aprobó un principio de acuerdo sobre el primado del Papa: “el primero entre los obispos”.

Pero todavía queda mucha reflexión sobre este tema hasta llegar a un pleno acuerdo, aunque se van dando pasos…

–Señor, te pedimos por el fruto de estas conversaciones…

Uno de los pilares sobre los que se funda el Movimiento Ecuménico es la oración. Quizá nosotros no podamos contribuir al diálogo teológico porque no nos dedicamos directamente a esto.

Lo que sí podemos hacer es rezar por la unidad de todos los cristianos en la única Iglesia de Cristo. Por eso esta semana, todos juntos, rezamos en torno al Sagrario, haciendo eco a la oración del Señor:
ut omnes unum sint!

–Dios Espíritu Santo, concede al Papa, a sus colaboradores y a todos los que directamente trabajan en esta tarea, luces y discernimiento para alcanzar la unidad.

Una de las penas más grandes que tuvo Juan Pablo II fue que los cristianos llevamos mil años divididos. Porque, precisamente una de las notas características de la Iglesia es la unidad. La Iglesia es eso: la unión de los santos, la Comunión de los santos.

Nuestro Señor quiso un grupo de gente que hiciera llegar a través de los siglos la misma doctrina que Él predicó. Un grupo que garantizara la autenticidad de lo que nos dijo, para poder ir al Cielo, para salvarnos.

Nuestro Señor se refiere con frecuencia a este grupo fiel y lo llama Reino, el Reino de Dios. En dos ocasiones por lo menos lo llamó congregación o asamblea. La palabra griega para designar esto es ekklesia, que es la que nosotros traducimos como iglesia.

Ese fue el modo corriente de llamarla desde los primeros tiempos. Nuestro Señor dejó deliberadamente tras de sí una Iglesia, su Iglesia.

El Señor, que está aquí presente, ha querido algo muy concreto. Hay gente que dice: Jesucristo sí, Iglesia no. Algunos piensan que pueden seguir a Jesucristo, pero que no tienen porqué seguir lo que dice la Iglesia.

El otro día le preguntaba a un universitario qué pensaba él que era lo central en el catolicismo, y me respondió: pues… los Evangelios. Es verdad, son importantes, pero no se puede reducir nuestra religión a un libro.

A lo largo de la historia han aparecido las llamadas religiones de libro: el islam, los protestantes o el mormonismo, por ejemplo. Son religiones que están como limitadas a seguir un texto.

El mormonismo lo fundó un joven americano llamado Joseph Smith a finales del siglo XVIII. Dijo haber encontrado un libro enteramente hecho con finas láminas de oro, escondido en un pequeño monte cercano a su casa, que estaba escrito en egipcio reformado.

Ese libro contenía la historia completa de la colonización de Norteamérica después de la destrucción de la torre de Babel.

Ocho personas juraron que habían visto el original hecho con láminas de oro. Pero todo lo que se conserva de él es una traducción escrita por un amigo de Smith.

Los mormones organizaron todo el culto en torno a este texto, porque las láminas de oro originales fueron arrebatadas por un ángel antes de que nadie más las viera.

El inconveniente de una religión que tiene su revelación recogida solamente por escrito, es que surgen dudas acerca de la interpretación de lo que el libro dice, y se hace muy difícil conocer cuál es la verdadera interpretación y cuál es la falsa.

Nuestra religión no es, ni ha sido nunca, una religión de libro. Hubiera sido perfectamente posible y fácil para nuestro Señor haber dicho:
–A ver Pedro copia lo que te voy a decir. De ahora en adelante, lo que debéis seguir es lo que os voy a decir, y solo eso.

Nos hubiera dejado un libro, después de su Ascensión, como guía hacia el cielo, para todo el mundo. Pero no lo hizo. Nos dejó un grupo de personas.

Y de ese grupo, eligió a unos que fueron con Él a todos partes. Eran los Apóstoles que formaron lo que luego se llamaría la Jerarquía de la Iglesia.

Por eso decir Jesucristo sí, Iglesia no, no tiene sentido. Mejor dicho, sí tiene sentido. Es como decir que Jesucristo no es Dios, porque no estaría presente entre nosotros.

Los que dicen Jesucristo sí, Iglesia no ven a Jesucristo como hombre pero no como Dios. Lo ven como hombre porque los hombres cambian de opinión con el paso del tiempo. Dios no. Es el mismo hoy, ayer y mañana. Por eso, lo que quiso hace veinte siglos lo quiere ahora: su Iglesia. Esto es lo que hay: «Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus».

En el Evangelio se ve como al Señor le interesa más instruir a los discípulos que a todo el resto de judíos. Y, dentro de los discípulos, a los Doce.

Jesús enseña a las multitudes y cura a los enfermos, pero en cuanto puede se retira a un lugar apartado, para formar a los Apóstoles, que luego serán los obispos.

Los discípulos son el núcleo alrededor del cual iba a crecer su Iglesia. Eran ciento veinte personas. Les habla incluso de manera diferente a los demás, les dice: «como el padre me ha enviado, así yo os envío»; o también: «Se me ha dado todo poder, id y enseñad a todas las naciones»;
«Aquellos a quienes les perdonareis los pecados, les serán perdonados; aquellos a quienes se los retuviereis, les serán retenidos».

Cuando el Señor se fue a los cielos, la Iglesia estaba compuesta por sólo ciento veinte personas. No nos dejó sólo unas normas de conducta, los Mandamientos, para que los cumpliéramos y ya está. Antes de que hagamos algo por El, quiere que seamos miembros de su Iglesia.

Nos dejó unas personas, mejor dicho, se quedó Él mismo. Por eso, la unidad de la Iglesia se basa en Jesucristo, en la Jerarquía, en la Eucaristía, donde el Señor se hace presente a través de su Iglesia.

La Jerarquía está justamente para dar continuidad a la Iglesia a través de la Eucaristía. La fidelidad a Cristo se resume en una sola palabra que, para nosotros es la roca donde apoyarnos. La palabra es: Roma. Por esa ciudad han pasado muchos imperios y gobernantes: Nerón, Vespasiano, Musolini, Hitler, etc. Todos restos y reliquias de la historia. Lo único que permanece es la Iglesia de Jesucristo.

–Señor, haz que seamos instrumentos de unidad.

En la Iglesia está la cabeza, el Papa y los obispos. A su servicio los sacerdotes. Y luego está el resto de los fieles: los laicos y los religiosos. Cada uno hace su papel, como la mano sirve para hacer unas cosas que la cabeza no puede hacer, y así ocurre con el cuello, las orejas, la pierna…

El Papa sin los demás no hace nada. Y la Iglesia sin el Papa y los obispos no va a ninguna parte.

–Señor, que no haya nada entre nosotros que pueda dividirnos.

Repitamos con la liturgia de estos días:
infunde en nosotros tu Espíritu de caridad y (…) haz que, cuantos creemos en Ti, vivamos unidos en un mismo amor.

Debemos querer a todos, aunque tengamos distintas manera de hacer apostolado, mientras más personas haya que sirven a Dios, mejor, decía san Josemaría.

Querer a todos aunque sea evidente que los hombres nos equivoquemos y pecamos. La Iglesia es santa aunque esté formada por pecadores.

Es santa y seguirá siéndolo, aunque al volver de comulgar te encuentres con que la persona que estaba en el banco de atrás ya no está, y tu bolso tampoco.

No hay que escandalizarse de los pecados de los que pertenecemos a la Iglesia. Justamente para eso está la Iglesia, es el instrumento que Dios ha querido para la salvación de los hombres.

Nosotros no llegamos al Cielo agarrados a una tabla, como un náufrago solitario, o encima de un barril vacío, hasta tocar playa. Nosotros entramos en el cielo a bordo de un barco, y ese barco es la Iglesia de Jesucristo.

Es bueno rezar para que Rusia se convierta, o que los protestantes den el paso de la unidad. Pero es también muy importante que amemos a todos los que componen la Iglesia de Jesucristo, aunque no sean como nosotros. Uno tiene que sentirse a gusto con todos.

No somos un verso suelto, lo mismo que uno es de un país, pero primero es de una familia, una cosa es ser patriota y otra ombliguista.

Nos da alegría pertenecer a la Iglesia. Nos da alegría cuando descubrimos que aquel policía, o el chino de la tienda de enfrente, o el conductor del autobús son católicos practicantes. También viajamos a otro país y nos encontramos con un católico en el aeropuerto, a pesar de que no entendamos todo lo que dice, vista distinto y coma ensaladas.

Vamos a repetir las palabras de nuestro Señor:
–Que todos sean uno como Tú y yo Padre somos uno.

San Pablo habla de la Iglesia, como un gran edificio. Nosotros somos piedras que forman ese edificio: «Cada uno de nosotros está inserto, perfectamente ajustado en el lugar que le corresponde en este edificio, cuyo conjunto descansa, en último término, en Jesucristo».

San Pablo quiere mostrarnos lo importante que es la unidad dentro de la Iglesia y cómo todos dependemos los unos de los otros.

Se escucha a veces que el comportamiento de una persona nos es muy edificante. Si yo viniera tarde habitualmente y os hablara a gritos, la gente diría que eso no es muy edificante.

Edificante significa construir hacia arriba. Nos estamos constantemente construyendo la fe unos a otros, como si estuviéramos poniendo las piedras de un edificio tan apretadas que unas a otras se mantienen en su sitio.

Si una de vosotras se desmayara o se durmiera ahora mismo, probablemente caería sobre la de al lado, que la sostendría. Eso es lo que sucede en la Iglesia: nos sostenemos mutuamente, dependemos unos de los otros.

Todos con Pedro, a Jesús por María repetía san Josemaría. Que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María, por algo es la Madre de la Iglesia.

sábado, 12 de enero de 2008

ES MI PADRE

Jesús fue al encuentro de San Juan Bautista, que estaba predicando con gran éxito la conversión. Era normal en un ambiente de expectación ante la venida del Mesías, la gente se estaba preparando.

«Todo el pueblo iba a él» dice la Escritura. Iban tantos, que los fariseos se molestan y acuden para ver que pasa. Por eso no es de extrañar que Jesús también acuda:
«Vino Jesús al Jordán desde Galilea».

Juan el Bautista cumplió su misión de suscitar un gran movimiento de penitencia, como preparación inmediata del reino de Dios.

Muchas veces uno se asombra de porqué el Señor se bautizó si no le hacía falta. Jesús, sin tener necesidad de conversión, se sometió al rito del Bautismo, de la misma manera que lo hizo a las observancias de la ley.
Y precisamente, Jesús, el día de su Ascensión también quiso que los cristianos enseñaran y bautizaran en su nombre, les dijo: «Id por todo el mundo y enseñad a todas las gentes bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

El día de nuestro Bautismo es el más importante de nuestra vida. Con él recibimos un nuevo nacimiento, por eso se llama también el sacramento de la re-generación.

La ceremonia del Bautismo ha cambiado mucho. Antes, en los primeros tiempos, la mayor parte de las personas que se bautizaban eran adultos, y el Bautismo se hacía por inmersión; la gente se iba al Jordán o a cualquier otro riachuelo que estuviera a mano, y el sacerdote los sumergía enteramente en el agua.

Todo eso significaba que eras enterrado bajo el agua y, al salir, resucitabas como hizo Jesús. Te convertías en una nueva persona de pies a cabeza.

Nosotros llegamos a la salvación a través del agua. Eso es el Bautismo: lanzarse al agua para obtener la liberación.

Te voy a contar una historia real. En tiempos del más duro comunismo en la antigua Unión Soviética, un oficial de la marina de 21 años, se lanzó al mar desde su barco para huir del sistema y llegar a la costa de Canadá.

Era huérfano. Había pasado por tres orfelinatos y nunca había rezado. Le habían repetido hasta la saciedad que Dios no existía.

Lo más que un hombre podía aguantar en esas aguas era hora y media, y se confundió de dirección. Cuando llevaba horas nadando y no podía más se detuvo.

Te leo lo que Él mismo cuenta: sentí que estaba perdido, totalmente perdido. Serguei has acabado se dijo.
Vas a morir. Nadie está al corriente de esto. Nadie está preocupado por ti. Nadie.

Me habían educado en la doctrina de Marx, de Engels y de Lenín. Ellos eran mis dioses
Me había arrodillado varias veces ante el cuerpo de Lenín en Moscú, era mi dios y mi maestro.

Pero ahora, al final de mi vida, mi espíritu se volvió hacía ese Dios que no conocía. Rogué instintivamente: «Dios, no he sido nunca feliz en esta tierra. Ahora que me estoy muriendo acoge, si te place, mi alma en el Paraíso. Dios, quizá, podrías darme allí un poco de felicidad. No te pido que salves mi cuerpo, pero en el momento en el que se hunda, acoge mi alma en el cielo, por favor, ¡Dios!»

Cerré los ojos completamente, convencido de que todo había acabado. Ya estoy preparado, pensé en lo más profundo de mi alma. Ahora me puedo dormir. Me relajé y cesé de luchar. Mi pelea había concluido.

Lentamente, muy lentamente, sentí que algo extraño estaba sucediendo. A pesar de que toda mi energía se había gastado hasta la última gota, una fuerza nueva invadió mis brazos extenuados. Sentí como si en el agua me rodearan los brazos recios y amorosos del Dios vivo, como si me encontrara una bolla enviada del cielo.

Yo no era creyente. Jamás antes había dirigido mi oración a Dios, pero noté que brotaban en mi cuerpo agotado nuevas reservas, podía nadar.

Algo así, y mucho más es la fuerza que recibimos en el Bautismo. Por eso, el día de nuestro Bautismo, es el más importante de nuestra vida.

Conozco un sacerdote que celebraba su cumpleaños el día de su Bautismo porque, en realidad, es como el día del nacimiento. San Josemaría, a veces, cuando pasaba al lado de su pila bautismal la besaba, porque allí había empezado a nacer.

Gracias al sacramento del Bautismo somos hijos de Dios. Lo mismo que le ocurrió al Señor en el Evangelio, Dios nos dice: eres mi hijo muy amado. Por eso es un momento tan trascendental.

Hay una oración que han rezado durante siglos los cristianos y que muestra la protección de Dios por sus hijos:
«Señor, Tú eres mi refugio la torre inexpugnable frente al enemigo. Solo Tú eres mi roca y mi salvación/ Sálvame, Dios mío, de las aguas que me llegan hasta el cuello».

Todo esto normalmente se nos olvida, aunque alguna vez nos lo hayan explicado. Lo que sucede en el Bautismo, que nos hacemos hijos de Dios, no lo pensamos con frecuencia.

Se el caso de un niño de ocho años, ruso, al que adoptó una familia de Madrid. Se le acercó una chica pija, y le dijo sin saber que era adoptado: –Oyesss ¿quiénes son tus padres? Y el niño de ocho años, que había pasado por varios orfelinatos y tenía mucha vida, le respondió a la adolescente:
–Si yo te contara…

Necesitamos fe para darnos cuenta de que somos hijos adoptivos de Dios. Es bueno que repetimos eso: Yo soy hijo de Dios, hijo de Dios. Y porque somos sus hijos el Señor nos da todo:
«Tú eres mi esperanza, mi seguridad desde mi niñez».

Un cardenal filipino cuenta que, durante un viaje en avión, se encontró en medio de una violenta tormenta tropical y el avión empezó a dar unos tumbos espectaculares.

Todos los pasajeros estaban tremendamente asustados. A su lado se encontraba un niño. Y el cardenal le preguntó: –¿Tú porqué no estás asustado?

Efectivamente era muy raro que un niño estuviera tan sereno en una tempestad así. Y el chaval le respondió: –Es que el piloto es mi padre.

Después de todo lo que hemos dicho es fácil comprender el interés que ha tenido la Iglesia de que los niños reciban cuanto antes el principal regalo de su vida. Hemos de agradecer a nuestros padres que al poco de nacer nos llevaran a recibir este sacramento.

A veces vivimos intranquilos sin saber que Dios es nuestro Padre, el Amo del mundo. Y nos ponemos nerviosos por muchas cosas: los exámenes, que será de mí el día de mañana, perdemos la paz cuando nos regañan o no nos ha salido algo como queríamos.

A veces nos comportamos como un niño sin padres, que va de sobresalto en sobresalto porque no tiene nadie que le de seguridad.

La historia que contábamos del oficial de la marina rusa termina en Canadá. Allí un oficial del gobierno le preguntó:
–Kourdakow, hemos estudiado su historia con todo detalle, hemos introducido sus datos en un ordenador especialmente programado para analizar estos casos: la temperatura del agua, la dirección y la fuerza del viento, la violencia de la tempestad, la distancia del barco la altura de las olas, y también tu fuerza física.

El resultado del análisis es que usted no pudo haber sobrevivido. ¿No habrá algo, aunque sea una insignificancia, que se haya usted olvidado de decir concerniente a aquella noche?

Reflexioné unos momentos, y a continuación dije: –la sola cosa que no he mencionado es que le recé mucho a Dios.

Ahora se entiende mejor que la Iglesia, refiriéndose a la protección de Dios por sus hijos, nos invite a rezar:
«Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas encontrarás refugio, porque ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en todos los caminos. Te llevarán en sus palmas para que no tropiece tu pie en piedra alguna».

Así vivió desde siempre la Hija predilecta de Dios, la Virgen María. El Espíritu la cubrió con su sombra en el momento de la Encarnación y la protegió siempre, también en las horas tremendas de la Pasión. Nadie se metió con Ella, nadie la insultó ni se burló de la Madre del Condenado. Su Padre Dios, el Señor de la Historia no lo permitió.

Ignacio Fornés & Antonio Balsera

viernes, 11 de enero de 2008

BUSCAR A DIOS EN LA PIEDAD *

Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes...
Estamos cara a cara con Dios. El Señor nos ve y nos escucha en este rato.

El Apóstol Juan cuenta cómo pasó con Jesús una tarde. Fueron él y otro detrás de Jesús, «
y vieron donde vivía y se quedaron con Él».

Según iban pasando el tiempo se encontraría más a gusto con el Señor, hablando de todo, de lo divino y de lo humano.

Un conocido periodista alemán, que había sido un ferviente militante comunista, cuenta que fue decisivo para su conversión la asistencia a una boda.

Allí vio a muchas personas que estaban distraídas, mientras que el sacerdote, los novios y unos pocos más, están metidos en la ceremonia, se les veía muy a gusto conectando con Dios.

Entonces pensó, y lo puso por escrito más tarde: «
me sentí muy sorprendido por las posibilidades que ofrece rezar y meditar».

Es lo mismo que le pasó a Juan aquella tarde junto al Señor, hablando de todo con Jesús.

Descubrir que el Señor está de verdad a junto a nosotros, y que nos escucha, es la clave para estar a gusto con Él y pasar tiempo a su lado. Esto es ser piadosos.

Pero ¿cómo se logra ser realmente piadosos? ¿qué hacer para conectar con el Señor?
Aunque todos tenemos experiencia de momentos en los que se nos hace cuesta arriba. La verdad es que conectar con Dios es sencillo.

Esto me recuerda lo que oí hace poco viendo una exposición del Barroco español. Allí había de todo: inconfundibles Murillos, esculturas de Montañés, el Góngora de Velázquez, las llamativas telas blancas plegadas de Zurbarán…

Tres chicos de unos quince o dieciséis años, estudiantes de un instituto de la ciudad estaban delante de un famoso cuadro de Valdés Leal que representa muy bien la muerte y decían:
que asco, ¿a quién se le ocurre? ¿Por qué nos habrán mandado venir a ver todo esto?

Era evidente que no terminaban en conectar con el arte. Quizá llegar a saber contemplar una obra de arte exija educación y tiempo. Pero contemplar a Dios es sencillo.

Se trata sencillamente de saber que Dios está junto a nosotros, tal como nos lo ha:
Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo.

Hay que comenzar con un acto de fe: Señor creo que eso que Tú dices es verdad. Creo firmemente que estás aquí.

Se trata de poner nuestra fe en acto. Intentar encender nuestro amor.

San Josemaría, en uno de sus últimos viajes a América, tuvo que encender una vela delante de una imagen. La cerilla se resistía a prenderse, y él, ante esa circunstancia en la que, cualquiera de nosotros hubiera comentado: las cerillas de ahora no son como las de antes, dijo:

–Así nos pasa a nosotros cuando nos resistimos a las gracias que Dios nos da. Hay que tener un poco de paciencia, insistir (seguía intentado que la cerilla prendiese) y ya está.

Es un suceso corriente, pero que pone de manifiesto que la fe le llevaba a San Josemaría a saber que Dios estaba a su lado en todas las circunstancias.

Y que lo nuestro es intentar encender la vela de la oración continuamente. Pero ¿por qué en la práctica nos resulta difícil actuar cómo si Dios estuviera junto a nosotros?

Pienso que la dificultad puede estar en nuestra cabeza, en nuestra imaginación, que está llena de «
sapos».

De esos «
sapos» de los que habla Teresa de Jesús cuando una persona entra en la primera estancia del «castillo» de la oración.

Por eso hay que pedirle ayuda al Señor, y hacer un breve acto de fe: Señor tu estás aquí, y creo «
que me ves, que me oyes» decía San Josemaría.

Él añadía: con cuanta necesidad de mi alma escribí estás palabras, porque tenía necesidad de saber, de reafirmar, que el Señor me oía, y ahí las dejé para siempre, como oración preparatoria.

Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes.

No está escondido en el sagrario, vigilando como un policía. Está aquí con nosotros, porque es de nuestra familia.

Si hemos de tener presente al Señor en todo lo que hacemos, especialmente conviene hacer este acto de fe en las prácticas de piedad: cuando rezamos el Rosario, cuando hacemos una visita al Santísimo, cuando saludamos rápido al Señor en el sagrario con una genuflexión...

Todos estos actos de piedad se pueden hacer realmente, pero hacerlos sin el Señor, sin tener conciencia viva y real de que estamos tratándole.

Entonces la piedad no sería piedad, sino rutinaria repetición de actos sin vida: como el que está fumando y no se da cuenta de que enciende otro cigarrillo.

Puede ser repetición rutinaria o búsqueda de cumplir: para estar a gusto con uno mismo y estar en paz con Dios: ya he rezado el Rosario, ya me he quitado la lectura espiritual; todavía me queda mucho para terminar los rezos el día de hoy.

En definitiva es hipocresía, si se hace pensando en lo que esperan los demás que yo haga.

Hipocresía es palabra muy fuerte en la actualidad, pero el Señor la emplea mucho con los que cumplen con lo que hay que hacer pero sin vida.

Parece que es muy raro la hipocresía hoy día. Estamos en una cultura de sinceridad, de espontaneidad.

Pero realmente estamos también en una cultura hipócrita, en el sentido de que hay que actuar según lo que esperan los demás de uno.

En algunos ambientes se espera que lleves pantalones caídos (me han dicho alguno que los llevan que son muy molestos, pero que uno acaba acostumbrándose).

En otros ambientes no se puede decir algo políticamente incorrecto. Por ejemplo en una reunión de amigos está mal visto decir, que uno se va a su casa porque lo espera pronto su mujer. Lo tomarían a uno como si estuviera subyugado por su consorte.

Lo nuestro es conectar con Dios, y a rechazar todo lo que sea rutina o apariencia. Cultivar la apariencia nos llena de vacío.

En cambio cultivar la piedad no es cuestión de cumplir algo, o de hacerlo porque nos lo hemos propuesto.

Es posible rezar sin descubrir a Dios y seguir pensando que Dios es algo impersonal y vago. Se pueden hacer oraciones y no tener intimidad con el Señor.

No podemos ir a Misa por costumbre o porque lo tengo que hacer, por obligación
Rezar es conectar con Dios, establecer comunicación, descubrirlo. Rezar no es dirigirse a algo abstracto.

Dios no es una hipótesis filosófica, dice Benedicto XVI; no es algo que “tal vez exista”; sino que nosotros lo conocemos y Él nos conoce a nosotros. Y podemos conocerlo cada vez mejor, si permanecemos en diálogo con Él. Tenemos certeza de Dios aunque calle.

Aquél periodista también alemán, se sorprendía sobre las «posibilidades» de la oración.

Pero no son posibilidades «mágicas». Porque no la oración no es eso.

Efectivamente hay gente que reza como si la oración fuese la lámpara de Aladino, que si la froto se me conceden mis deseos.

La oración sería una lámpara un tanto estropeada, porque a veces funciona estupendamente, y a veces no.

Otros piensan que las «posibilidades» de la oración consisten en un sistema de urgencia, que debe ser empleado sólo en caso de necesidad.

Pero eso no es lo que pensarían Juan y el otro discípulo cuanto estuvieron toda una tarde con el Señor

Lo mismo que no pensamos nosotros así cuando salimos después de haber hecho bien un curso de retiro. Nuestra alma está suave, porque ha pasado mucho tiempo contemplando a Dios.

Así estaba María, no le quitaba ojo. El Niño no habla, pero habla, lo hacía con sus gestos, con su mirada. Se comunica con su Madre que observa todos sus movimientos y escucha cualquier ruido que haga.

Señora alcánzanos la piedad que nos permite ver la presencia de Jesús en el mundo.

López & Fornés & Mazzuchelli & Balsera

martes, 8 de enero de 2008

9 DE ENERO

«Oh Dios que has suscitado en la Iglesia a San Josemaría sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado».

Eso dice la Iglesia en la oración colecta de la Misa de San Josemaría, y esto es lo que celebramos hoy: el nacimiento de una persona santa que nos ha impulsado, como un padre, a emprender el camino de la santidad y el apostolado, y nos sigue ayudando desde el cielo.

El 9 de enero de 1976, día del cumpleaños de San Josemaría, apenas unos meses después de su muerte, contaba don Álvaro del Portillo, su primer sucesor, que durante un momento dudó si celebrar esta fiesta en el Opus Dei.

Se dio cuenta de que sí, de que había que celebrar ese cumpleaños. Porque se sentía orgulloso del Padre que el Señor nos había dado. Y este orgullo se ha de traducir en agradecimiento.

Encarnita Ortega, una de las primeras fieles de la Obra, poco antes de fallecer, le hicieron una entrevista en la que le preguntaban: –Cuando llegue al cielo ¿qué le dirá? refiriéndose a San Josemaría. Ella contestó:

–Padre, gracias.

Y añadía: –Porque gracias a él yo estaré en el cielo.

Y gracias a él, nosotros también queremos ser santos.

Una vez viajó al norte de Italia a Massa Carrara, la famosa cantera de mármol. Estando allí se quedó mirando el método que utilizaban para sacar los bloques enormes y toscos.

Se acordó del famoso escultor florentino que veía ya la escultura dentro del trozo de mármol, antes de empezar a trabajarlo. Así nos mira y nos ayuda San Josemaría desde el cielo.

No sé si has oído la expresión eres un poco marmolillo. Se suele referir a las personas que son poco ágiles y torpes para hacer las cosas. Así somos nosotros para las cosas de Dios: torpes y un poco marmolillos.

Gracias a Dios al artista lo único que le hace falta es un trozo de mármol, el resto lo hace él… por algo es artista.

Hay un libro para niños que, en el título, resume en cuatro palabras la vida de San Josemaría. Se llama: «Historia de un sí». El título lo dice todo.

Desde que era pequeño, aunque no siempre lo conseguía, intentó decir que sí a las cosas que le pedían sus padres.

En realidad lo aprendió de ellos. Los padres de san Josemaría también tuvieron que decir muchas veces que sí a los planes de Dios, a veces con sufrimiento:

La muerte prematura de las tres hijas pequeñas, la ruina económica, la llamada al sacerdocio de su único hijo varón para el que tenían otros planes.

En ese clima familiar de querer lo que otros querían, y sobre todo lo que Dios disponía en cada momento, aprendió San Josemaría a decir que sí.

A veces le costaba obedecer a la primera: aceptar la muerte de sus hermanas, encajar desde muy joven el revés profesional de su padre, trasladarse a una ciudad que no era la suya. Sufrir el abandono de algunos parientes en momentos duros, como el fallecimiento de su padre…

Así, poco a poco, se fue acostumbrando a ver a Dios detrás de cada acontecimiento y, aunque le costase, irlo aceptando. Pasado el tiempo, una de las jaculatorias que más repetía era «Omnia in bunum». Lo bueno y lo que nos parece malo viene de Dios.
«Por eso todas las cosas son para bien».

En su vida se entremezclaron las invitaciones divinas y sus respuestas afirmativas: ordenarse sacerdote para estar así disponible a lo que Dios le pidiera, después de ver las huellas de unos pies descalzos en la nieve.

Y gracias a los repetidos síes, en invitaciones pequeñas y no tan pequeñas, supo decir que Sí a lo que Dios le pidió en 1928: fundar el Opus Dei, a pesar de su resistencia, porque no quería ser fundador de nada.

Y ese Sí se prolongó después la solución jurídica, cuando era un imposible, para defender el carisma que había recibido de Dios; con la expansión apostólica por todo el mundo; continuándolo en cosas grandes y pequeñas hasta el mismo día de su marcha el cielo.

Por eso, el Papa Pablo VI, en la primera entrevista que tuvo con D. Álvaro del Portillo, le dijo que pensaba que el Fundador del Opus Dei era una de las personas que había recibido más gracias de Dios y que mejor había correspondido a esos carismas.

Esto es lo mismo que decir que era una persona santa, porque la santidad es identificarse con Cristo, que hizo la voluntad de su Padre.

Por eso la Iglesia dice:
«Oh Dios que has suscitado en la Iglesia a San Josemaría sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos (...) que (...) nos configuremos a tu Hijo Jesucristo».

Precisamente la santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría.

Por eso, D. Álvaro, que lo conocía tanto, podía decir que no recordaba que San Josemaría le hubiera dicho que no al Señor conscientemente.

Quizá se lo dijo alguna vez, pero no conscientemente. Tal era su determinación de ser santo.

Nosotros tenemos el camino claro para alcanzar la santidad: seguir los pasos de san Josemaría. Y hoy podemos fijarnos precisamente en este aspecto.

Es difícil que nosotros le digamos descaradamente que no al Señor. Resultaría demasiado violento.

Por eso, en algunos lugares no es costumbre decir un no rotundo. Suena hasta de mala educación. Incluso en algunas lenguas se utilizan expresiones para matizar la negativa: te lo dicen delicadamente de mil modos y casi no te das cuenta de que te han dicho un no.

Nosotros, quizá no decimos que no, pero tampoco decimos siempre que sí: a veces decimos ni.

–Señor, por intercesión de San Josemaría, te pedimos decir siempre que sí.

Eso exige una vida heroica. Al escuchar la palabra heroísmo nos vienen a la cabeza situaciones extraordinarias, cosas imposibles de llevar a cabo…

Hay parte de razón en esto, pero la heroicidad que Dios nos pide está en lo pequeño. El espíritu del Opus Dei nos pide precisamente esto:

Decir que sí siempre al Señor, empezando por lo pequeño: puntualidad en una norma de piedad, una llamada telefónica, hacer una corrección fraterna…

A veces, nuestro ni consiste en buscar excusas o encerrarnos en la comodidad…

Y al final, con el ni nos quedamos tan tranquilos porque hemos camuflado nuestra negación a Dios.

–Señor, te hemos dicho sí con mayúscula dándote la vida entera. Que no te neguemos lo poco que nos vas pidiendo cada día.

En el libro que ha escrito don Julián Herranz trae a la memoria el momento de la ordenación episcopal de don Álvaro y la suya propia.

Después de la postración en el suelo de san Pedro, don Julián escuchó como el Padre respondía con fuerza a las preguntas que se le hacían sobre la misión que la Iglesia ahora le encomendaba.

Don Álvaro, con voz fuerte y decidida iba respondiendo:
«sí, lo quiero».
Así resumiría don Julián la vida de don Álvaro. Lo aprendió de nuestro Padre. (cfr. En las afueras de Jericó, p. 317)

Y hacemos nuestra esa oración:
–¿Lo quieres, Señor?, yo también lo quiero.

Con motivo de la canonización de San Josemaría, se introdujo un cambio en la estampa para su devoción. Se dice:
Oh, Dios, que por mediación de la santísima Virgen, otorgaste a San Josemaría, sacerdote, gracias innumerables escogiéndole como instrumento fidelísimo...

Y efectivamente, si San Josemaría fue fiel a las llamadas de Dios, fue gracias a la mediación de la Virgen. Él que se llamaba también Mariano: llevaba el nombre de la Virgen doblemente.

La vida de María fue un continuo Sí. La palabra que sintetiza su vida es
Fiat!
También nosotros lo decimos ahora.




Yago Martínez & Ignacio Fornés & Estanislao Mazzuchelli

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías