lunes, 21 de enero de 2008

EL TRASPLANTE DE CORAZÓN

El Señor decía que cuando fuéramos a orar, a dar limosna, o hacer penitencia, no lo hiciéramos como los hipócritas que se fijan en las cosas exteriores (cfr. Mt 6, 1–6), pero que su corazón esta lejos de Dios (cfr. Joel 2, 12–18).

El Señor advierte a los que hacen las cosas para quedar bien que se quedarán sin la recompensa del Padre celestial (cfr. Mt 6, 1–6).

El Señor, que enseñaba las cosas con ejemplos muy claros, les dijo a los que le estaban oyendo:

Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.

El fariseo, daba mucha importancia a lo exterior, a las formas, por eso se puso de pie para que todos le vieran.

Cuenta el Evangelio que en su interior oraba así: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana (…)».

No pensemos que el fariseo era una persona mala: por lo menos rezaba. Lo que pasa es que rezaba para quedarse tranquilo. No busca a Dios, sino a sí mismo.

Hoy rezaría así: –«Te doy gracias Dios mío porque voy a Misa, hago oración; en Navidades fui a cantar villancicos a varios hospitales de la ciudad. Es evidente que no soy como los demás, que se emborrachan, y juegan a la güija…».

Como ves se puede rezar y, a la vez, estar lejos de Dios. Es posible no ser un gran pecador, y hacer una oración que desagrada al Señor.

En su oración el fariseo hablaba y hablaba. No dejaba que el Señor le dijese las cosas, estaba a su rollo.

Eso es lo que quiere el diablo, quiere que estemos tranquilos con lo que hacemos y que, a la vez, vivamos sin el Señor.

Satanás, que es un mentiroso, también es capaz de hacer cosas.

Un día se apareció a San Mauricio y le dijo: –«Todo lo que tú haces yo lo hago también».

El demonio se refirió a cosas de mortificación que el santo hacía: «Tú ayunas… y yo no como nunca. Tú velas… y yo jamás duermo».

San Mauricio, que lo tenía muy claro, le contestó: –«Yo hago una cosa que tú no puedes hacer».

–«Y ¿cuál es?» le dijo el diablo.

–«Humillarme», respondió el santo.

En el trato con Dios hay que ser humildes. Y la humildad es estar en verdad. Por eso, lo importante de la oración es ponernos en nuestro sitio, no ir de chulitos, sino reconocer lo que somos, gente necesitada.

Señor, perdóname. Cámbiame el corazón. Tú lo sabes todo, tu sabes que a pesar de que soy un pecador, yo te quiero.

Las personas que se convierten, saben exactamente en qué momento y dónde se decidieron a cambiar.

Te leo el trasplante de corazón que sufrió un conocido converso inglés:

«Creo que todavía sería capaz de señalar el sitio exacto de las escaleras donde una noche, a los diecisiete años, caí de rodillas y pronuncié un voto de celibato. La idea que predominaba en mi mente no era la de la virginidad.

»No estaba huyendo de las maldades del mundo que contemplaba en torno a mí… En aquella época (como les ocurre normalmente a muchas personas), comenzaba a hacer íntimas y sólidas amistades.

»También comenzaba a darme cuenta de que en muchos casos, cuando abandonáramos el colegio, la separación acabaría con ellas.

»Consciente por primera vez del ansia con que mi naturaleza buscaba la simpatía y el apoyo humanos, me pareció un deber evidente negarme a mí mismo esa simpatía y ese apoyo, aún más afectuoso que los surgidos del matrimonio.

»Necesitaba disponer de la capacidad de acompañar al Señor sin impedimentos.

Eso es lo que quiere el Señor, disponer de toda tu capacidad para quererle. Para eso nos da su gracia durante la Cuaresma.

Señor que te quiera con todo corazón. Necesitamos que nos hagas un trasplante. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro.

Para que sea creado este corazón puro hay que romper antes el viejo, porque con ése, sólo buscamos agradarnos a nosotros mismos, como le sucedía al fariseo: que su corazón no le servía para querer a los demás.

Convertíos a mí de todo corazón, nos dice el Señor.

Quiere que nos propongamos hacer algunas cosas y que otras las dejemos. No busca un cambio superficial, busca un cambio en el fondo.

Que nos demos cuenta de que todo lo que está al margen de Dios es ceniza.

En la parábola que estaba contando Jesús, el publicano fue el que «bajó justificado a su casa». Lo único que hizo fue pedir perdón: «se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador» (Lc 18, 13).

Y eso es lo que hacemnos en la Confesión: pedir perdón a Dios, quitando esas cenizas que impiden que nuestro corazón cambie, ame a los demás.
Cuando nos confesamos nuestro corazón se dilata, se agranda porque salimos de nosotros, y entra Dios: nos llenamos de Dios, dejamos que opere en nuestro interior, que nos vaya cambiando desde dentro. Él es nuestro cirujano, quien hace la operación del transplante de corazón (6).

Un famoso periodista cuenta su propia experiencia con la confesión. Estando en Roma, después de tomarse un café se fue San Pedro. No era muy religioso, era comunista aunque bautizado.

Entró en la Basílica y, mientras la veía llegó hasta la capilla de confesionarios. El mismo nos cuenta lo que ocurrió: «Me coloqué a una cierta distancia delante de la caja –se refería a confesionario– y esperé hasta que la joven que estaba delante de mí acabara con su historia.

»Estaba arrodillada en la cabina semiabierta; parecía hablar sin fin. De repente se podía ver como le corrían lágrimas a borbotones.

»Me sentí un poco incómodo con esta escena; miré esforzado hacia alguna estatua y estaba a punto de irme, cuando el confesor me llamó desde la cabina. Yo sólo vi el brazo extendido y un dedo que me llamaba. Ya no había posibilidad de escapar, y me lancé a algo que me parecía ridículo.

»El sacerdote me hizo algunas preguntas y al final, me dio un consejo que dio justo en el clavo, como una flecha en un punto minúsculo de una diana minúscula».

Aquel encuentro con el Señor en la confesión -aunque fue un poco forzado- cambió el corazón del periodista. Porque Dios, a quien se le acerca arrepentido, le da un corazón nuevo y un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos (Ez 11, 19–20).

Cuanto más cuidemos nuestras confesiones, más frecuente serán nuestras conversiones, porque más dejaremos actuar al Señor en nosotros.

La conversión primera, quizá puede ser espectacular, pero tan importantes o más son las pequeñas conversiones que experimentamos en la confesión semanal.

Si queremos conversiones, confesiones. Cuidar la confesión es hacerla con calma, pero sobre todo es hacerla frecuentemente: la peor confesión es la que no se hizo con sinceridad, y después, la peor confesión es la que no se hizo por pereza.

«Muchas conversiones (…) han sido precedidas de una encuentro con María… Nuestra Señora ha activado las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una nueva vida» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 149).

María es nuestra enfermera, el amor que le tenemos hace de anestesia, para que el trasplante de corazón cueste menos.

Mazzuchelli & Fornés

domingo, 20 de enero de 2008

SOLO UNA VIDA

En el Evangelio se nos hablaba de las bienaventuranzas: felices seréis en la medida en que seáis pobres en el espíritu, bienaventurados si lloráis, dichosos si vivís la mansedumbre.

Y pensaba que una persona que vivió todo esto fue San José: él tenía hambre y sed de justicia, de santidad; él fue misericordioso con todo aquél que estaba necesitado de que le ayudaran a llevar su miseria. Fue José un hombre limpio de corazón y por eso pudo ver a Dios en esta misma tierra.

Vamos a pedirle a este maestro de la vida interior que nos consiga cercanía, proximidad con Dios. Para que no tengamos otra meta en nuestra vida, otra ilusión que hacer su voluntad.

Que no busquemos nuestra afirmación personal al margen de lo que Dios quiere de nosotros. No sólo una afirmación personal contraria sino al margen de lo que tiene que ser la razón de ser de nuestra vida.

Solamente seremos bienaventurados, felicísimos, si nos entregamos para que se realice el querer del Señor: aunque sea paradójico como son las bienaventuranzas.

Las personas que nos hemos entregado a Dios no tenemos asuntos personales y además, asuntos relacionados con Dios, como si las dos clases de asuntos fueran complementarios. Para las santos sólo hay un tipo de asuntos.

En el fondo esto es la unidad de vida: que todo, absolutamente todo, hasta el descanso, hasta el sueño, acabe siendo oración, acabe siendo amor a Cristo.

Los santos han sido personas que sólo tenía un fin: hacer la voluntad de Dios. Eso tiene muchas consecuencias prácticas. No debemos contrariarnos, chirriar, si no tenemos tiempo para nuestras cosas personales porque en realidad no deberíamos tener cosas sólo personales, como si sólo fueran nuestras.

La unidad de vida para alguien que busca la santidad en medio del mundo, es fundamental porque nosotros no sólo nos alimentamos espiritualmente de rezos: nuestra misión es santificar lo material.

Se necesita rezar mucho para que lo de fuera sea lo mismo que lo de dentro: en realidad la unidad de vida tiene mucho que ver con la sencillez.

Que nos dé igual ordenar la habitación que trabajar en el asunto más trascendente. Ordenar nuestro armario no es una cosa personal, sino que refleja lo que somos cara a Dios, aunque no nos viese nadie más que Él.

Necesitamos hacer oración para ver a Dios en todo, también en lo que los demás no ven.

Cuánta gente predica una cosa y hace otra: pero la verdadera fuerza ésta en cuando se nota que hacemos lo que decimos.

Y debe ser lo mismo: hacer que decir, realizar una cosa ordinaria que una que llaman extraordinaria.

Qué feliz se encontraba San José aserrando troncos. Él, que era una de las personas mejor dotadas que han existido, con una riqueza interior prodigiosa, estaba feliz en la carpintería.

Por eso Satanás no pasaba del umbral de su taller, porque aquel ruido de la sierra y del martillo era como una música religiosa.

No sabía el demonio por dónde tentarle: este carpintero le parecía un ser enigmático: se encontraba feliz con su trabajo monótono y gris, quien podía haber sido una celebridad.
«No lo entiendo, no lo entiendo: cómo una persona puede vivir sin buscar el lucimiento en las cosas que hace».

En el trabajo apostólico debemos de dar prioridad a la formación... Y la formación en gran medida consiste en conducir a cada uno a la unidad de vida.

A unos habrá que insistirles en que no piensen que la vida interior consiste sólo en rezos. A otros, ayudarles para que en la práctica nada esté al margen de Dios.

Efectivamente hay una ruptura en la unidad de vida cuando se conduce la vida interior al margen del trabajo: entonces se ven las prácticas de piedad como un gasto de tiempo.

Y es que la vida interior es como un árbol, que se alimenta de todo lo que tiene alrededor, y el trabajo es una de las facetas que está más presente en nuestra vida.

La vida interior se alimenta también de las dificultades. Debemos ser santos, no «a pesar de las dificultades», sino «a través» de ellas.

Todo nos ha de llevar a Dios, incluso el pecado. Nosotros tenemos la posibilidad de amar a Dios desde el pecado: quizá la vida interior no consista en otra cosa que hacer muchos actos de contrición, porque nosotros somos pecadores.

Nos acordamos de aquel pasaje de la Sagrada Escritura en la que se dice que los hombres movido por el orgullo quisieron hacer una torre, como si se tratase de un monolito, un monumento construido para emular a Dios.

Es como si el hombre dijera: hago esta torre para que se vea claramente que yo puedo construir cosas de espaldas a Dios.

Sabemos que aquello terminó mal. Cuando uno vive de espaldas a Dios, cuando no quiere contar con Dios, a esto llamamos pecado.

Y precisamente el pecado es lo más deletéreo, lo que más desune, por eso a aquella torre se le llamó «Babel», que significa confusión. En ese sitio ya los hombres no se entendían. Al separarse de Dios, también entre ellos dejó de haber comunicación fluida.

El pecado es lo que hace que se pierda la unión, la unidad. Por eso la mejor forma de reconstruirla es la contrición, el pedir perdón.

Dile al Señor ahora mismo: –Tú sabes todo, Tú sabes que a pesar de mi miseria, te quiero.

El pecado es lo que separa, y disgrega, y el amor es lo que crea la unidad. El amor simplifica todo: ama y haz lo que quieras decía San Agustín.
Todos los alimentos se unen en el estomago, se entremezclan para pasar al organismo, allí ya no hay primer plato, segundo plato y postre. Según dicen en la barriga se mezcla todo, para luego darnos la energía que nos hace vivir.

También en el organismo sobrenatural todas las virtudes se acaban entremezclando y nos ayudan a vivir la vida de nuestro Señor. Todas las virtudes se mezclan para ayudarnos a ser otro Cristo.

Todo lo que hacemos tiene que servir para eso. Nada debe estar desconectado de nuestra vida en Cristo.

En esto consiste la santidad en nuestra unión con Cristo. La santidad es perfección, pero no es una perfección cualquiera. La santidad es perfección en el amor. Hacer las cosas por Él y en Él, porque el amor es unión de voluntades.

Cuando algunas cosas que hacemos están desconectadas de amor de Dios, entonces no sirven para lo principal de nuestra vida.

Y lo curioso es que se pueden hacer prácticas de piedad sin que haya esa conexión. Cuando se hacer normas de piedad desconectadas del Señor, indudablemente se busca la perfección, pero es una auto-perfección

Hay diversas formas de asemejarnos, pero hay una sola santidad, una sola, que es vivir la vida de Cristo.

Aunque seamos todos distintos, con carácter diferente, tenemos todos la misma partitura que seguir.

La misma sinfonía interpretada con instrumentos distintos, cada uno el suyo: eso es la santidad.

Pero en nuestro camino por identificarnos con el Señor, por se ipse Cristus, el mismo Cristo, habrá muchas veces que desafinamos. Que no interpretamos bien la melodía. Entonces habría que rectificar hasta que nos salga según la voluntad de nuestro Director de orquesta.

Poniendo un símil de la jardinería podemos decir, que en la vida, nuestras equivocaciones y pecados pueden formar un tapón que obstruya el paso del agua, y se impide el riego que hace crecer las plantas

En nuestra vida conviene limpiar los canales, que no haya tapones que impidan la conexión con Dios.

Hay que limpiar los conductos del alma para que las hojas muertas por pecado no obstruyan los canales por donde nos llega el amor de Dios. Esto es el arrepentimiento, la contrición, que el Señor nos pide para unirnos a Él, sabiendo que nosotros somos pecadores, ante todo pecadores. Pero el pecado no puede separarnos de la unión con Dios.

La unión con Dios, que es unión con su voluntad: amor profundo a la voluntad del Señor. Esto es lo que hace que en esta tierra sólo tengamos un objetivo.

A veces no tenemos ganas de hacer la voluntad de Dios, pero eso no importa. Lo que verdaderamente importa es que aunque sea a contra pelo la realicemos.

Cuando hacemos la voluntad de Dios con sentimiento, bien está, pero en esta vida tiene más valor hacer el querer del Señor sin ganas.

Ante un viaje, un santo del siglo XX decía:

¿Queréis saber por qué será de mucho fruto este viaje? Porque no tengo ganas de ir.

Bien sabía este santo que las cosas tenía que hacerlas como las hicieron los místicos del siglo XVI, por «dar contento» al Señor. No por darnos gusto a nosotros. Y esto se ve claro cuando esos dos gustos no coinciden.

Estamos en temporada de esquí, y podemos poner un ejemplo de este deporte: cuando se hace la voluntad de Dios vamos en telearrastre, cuando no se hace así, es agotador, subir una montaña con nuestras propias fuerzas.

La Virgen dio gustó en todo a Dios, no tuvo otra meta en la vida que hacer su voluntad, vivía siempre pensando en Él. Y como San José también ella fue felicísima, bienaventurada, porque su vida fue la de Jesús, no tuvo otra.

NUESTRA MISA

Pregunté a una persona para que adivinase el tema de la meditación. Y como pista le dije que era el tema más importante.

Enseguida me respondió:
La fraternidad
–Más importante
La filiación divina.
–Más importante
La unidad de la Iglesia...

La filiación divina, la fraternidad y la unidad de la Iglesia tienen fundamento en la acción más importante que puede hacer un hombre: asistir o celebrar el Sacrificio del Altar.

Es lo que nos convierte en el mismo Cristo, lo que nos hace ser uno, por la común-unión.

Qué importante es la Misa para la labor apostólica con la gente joven. Es el momento más importante de formación. Lo sabemos por experiencia: cuando una persona asiste un día y otro día, un mes y después otro mes, se da el cambio.

De forma silenciosa el Señor va transformando el alma de las personas que se le acercan tan de cerca. Eso es lo que nos ocurrió a muchos de nosotros. Cuando pasaron los meses y miramos para atrás nos dimos cuenta del cambio tan grande.

Los sacerdotes hemos visto conversiones en gente que ha empezado a asistir regularmente. Se da el cambiazo, por eso es el momento más importante de la formación.

Así como para una persona joven la Misa es una fuente de conversión rápida, para la gente mayor existe un problema: somos humanos y el ser humano se acostumbra a todo.

El ser humano se acostumbra a vivir con poquísima comida en un campo de concentración. Y se acostumbra no sólo a lo malo. También a lo bueno: puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo.

Uno puede vivir cerca de una estación o cerca de un aeropuerto, y se acostumbra, y no impedirle dormir el ruido que hacen los trenes o los aviones. Porque el ser humano tiene esa capacidad acomodaticia.

Por eso podemos acostumbrarnos a lo más importante de nuestra vida y de nuestro día. Y ponernos de mal humor si un sacerdote se retrasa dos o tres minutos.

Todos podíamos hablar de cosas maravillosas sobre la Santa Misa. Por que en verdad la Santa Misa es lo más grande que nosotros podemos hacer en este vida.

Tiene más valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. Hemos asistido esta mañana a este prodigio y sin embargo, aquí estamos.

El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse a todo. Hacer costumbre: eso es una cosa positiva si se trata de construir hábitos buenos.

Pero también la costumbre puede quitarle importancia a las cosas, simplemente porque las repetimos. La costumbre nos acostumbra.

Le decimos ahora al Señor:
Que no me acostumbre jamás a tratarte

Nos dice el Papa en la carta Deus cáritas est que el Evangelio no es original porque transmita nuevas ideas.

Lo curioso es que lo importante del Evangelio no es el ideario. De forma sencilla lo dice el Papa:

«La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas».

Y es que el santo no es el que sabe los criterios evangélicos, ni siquiera el que los llevara a la práctica.

El Señor no quiere hacernos unos teóricos, ni tampoco quiere hacernos unos prácticos. Lo que pretende es que descubramos la figura del Salvador, y tengamos amistad con él.

El Papa va más allá:

Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios.

Dios que actúa en la historia de la humanidad de forma desconcertante.

Lo que pretende es salvar al hombre y lo hace según su lógica original.

La lógica de Dios es el don, el regalo, la gracia, la gracia, el amor: se puede decir de muchas formas pero la realidad es una.

El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Dios no necesita nada de nosotros, nos quiere porque Él es bueno, no porque nosotros seamos buenos.

Estamos en una sociedad comercial, donde se puede meter el interés hasta en el apostolado. Por eso cuando la gente ve que se la quiere para obtener un fin, en seguida da la estampida.

Sin embargo el amor no es así, no busca el interés personal. Y el amor, en su forma más radical, lo realiza Dios muriendo en una cruz.

Es aquí, en la cruz –dice el Papa– donde puede contemplarse esta verdad, que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8).

Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía

Esto es la Misa: el amor de Dios que llega extremo de aniquilarse por nosotros: la kénosis. Dios que se enfrenta consigo mismo, que se pone entre las cuerdas, por nuestro amor.

Y la Misa, como todas las cosas en la que participamos los hombres, podemos convertirla en una rutina: puede formar parte de nuestra rutina diaria, de nuestro plan de vida.

Y aunque haya rutinas buenas, también es verdad que no es sólo una cosa que hacemos nosotros.

La Misa es un rito, pero es mucho más. El Papa nos habla de la “mística” de la Eucaristía: la base de este sacramento es el abajarse de Dios hacia nosotros.

El mandamiento del amor, que hace Jesús el Jueves santo, sólo se puede entender a partir de la Eucaristía .

El Señor nos manda que amemos, y esto parece una cosa extraña: ¿se puede mandar amar?

Benedicto XVI remacha que Dios puede mandarnos que queramos porque nos no da:
el amor puede ser «mandado» porque antes es dado.

En el ámbito de la Última Cena, en la que el Señor anticipó su entrega, es cuando Él nos manda que nos queramos.

Y luego envía a sus discípulos a eso: a que vayamos y demos fruto de Amor de Dios y al próximo.

Precisamente se llama Santa Misa dice el Catecismo «porque la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana» (n.1332).

Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta dice el Papa— han adquirido su capacidad de amar al prójimo gracias a su encuentro con el Señor en la Eucaristia.

Como contrasta todo esto con la imagen que dan –no los santos– sino algunos buenos cristianos:

La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto (Camino, n. 529).

¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? (Camino, n. 530).

Estos puntos 529 y 530 de Camino recogen convicciones muy profundas de Josemaría.

Indudablemente esto que escribió era fruto de su experiencia y de su estudio.

Por eso, la pausa al celebrar la Misa, y la actitud de oración y de adoración en el Sacrificio del Altar fue para San Josemaría un asunto vital.

En la tarde del día 21 de octubre de1938, estando en Burgos, fue con tres o cuatro miembros del Opus Dei a visitar la Cartuja de Miraflores.

Al volver, hicieron juntos un rato de lectura espiritual, además les dio una meditación y después tuvieron un rato de tertulia.

Lo que ahora nos interesa es aquella lectura que hicieron, que porque tiene relación con el punto de Camino que acabamos de leer: el 530.

Leyeron unas páginas de un libro que San Josemaría conocía muy bien, y que estaba manejando aquellos días.

Me refiero a la célebre Instrucción de sacerdotes, del cartujo del siglo XVI Antonio de Molina.

Eran los capítulos dedicados a la pausa y gravedad con que se ha de celebrar la Santa Misa, sin apresuramiento.

«El libro y el tema –escribe Eduardo Alastrué en el Diario de ese día–, muy interesante: duración de la misa.

El autor desmenuza admirablemente la cuestión y quedamos perfectamente enterados, mejor dicho, confirmados en nuestra opinión de que el barullo, la prisa, el decir y hacer todo a medias, si son en las cosas corrientes un gran defecto, en el Santo Sacrificio son intolerables»

Las páginas del monje cartujo son, en efecto, piadosas, rigurosas y profundas. Así comienza el cap. 12:

«Es tan extremado y universal el abuso que hay en este tiempo acerca de decir la Misa acelerada y atropelladamente, que a los que lo miran con ánimos píos y religiosos les lastima mucho y quebranta el corazón».

Lo que el P. Molina veía como algo tan «universal» en el siglo XVII, era igualmente una cuestión pastoral en la época de San Josemaría.

Y así lo reflejó en este punto 530, escrito por aquellos días.

A Eduardo Alastrué, que participaba esos días en la Santa Misa que celebraba el Beato Josemaría, le impresionó, sin duda, esta lectura por lo que vivía a diario en aquellas celebraciones.

Al día siguiente, al anotar la actividad en el Diario del pequeño grupo, que acompañaba a San Josemaría, escribe: «Una meditación paseando, la Misa –de las que hubieran satisfecho al P. Molina– y el desayuno en las Teresianas...» (CAMINO Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, nota 2022: Diario de Burgos, 22-X-1938; Eduardo Alastrué).

Y es que como decía el Sto. Cura de Ars: «todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios» (p.107).

La santa Misa, Obra de Dios, trabajo de Dios, así lo entendió San Josemaría, un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:

Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.

El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.

San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios le decimos:

–¡Qué hombre tan afortunado fuiste!

–Te fue concedido no sólo ver y oír a Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también te fue concedido abrazarlo, besarlo, vestirlo, y cuidar de Él.

–Ruega por nosotros afortunado José, para que tratemos a Jesús en la Santa Misa con el cariño con el que asistía la Virgen.

Antonio Balsera


LAS TENTACIONES DE JESÚS

Cuando pecamos hacemos una especie de contrato con satanás. Le servimos a él, y él nos sirve a nosotros.

Precisamente lo que hizo el Señor, como dice san Pablo, es romper el contrato. El enemigo quiere que firmemos ese contrato con lo más íntimo que tenemos, si fuera posible con nuestra propia sangre. Y así, hasta materialmente, ha ocurrido en la historia.

Jesús, con su sangre ha rubricado otro contrato, esta vez con Dios. Se encarnó para hacerlo, para que Dios habitara en nosotros. Lo decimos todos los días en el Ángelus: «et Verbum caro factum est et habitabit in nobis» (1).

Ahora le podemos decir:
Señor, has querido habitar entre nosotros. No te hiciste ángel, te has hecho hombre.

Y como hombre, también quiso sufrir las tentaciones del maligno. Dice el Evangelio que Jesús, justo después de ser bautizado, fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado (2).

También en nuestra vida puede presentarse el tentador camuflado, porque es el engañador.

Podemos imaginarnos la escena. Jesús en el desierto, solo, y satanás, por aquello del camuflaje, pudo haberse presentado en forma de beduino, tapado entero y dejando a la vista unos ojos negros y hundidos.

Se acercaría a Jesús y le preguntaría: ¿Estás solo? El Señor no contestaría. Ante el tentador lo que haría Jesús sería rezar.

El diablo, aunque tenga delante alguien que sea muy bueno, insiste siempre. Por eso, seguiría hablando para entablar una conversación con Jesús, y le diría:
¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?

Al principio empieza como si se interesara por nuestras cosas. Hace como los pescadores, nos pone un anzuelo para que piquemos, algo que nos interesa. Y, después, intenta que desconfiemos de Dios. Nunca va abiertamente.

Un autor habla incluso de que el tentador, en aquella ocasión, al ver que era muy guapo, le diría: –Eres muy atractivo, ¿por qué no te casas? El Señor ni le miraría, rezaría más intensamente.

Al ver a Jesús solo en desierto, lo que satanás tendría en la cabeza sería hablar y hablar, hasta llegar a decirle: Dios está muy lejos de ti, en el Cielo. Nosotros estamos aquí, en la tierra, y Él no... Rezar servirá, pero no es una cosa segura: a veces sirve y a veces no.

Efectivamente, todas las tentaciones tienen un único objetivo: convencernos de que sin Dios es posible vivir, incluso se vive mejor. El tentador quiere mostrarnos a Dios como alguien que no tiene nada que ver con nuestra vida diaria. Nos lo presenta como un ser lejano. Por eso es bueno que le digamos ahora al Señor:
–Señor, no estamos solos, Tú estás conmigo.

Satanás, en algunos momentos, lo tiene fácil porque Dios no se ve, como se ve el dinero. No se escucha, como se escucha la música.

El diablo insinúa que no merece la pena seguir en todo el querer de Dios, porque no es siempre grato.

–Señor líbranos del mal, de los ataques del diablo.

La tentación atrae, porque el maligno nos tienta con cosas que nos gustan. Si a Eva le tentó con una manzana, la fruta no estaría llena de gusanos. Sería roja, jugosa, limpia y brillante.

A Jesús, que estaba hambriento después de cuarenta días en el desierto, le diría:
¿Has visto esas piedras? son redondas y lisas ¿a que… parecen panes? No tienes más que decir quiero y ya está…

-¡Calla!, respondería tajantemente el Señor con fuerza: «no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que viene de Dios» (3).

La manera de vencer las tentaciones es justamente lo que hace el Señor: no dialogar con ellas. Cortar en seco y ponerse a rezar:
–Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Se vencen rezando y contando lo que nos pasa. Son dos formas de sinceridad, de verdad.

Si hacemos eso, no tenemos que tener miedo a satanás y a sus tentaciones. El Verbo es la verdad y al enemigo se le vence con la transparencia. Lo peligroso sería que no contáramos las tentaciones, porque entonces estaríamos solos, sin ayuda.

Por eso decía San Josemaría: Quien oculta a su Director una tentación, tiene un secreto a medias con el demonio. –Se ha hecho amigo del enemigo. (4).

Esto ocurre. El demonio, para engañarnos, busca que estemos solos en la pelea, incluso ataca cuando somos más débiles, cuando menos experiencia tenemos, en la juventud.

Esto ha ocurrido en la historia. Esta documentado, que en un convento de agustinas, en Ávila, donde había estado Teresa de Jesús cuando era niña, había una religiosa prodigio. En toda la ciudad se hablaba de ella con asombro.

Esta monja Agustina, entró en el convento con muy pocos años. Conoce a las mil maravillas las sagradas Escrituras sin haber cursado estudios.

Su saber asombra a todo el mundo. Muchos son los que vienen de la ciudad para escucharla. Los superiores empiezan pronto a preocuparse. Se preguntan de dónde le viene esta ciencia. Por el locutorio del convento van a desfilar los más insignes teólogos, no sólo de Ávila, lo que no es mucho decir, sino hasta de Salamanca, la universidad más cercana.

Todos se inclinan a pensar que la ciencia de la monjita es ciencia infusa, procedente del buen espíritu. Pero los superiores siguen con la duda detrás de la oreja.

Entonces, recurren a san Juan de la Cruz y solicitan su parecer. Él se resiste. No le corresponde a él pronunciarse, después de tantos ilustres maestros. Pero el superior general de los agustinos, insiste en que examine este caso tan extraño. La Madre Teresa apoya la petición.

Fray Juan se sienta en el confesionario para escuchar a la famosa religiosa. Pasa una hora. El general de los agustinos y las monjas del convento están a la espera.

Cuando sale dice:
«–Señores, esta monja está endemoniada». El general le encarga allí mismo los correspondientes exorcismos. Poseemos un gran número de detalles sobre estas sesiones. Por el espacio de dos meses tuvieron lugar regularmente una o dos veces por semana, produciéndose las escenas más escalofriantes.

Desde el primer momento, la monja admitió haberse entregado a Satanás poco después de su ingreso en el convento, cuando aún era una niña.

El contrato con el demonio lo hizo formalmente. La niña se había sacado sangre de un brazo, para escribir el pacto sobre el papel. Los exorcismos agitan de una manera increíble a la endemoniada, produciéndole convulsiones y accesos de rabia.

En una ocasión, fray Juan ordena a la monja que repita estas palabras: «Verbum caro factum est et habitavit in nobis» (5). La monja le obedece rápidamente: «El Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre vosotros».

«¡Mientes! –replica el fraile–: las palabras no dicen “con vosotros”».

«Es como digo –insiste la monja–, porque no se hizo hombre para vivir con nosotros, sino con vosotros».

Efectivamente el Señor siempre está con nosotros, aquí y ahora, mirándonos desde el sagrario, y sobre todo en nuestra alma en gracia, cuando no lo echamos a patadas por el pecado.

Cuando uno no está en gracia, no debería de decir en el Ángelus:
et habitabit in nobis, sino et habitabit in vobis.

Por fin, después de varios meses de repetidos exorcismos y de incidentes heroicos, el diablo devuelve la cédula de contrato firmado por la monja. Entonces, ella se siente liberada de esta terrible pesadilla.

Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer: rezar y contarlo todo. Porque, como decía san Josemaría, el demonio es astuto por viejo, pero es tonto porque se repite.
Cuando hablamos y sacamos todo lo que tenemos dentro, Dios nos cura con su gracia, nos libera.

Como han dicho los santos, «un medio para ser franco y sencillo» es dirigirle al Señor las palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo! (6).

El tentador sabe que lo que nos salva es la sinceridad, por eso intenta desconcertarnos para que desconfiemos de quienes nos pueden ayudar. Hace lo que sea para dejarnos solos, sin apoyos.

Cierto día, durante el tiempo que duraron los exorcismos, acuden al convento de Nuestra Señora de Gracia dos carmelitas descalzos, que presentan un asombroso parecido con fray Juan de la Cruz y el que siempre le acompañaba.

Vienen, según dicen, para ver a la posesa. La hermana tornera le hace entrar en el confesionario. Cuando la endemoniada sale del confesionario tiene el semblante desesperado. La madre superiora le pregunta qué ha sucedido. «Fray Juan –responde la endemoniada– me ha dicho lo contrario que otras veces».

Inmediatamente la superiora coge pluma y escribe una nota a fray Juan diciéndole lo que pasa. Este avisa a su compañero de turno, y le dice: «Vamos a las monjas».

Cuando éstas los ven llegar respiran. A fray Juan le cuesta muy poco descubrir el engaño del diablo, que ha tomado su figura para confundir a su víctima.

Nosotros tenemos que ver a Dios en las personas que nos ayudan, que no nos dirán cosas contrarias a lo que el Señor nos dice. Lo raro sería que hubiera contradicción.

Por muy santa que sea una persona, por mucho que haya trabajado por el Señor, siempre hay cosas que están mal, que nos humillan, porque muestran deslealtad con el Señor. Eso lo han sabido todos los directores espirituales. Por eso, los santos han querido fomentar el desahogo, para que el alma se explaye. En definitiva, todos necesitamos un desaguadero, porque, en algunas cosas no habremos sido fieles al Señor y eso en el alma engendra pus.

San Josemaría contaba una anécdota de su experiencia en labor de almas:

«Me hallaba dirigiendo un curso de retiro para sacerdotes de diversas diócesis. Yo los buscaba con afecto y con interés, para que viniesen a hablar, a desahogar su conciencia, porque también los sacerdotes necesitamos del consejo y de la ayuda de un hermano. Empecé a charlar con uno, algo brutote, pero muy noble y sincero; le tiraba de la lengua un poco, con delicadeza y con claridad, para restañar cualquier herida que hubiera allá dentro, en su corazón. En un determinado momento, me interrumpió, más o menos con estas palabras: yo tengo una envidia muy grande de mi burra; ha estado prestando servicios parroquiales en siete curatos, y no hay nada que decir de ella. ¡Ay si yo hubiera hecho lo mismo!» (7)

Este buen sacerdote sentía que no había llegado no siquiera a la altura de su burra en el servicio a Dios. Quizá no será este nuestro caso, pero a nosotros nos conviene sacar también nuestras pequeñas infidelidades.

Nosotros hemos un pacto con la Virgen, por eso no podemos temer nada. Ella nos protege. Esta siempre dispuesta para conseguirnos la gracia necesaria para contar las cosas y rezar.

Los niños acuden mucho a nuestra Madre del cielo y, como tienen mucha imaginación, uno decía que se imaginaba a la Virgen atravesando el corazón del diablo, y, luego, metía su corazón negro dentro de una jaula transparente para vigilarlo y no perderlo de vista.

El lema del Sacromonte es: a María no le tocó el pecado primero. No tuvo nada que ver con Satanás. Es la Inmaculada.

«
Tota pulchra es Maria, et macula originalis non est in te!» –¡toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha original!, canta la liturgia alborozada. No hay en Ella ni la menor sombra de doblez: ¡a diario ruego a Nuestra Madre que sepamos abrir el alma en la dirección espiritual, para que la luz de la gracia ilumine toda nuestra conducta!
–María nos obtendrá la valentía de la sinceridad, para que nos alleguemos más a la Trinidad Beatísima, si así se lo suplicamos.
(8)

(1) Juan 1,14. (2) Cfr. Mateo 4,1. (3)Mateo 4,4. (4) Surco. 323. (5) Juan 1,14. (6) Cfr. Surco, 326. (7) Amigos de Dios 16. (8) Surco n. 339.

Ignacio Fornés & Antonio Balsera

PUENTES

La Iglesia prohibió que a la Santísima Virgen se le representase con vestiduras sacerdotales, porque en alguna ocasión se le representó a María con casulla. Y es que indudablemente una mujer no puede ser sacerdote.

No porque las mujeres sean inferiores, sino porque así es la voluntad de Dios. Del mismo modo que la materia del sacramento de la Eucaristía es el Pan. Y hay otros alimentos más nutritivos, pero no se pueden consagrar.

Una mujer, por muy santa que sea, no puede ser sacerdote. Pero sí tener alma sacerdotal, que es la mayor cercanía que se puede tener con Dios, después de Jesús. Y a eso es a lo que aspiramos todos, laicos y sacerdotes: no a desempeñar funciones de sacerdote, sino a tener un alma de sacerdote.

Podemos tener alma sacerdotal. Así se lo decía San Josemaría a unas hijas suyas el mismo día de su muerte, el 26 de junio de 1975:

Vosotras tenéis alma sacerdotal (...). Los seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes (...), haremos una labor eficaz... (J. M. Cejas, Vida del Beato Josemaría, p. 212)

-Señor, ¿qué significa tener alma sacerdotal? ¿cómo es el alma de sacerdote?

Un sacerdote es un pontífice, un puente entre Dios y los hombres. Ya sabemos que el único mediador es Jesucristo, pero el Señor quiere servirse de instrumentos, como el agua para limpiar el pecado original, el pan y el vino para alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, y el sacerdote para que medie entre Dios y los hombres.

Por eso, el sacerdote es la persona que nos lleva a Dios, que nos sirve de enlace, como un puente que una a cada uno con Dios: el Sumo Sacerdote de la nueva ley es le llama Sumo Pontífice.

Esta función la cumplen los sacerdotes de una manera concreta: predicando la palabra de Dios y administrando los sacramentos.

Y a la vez, es una función que pueden cumplir todos los fieles: estar todo el día uniendo con Dios. De hecho, no nos debería quedar tiempo para otras cosas y así, estaríamos dichosísimos sacrificándonos, sin pensar que somos víctimas, entregando todas nuestras energías en servir de enlace con el Señor.

Lógicamente, en primer lugar hemos de estar nosotros muy cerca: nuestra función principal es mantener continuamente una comunicación, que haya un continuo roce, conversación: ésta es nuestra principal ocupación: por eso decía un santo de nuestro tiempo: "mi oficio es rezar". Eso le decimos ahora:
-Señor, mi principal ocupación eres tú.

En una ocasión, San Josemaría encargó a un hijo suyo que resolviera un asunto complejo. Éste le contestó:
-No se preocupe, Padre, sé rezar.

Por eso, el Fundador de la Obra, concretaba el modo de vivir el alma sacerdotal de una manera aparentemente sorprendente. En las palabras que te citaba antes, el mismo día de su muerte, proseguía: Me imagino que de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios. (J. M. Cejas, Vida del Beato Josemaría, p. 212-213)

De todo: de las cosas que nos van bien y de las que nos superan. Tener alma sacerdotal es no perder la calma y acudir al Señor en el Sagrario: que eso es lo eficaz.

Por eso la primera virtud que tiene que vivir un buen sacerdote es la piedad: lo más opuesto a un sacerdote santo es un sacerdote burócrata.

Y así, cualquiera que quiera tener alma sacerdotal. Quizá no somos muy listos, ni muy capaces, ni con muchos recursos. Pero sabemos rezar, y así sacaremos adelante lo que haga falta: mejor dicho, le pasaremos los asuntos a nuestro Padre Dios para que lo resuelva Él.

Los sacerdotes tenemos que vivir todas las virtudes, no sólo unas pocas. Seguramente cuando vosotros pedís por los sacerdotes, lo haréis como nuestro Padre, que pedía que fuésemos por supuesto doctos, apostólicos, piadosos, pero también alegres y deportistas.

La alegría es una de las primeras manifestaciones del alma sacerdotal. No es consecuencia de la edad, el pavo subido, o una cualidad del carácter. La alegría es consecuencia de la posesión del bien: sólo Dios basta, hemos elegido lo mejor, nuestra elección ha dado en la diana, nos ha tocado el gordo, como pensaba Montse Grases. Y esto, en momentos de alegría, como cuando descubrió que Dios la llamaba en la Obra (Cfr. J. M. Cejas, Montse Grases. La alegría de la entrega, p. 245 y ss.), y en situaciones difíciles, como cuando la desahuciaron los médicos. Tan alegre estaba que las que se lo comunicaron dudaban si se habría enterado bien del diagnóstico. (Idem, pp. 303-304).

Un alma seca, cortante, malhumorada, triste, no puede unir con Dios.

Así se lo dijeron precisamente hace pocos meses, en Granada a un sacerdote. Iba serio, concentrado, quizá preocupado por algún problema, al volante de su coche. Y se le acercó un hombre que se veía que iba algo cargado de alcohol y le soltó:
Padre, ¿a quién espera usted convertir con esa cara?

Deportistas, que tiene que ver con estar en forma física hasta cierto punto. Porque hay gente deportista por dentro clavada a una silla de ruedas. Y son todo un ejemplo de espíritu deportivo.

Si no la has hecho, te recomiendo que leas un libro que se llama “Sobre la marcha”. Está escrito por un sacerdote que quedó tetrapléjico a causa de un accidente de tráfico. Y que es todo un ejemplo de espíritu deportivo.

Porque ser deportista es una característica del alma que lleva a ver los acontecimientos, y la misma vida con espíritu juvenil, deportivo, olímpico. El lema de los juegos olímpicos es: más fuerte, más alto, más lejos.

Y eso lo aplicamos a nuestra lucha interior: más, más, más. Siempre buscando más. Y si fracasamos, lo volvemos a intentar. Deportistas significa no desanimarnos ante nuestros fallos o las dificultades que podemos encontrar.

Por eso, no ejercitamos el alma sacerdotal cuando analizamos las circunstancias que hacen que nuestra santidad y el apostolado sea difícil. Por el análisis a la parálisis decía un sacerdote experimentado y deportista.

Ante las dificultades, con la ayuda de Dios, nos lanzamos a lo que haga falta. Ese es el único análisis válido, porque es el único que cuenta con todos los factores.

D. Álvaro tenía auténtica manía a lo que él llamaba los “objetivos”, que ven todas las dificultades objetivas y les dan vueltas... y afirmaba que no son objetivos porque les falta un factor que cambia totalmente la situación: la gracia de Dios.

Él mismo contaba en una ocasión:
"-Recuerdo a un compañero mío que traté durante la guerra de España. Planeábamos escapar juntos de los comunistas, pero no había manera de hacer nada con él, porque inmediatamente encontraba dificultades para todo: no tenemos los medios, enseguida nos descubrirán, total para qué, si ya estamos presos, es lo mismo estar escondido en una embajada que encerrado en la cárcel... Era una objetividad que nacía del miedo y del egoísmo, y que impedía los planes". (S. Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, p. 209)

Como estamos viendo, todas estas virtudes sirven para una cosa: para unir: instrumentos de unidad. El mejor pegamento es la caridad que nos lleva a dar la vida por nuestros hermanos. Ése es el comportamiento verdaderamente sacerdotal.

Así es como serviremos verdaderamente a Dios y a su Iglesia. Finalizaba San Josemaría su explicación sobre el alma sacerdotal el 26 de junio de 1975 con estas palabras:

Me imagino que de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre. (J. M. Cejas, Vida del Beato Josemaría, p. 213)

Le pedimos a María, la Madre de Jesús el Sumo y Eterno Sacerdote y de todos los sacerdotes que, con nuestra alma sacerdotal sirvamos a la Iglesia y al Papa eficazmente.
Antonio Balsera & Guillermo González-Villalobos

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