miércoles, 6 de diciembre de 2017

9. LA LUZ



Jesús subió a un monte para orar
Jesús acompañado de tres Apóstoles subió a un monte a orar. Y allí mientras rezaba la Luz le inundó, se hizo visible que era Hijo de Dios, que su Luz procedía de la Luz, decimos en el Credo.

Jesús sube a un monte a orar y estando en oración cambió de aspecto, se transfiguró. También nosotros necesitamos todos los días hablar con Dios, contemplarle desde su altura, separarnos de nuestros problemas y mirar las cosas con perspectiva. Mirar nuestra vida, que desde arriba parece compuesta de cosas minúsculas. Así son nuestras cosas de cada día si las vemos desde Dios.

Por eso con el paso del tiempo a lo que no sucede en la tierra le daremos una importancia relativa (cfr. San Josemaría, Via Crucis). Necesitamos apartarnos de los problemas para poder resolverlos. Verlos con perspectiva, mirarlos desde arriba, con visión sobrenatural. Necesitamos contemplar a Dios, que está detrás de todas nuestras cosas, como está presente en toda la creación.

Ratos diarios de oración
Para nosotros los ratos diarios de oración son como subir a un monte y contemplar. Contemplar a Dios en las cosas. La oración es una «aspiración» de nuestra alma. Aspiramos el aire del cielo cuando nos subimos por encima de los acontecimientos de esta vida.

Por eso no resulta extraño que para los santos las montañas tuvieran una cierta atracción. El místico identifica a las montañas con el mismo Jesús, que tanto subió a ellas para rezar a su Padre.

«Subiendo», haciendo un esfuerzo para acercarnos a Dios, llegará nuestra «transfiguración». En la montaña de la oración hablaremos con Jesús de su vida y de nuestra vida. Sobre lo que padeció Él para salvar almas, y sobre lo que nosotros tenemos que hacer por los demás. Y en conversación con el Señor nos llenaremos de la luz de Dios, y daremos luz a los que tenemos alrededor.

Nos cuenta san Lucas que Jesús subió «a lo alto de un monte, para orar» y, a partir de ahí, explica un suceso extraordinario del que son testigos tres de los apóstoles: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29).

También nuestros ratos diarios de oración son ratos de transfiguración, como la del Señor en la montaña.

Las montañas
No era la primera vez que Jesús subía a un lugar elevado para hablar allí con su Padre. Casi con toda certeza la Virgen enseñó a rezar a su Hijo.  Con Ella, y con José aprendería Jesús a leer la  Sagrada Escritura. Ella le enseñaría desde pequeño que el monte permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte al dar altura hace intuir al Creador.

Ella le haría aprender los nombres de los montes donde había tenido lugar la revelación de Dios. Donde el Señor se había manifestado a su Pueblo. María le enseñaría a Jesús que el monte Sinaí fue donde Dios dio a Moisés las tablas de la Ley; el monte Horeb donde Elías, el mayor de los profetas, sufría y recibió de Dios una llamada especial; el  monte Moria donde Abrahán debía realizar el sacrificio de su hijo Isaac.

Como años después se vería, el cordero que sustituyó a Isaac, era figura de Jesús, el Cordero definitivo que debía realizar su sacrificio en el monte Calvario.

La historia de Israel narraba que Dios se comunicaba en el monte. Y que también era el monte lugar del sacrificio.

Eran montes de revelación, y a la vez montes de pasión. Y se encontraba también el monte del Templo de Jerusalén, donde se celebraban las ceremonias litúrgicas.

El caso es que Moisés y Elías recibieron en el monte la palabra de Dios. Y ahora en el monte Tabor  estaban en coloquio con Aquel que es la Palabra de Dios en Persona. Ven a Jesús resplandeciente de luz.

Ahora en el monte de la Transfiguración tres de los Apóstoles ven también a Jesús resplandecer de gloria. Porque Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9,2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en otro monte, en el de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús. Y así vemos que la transfiguración y la pasión están inseparablemente relacionadas.

Ya se ve que Jesús oraba en un monte, como lugar de máxima cercanía de Dios. Conocemos algunos montes de la vida de Jesús: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la Cruz. Y, por último, el monte de la Ascensión, en el que el Señor dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). También desde un monte el demonio le había ofrecido el dominio del mundo, pero era falso.

La Transfiguración
«Y se transfiguró delante de ellos», dice San Marcos (9, 2s).  Y San Mateo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Aquí vemos lo que le sucedió al Señor en la oración, que se transfiguró, convirtiéndose en Luz pura.

La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre. Esto es lo que le ha sucedido a los santos. De Moisés se sabe que en el monte Sinaí estuvo hablando con Dios, como un amigo habla con su amigo. Y al bajar «tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29).

También vieron los apóstoles que el vestido de Jesús, se volvió blanco y luminoso. Y precisamente en el Apocalipsis habla san Juan de que los que se salven llevarán  vestiduras blancas (cfr. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y en el Apocalipsis se da la explicación: los vestidos de los elegidos son blancos porque han sido lavados en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14).

Esto es como decir que todos los que se van a salvar es  porque se unieron a la pasión de Jesús. En esta vida tendremos que padecer, pero nuestros sufrimientos tiene mucho valor si logramos llevarlos bien. La cruz que se presenta cada día hemos de llevarla como Jesús la llevó, con ganas de dar la vida por los demás.

Moisés y Elías
Moisés y Elías hablan con Jesús. Eran los representantes de la Ley y los Profetas. San Lucas nos cuenta de qué charlaban: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31).

Lo que luego Jesús resucitado explicó el día de la Resurrección a los discípulos camino hacia Emaús cuando iban desanimados. De esto hablaban la Ley y los Profetas. Y le tenía que quedar claro a tres de los Apóstoles el día de la Transfiguración que la luz está unida a la cruz, que son las dos caras de una misma moneda.

En la oración hemos de hablar con el Señor de nuestras dificultades, de los alfilerazos que recibimos cada día. Y Jesús nos explicará las Escrituras: que es preciso pasar muchas tribulaciones para llegar a la gloria. Jesús en la oración nos explica lo que sucedió en su vida. Que su pasión fue el verdadero «éxodo», atravesar el «mar Rojo» de la pasión para llegar a la gloria. Por eso el tema de conversación de Moisés y Elías era la cruz, este nuevo «éxodo» de Jesús, que debía cumplirse en Jerusalén.

El tema de conversación
Moisés y Elías hablan con el Señor de lo que ellos habían escrito sobre la pasión de Jesús. Pero mientras hablan aparece claro que esta pasión trae la salvación; que la pasión se transforma en luz y alegría.

Nosotros debemos leer y releer la Escritura para darnos cuenta que la clave es este Cristo que padece. Y que para nosotros los cristianos también esta es la clave de nuestra vida. Cuando se tiene «esperanzas humanas en el triunfo del bien» siempre vienen las decepciones. Porque «el bien triunfa siempre, pero sobrenaturalmente» pero para eso tenemos que «pasar por la cruz», que es siempre un fracaso humano. Los Apóstoles experimentarían ese fracaso el viernes santo. Y ahora tres de ellos estaban allí.

Y sentían miedo
Sabemos que al sentir la proximidad de Dios en Jesús el «temor de Dios» se apodera de ellos. Esto es lo que le pasa a casi todo el mundo cuando se encuentra con sucesos sobrenaturales. Se dan cuenta de su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces Pedro toma la palabra: «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5). Pedro pronuncia estas palabras movido por el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios.

No es extraño que San Juan, que vivió junto a María, trasmitiera a la Virgen detalles, que él vivió en primera persona, como uno de tres predilectos del Señor. Así Juan contaría a la Virgen con detalle, lo que ocurrió  en este monte un día de la fiesta de las Tiendas.


La fiesta de las Tiendas
Los estudiosos relacionan la Transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. La fiesta de las Tiendas, que duraba más de un día, se hacía en recuerdo de la marcha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas (cf. Lv 23,43). Las Tiendas eran recuerdo de la protección divina en el desierto, y anticipación de las tiendas divinas en las que vivirían los justos al llegar el mundo futuro (cfr. Lc 16, 9).

La señal de que el tiempo del Mesías habría llegado sería que Dios pondría su tienda en el mundo. Y esta realidad anunciada en los ritos de la fiesta se había cumplido... En el tiempo mesiánico Dios puso su tienda entre nosotros. Así adquiere sentido pleno la frase del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14).

Efectivamente, el Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros para reconstruir la tienda de la naturaleza humana, que fue destruida por Adán. Y en esa nueva Tienda, como ocurría en el desierto se realizaba el encuentro entre Dios y los hombres.

Por eso aparecía una nube
La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Y sigue diciendo el Evangelio, y «se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7).

Jesús es la Tienda Sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cubre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús. Pero se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo».

Como Moisés en el Sinaí
Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo».

Jesús es la misma Palabra divina. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro.
Los discípulos tienen que aprender de Él. María es la mujer de la escucha. Tantas horas contemplando a Jesús, que se le pegó su Luz. Bueno, Ella dio a luz a la Luz, era su Madre.





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