sábado, 24 de mayo de 2025

I. PARÁBOLAS DE JESÚS

 


El evangelista Mateo dice que Jesús hablaba a la gente con parábolas (cf. 13, 34). Era esta su forma habitual de enseñar. Las parábolas de Jesús conectan fácilmente con nosotros por su humanidad y sencillez. Son a la vez claras y profundas. Llaman la atención por su originalidad y maestría literaria. 


Jesús, Hijo de Dios y de una Mujer, nos habla en parábolas, porque es la forma de hablar que más conecta con nosotros. 



DIOS HABLA COMO HOMBRE 


Al ser humano le agrada las historias, el cuento, las anécdotas. Nos atrae la expectación que genera un relato según avanza el argumento, porque la inteligencia humana es narrativa.


Dios, al hacerse hombre, nos habla de la manera más eficaz para captar nuestra atención y de que la memoria retenga lo que quiere transmitirnos. Nuestra inteligencia necesita ideas, pero no expresadas de forma desnuda. 


Necesitamos que las ideas abstractas se vistan de realidad. Así la belleza de la forma hace que demos mejor entrada a lo que escuchamos. El ser humano, que no es solo inteligencia, conoce mejor si la verdad va precedida de la belleza, como si ese esplendor divino fuese su tarjeta de presentación. 


Por eso no es de extrañar  que un hombre guapo se escuche con más agrado. Y también, que después de escuchar una charla, el oyente diga: –Me gustó. Cuando lo lógico sería decir: –Me ilustró. 


O una señora después de la meditación de un sacerdote diga: –Me ha parecido muy bonita. Cuando por pura lógica sería decir: –Me ha parecido muy verdadera.


Pero el hombre no es solo ser provisto de inteligencia. Y Jesús, como perfecto Hombre, sabe como hablar a sus semejantes, con un lenguaje que atrae a todo su ser, no solo a una parte.  


Y al ser Jesús, Dios y Hombre, la belleza no es solo expresión de su divinidad, sino también de su humanidad. 


Pues cuando Jesús habla, habla Dios con lenguaje de Hombre. Jesús hace de enlace entre lo divino y lo humano. 


Jesús es un Hombre que nos habla con el poder de Dios: con él se puede decir que Dios habla, pero también ríe, trabaja, come, llora… Todo lo que hace es expresión de Dios. En él la cosas divinas son también muy humanas. 


Por otra parte  Jesús nos enseña que las cosas humanas, que hacemos todos los días, pueden ser muy divinas. Porque al hacerse materia Dios eleva a la materia. Así podríamos hablar de un materialismo cristiano. Por eso no puede extrañarnos que la creación del Hijo de Dios en esta tierra fuera muy material. 


Pero además de ejercer de artesano la mayor parte de su vida laboral, también se dedicó durante tres años a enseñar, a elaborar parábolas. Empleó tiempo y esfuerzo en pulir una idea, como antes habría hecho en lijar una pieza de madera, porque la sencillez y belleza en la expresión se consiguen con el trabajo.  


Jesús elaboró sus historias para hacerlas inteligibles a todo tipo de personas. Estaban dirigidas a teólogos, pero también a personas poco cultivadas intelectualmente. En ellas 


Dios nos habla como hombre, atrayéndonos a la verdad con el esplendor de su belleza. 


En esas parábolas aparece cómo vivía y enseñaba el Rabí de Nazaret, que se declaró como Hijo de Dios, hecho hombre. Por eso el esfuerzo por entender las parábolas ha sido una constante en la Historia.


Si las meditamos, vemos que es Jesús el que se revela en cada una y nos habla de su misma vida, de la misión a la que ha sido destinado. Y a la vez nos pide a cada uno, que descubramos a ese Dios que se esconde, pues si se manifestase en todo su esplendor nos sentiríamos forzados; y, actuando de esta forma discreta, mendiga nuestra confianza. Efectivamente, sin confianza en Dios no es posible entender el mensaje de las parábolas, que solo son luminosas para los que buscan ver.


La palabra hebrea «parábola» abarca los más diversos géneros. Pero, claro, nadie crucificaría a un maestro que relata historias amenas para reforzar sus enseñanza morales. Lo que Jesús enseña va más allá. Con sus parábolas nos comunica que él ha venido a dar la vida por nosotros, su pasión y su muerte fue empleada por Dios para salvarnos. 


Así todo lo cruel que puedan hacernos nuestros enemigos, Dios lo utiliza para nuestro bien y el de la gente que amamos. Jesús nos enseña a derrotar a Satanás con sus mismas armas: el dolor con el que somos afligidos, la indiferencia y la falsedad que viene sembrando en el mundo. En definitiva, todo lo que llamamos cruz.



LA CLAVE PARA ENTENDER


En realidad de lo que hablaba Jesús en las parábolas era de él, de su misión: es Hijo de Dios enviado para estar con los hombres, para ser uno de nosotros y así realizar la salvación con la entrega de su vida. 


Con su persona ha llegado el reinado de Dios al mundo. Con Jesús llega el Salvador, que sin duda oculta su majestad, pero resplandece en sus enseñanzas.


Al explicar su modo de «hablar en parábolas», Jesús cita un texto de Isaías (cf. 6, 9s): «A vosotros (al círculo de los discípulos) Dios os ha concedido el secreto del Reino de Dios: pero para los de fuera todo resulta misterioso, para que (como está escrito) “miren y no vean, oigan y no entiendan, a no ser que se conviertan y Dios los perdone”» (Mc 4, 12). 


¿Qué significa esto? ¿Sirven las parábolas del Señor para restringir su mensaje a un grupo? ¿Es Dios selectivo?, ¿busca a una elite?


En la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa 2023, el Papa Francisco no paró de repetir que en la Iglesia caben «todos, todos, todos». Por eso el mismo Jesús desveló el sentido de la falta de visión de muchos en Israel. 


Lo que faltaba para que se revelara el misterio a «todos» era la muerte de Jesús en favor de los hombres. 


Jesús, unos días antes de su pasión, desveló el significado: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). 


De lo que en realidad habla Jesús en las parábolas es de su misión: su muerte y su resurrección. La cruz es la clave para entender sus enseñanzas: Jesús mismo es la semilla, ese grano que muere. El «fracaso» del Maestro en la cruz hará que su mensaje no solo lo entiendan unos pocos. A partir de su muerte se verá que el mensaje de las parábolas está destinado 


a muchos, a todos. Por eso añade Jesús: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).


Llama la atención la importancia que adquiere la imagen de la semilla en el conjunto del mensaje de Jesús. En su enseñanza, él no solo es el que siembra la semilla de la palabra de Dios, sino que es la misma semilla, que cae en la tierra para morir, y así poder dar fruto.



EL DIOS ESCONDIDO DE LAS PARÁBOLAS 


Jesús mediante las parábolas, nos quiere guiar hacia Dios, Luz eterna que nuestros ojos no pueden soportar, y quizá por eso la evitamos. Para hacernos más accesible la Luz de Dios, las parábolas nos muestran cómo se «refleja»  esa Luz divina en las cosas de este mundo y en las realidades de nuestra vida diaria. Jesús, con imágenes cotidianas, fáciles de entender, busca enseñarnos el fundamento de nuestra existencia, para que podamos seguir el camino que nos lleve a la felicidad.


Las parábolas muestran a Dios, causa de toda Belleza y todo contento, pero no un Dios abstracto, sino un Padre bueno que actúa en nuestra vida y está empeñado en ayudarnos, 


llevándonos de la mano, pero respetando exquisitamente nuestra libertad. Porque sin libertad no es posible amar.


Las parábolas también buscan mostrarnos como somos y qué debemos hacer en consecuencia; nos transmiten un saber que nos compromete, y que no solo trae nuevos conocimientos teóricos, sino que puede mejorar nuestras vidas.


Nos anuncia que Dios está en camino hacia nosotros para llenarnos de felicidad. Pero también plantea una exigencia: hay que fiarse de él. Sin fe en Dios no es posible entender el mensaje de Jesús. 


Las enseñanzas, que contienen las parábolas pueden ser rechazadas, porque no tienen la virtud de abrir el corazón humano de forma automática, no poseen una fuerza mágica, sino que siempre cuentan con el asentimiento de nuestra voluntad. Jesús no obliga, propone. Su Verdad no es evidente, está envuelta, escondida, para no obligar a los ojos que no quieran ver. 


Cualquier maestro que busca transmitir nuevos conocimientos a sus alumnos, recurre al ejemplo, a la parábola. 


Mediante la parábola, el educador descubre a sus discípulos una realidad que hasta entonces no percibían, aunque se tratase de algo que se encontrara cerca. 


La parábola es como un puente que nos lleva de lo conocido a lo desconocido. Y sirve para que el discípulo, una vez que ha descubierto algo, se vea movido a la acción. En este sentido las parábolas son expresión del carácter oculto de Dios en este mundo, que hay que descubrir. Y para encontrar a este Dios escondido no solo hay que utilizar la inteligencia, sino que se requiere la implicación del hombre en su totalidad. 


Es un conocimiento que forma un todo único con la vida misma, un conocimiento que no puede darse sin conversión. Es normal no «entender» las parábolas cuando no se quiere aceptar su exigencia. Por eso dijo Jesús que algunos no ven y no entienden porque tienen el corazón endurecido: el conocimiento de Dios no puede darse sin una conversión del corazón.


Hoy solo se considera real lo que se puede probar experimentalmente. Pero Dios no se deja someter a experimentos. 


Y según este concepto moderno de realidad, Dios no se hace presente. Creer en Dios, y vivir en consecuencia, puede parecer  hoy una cosa trasnochada. Y en este caso la parábolas llevan a no ver, a no entender.

Las parábolas sirven para interpelar al que escucha si cuenta con su colaboración. Sobre todo cuando la parábola afecta a la propia vida. Es entonces cuando puede darse una resistencia, porque no haya voluntad de dejarse llevar por lo que la parábola exige.


Con esto hemos vuelto a las palabras de Jesús sobre el mirar y no ver, el oír y no entender. Pues la llave para entrar en la estancia íntima de nuestro Padre Dios la tenemos nosotros y tiene forma de cruz.


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MATEO 13


10Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». 11Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. 12Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 13Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; 15porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. 34Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, 35para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».



MARCOS 4


10Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. 11Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino De Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, 12para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”». 







martes, 13 de agosto de 2024



En la Capilla Real de la Catedral de Sevilla hay una imagen de la Virgen, de estilo gótico y posible escuela francesa, lo que ha llevado a pensar que fue donada por Luis IX de Francia a su primo hermano y antepasado mio, Fernando III de Castilla, por eso la llaman nuestra Señora de los Reyes. 

A esa imagen de la Señora se le ha concedido el bastón de mando de alcaldesa perpetua, y lleva la medalla de la ciudad y el fajín de capitán general. Y en sus rodillas sostiene una imagen del Niño Jesús. En el frontal donde se encuentra la imagen han puesto en latín una frase de los proverbios (8,15) que podemos traducir: Por mí reinan los reyes.


Ya se ve que Ella tiene el máximo rango. Y es que, como ocurrió en los inicios del mundo, nada se haría sin la colaboración de Eva, madre de todos los vivientes. Pues, pasando el tiempo, nada se iba a realizar sin el consentimiento de María. El nuevo Adán sería fruto de su vientre. Y como un niño sonriente, el Rey de la casa y del mundo se sienta en la Madre, como si fuese su Trono. Esa Mujer es tan importante, que a Ella le debemos que el Pan que bajó del cielo lo tengamos ahora mismo en el sagrario.


Hablando de Sevilla, tengo que contar que hace pocos, cuando vivía, allí, al Colegio Mayor, heredero del primer centro de la Obra, donde nuestro Padre quiso que estuviera la imagen de la Virgen de los Reyes. Allí a Guadaira, acudió el hermano mayor de la Cofradía de la Macarena, la Hermandad más popular de Sevilla, con trece mil cofrades. 


Nos contaba que él, cuando llega al templo de san Gil, donde está la Esperanza, lo primero que hace cada mañana es... ir al sagrario:

Porque un “macareno” tiene que ser un hombre de Eucaristía

Él es de Santander, y otro, que es sevillano hasta los tuétanos, se extrañó, y un día le dijo: 

–Quillo, primero la Madre y luego el Hijo...

Y el hermano mayor de la Macarena nos aclaraba:

 –La devoción a una imagen de la Virgen no puede convertirse en idolatría... 

Por eso, aunque me critiquen, yo lo seguiré haciendo, porque tengo la obligación de enseñar a los demás. 

La mejor muestra de cariño a la Virgen tiene que pasar primero por el sagrario


Nos dejó a todos boquiabiertos. Y tiene toda la razón, porque, como nos enseña la teología y los santos, Ella le entregó su sangre y su cuerpo. El que dio su vida por nosotros y permanece en la Eucaristía se encarnó gracias Ella. 


No es extraño que se la compare con el Arca de la Alianza, porque en aquel receptáculo sagrado permanecía el alimento que Yahveh envió, como caído del cielo. Los hebreos, admirados, le llamaron maná, que significa “qué es esto”. 


También ante la Eucaristía no cabe otra cosa sino el asombro. Porque este Pan del cielo nos lo ha concedido el mismo Dios... Nos lo ha dado... para los que estamos aquí, que formamos su nuevo Pueblo. 


Que con este alimento tan “especial” seamos capaces de llegar a la nueva Tierra Prometida, donde ya están muchos de nuestros hermanos. El sagrario es como territorio del cielo; una embajada donde podemos refugiarnos, porque ese es nuestro verdadero país... Indudablemente tenemos doble nacionalidad. 


Hablando de María, la Iglesia nos dice de Ella que: “Se convierte de algún modo en el tabernáculo –el primer tabernáculo de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel”. 


Así ocurrió. El viaje a la casa del sacerdote Zacarías sería como la primera procesión del Corpus de la historia. Y Ella, la primera Custodia (cf. n. 55). 


Pasando el tiempo, en la ciudad de David... donde estaba profetizado, Ella daría a luz a la Luz. Precisamente en un lugar que servía para que se alimentaran los animales, la Escritura nos habla de un pesebre. Esa fue la primera cuna para el Pan del Cielo. Tampoco fue una casualidad que estuviera profetizado que naciese en Belén, nombre que significa “ casa del pan”.


La Boda

En el escudo de Sevilla se ve una madeja. Aparte de las leyendas que hay, una de las versiones que algunos destacan, dice que proviene de la cita del libro de Proverbios 18 que dice: Torre fuerte es el nombre de Yahveh. 


Esta cita está, precisamente, en el friso de las campanas de la Giralda, en que aparece escrito en latín: Turris Fortissima Nomen Domini. NO-MEN DO-MINI. De ese modo la “madeja” sería el logo –la expresión plástica de la palabra “NODO” que provendría del latín nodo, anudar. 


Por esta razón algunos dicen que ese nudo vendría a significar la unión entre el Hombre y Dios realizada en Jesús. Enlace entre Dios y la Humanidad, que viene a representar un misterio de luz como el de la Boda de Caná.


El primer milagro de Jesús de convertir el agua en vino no fue una cosa original, porque venía a significar la alegría de las fiestas, en especial del sabath, jornada dedicada a Dios, y por supuesto el vino no podía faltar en la celebración de un matrimonio. 


La Boda de Caná es un misterio de luz, que viene a explicar la vida del Señor. Allí Jesús transforma el agua, porque el vino llena de alegría el corazón (cfr. Sal 104, 15). 


Porque Dios, al hacerse Hombre, organizó una explosión de felicidad. Como se veía en la vida de los primeros cristianos, no necesitaban hacer ningún voto de alegría, porque le salía por los poros. La abundancia de vino en la boda de Caná nos hace comprender la generosidad de la pasión, donde Dios se entregó hasta el extremo, también lo que Jesús hizo allí es un adelanto de la alegría de la resurrección. 


Y, por supuesto, nos da luz sobre el misterio de la Eucaristía, donde el vino se convertirá en la sangre de nuestro Señor. Y además dice la Iglesia que así como en otros misterios de la vida de Jesús, la presencia de María queda en el trasfondo. Sin embargo en Caná de Galilea, Ella se convierte en protagonista (cfr. Rosarium Virginis Mariæ, n. 21). 


Como si fuera una nueva Eva, se adelanta al Varón, que parece que se resistía. Tenía razón Jesús al decirle que a Él y a Ella no les afectaba; efectivamente los dos estaban libres del pecado. Está claro que Jesús iba a hacer ese milagro, pero quería que su Madre tuviera protagonismo, como el que tuvo la Primera Mujer, y ese es el título que le da: –Mujer, a ti y a Mí qué nos da. 


Me acuerdo de la vez que le di a Mi madre ese título: estábamos en la cocina. Y le dije: –Pero Mujer no seas pesada…


Se enfadó muchísimo. No porque le dijera que era una pesada, sino porque le había llamado Mujer.


–¡A tu madre le dices, Mujer…


Y María con la fama de mandona, ganada a pulso que tienen las madres, le dice a los del catering de la boda: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5). 


Son la últimas palabras que se conservan de Ella. Lo mismo que Eva, María se adelantó: las dos influyen en el Varón. Gracias a la Virgen se dio la entrega de Jesús. Y gracias a Ella lo tenemos  aquí en la Eucaristía.


Cuando se relatan los sucesos de la tarde del Jueves Santo, no se menciona a la Virgen (cfr. Ecclesia de Eucharistia n. 53). 


Pero (19, 27), María se encontraba en Jerusalén precisamente por aquellos días, y según el uso judío de la cena pascual, correspondía a la madre de familia encender las luces... 


Es posible que fuera María la que cumpliera este rito en la Última Cena o, en el caso de que no se tratara de una cena pascual, seguro que Ella estaría preparando los alimentos. No es de extrañar que el pan ácimo saliese de sus manos... 


Hace años me enteré de que comenzaba el proceso de canonización de una mujer que trabajó durante toda su vida preparando alimentos y sirviéndolos. Por si alguno no lo sabe diré su nombre: Dora. 


En Granada, conocí a una auxiliar que había trabajado con ella durante años, y antes de que fuese a declarar en el proceso de Dora le pedí que me contase. 


La granadina me relató que, cuando se incorporó a Roma, san Josemaría le dijo a ella y a otras que llegaron a la vez: –Ahora os ponéis en manos de Dora, que os va a enseñar a trabajar. 


Me explicó que una de las cosas que más destacaría de ella era su profesionalidad. Me contaba que nunca se le había pasado por la cabeza que era una santa, sino que se trataba de una persona normal. 


Simplemente recordaba, como extraordinario, la fijeza con que miraba al Señor en el sagrario al hacer la oración.


Y sobre la profesionalidad me contó un detalle. Llegaba una fiesta importante y pensó en la comida para los Directores del Centro que ella atendía... 


Entonces se fue a un restaurante a pedir “la cáscara” de una langosta, y la rellenó de otro pescado. Unas horas después, quizá al día siguiente, uno de los sacerdotes que gobernaban el Opus Dei le dijo: –Mira Dora, me parece que con lo de la langosta os habéis pasado...


–Pues me da mucha alegría que me lo diga, precisamente usted, don Francisco, porque como buen navarro entiende de gastronomía… Me da alegría, porque usted ha comido langosta, y sin embargo era rape... en cáscara de langosta.


Eso se llama dar liebre por gato. Eso le pedimos a nuestra Madre, que este rato de oración aunque sean poca cosa, Ella las  convierta “en liebre”, o por lo menos lo parezca.


La Madre

Cuando los sacerdotes decimos en la consagración Haced esto en conmemoración mía (Lc 22, 19), en verdad se está actualizando “todo lo que Jesús llevó acabo en su pasión, muerte y resurrección”. 


Sabemos que, en aquellos momentos duros, al discípulo Juan, y a todos los que vendríamos después –en especial a los sacerdotes–, Jesús nos daba a su Madre. Desde la cruz, primero se dirige a Ella, que estaba de pie, junto a un árbol.


María está allí como si fuera el símbolo de Eva, también virgen, que llegaría a ser  la madre de todos los vivientes. El Señor le da el título de Mujer y añade: ¡He aquí a tu hijo! 


Como si le dijera “en testamento”: –Haz la función de madre. Luego se dirige a Juan, al que había ordenado sacerdote el día anterior... Y dice: ¡He aquí a tu madre! (Jn 19, 26.27). Jesús en la cruz nos la entrega: en su última voluntad, nos deja su joya más valiosa. 


Queda claro que, en nuestra Misa, no solo se entrega Él, sino que nos entrega a Ella. No podemos separar la Eucaristía de la Virgen. Es más, podríamos decir que la Misa es la mejor de las devociones marianas


Como veíamos antes, el evangelio no habla de que la Virgen esté presente en la institución de la Eucaristía. Pero se sabe (cfr. Act 1, 14) que, después de que Jesús ascendiera al cielo, Ella se reunía con sus nuevos hijos cuando iban a rezar... como hacen la madres. 


La Iglesia no exagera cuando dice que la presencia de María “no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera comunidad cristiana (Act 2, 42)” (n. 53). 


Pero no solo entonces, también ahora: “María está presente... como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas”. Así como la Iglesia vive de la Eucaristía y está unidísima a la Eucaristía, “lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía”, (n. 57), explica Juan Pablo II.


Todos los sacerdotes hemos observado el cambio que experimentan las personas al recibir la Comunión diariamente. En la vida de Juan Pablo II hay una anécdota que cuenta la protagonista de esta historia cuando don Karol Woytila todavía no era obispo. La chica en cuestión había ido a muchos confesores. Pero ninguno le dijo lo que don Karol: 


Ven mañana a la Santa Misa, ven a diario.

Y añade la interesada: “Nunca antes ningún otro sacerdote me lo había dicho, a pesar de que algunos me habían propuesto que nos volviésemos a encontrar, me había invitado a ir hacia él. Pero aquel sacerdote no había dicho ‘vuelve a verme’ sino ven a la Santa Misa”.


A veces nos empeñamos en hacer milagros, cuando los milagros los hace el contacto con la Eucaristía, el mejor medio para discernir la vocación. Recuerdo que, cuando tenía ocho años, iba en verano todos los días a Misa acompañando a mi padre. 


Y sin saber cómo, sentí que tenía que entregarme a Dios. Es más, pensé que era lo más normal del mundo. Cuando se lo dije a mi padre, se asustó, y me llevó al párroco, que era el sacerdote con el que me confesaba. Le dijo, con mucha tranquilidad: –Antonio, tiene que hacer primero una carrera. Será como el cura que sale en la tele, que antes estudió periodismo... 


Nadie me habló en ese momento de vocación. Luego me he enterado que mi madrina, cuando me llevó a la pila del bautismo, pidió que yo fuese sacerdote. 


Es importante rezar para que haya personas que trabajen en la viña de Dios, que es la Iglesia, así lo  aconseja Jesús. Eso es muy bueno: rezar para que haya vocaciones, pero más importante es que los candidatos recen, porque de lo contrario no “sentirán” la voz de Dios. 


Lo importante no es lo que hacemos nosotros, sino lo que hace Dios a través de la Eucaristía. De ahí que nos dijera el Beato Álvaro a los sacerdotes: el principal medio de la labor espiritual con gente joven es la Santa Misa.


Y es que de alguna forma estamos conectados a la eternidad a través  del cordón umbilical que nos une a María, Ella nos envía la Sangre de nuestro Señor. Es nuestra Madre. En este momento estamos en su claustro materno. 


Aunque parezcamos seres deformes, raros, como cualquier feto. Pero como una madre, después de una ecografía sabe adivinar los rasgos... en los que nos parecemos a Jesús. 


No olvidemos que, por muy raros que seamos, no solamente somos otros Cristos, sino el mismo Cristo. Y Ella nos dará a luz en la eternidad: verdaderamente somos su hijo. Cuando lleguemos allí, el mismo Jesús le dirá a Ella en el cielo, por fin: He ahí a tu hijo.


Y me acordaba de la leyenda que nos transmite un historiador antiguo, cuando Alejandro Magno se encontró con el nudo gordiano, que nadie podía desatar, y como era una persona audaz lo cercenó con su espada, dándole un tajo. 


La verdad es que el poder de la Virgen es mucho más grande, tanto es así que hay un nudo que nadie puede ni desatar ni cortar, porque Ella lo enlazó


Cuando veamos el nudo de la ciudad de Sevilla, pensemos en el que hizo la Virgen...: Ella enlazó al Hombre con Dios. Los sacerdotes en la Misa le susurramos al Señor: “nunca jamás permitas que me separe de Ti”. Ojalá, cuando pase el tiempo, nosotros también podamos decir en el Cielo, como la leyenda sevillana: –María “no me ha dejado”. 

No ha dejado que el nudo que me ata al Señor se rompa nunca.


Y Tu y yo, hoy en Estrasburgo, festividad de san Luis Rey de Francia, le podemos decir a la Virgen, como hizo Rut: nunca te dejaré, yo iré contigo.


FORO DE MEDITACIONES

Meditaciones predicables organizadas por varios criterios: tema, edad de los oyentes, calendario.... Muchas de ellas se pueden encontrar también resumidas en forma de homilía en el Foro de Homilías