viernes, 11 de enero de 2008

BUSCAR A DIOS EN LA PIEDAD *

–Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes...
Estamos cara a cara con Dios. El Señor nos ve y nos escucha en este rato.

El Apóstol Juan cuenta cómo pasó con Jesús una tarde. Fueron él y otro detrás de Jesús, «
y vieron donde vivía y se quedaron con Él».

Según iban pasando el tiempo se encontraría más a gusto con el Señor, hablando de todo, de lo divino y de lo humano.

Un conocido periodista alemán, que había sido un ferviente militante comunista, cuenta que fue decisivo para su conversión la asistencia a una boda.

Allí vio a muchas personas que estaban distraídas, mientras que el sacerdote, los novios y unos pocos más, están metidos en la ceremonia, se les veía muy a gusto conectando con Dios.

Entonces pensó, y lo puso por escrito más tarde: «
me sentí muy sorprendido por las posibilidades que ofrece rezar y meditar».

Es lo mismo que le pasó a Juan aquella tarde junto al Señor, hablando de todo con Jesús.

Descubrir que el Señor está de verdad a junto a nosotros, y que nos escucha, es la clave para estar a gusto con Él y pasar tiempo a su lado. Esto es ser piadosos.

Pero ¿cómo se logra ser realmente piadosos? ¿qué hacer para conectar con el Señor?
Aunque todos tenemos experiencia de momentos en los que se nos hace cuesta arriba. La verdad es que conectar con Dios es sencillo.

Esto me recuerda lo que oí hace poco viendo una exposición del Barroco español. Allí había de todo: inconfundibles Murillos, esculturas de Montañés, el Góngora de Velázquez, las llamativas telas blancas plegadas de Zurbarán…

Tres chicos de unos quince o dieciséis años, estudiantes de un instituto de la ciudad estaban delante de un famoso cuadro de Valdés Leal que representa muy bien la muerte y decían:
que asco, ¿a quién se le ocurre? ¿Por qué nos habrán mandado venir a ver todo esto?

Era evidente que no terminaban en conectar con el arte. Quizá llegar a saber contemplar una obra de arte exija educación y tiempo. Pero contemplar a Dios es sencillo.

Se trata sencillamente de saber que Dios está junto a nosotros, tal como nos lo ha:
Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo.

Hay que comenzar con un acto de fe: Señor creo que eso que Tú dices es verdad. Creo firmemente que estás aquí.

Se trata de poner nuestra fe en acto. Intentar encender nuestro amor.

San Josemaría, en uno de sus últimos viajes a América, tuvo que encender una vela delante de una imagen. La cerilla se resistía a prenderse, y él, ante esa circunstancia en la que, cualquiera de nosotros hubiera comentado: las cerillas de ahora no son como las de antes, dijo:

–Así nos pasa a nosotros cuando nos resistimos a las gracias que Dios nos da. Hay que tener un poco de paciencia, insistir (seguía intentado que la cerilla prendiese) y ya está.

Es un suceso corriente, pero que pone de manifiesto que la fe le llevaba a San Josemaría a saber que Dios estaba a su lado en todas las circunstancias.

Y que lo nuestro es intentar encender la vela de la oración continuamente. Pero ¿por qué en la práctica nos resulta difícil actuar cómo si Dios estuviera junto a nosotros?

Pienso que la dificultad puede estar en nuestra cabeza, en nuestra imaginación, que está llena de «
sapos».

De esos «
sapos» de los que habla Teresa de Jesús cuando una persona entra en la primera estancia del «castillo» de la oración.

Por eso hay que pedirle ayuda al Señor, y hacer un breve acto de fe: Señor tu estás aquí, y creo «
que me ves, que me oyes» decía San Josemaría.

Él añadía: con cuanta necesidad de mi alma escribí estás palabras, porque tenía necesidad de saber, de reafirmar, que el Señor me oía, y ahí las dejé para siempre, como oración preparatoria.

–
Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes.

No está escondido en el sagrario, vigilando como un policía. Está aquí con nosotros, porque es de nuestra familia.

Si hemos de tener presente al Señor en todo lo que hacemos, especialmente conviene hacer este acto de fe en las prácticas de piedad: cuando rezamos el Rosario, cuando hacemos una visita al Santísimo, cuando saludamos rápido al Señor en el sagrario con una genuflexión...

Todos estos actos de piedad se pueden hacer realmente, pero hacerlos sin el Señor, sin tener conciencia viva y real de que estamos tratándole.

Entonces la piedad no sería piedad, sino rutinaria repetición de actos sin vida: como el que está fumando y no se da cuenta de que enciende otro cigarrillo.

Puede ser repetición rutinaria o búsqueda de cumplir: para estar a gusto con uno mismo y estar en paz con Dios: ya he rezado el Rosario, ya me he quitado la lectura espiritual; todavía me queda mucho para terminar los rezos el día de hoy.

En definitiva es hipocresía, si se hace pensando en lo que esperan los demás que yo haga.

Hipocresía es palabra muy fuerte en la actualidad, pero el Señor la emplea mucho con los que cumplen con lo que hay que hacer pero sin vida.

Parece que es muy raro la hipocresía hoy día. Estamos en una cultura de sinceridad, de espontaneidad.

Pero realmente estamos también en una cultura hipócrita, en el sentido de que hay que actuar según lo que esperan los demás de uno.

En algunos ambientes se espera que lleves pantalones caídos (me han dicho alguno que los llevan que son muy molestos, pero que uno acaba acostumbrándose).

En otros ambientes no se puede decir algo políticamente incorrecto. Por ejemplo en una reunión de amigos está mal visto decir, que uno se va a su casa porque lo espera pronto su mujer. Lo tomarían a uno como si estuviera subyugado por su consorte.

Lo nuestro es conectar con Dios, y a rechazar todo lo que sea rutina o apariencia. Cultivar la apariencia nos llena de vacío.

En cambio cultivar la piedad no es cuestión de cumplir algo, o de hacerlo porque nos lo hemos propuesto.

Es posible rezar sin descubrir a Dios y seguir pensando que Dios es algo impersonal y vago. Se pueden hacer oraciones y no tener intimidad con el Señor.

No podemos ir a Misa por costumbre o porque lo tengo que hacer, por obligación
Rezar es conectar con Dios, establecer comunicación, descubrirlo. Rezar no es dirigirse a algo abstracto.

Dios no es una hipótesis filosófica, dice Benedicto XVI; no es algo que “tal vez exista”; sino que nosotros lo conocemos y Él nos conoce a nosotros. Y podemos conocerlo cada vez mejor, si permanecemos en diálogo con Él. Tenemos certeza de Dios aunque calle.

Aquél periodista también alemán, se sorprendía sobre las «posibilidades» de la oración.

Pero no son posibilidades «mágicas». Porque no la oración no es eso.

Efectivamente hay gente que reza como si la oración fuese la lámpara de Aladino, que si la froto se me conceden mis deseos.

La oración sería una lámpara un tanto estropeada, porque a veces funciona estupendamente, y a veces no.

Otros piensan que las «posibilidades» de la oración consisten en un sistema de urgencia, que debe ser empleado sólo en caso de necesidad.

Pero eso no es lo que pensarían Juan y el otro discípulo cuanto estuvieron toda una tarde con el Señor

Lo mismo que no pensamos nosotros así cuando salimos después de haber hecho bien un curso de retiro. Nuestra alma está suave, porque ha pasado mucho tiempo contemplando a Dios.

Así estaba María, no le quitaba ojo. El Niño no habla, pero habla, lo hacía con sus gestos, con su mirada. Se comunica con su Madre que observa todos sus movimientos y escucha cualquier ruido que haga.

–
Señora alcánzanos la piedad que nos permite ver la presencia de Jesús en el mundo.

López & Fornés & Mazzuchelli & Balsera

martes, 8 de enero de 2008

9 DE ENERO

«Oh Dios que has suscitado en la Iglesia a San Josemaría sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado».

Eso dice la Iglesia en la oración colecta de la Misa de San Josemaría, y esto es lo que celebramos hoy: el nacimiento de una persona santa que nos ha impulsado, como un padre, a emprender el camino de la santidad y el apostolado, y nos sigue ayudando desde el cielo.

El 9 de enero de 1976, día del cumpleaños de San Josemaría, apenas unos meses después de su muerte, contaba don Álvaro del Portillo, su primer sucesor, que durante un momento dudó si celebrar esta fiesta en el Opus Dei.

Se dio cuenta de que sí, de que había que celebrar ese cumpleaños. Porque se sentía orgulloso del Padre que el Señor nos había dado. Y este orgullo se ha de traducir en agradecimiento.

Encarnita Ortega, una de las primeras fieles de la Obra, poco antes de fallecer, le hicieron una entrevista en la que le preguntaban: –Cuando llegue al cielo ¿qué le dirá? refiriéndose a San Josemaría. Ella contestó:

–Padre, gracias.

Y añadía: –Porque gracias a él yo estaré en el cielo.

Y gracias a él, nosotros también queremos ser santos.

Una vez viajó al norte de Italia a Massa Carrara, la famosa cantera de mármol. Estando allí se quedó mirando el método que utilizaban para sacar los bloques enormes y toscos.

Se acordó del famoso escultor florentino que veía ya la escultura dentro del trozo de mármol, antes de empezar a trabajarlo. Así nos mira y nos ayuda San Josemaría desde el cielo.

No sé si has oído la expresión eres un poco marmolillo. Se suele referir a las personas que son poco ágiles y torpes para hacer las cosas. Así somos nosotros para las cosas de Dios: torpes y un poco marmolillos.

Gracias a Dios al artista lo único que le hace falta es un trozo de mármol, el resto lo hace él… por algo es artista.

Hay un libro para niños que, en el título, resume en cuatro palabras la vida de San Josemaría. Se llama: «Historia de un sí». El título lo dice todo.

Desde que era pequeño, aunque no siempre lo conseguía, intentó decir que sí a las cosas que le pedían sus padres.

En realidad lo aprendió de ellos. Los padres de san Josemaría también tuvieron que decir muchas veces que sí a los planes de Dios, a veces con sufrimiento:

La muerte prematura de las tres hijas pequeñas, la ruina económica, la llamada al sacerdocio de su único hijo varón para el que tenían otros planes.

En ese clima familiar de querer lo que otros querían, y sobre todo lo que Dios disponía en cada momento, aprendió San Josemaría a decir que sí.

A veces le costaba obedecer a la primera: aceptar la muerte de sus hermanas, encajar desde muy joven el revés profesional de su padre, trasladarse a una ciudad que no era la suya. Sufrir el abandono de algunos parientes en momentos duros, como el fallecimiento de su padre…

Así, poco a poco, se fue acostumbrando a ver a Dios detrás de cada acontecimiento y, aunque le costase, irlo aceptando. Pasado el tiempo, una de las jaculatorias que más repetía era «Omnia in bunum». Lo bueno y lo que nos parece malo viene de Dios.
«Por eso todas las cosas son para bien».

En su vida se entremezclaron las invitaciones divinas y sus respuestas afirmativas: ordenarse sacerdote para estar así disponible a lo que Dios le pidiera, después de ver las huellas de unos pies descalzos en la nieve.

Y gracias a los repetidos síes, en invitaciones pequeñas y no tan pequeñas, supo decir que Sí a lo que Dios le pidió en 1928: fundar el Opus Dei, a pesar de su resistencia, porque no quería ser fundador de nada.

Y ese Sí se prolongó después la solución jurídica, cuando era un imposible, para defender el carisma que había recibido de Dios; con la expansión apostólica por todo el mundo; continuándolo en cosas grandes y pequeñas hasta el mismo día de su marcha el cielo.

Por eso, el Papa Pablo VI, en la primera entrevista que tuvo con D. Álvaro del Portillo, le dijo que pensaba que el Fundador del Opus Dei era una de las personas que había recibido más gracias de Dios y que mejor había correspondido a esos carismas.

Esto es lo mismo que decir que era una persona santa, porque la santidad es identificarse con Cristo, que hizo la voluntad de su Padre.

Por eso la Iglesia dice:
«Oh Dios que has suscitado en la Iglesia a San Josemaría sacerdote, para proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado, concédenos (...) que (...) nos configuremos a tu Hijo Jesucristo».

Precisamente la santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría.

Por eso, D. Álvaro, que lo conocía tanto, podía decir que no recordaba que San Josemaría le hubiera dicho que no al Señor conscientemente.

Quizá se lo dijo alguna vez, pero no conscientemente. Tal era su determinación de ser santo.

Nosotros tenemos el camino claro para alcanzar la santidad: seguir los pasos de san Josemaría. Y hoy podemos fijarnos precisamente en este aspecto.

Es difícil que nosotros le digamos descaradamente que no al Señor. Resultaría demasiado violento.

Por eso, en algunos lugares no es costumbre decir un no rotundo. Suena hasta de mala educación. Incluso en algunas lenguas se utilizan expresiones para matizar la negativa: te lo dicen delicadamente de mil modos y casi no te das cuenta de que te han dicho un no.

Nosotros, quizá no decimos que no, pero tampoco decimos siempre que sí: a veces decimos ni.

–Señor, por intercesión de San Josemaría, te pedimos decir siempre que sí.

Eso exige una vida heroica. Al escuchar la palabra heroísmo nos vienen a la cabeza situaciones extraordinarias, cosas imposibles de llevar a cabo…

Hay parte de razón en esto, pero la heroicidad que Dios nos pide está en lo pequeño. El espíritu del Opus Dei nos pide precisamente esto:

Decir que sí siempre al Señor, empezando por lo pequeño: puntualidad en una norma de piedad, una llamada telefónica, hacer una corrección fraterna…

A veces, nuestro ni consiste en buscar excusas o encerrarnos en la comodidad…

Y al final, con el ni nos quedamos tan tranquilos porque hemos camuflado nuestra negación a Dios.

–Señor, te hemos dicho sí con mayúscula dándote la vida entera. Que no te neguemos lo poco que nos vas pidiendo cada día.

En el libro que ha escrito don Julián Herranz trae a la memoria el momento de la ordenación episcopal de don Álvaro y la suya propia.

Después de la postración en el suelo de san Pedro, don Julián escuchó como el Padre respondía con fuerza a las preguntas que se le hacían sobre la misión que la Iglesia ahora le encomendaba.

Don Álvaro, con voz fuerte y decidida iba respondiendo:
«sí, lo quiero».
Así resumiría don Julián la vida de don Álvaro. Lo aprendió de nuestro Padre. (cfr. En las afueras de Jericó, p. 317)

Y hacemos nuestra esa oración:
–¿Lo quieres, Señor?, yo también lo quiero.

Con motivo de la canonización de San Josemaría, se introdujo un cambio en la estampa para su devoción. Se dice:
Oh, Dios, que por mediación de la santísima Virgen, otorgaste a San Josemaría, sacerdote, gracias innumerables escogiéndole como instrumento fidelísimo...

Y efectivamente, si San Josemaría fue fiel a las llamadas de Dios, fue gracias a la mediación de la Virgen. Él que se llamaba también Mariano: llevaba el nombre de la Virgen doblemente.

La vida de María fue un continuo Sí. La palabra que sintetiza su vida es
Fiat!
También nosotros lo decimos ahora.




Yago Martínez & Ignacio Fornés & Estanislao Mazzuchelli

domingo, 6 de enero de 2008

FIESTA DE MAGOS

Hoy, 6 de enero, es la fiesta de Magos. Eso es lo que dice la Sagrada Escritura, que aquellos hombres eran magos.

Ahora están de moda los magos. El libro más conocido es el de Harry Potter. Allí, a los que no son familia de magos les llaman sangre sucia. Resumiendo mucho, se trata de la historia de un niño, Harry Potter que es perseguido por un mago malo, que se enfrenta con él y le hiere dejándole una cicatriz. Esa cicatriz le recordará al maligno su fracaso porque no pudo derrotar a Harry.

También la Navidad tiene su magia. En este tiempo celebramos que nuestro Señor se aparece a nosotros: se presenta silenciosamente en un portal.

Siempre está cerca de nosotros. Sin ir más lejos, toda la creación nos grita su presencia y su amor. Pero se esconde porque no quiere forzar nuestra libertad, obligarnos a que confiemos en Él.

Como cantaba el poeta, diciéndole al Señor: –¿A dónde te escondiste, mi Amor, y nos dejaste?

Ya sabemos que los magos aparecen y desaparecen. Cuando hablamos de ellos hablamos de sus trucos de magia. Un buen mago sabe cómo hacer aparecer y desaparecer cosas y personas.

Hoy celebramos que Dios «se nos ha aparecido». Epifanía significa «hacerse presente».

El libro del Génesis cuenta como Adán y Eva, después de cometer el Pecado original intentaron ser autónomos, y esconderse de la presencia de Dios.

Pero les duró poco, porque Dios se paseó por donde se ocultaban y les preguntó: Adán, ¿dónde estás?

Somos criaturas suyas y se comporta con nosotros como cualquier padre con su hijo: Él nos conoce y nos sorprende continuamente.

Al ser humano le apasiona el juego, como a los niños el circo. Y Dios se comporta como un ilusionista. Dios se esconde, porque es un Dios absconditus.

El Creador del universo es un niño tan débil que parece que se envuelve entre pajas por su fragilidad. Dios es un Niño pequeño.

En casa de mi madre trabajaba una chica musulmana. Y le intentaba explicar el cuadro de la Virgen con el Niño que, como buena católica, tiene en su cuarto. Y la chica musulmana le decía: –Pero Dios no tiene Madre, es grande.

–
Pues, entonces ¿qué estamos celebrando estos días de Navidad?

–Y la chica respondía: pero Dios es uno.
Y mi madre me comentaba: –y ahí quedó la cosa. Y conociéndola entendí: por el momento.

Efectivamente Dios es uno, pero ha querido revelarnos, que también es Hijo, ha querido hacerse hombre, naciendo de una Virgen.

Y en Navidad lo contemplamos siendo Niño, escondiendo su grandeza. Dios está acostado en un pesebre, en una ciudad insignificante llamada Belén, en Judea.

En la primera lectura de la Misa de hoy dice Isaías: «Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti».

Parece como si nos contará lo que va a suceder. Es como un juego: ahora hay tinieblas, pero luego el Señor sacará luz de la oscuridad. Como si Dios diera un golpe de efecto, sacando de su chistera cosas que no había.

Así Dios juega con nosotros, nos va dando pistas a través de los Profetas: «
He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo...

Y otra pista: Y tú Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor...

Y otra cita que parece un acertijo: El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su amo... Y otra pista más: Una rama brotará de la raíz de Jessé –Jessé fue el padre de David– y así una flor brotará de esa raíz».

También en nuestra vida va dando pistas. Podemos aprender de la magia de Dios. En realidad todos podemos ser un poco magos, todos podemos «descubrir ese algo santo» que, en el fondo, es el truco final de nuestra vida. Ese algo santo que está escondido para los que no han sido purificados por la «sangre limpia» de Jesucristo.

Dios se oculta en la Eucaristía. Los que no son cristianos no descubren el poder que tiene la sangre de nuestro Señor.

Precisamente la palabra «santidad» en griego, viene de «a-gios»: limpieza; y en latín de «sanguine tinctus: sanctus». «Teñido de sangre».

La «sangre limpia» de nuestro Señor, oculta en la Eucaristía, hace que nosotros descubramos la estrella de nuestra vida.

A las personas que comulgan con frecuencia les sucede que, sin saber porqué, van descubriendo a Dios en todo lo que hacen, y también mejoran en todos los campos como por arte de magia porque no tiene mucha explicación tanto cambio. Es el truco de la gracia de Dios que les toca de lleno.
En la vida de los Magos por un momento la estrella desapareció. Y volvió a aparecer de nuevo, como si Dios hiciera un truco. Y los Magos al verla de nuevo se sonrieron, como si aplaudieran.

En nuestra vida también sucede a veces que dejamos de ver la estrella aunque nuestra intención es de seguirla. Perdemos la ilusión que hemos podido tener por las cosas de Dios.

El Señor juega con nosotros. La vida es un juego en el que nosotros intervenimos. A veces Dios arregla las cosas a su manera, tiene salidas sorprendentes porque juega, no contra nosotros sino con nosotros, es de nuestro de equipo.

Por eso no nos debe preocupar cuando las cosas no salen según habíamos previsto.

A veces, parece que se esconde, que está callado, en silencio. No hay que preocuparse porque vuelve a aparecer siempre. Y utiliza efectos especiales como la estrella.

Muchos vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos, en cambio supieron ver en él al Niño, que vencería al Maligno con el amor: y así lo hizo con su cicatriz en forma de cruz.

Al reconocerle le ofrecieron sus presentes, los dones más preciosos del Oriente. También nosotros podemos ofrecerle nuestros dones más mágicos: la fe, la esperanza y la caridad.

Estos son los regalos que más le gustan, pues Él, aun siendo el Señor, no los posee: tiene necesidad del oro de nuestra fe, para comprar almas, y así extender su reinado. Tiene necesidad de nuestra esperanza, que es el incienso que necesita como Sacerdote, la oración humeante que une la tierra con el cielo. Tiene necesidad de nuestro amor.

Un acto de fe, es un tipo de magia por la que los misterios de Dios se nos hacen presentes.

¡Qué fuerza tiene un acto de fe! Que es capaz de traer a Dios sobre el altar.

¡Qué agradable es el incienso de nuestra esperanza, capaz de llegar al trono de Dios!

Pero nuestro amor es tesoro más precioso. Dile: Señor, te quiero, auméntanos la esperanza y la fe.

El oro de nuestra fe, que cree en la realeza de ese Niño.

El incienso de nuestra esperanza, que es el buen perfume que notan los que nos tratan; y la mirra de nuestro amor, que es bálsamo para aliviar el sufrimiento de los demás.

La fe nos hace ver de repente las cosas de distinta manera. La esperanza transforma las situaciones más problemáticas en optimismo. Y la caridad hace que los esfuerzos mayores parezcan que no son para tanto.

Como siempre, Herodes, «quien–no–debe–ser–nombrado», intentó engañar a los Magos, pero ellos se escabulleron por arte de magia.

Buen ejemplo para nosotros que debemos utilizar la magia de Dios –fe, esperanza y caridad– para vencer al Maligno.

Allí está la Virgen para recoger nuestro oro, el incienso y nuestra mirra, y ponerlo todo cerca del Niño para que lo vea.

Ella es la que le lleva al Señor nuestras cosas buenas. Como Madre saca de la manga todo lo nuestro que hace sonreir al Niño.

–Tú eres nuestra Estrella Mar, Estrella de Oriente, que surge cuando te necesitamos.


Antonio Balsera e Ignacio Fornés

TÚ ERES MI HIJO

Tú eres mi hijo, Filius meus es tu. Son palabras del Salmo II, que meditamos con frecuencia. Como hacía San Josemaría desde los primeros años de labor apostólica.

En concreto, aquel día de tanto sol, en un tranvía en pleno centro de Madrid: vamos a aprender de la oración de los santos.

También podemos sentir esas palabras, hoy en este retiro: ahora mismo, hodie, "hoy yo te estoy engendrando".

Evidentemente el salmo II se refiere al Mesías, al Cristo. Al Hijo del Padre que está siendo engendrado siempre por la Primera Persona de la Santísima Trinidad.

Aquí en la tierra, los hijos, a partir de cierto momento, se van desvinculando cada vez más de la vida de sus padres.

En cierta forma, después de la generación, el hijo se va haciendo cada vez más autónomo. Sobre todo cuando descubre las limitaciones de sus padres.

Me contaron hace poco de un niño que estaba en brazos de su padre, mirando el cielo lleno de nubes. En un momento, el niño dijo: -Papá, dile al sol que salga.

-Eso no puede ser, es imposible. El niño insistía:
Que sí, que se vayan las nubes y que salga el sol.

-Pero voy a decir a las nubes que se vayan y al sol que venga.

-Ah, ¿no puedes? Después de un silencio, se volvió a su padre y le dijo: -
Oiga, Señor, ¿me puede bajar y dejarme en el suelo?

Con Dios no ocurre eso. En la Santísima Trinidad, continuamente –eternamente- el Padre está siendo Padre. Y está dando su vida eterna al Hijo, y continuamente –eternamente- el Hijo está siendo Hijo, recibiendo todo su ser. Absolutamente todo lo recibe.

Y eso crea un lazo de unión muy fuerte, un amor que da y un amor que recibe y agradece el don.

Es tan fuerte el Amor entre el Padre y el Hijo, que tiene personalidad propia, es eterno, y lo llamamos Espíritu Santo.

A veces también se llama en la Escritura Espíritu del Padre, o Espíritu de Jesús, porque es tanto del Padre como del Hijo.

-¡Qué grande eres Dios mío! ¡Qué poco te entendemos!

Tan poco que hay mucha gente que se cree Dios es malo y los padres son buenos. Cuando resulta que Dios ha hecho a nuestros padres para que sean su imagen.

Me contaba un sacerdote que unos padres, yendo con su hija en un tren con literas, cuando se apagaron las luces y se quedó todo a oscuras, la niña preguntó:
Papá, Mamá, ¿estáis ahí?

Los padre habían salido un momento al pasillo. Y la niña insistía:
Mamá. Papá, ¿estáis ahí?

Y se oyó la voz de otro señor que estaba también en el compartimento que dijo:
Sí, Papá está ahí. Mamá está ahí. Y yo estoy aquí, intentando dormir. Así que cállate un poquito.

La niña estuvo callada un momento y dijo:
Mamá, ¿era Dios?

Como dice un famoso escritor inglés: algunos tienen la idea de Dios como
una voz malhumorada, procedente de la oscuridad y prohibiéndonos algo.

Y lo más grande es que Dios, tan incomprensible para nosotros, nos haya querido revelar su intimidad.

No sólo eso, sino que nos ha querido hacer partícipes de la Filiación del Hijo. Para eso vino Jesús al mundo, para eso el Verbo se hizo carne: para habitar entre nosotros y que nosotros habitemos en Dios.

Por eso nos ha enviado al Espíritu Santo que inhabita dentro de nuestra alma en gracia, y que es el Amor entre el Padre y el Hijo. Para que participemos de ese amor como hijos en el Hijo.

A nosotros también nos ha querido engendrar, mejor, nos está engendrando constantemente.

Es bueno que, en nuestra oración, resuenen, como aquel día del año 31, estas palabras verdaderas:
“Tú eres mi hijo porque yo quiero engendrarte, que existas, cada hora, cada minuto... cada instante eres mi hijo”.

Aunque no nos hagamos totalmente a la idea de lo que supone, porque superan nuestra capacidad de entender. No importa, porque más que entenderlas, tenemos que gozarlas.

Como le ocurrió a San Josemaría, que no podía dejar de repetir: Abbá, Pater. Ahora nos dirigimos a nuestro Dios que está tan cerca de nosotros y le decimos: Padre, Papá.

Y lo hacemos, no por iniciativa propia, sino respondiendo a su llamada:
-Tú eres mi hijo, tú eres Cristo.

-Y esto es muy fuerte: significa que en cada momento, Tú, Señor quieres entregarme a mí todo tu ser.

Significa que, en cada momento quieres hacerme santo, con su santidad perfecta.

Continuamente estás entregándote por nosotros mediante tu Amor infinito que es el Espíritu Santo.

No es que un día nos quiera hacer un favor muy grande. Ni siquiera muchos días y muchos favores. Está continuamente queriéndonos dar todo.

Se está poniendo muy de moda últimamente una novela: La Sangre del Pelícano. Espero no destriparla. En un momento de la trama le dicen al Papa que corre el riesgo de sufrir un atentado en una ceremonia, y le aconsejan que no acuda.

El Santo Padre toma un ejemplar ilustrado de la Biblia y muestra una imagen que nos resulta muy familiar: el pelícano hiriéndose el pecho para alimentar a sus crías.

Y comenta el Papa que ésa tiene que ser su actitud ante el peligro que le acecha. La de dar su vida, si es necesario, por sus hijos.

Ésa es la actitud de nuestro Dios: nos da su vida.

Esto es lo que sentiría nuestro Padre, lo que sienten los santos.
-¡Qué bueno eres, Señor, que bueno!

La experiencia del Amor de Dios, que sólo son capaces de notar en su plenitud las personas célibes, libres.

Pero las personas célibes, no sólo de hecho, sino de corazón. Porque puede haber personas que son célibes, digamos, socialmente, como estado civil, pero tener un corazón aherrojado a sí mismas.

Entendemos, captamos y sentimos todo lo que nos quiere el Señor cuando nos entregamos de verdad, sin condiciones. Por eso nos insisten tanto en el peligro del aburguesamiento. Porque, como llenemos el corazón de cachivaches, no conectaremos con el Amor de Dios.

Seguramente tendrás la experiencia: a lo mejor, incluso la tienes actualmente. Que te cuesta conectar en el Señor porque tienes la cabeza y el corazón en tus cosas. En tus regalos de Reyes, tan recientes. En tu trabajo. En tu salud. En tu... yo.

Es el momento de volver a caer en la cuenta con tu luces, Señor, de que me pides todo para darme todo.

Pidiendo es como el Señor engrandece el recipiente: para que quepa más de lo que continuamente está dando.

Qué pobres son las palabras humanas para expresar lo que es Dios. El padre humano se desvive, trabaja para sacar adelante a su familia. Que enseña a su prole y también la mujer, sin guardarse nada para él.

La madre que se olvida de sí misma por cuidar a su marido y a sus hijos. Que prefiere el pellejo del pollo, porque es lo que nadie quiere.

Me contaron hace poco una escena familiar de estos días. Se veía a los padres alrededor del árbol de Navidad, dejando los regalos de Reyes el 5 por la noche.

En un momento dado, se dan cuenta de la presencia de alguien más en la habitación, en la puerta. Se vuelven y descubren a su hijo pequeño, en pijama, mirándolos con cara de sorpresa.

En seguida se dan cuenta de la situación: el niño, quizá antes de tiempo, ha descubierto todo.

Entonces, el padre, reacciona, se sienta en un sillón y le dice a su hijo que se acerque, mientras la madre se queda al pie del árbol.

Lo pone sobre sus rodillas y empieza a hablarle:
-Está bien. Ya te estás haciendo mayor. Ya eres todo un hombre. Y ha llegado el momento de que sepas por fin toda la verdad.

En ese momento él y su mujer se pasan la mano por delante de la cara y se arrancan una careta.

Y aparecen Melchor y Baltasar que diciendo: los padres no existen.

No: detrás de la careta no están los Reyes Magos. Detrás de la careta está Dios. Los padres de la tierra son la figura de Dios.

Pero es que además, Dios es Padre y Madre a la vez, porque en Dios no hay sexo. Engendra, y cuida, y se da como un Padre y una Madre juntos.

Yo soy Cristo, hemos de repetirnos constantemente.
En cada uno de nosotros, Tú, Señor, quieres hacer una imagen perfecta de Ti.

Ése tiene que ser el fundamento de nuestra personalidad: soy hijo en el Hijo: soy el mismo Cristo, no solamente un doble.

Es decir, no solamente parecido a Él, o un intento de imitación. No:
soy el mismo Cristo, Cristo que pasa.

Los hijos están para recibir: nosotros tenemos que dejar que Dios no dé. Porque Dios quiere darnos todo, incluso su divinidad, su misma naturaleza. Pero quiere depender de nosotros.

Dios no puede cambiar de opinión, lo que cambian son nuestras disposiciones. Pero nosotros podemos ser buenos hijos que reciben o ser “adultos” que ya no tienen necesidad de nada.

Hay que dejarse. Hay que abandonarse, hay que pedir. Pedir: esa es la actitud de los hijos: ser muy pedigüeños y estar muy unidos a nuestro Padre Dios.

Porque solos no podemos nada. Lo sabemos muy bien, porque lo experimentamos casi constantemente.

Y dejarse corregir. Es como si el Señor nos dijera:
me duele el corazón cuando tú sufres, pero no puedo dejar de corregirte.

La indiferencia juzga, y no comprende ni corrige. Un padre comprende, exige: por eso, nos dice Dios,
no puedo dejar de corregirte.

Decía nuestro Padre que el cielo es para los que hayan sabido ser felices en la tierra. Pero la mano de nuestro Padre-Dios es la de un jardinero, que nos va quitando las hojas podridas. Y continuamente nos poda para que demos más fruto.

-Madre nuestra: como queremos ser Cristo, somos también hijos tuyos.

Jesús corresponde al Amor de su Madre como el mejor de los hijos: con un agradecimiento y una ternura continua. Así queremos también hacer nosotros

Antonio Balsera & Guillermo González-Villalobos & Ignacio Fornés

sábado, 5 de enero de 2008

ALTRUISMO INFINITO **

Amémonos unos a otros ya que el Amor es de Dios (Juan 4, 7).

Y no sólo es que tengamos que querernos porque el Amor proceda de Dios, sino que Dios mismo es eso: Deus cáritas est. Como el Papa Benedicto ha querido titular a su primera encíclica.

Por eso, si Dios es Amor, puede parecer extraño lo que a veces relata la Sagrada Escritura. Me viene a la cabeza ahora el castigo al rey David.

Dios castigó al rey David al final de su vida por haber ordenado un censo de todo el pueblo de Israel.

Nos preguntamos cómo un censo, tan común en nuestros días, pudo merecer el castigo de Dios.

La opinión más extendida es que este censo se hizo por egoísmo, para conseguir mano de obra al servicio real. Por eso pudo Salomón, el hijo de David, construirse el palacio y el famoso Templo.

Al morir Salomón le sucedió su hijo Roboán. Nada más subir al trono todo el pueblo le pidió que no le explotara más:

«Tu padre hizo muy pesado nuestro yugo; aligera, pues, ahora tú esta dura servidumbre y te obedeceremos».

Roboán todavía joven preguntó entonces a su consejo. Los más ancianos, antiguos consejeros de su padre, gente con experiencia, le aconsejaron que cediera y les librase de ese peso, y así se ganaría la popularidad de todos…

Sin embargo, sus consejeros más jóvenes, que se habrían criado con él, en una vida cómoda de palacio en la magnífica corte de Salomón, le dijeron lo contrario: que se mantuviera firme para que así le cogieran respeto.

Roboán siguió el mal consejo de los jóvenes y dijo al pueblo: «Mi padre os cargó un yugo pesado y yo os lo haré todavía más pesado; mi padre os azotó con azotes y yo os azotaré con escorpiones».

El resultado fue que las doce tribus de Israel se dividieron. Diez eligieron como caudillo a Jeroboán, que era un pájaro.

Solamente las tribus de Judá y Benjamín siguieron reconociendo la autoridad de la casa de David.

«Mi padre os impuso un yugo pesado y yo os lo haré todavía más pesado». Esta es la actitud que se cargó la unidad del pueblo judío.

Nos vamos ahora al Nuevo testamento. Después de Pentecostés, los apóstoles salieron a predicar el Evangelio en primer lugar a los de su raza.

Al principio se limitaron casi exclusivamente a las comunidades judías de las grandes ciudades: Antioquía, Alejandría, Chipre y Cirene.

Con esta actitud, fueron atraídos a la fe pocos gentiles. Sólo cuando llegó San Pablo, un gran número de gente que no era judía ingresó en la Iglesia.

Entonces surgió una pregunta: ¿Debían cumplir los gentiles convertidos, las prescripciones de la Ley de Moisés, que observaban los judíos cristianos, o se les habría de descargar de ellas?

La circuncisión, observancia del sábado, abstención de algunos alimentos, en especial de la carne de cerdo, como los demás judíos…

La cosa no estaba clara. Cuando un día San Pedro se sentó y comió con gentiles incircuncisos, fue bastante criticado.

Todo esto provocó el primer concilio Ecuménico, que tuvo lugar en Jerusalén. Durante las sesiones, San Pablo y San Bernabé hablaron del éxito de su misión entre los gentiles.

San Pedro, tomando la palabra el primero decidió librar a los gentiles de todas esas costumbres judías. Y así se aprobó….

En su discurso San Pedro dijo: «…¿por qué tentáis a Dios, queriendo imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar?»

Dos actitudes distintas. La de Roboán que decide aumentar el peso de su pueblo, y la de los Apóstoles, que deciden aliviar las conciencias de los gentiles.

Son dos actitudes opuestas: una brusca y otra delicada, porque el yugo de Cristo es suave y su carga ligera.

Son dos actitudes que pueden salir de nosotros cuando tratamos a los demás: a veces dependiendo del día, de nuestro estado de humor, de si hemos dormido…

Por un lado la amabilidad al tratar a todos, el buen humor, preguntar la opinión de los demás, no imponer la nuestra como la única posible.

A veces la gente se pelea en una casa por quien ejerce el mando de la televisión.

Muchas veces justificamos nuestro mal carácter pensando que tenemos que decir las cosas como son, que debemos decir la verdad, pero la decimos sin caridad hasta con un enfado y contribuimos a que a que se enrarezca el ambiente y haya por eso divisiones.

Eso hizo Roboán. En la fraternidad hay que ponerse en la situación de la otra persona. Por eso es importante hacer como los apóstoles. Tener la actitud intentar aliviar a las demás. Ponerse en el lugar de los otros y ver sus puntos de vista…

Hay una palabra que aparece en los tratados de teología al hacer referencia a los que gobiernan en la Iglesia, la palabra para los que ejercen la autoridad entre los cristianos es suavitas, suavidad.

El gobierno en la Iglesia debe ejercerse con suavidad.

Esto significa que los cristianos no debemos exaltarnos ni echar en cara las cosas a nadie y más si se goza de autoridad.

Es bueno confesarse cuando uno no se domina y salta.

La intransigencia de Roboán tuvo fatales consecuencias.
Aquel acto de ligereza, uno sólo, cambió el curso de la historia.

El pueblo de Dios se dividió en dos reinos. Eso es lo que busca Satanás: enfrentar y dividir.

La caridad tiene un orden, los primeras son los de nuestra familia: «esforzaos», decía san Josemaría, «para que, sin sensiblerías aumente el cariño»

«A nadie, dice San Pablo, debáis ninguna otra cosa, sino el amor mutuo; pues quien ama al prójimo, ha cumplido la ley» Rm 13, 8–10.

Quererse, comprenderse, disculparse: pensar en los demás.

San Josemaría decía que si se faltaba a la caridad no era porque tuviéramos mal carácter sino por falta de vida interior. Desgraciadamente muchas veces, lo corriente en el hombre es el egoísmo, el altruismo, la entrega a los demás, no se da sin esfuerzo.

Sin embargo en Dios se da un altruismo infinito: llegaría a vaciar, si eso fuera posible, a Dios de Dios. La naturaleza divina no es poseída por cada Persona más que para referirla sin reservas hacía Otro.

Pidámosle al Señor ser como El. Desprendidos de nuestro yo. Le podemos decir con el Salmo: –Enséñame, Señor, Tú camino (86).

Santo Tomás a propósito de la Eucaristía dice que nos vacía de nosotros y nos llena de Dios: «el efecto propio de este sacramento es la transformación ("conversio") del hombre en Cristo, para que se pueda decir como el Apóstol: "vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mí. (Ga 2, 20)"» (In IV Sent., d. 12, q. 2, a. 1).

Este es el núcleo, la parte central de la Eucaristía, Dios que se vacía para entregarse a una criatura. En eso consiste el amor, en vaciarse para llenar al otro.

Al Amor de Dios que es el Espíritu Santo le pedimos con la liturgia de Pentecostés que nos enseñe el núcleo profundo y vital de ese sacramento: Spíritus Sanctus huius nobis sacrífici copiósius revelet arcanum (Or. Sobre las ofrendas, Pentecostés).

El abajamiento de Dios para ayudarnos.

Dice San Agustín, hablando de la misericordia que es cierta compasión de la miseria ajena.

Dios que se abaja. El amor tiene que ver con la humildad. La fraternidad tiene también mucho que ver con la humildad.

Dice el Señor: «El que se ama así mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos abandonarla sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla no ofrecerla.

–Tú, Señor, te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra vida (…) Guíanos hacia el proceso del grano de trigo (…) que me ponga contigo al servicio de la redención del mundo.

Los grandes escritores místicos se maravillaban que un Dios tan grande se hiciera tan pequeño: que vea yo al Dios que me crió a mí, hecho niño por amor de mí, y aquel de quien antes se decía: "Grande es Dios, y muy loable", ahora se diga de Él: "Chico es Dios, y muy amable" (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, cap. IV).

Para ser como Dios en el Amor hemos de sacrificarnos, matar nuestro yo. Lo contrario, cuando la criatura humana piensa en sí misma se vuelve seria y agresiva como el padre de la mentira.

–Señor, ayúdanos a desenmascarar nuestro egoísmo que nos deja vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de nuestra vida la entreguemos.

¿Te imaginas los tres meses de María con Isabel? Que Ella nos ayude a hacer lo mismo en el lugar donde vivimos.

Knox & Balsera & Fornés

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías