lunes, 26 de septiembre de 2011

LA SORDERA: Obediencia viene de «audiencia». Muchas veces lo que más nos molesta no es hacer una cosa concreta sino que nos manden.

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Las personas emprendedoras cuando miran su vida ven cosas que hay que mejorar.

Sin embargo los mediocres están a gusto y piensan que no tienen necesidad de cambio.

Los tibios creen que los que tienen que cambiar son los demás.

Todo depende de cómo se miren las cosas. Hay personas que observan la realidad con una lente de aumento para ver lo que sucede fuera. Los defectos ajenos se ven con lupa, y los propios aparecen muy pequeños.

Es la misma lente que dependiendo de cómo se emplea ve en grande o

En su vida, nuestro Señor habló también a ese tipo de persona cumplidora, que se encontraban a gusto consigo mismo.

Y Jesús les dice que las prostitutas y los pecadores de adelantarán en el Reino de los cielos (cf. Mt 21,28-33).

Estas palabras de Señor quizá desconcertaron a sus contemporáneos, pero son verdaderas. La experiencia enseña que es muy difícil que cambien una persona que se considera buena.

Sin embargo una pecadora –al mirar su vida– tiene más facilidad para convertirse. No he de extrañar que algunos santos hayan sido grandes pecadores.

Y como ha dicho Benedicto XVI: «Todo santo se ha hecho a partir de un ser humano pecador, tal y como todos hemos venido al mundo».

Pero algunas personas no ven las cosas así: no observa sus errores, sino los de los demás. Por eso decía Teresa de Jesús: «Miremos nuestras faltas y no las ajenas».

Porque con mucha facilidad vemos la mota en el ojo ajeno, y no somos capaces de mirar que en el nuestro hay un leño.

En nuestra vida sucede como dice el Señor de que a veces decimos a nuestro Padre Dios que vamos a trabajar en su viña, y luego no vamos.

Y otras veces que decimos que no, y después nos arrepentimos, y vamos a trabajar en sus cosas (cf. Mt 21,28-33).

Como ha dicho Benedicto XVI en Alemania: « El daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres».

LA SORDERA

Con frecuencia el pueblo elegido por Dios tenía debilidades, y el Señor les pedía que se convirtiera (cfr. Ez 1,25-28).

Los buenos israelitas le daban gracias al Señor porque siempre tenía misericordia de ellos y les enseñaba el camino correcto (cfr. Salmo responsorial: 24).

San Pablo que era judío habla a los cristianos para que tuviesen los mismos sentimientos de Jesús (cfr. Flp 2,1-11).

Y los sentimientos del corazón del Señor están en sintonía con los de su Padre: Jesús llega hasta el extremo, se sometió al querer de Dios Padre, haciéndose obediente hasta la muerte.

En nuestro caso si queremos convertirnos y tener los sentimientos del Señor hemos de hacer caso a Dios.

Somos humanos y habitualmente nos molesta hacer la voluntad de otro. Y muchas veces lo que más nos molesta no es hacer una cosa concreta, sino que nos la mande alguien.

Como estamos inclinados al orgullo hacemos más a gusto lo que nadie nos manda. Y si tenemos que obedecer, nuestra primera reacción puede ser de rebeldía.

Pero podemos rectificar tal y como dice el Señor en el Evangelio (cfr. Mt 21,28-32). A Jesús le agrada que recapacitemos.

Por eso la conversión no puede darse sin la obediencia, que una virtud que nos asemeja al Hijo de Dios hecho hombre.

El verbo obedecer viene de otro verbo latino que significa oír. Obediencia procedería de audiencia.

Algunas personas elegidas por Dios tuvieron debilidades, como es el que caso del David. Y hay gente que ha tenido experiencias como las tuvo este santo rey, que también fue pecador, pero se arrepintió.

Otras personas en cambio querían hacer cosas buenas por Dios, pero no escuchaban la voz del Señor. Este fue el caso del primer monarca de Israel. Y Dios no quería sus sacrificios sino su obediencia.

La Virgen ha sido la persona que ha tenido el oído más fino: a Ella le pedimos nuestra conversión.

XXVI DOMINGO A, 25 septiembre de 2011

jueves, 22 de septiembre de 2011

LA PROPINA

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Hace unos años leí un libro titulado «El español y los siete pecados capitales». Y decía que –en aquella época–, el pecado más común de los españoles era la envidia.

Pienso que eso no será verdad, porque la envidia es muy mala. La envidia consiste en entristecerse por el bien que tienen los demás.

Hace falta ser muy rastreros para no alegrarse de que los otros reciban cosas buenas.

En el Evangelio, san Mateo nos cuenta una de las parábolas del Señor en la que Jesús habla de unos que protestan contra Dios porque es generoso con otros. Se enfadan porque Dios a otros les da más de lo que en realidad le correspondería.

Está claro que el Señor a todos nos dará el jornal después de haber trabajado en esta vida.

El Señor por colaborar con Él nos dará la vida eterna. Como se la dio a San Pablo, que tanto había trabajado en la viña del Señor. San Pablo llegó a decir que para él morir era una suerte. Pero que si para los cristianos era bueno que se quedase el aceptaba estar todo el tiempo que hiciera falta.

San Pablo trabajo mucho en la expansión de la Iglesia. Años y años extendiendo el Evangelio.

Sin embargo no todo el mundo ha hecho lo mismo. Ha habido santos a los que el Señor llamado a última hora, como al buen ladrón, que se convirtió en menos de un día. Estuvo poquísimo tiempo siguiendo al Señor: unos ciento ochenta minutos, aproximadamente.

Y también es santo. El primero canonizado por la Iglesia, por El Cabeza de la Iglesia, por es el mismo Jesús, que fue quien le dijo: «hoy estarás conmigo en el Paraíso». Dimas que era el último se adelantó al mismísimo san Pedro, que debía ser de los primeros. Ya Jesús lo había dicho: –Mucho últimos serán primeros.

Y al explicación de todo esto nos la da Sagrada Escritura en el libro de Isaías: lo que quiere el Señor, lo que busca es que el malvado abandone su camino.

La lógica de Dios es la del perdón. Y a nosotros perdonar determinadas cosas nos cuesta mucho. Ya se ve que los caminos de Dios son distintos a los nuestros.

Nosotros algunas veces somos egoístas y envidiosos. El Señor siempre es un padre bueno.
En la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid llamaba la atención los doscientos confesonarios situados en el Parque del Retiro, junto a la imagen del Ángel Caído. Allí junto a una de las pocas imágenes en dedicadas a Satanás la gente salía contentísima de los confesonarios.

Es paradójica esa coincidencia: el monumento al que introdujo el pecado junto a la llamada Fiesta del Perdón.

Por eso repetimos en el salmo que el Señor es misericordioso y está cerca de los que le invocan.

El Señor es bueno con todos. No como nosotros, que a veces con algunas personas no nos portamos bien, porque nos desagradan. Y Jesús nos pide que seamos perfectos a la manera de nuestro Padre celestial.

«Sed misericordioso como celestial es misericordioso». Dios carga con nuestra miseria. Es lo contrario a la envidia.

No solo no se entristece con el bien que tienen los demás, sino que goza haciendo regalos a todo el mundo, incluso a los que son malos.

Al hablar de algún monarca se dice que es «su graciosa majestad». Y no es que la reina de Inglaterra sea especialmente divertida, sino porque algunas cosas las concede, gratuitamente,graciosamente.

Al no tener obligación de hacerlo: lo realiza movida por su generosidad. El Evangelio nos habla de un señor que da una propina generosa a algunos que trabajan para él (Mt 20,1-16).

Pero los compañeros que no han recibido la gratificación se quejan de que sólo los que ganan menos han recibido un plus.

Les parece injusto porque aquellos no han trabajado a jornada completa y acaban recibiendo lo mismo.

Quizá muchos de nosotros hubiéramos dicho lo mismo que esos trabajadores del campo que protestaban.

Y por eso el profeta Isaías dice que Dios tiene otra forma de pensar distinta a la nuestra (Primera lectura de la Misa: Is 55,6- 9): «mis planes no son vuestros planes».

El caso es que Dios no da porque tenga obligación, sino porque le da la gana. En definitiva es porque nos quiere.

Amar es regalar, tienen como lema algunos grandes almacenes. Y ojalá que nos regalaran algo cuando vamos, en vez de tener que pagar. Pero el Señor no nos incita a regalar, para sacar negocio. Nos invita a pensar en los demás.

Así actuaron los santos (cfr. Segunda lectura: Flp.1,20c-24.27a). Nos imaginamos a la Virgen siempre dando, sin esperar nada: Ella si que es graci
osa.

sábado, 23 de julio de 2011

LA PALABRA

San Mateo nos cuenta como un día el Señor salió de su casa –entonces vivía en Cafarnaúm–, se sentó junto al lago y se puso a contar anécdotas. Así les habló mucho rato, en parábolas (cf. Mt 13,1-23).
Como a los que hablaba eran pescadores y agricultores las anécdotas eran de ese estilo:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron…»
(Mt 13,1ss).

Seguramente si Jesús tuviera que hablarnos a nosotros, trataría de cosas cercanas, como es lógico, no iba a hablarnos de teorías.Las personas que vivimos en un Colegio Mayor tenemos nuestra vida, con los problemas pequeños, y a veces no tan pequeños.Ayer llevaron a enterrar a un residente del Colegio Mayor donde vivo. Era de la primera planta. De la habitación número cuatro.

Todo el mundo le llamaba Gusgús. Y de una parada cardio-respiratoria no se recuperó.Lo trágico es que el compañero de habitación no se dio cuenta, sino otro, que en ese momento fue a verle.Son cosas que suceden en los Colegios Mayores: siempre hay movidas.Por eso si el Señor tuviera que hablarnos a nosotros no diría nada del sembrador, sino del Colegio. Sin embargo las parábolas del Señor tienen tanta fuerza que todavía sirven, aunque nosotros seamos urbanos.

LA PALABRA DE DIOS
El Evangelio de la Misa de este domingo habla de la Palabra de Dios que cae en nuestro corazón.Este año, el Señor ha sembrado su palabra en todos nosotros. Y lo que sucede es que hay gente que oye con gusto las cosas de Dios, pero viene el Maligno, y hace que lo que el Señor sembró desaparezca.

Sigue diciendo Jesús: Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta en seguida con alegría.Pero al ser superficial, y no tener raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad, o persecución, motivada por creer en Dios, entonces aquel que escuchaba con alegría, sucumbe (cf. Mt 13,1-23).Lo que vemos por experiencia es que lo peor no es un gran pecador que ha cometido grandes crímenes.

Lo peor es intentar hacer compatible el amor de Dios con las cosas del Maligno.Lo que sucede entonces es que el Demonio llega y arrebata lo que se ha sembrado.Para algunas personas las cosas de Dios son sólo cosas bonitas. «Palabras, palabras, palabras», así dice la letra de una canción italiana.

PAROLE, PAROLE, PAROLE
En esa canción italiana se oye una voz masculina que de forma cálida va diciendo en francés cosas bonitas y afectuosas.Mientras que la cantante italiana va repitiendo:

«Parole, parole, parole».El argumento de la canción viene a decir que muchas veces las palabras de amor, no valen nada.Como decía aquella protagonista del papel cuché:

«El amor es eterno mientras dura».Para algunas personas las palabras de amor, sólo significan sonidos de poco valor.Sin embargo hay otras palabras que se clavan como puñales, para bien o para mal.Unas son las palabras de amor sinceras y bellas, y otras son flechas envenenadas. Hay palabras malvadas y palabras sinceras.Pero de Dios sólo nos pueden venir palabras sinceras y buenas, porque Él es bueno.Hace unos días un alemán me decía que hay una expresión de san Josemaría que le resultaba magistral: que a veces hay que «herir para sanar».

HERIR PARA SANAR
Pues si la Palabra de Dios nos hiere es porque estamos enfermos, y Ella nos pueden sanar (cfr. Primera lectura de la Misa: Is 55,10-11).Dice Isaias: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra […] y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10-11).

Por eso cuando la palabra de Dios cae en buena tierra siempre da fruto (cfr. Respuesta del Salmo de la Misa: Lc 8,8).Ojalá en nuestro caso se pudiera decir también: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto».Por eso todo lo que el Señor ha sembrado en este curso que acaba tiene que fructificar. Las cosas que te ha ido sugiriendo a través de la conciencia.Precisamente nuestra maduración, no se dará sin las dificultades.
La semilla para dar fruto tiene que morir.La palabra de Dios no se siembra sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento. San Pablo habla de dolores de parto, hasta que nos transformemos, hasta que nos convirtamos en otra criatura (cfr. Segunda Lectura de la Misa: Rom 8,18-23).Me acuerdo de lo que en una ocasión me dijo un sacerdote experimentado: «Casi siempre nos ayudan más los fracasos que los éxitos»

Esto es así, con frecuencia nos maduran más las contrariedades. Y en nuestra vida siempre habrá agobios y contrariedades.

Nada más que hay que ver el libro de intenciones de la Misa en un Colegio Mayor.

El otro día me preguntaba un chico: –¿Son distintas las peticiones que se hacen en un Colegio Mayor femenino que en un masculino?

–Pues sí, en un colegio femenino la gente cuenta su vida. En el de chicos sólo se hacen peticiones concretas. Si Gusgús hubiera vivido en el Colegio femenino hubieran rellenado varias páginas. En cambio del fallecimiento de Gusgús me enteré en la comida.

De todas formas hay excepciones. Por ejemplo, un colega mío que estuvo trabajando en un colegio de enseñanza media, recibió el mail del director del centro educativo que te voy a leer:

«En el oratorio del Colegio –escribe el director– tenemos un dietario donde los niños van escribiendo, día a día, las intenciones por las que aplicar la Santa Misa. Le adjunto el texto de hoy, que no tiene desperdicio. El chico es de 2º de ESO y lleva todo el día llorando como una Magdalena:

»Por mi perro, porque lo quiero, y que Dios lo tenga con él y lo quiera y cuide mejor que yo.


»Por mi perro y los ratos felices que me hecho pasar, las veces que se ha escapado y lo he reñido, los malos ratos con él, que han sido pocos.

»Por mi perro, que se llamaba Patán y lo quería y lo seguiré queriendo hasta el final de mi vida.

»Te quiero, Patán, no te olvidaré jamás.

»Eres un gran perro, el mejor que se pueda desear, y que lo pase bien al lado de Dios porque se lo merece.

»Adiós. Te quiero».


No me voy a tomar a broma la tragedia de un chaval de catorce años que acaba de perder a uno de sus mejores amigos.

No me voy a tomar eso a broma como me tomé la muerte de Gusgús, que seguramente ya habréis adivinado que se trataba del pez que tenía el residente de la habitación número cuatro.

Me pidió consejo cómo enterrarlo porque lo iban a hacer con solemnidad, como aparecerá en Tuenti.

Le dije que para honras fúnebres de un pez lo mejor sería llevarle en una funda de gafas, porque son como un ataúd en pequeñito.

Y así lo llevaron hasta el Triunfo, pero no para enterrarlo sino para echarlo en una de las más conocidas fuentes de Granada.

MORIR PARA DAR FRUTO

Para que la palabra de Dios de fruto tiene que morir. Y estamos en una sociedad sentimental, en la que no se entiende el por qué de la cruz. No se entiende el valor del sacrificio.

Y para que la palabra de fruto, también la tierra tiene que ser buena. Esta es nuestra misión: conseguir que nuestro corazón este preparado (cfr Evangelio de la Misa: 13,1-23).

La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras que hacen que no arraigue la palabra de Dios cuando hay dificultades. Pero las verdaderas dificultades están dentro, no fuera de nosotros.

También están las zarzas de las preocupaciones excesivas por lo material, que ahogan la voz de Dios.

Y también está la superficialidad, porque nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que transita cualquier idea. La palabra de Dios no arraiga en un alma de portera.

Todo esto que nos cuenta nuestro Señor en el Evangelio puede resultar interesante, pero sonarnos como palabras bonitas: parole, parole, parole, que dice la canción.

Pero no olvidemos que son palabras de honor, puesto que nuestro señor murió por mantenerlas. Así fue, la Palabra de Dios murió crucificada. Pero resucitó. La semilla tuvo que morir para dar fruto.

De hecho esto se repite todos los días: Jesús muere, y resucita en la Santa Misa. Jesús mismo es la Palabra de Dios que se hace trigo, pan, para que nosotros podamos recibirle.

Lo que hemos hablado no son cosas teóricas. Recibimos la Palabra de Dios cuando comulgamos.

RECIBIR LA PALABRA DE DIOS

Por desgracia el Señor viene a nosotros, pero después de la Misa la gente sale, y parece que aquello no arraiga.

Es como si se sembrara al borde del camino, y enseguida desaparece. Una persona que no da gracias después de la Misa, aunque comulgue a menudo la semilla no crece porque carece de la tierra de nuestro tiempo.

Por superficialidad otras cosas parecen más urgentes o necesarias, y las preocupaciones de la vida la ahogan la Palabra de Dios.

Vamos a terminar haciendo este propósito: quedarnos siempre haciendo los diez minutos de acción de gracias.

Por eso le decimos a Jesús: yo quisiera, Señor, recibiros como te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

martes, 5 de julio de 2011

PAROLE, XV DOMINGO CICLO A


Palabras, palabras, palabras, así dice la letra de una canción italiana. Y así decimos cuando las palabras sólo significan sonidos de poco valor.

Sin embargo hay otras palabras que se clavan como puñales, para bien o para mal. Unas son las palabras de amor sinceras y bellas, y otras son flechas envenenadas.

Pero de Dios sólo nos pueden venir palabras sinceras y buenas, porque Él es bueno. Y si hieren, es porque estamos enfermos, y ellas nos pueden sanar (cfr. Primera lectura de la Misa: Is 55,10-11).

Por eso cuando la palabra de Dios cae en buena tierra siempre da fruto (cfr. Respuesta del Salmo de la Misa: Lc 8,8).

Aunque el fruto de nuestra conversión no se da sin esfuerzo. En esta tierra para que la semilla dé fruto tiene que morir.

La palabra de Dios no se siembra sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento. San Pablo habla de dolores de parto, hasta que nos transformemos, hasta que nos convirtamos en otra criatura (cfr. Segunda Lectura de la Misa: Rom 8,18-23).

Pero para que de fruto, la tierra tiene que ser buena. Esta es nuestra misión: conseguir que nuestro corazón este preparado (cfr Evangelio de la Misa: 13,1-23).

La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras que hacen que no arraigue la palabra de Dios cuando hay dificultades. Pero las verdaderas dificultades están dentro, no fuera de nosotros.

También están las zarzas de las preocupaciones excesivas por lo material, que ahogan la voz de Dios.

Y también está la superficialidad, porque nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que transita cualquier idea. La palabra de Dios no arraiga en un alma de portera.

Todo esto que nos cuenta nuestro Señor en el Evangelio puede resultar interesante, pero sonarnos como palabras bonitas: parole, parole, parole, que dice la canción.

Pero no olvidemos que son palabras de honor, puesto que nuestro señor murió por mantenerlas. Así fue, la Palabra de Dios murió crucificada. Pero resucitó. La semilla tuvo que morir para dar fruto.

domingo, 26 de septiembre de 2010

RICOS, XXVI DOMINGO, CICLO C


Las lecturas de la Misa nos hablan de la necesidad de pensar en los demás.

La Primera (Am 6, 1; 4-7.) nos presenta la indignación del Profeta Amós, que se encuentra con los dirigentes llevando una vida lujosa, mientras el país estaba en la ruina.

En la Segunda lectura (1 Tim 6, 11-16.), San Pablo recuerda a Timoteo que la raíz de todos los males es la avaricia: cuando uno va a lo suyo

Por su parte, el Evangelio (Lc 16, 19-31) nos describe a un hombre rico que no supo sacar provecho de sus bienes.

La descripción que nos hace el Señor en esta parábola tiene fuertes contrastes: gran abundancia en la vida del rico, extrema necesidad en Lázaro.

Los bienes del rico no habían sido adquiridos de modo fraudulento; ni tampoco parece que tenga la culpa de la pobreza de Lázaro, al menos directamente.

Este hombre rico no está contra Dios ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para ver a quien le necesitaba. Vive para sí, lo mejor posible.

Ciego

¿Cuál fue su pecado? Pues que no se fijo en Lázaro, a quien hubiera podido hacer feliz viviendo él con menos egoísmo: con menos afán de ir a lo suyo.

Lo que llevo al rico al infierno no fueron sus riquezas –Dios es también rico– sino su egoísmo.

Y lo que llevó a Lázaro al cielo no fue la pobreza material –entonces los pobres serían santos– sino la pobreza de espíritu, la humildad (cfr S. Agustín, Sermón 24, 3).

El egoísmo deja ciegos a los hombres para las necesidades ajenas y lleva a tratar a las personas como cosas sin valor. Todos tenemos a nuestro alrededor gente que tiene algún tipo de necesidad, como Lázaro, de la que no debemos pasar por ir a lo nuestro.

Ricos

Las personas que tienen dinero con frecuencia han sido personas mal vistas. Todos conocemos a ricos buenos, pero a veces no es así. Ya en su tiempo el profeta Amós se queja de ellos (cfr. Primera lectura de la Misa).

Tengo amistad con una persona muy rica. No voy a decir el nombre porque es muy conocido. La verdad es que vive en sitios estupendos. Por ejemplo he visitado su finca de Marbella y es más impresionante que la del Rey Fa.

Mucha gente le pide dinero. En concreto me acuerdo, que como es conocido de mi familia, me consta que le han pedido muchas veces. El tiene la teoría que dar en metálico hace daño. Prefiere ayudar a que la gente encuentre trabajo, y se esfuerce.

Sólo ha podido tener un hijo. La verdad es que las mujeres van detrás del chico.

A este chico –bueno ya es mayor, tiene más de veinte años– casi nunca lo sacan en las revistas del corazón, pasa lo mismo que con el creador de Zara.

Un dato. Por ejemplo a su bautizo no acudió nadie de la prensa, y por supuesto no fue en España.

Ya digo que son excepciones. Pero tú ves a su Madre, y es que no aparenta en absoluto que está absolutamente forrada. Es una de las mujeres más discretas que yo conozco.

Lo que me sorprende de esta familia es lo preocupada que está siempre por los demás. Sólo han podido tener un hijo, y sin embargo han querido adoptar a niños abandonados y con problemas. Yo sé lo que cuesta adoptar porque tengo tres sobrinos en esa situación.

Preocuparse por los demás

En el Evangelio, el Señor nos cuenta historias. La verdad es que impacta mucho la parábola del pobre Lázaro y del rico epulón (en la Misa de hoy).

En este mes se empieza un nuevo curso. Y hay estudiantes que comienzan a vivir con gente a la que no conocían anteriormente.

En la esquina de la calle Rector López Argueta con Gran Capitán me he encontrado un anuncio en el que se deja el teléfono, porque están buscando una tercera persona para compartir el piso. Y está escrito algo así: «Estamos deseando compartir el piso contigo, es muy coqueto y se encuentra en el centro de Granada».

La verdad es que dan ganas de pagar 200 euros e irse a vivir con gente tan simpática. Lo cristiano es ser amable incluso con los desconocidos.

No digo yo que los que quieren compartir piso no tengan algún «interés». Quieren que su vivienda le resulte más barata, y para eso esperan que se apunte otra persona.

Pero lo que está claro es que Dios no tiene ningún «interés personal» en que nosotros nos vayamos a vivir con Él en la eternidad.

No es que Dios «necesite» que paguemos 200 euros, Él quiere que vayamos al cielo porque nos quiere: como un padre a sus hijos.

Y nosotros que somos cristianos también hemos de pensar en los demás. Jesús cuenta la parábola del pobre Lázaro y el rico que iba a lo suyo. El Señor narra esta historia para que veamos la importancia que tiene preocuparse de las necesidades de los demás.

Antes os hable del multimillonario que yo conozco. Pues mandó a su hijo mayor, el que no es adoptado, para que trabajase como uno más entre los de su empresa.

Suena bonito, pero es que los compañeros no sabían que era el hijo del dueño. Pero lo dramático del caso es que estando en un país extranjero unos italianos lo mataron.

Los que me conocéis sabéis que soy adoptado, y que me he criado en esa familia de la que vengo hablando, y que la ilusión de mi padre adoptivo es que yo fuera sacerdote.

Bueno, pues ya me conocéis: soy hijo adoptado por Dios. Mi Hermano mayor – al que mataron los romanos– es Jesucristo, que «siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Co 8, 9: Aleluya de la Misa).

Esta es la realidad, Dios es rico, muy rico. Él lo tiene todo. Sin embargo fue capaz de desprenderse de todo para conquistarnos.

FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías